«El zapato», un relato de terror del autor cubano Brandon Rodriguez Pérez

Mi madre estuvo trabajando un año entero para comprarme el zapato. De sol a sol mi pobre madre: metida en la cantera, masticando piedras y defecando luego la gravilla que se vende a tan bajo precio. Algunas veces yo iba y la ayudaba en la labor; ella, maternal y cariñosa, me reservaba siempre las piedras más pequeñas, las más blanditas. Y me sonreía feliz, con la boca repleta, henchida de orgullo y satisfacción. Mi querida hija, decía ahogada, deglutiendo con dificultad el bolo de minerales triturados: Mi bella hija. Mi buena hija. Tú que lo mereces todo. Por ti, todo. Para ti más que todo. Por ti… Y elevaba hacia su cabeza un robusto trozo de cuarcita, imitando el gesto solemne de quien hace un brindis... Por ti. Portri. Proti. Pirt. Rpt. Trp. Rtp. No olvidaré nunca el triunfalismo con que atravesó la puerta aquel día, sosteniendo en alto, como un trofeo, el zapato.  

–Mira, mira lo que le compré a mi niña querida. A mi ñani queeida. A mí. 

Verdaderamente, el zapato era horrendo. Tenía la forma de una enorme bota rosada, con muchas hebras amarillas y lentejuelas y lucecitas y calcomanías de dinosaurios. 

–Mira. Mirra. Mirrarrrrr. 
Y hacia mí se fue acercando con aquella monstruosa y deforme masa. Dulcemente, la dejó caer en el suelo, al lado de mi pie. 
–Te quedará bien. Bein.
Pero no era cierto. La bota, en comparación con mi diminuto –y único pie–, parecía capaz de engullirme en su abismal negrura. ¡Y qué negrura! Jamás habráse visto cosa igual. La boca ancha del zapato, rodeada de un halo colorido y brillante, absorbía en ella toda la claridad que entraba por el techo. Era un auténtico agujero negro en medio del suelo, justo al lado de mi diminuto –y único– pie. 
–Vamos. Vamos. Pruébatelo. Preúbotale. Prub. Prub. Prub.

Mi madre, petrificada por la expectativa, aguardaba mi reacción. En un gesto automático, y como si estuviera acariciando coquetamente el filo de una copa, llevé el dedo gordo de mi piececito a la boca negra del zapato, y sobre su borde me deleité dibujando círculos. Tal parecía que yo, por una especie de placer masoquista, me negaba indefinidamente a consumar el acto… pero, lo que en verdad intentaba era retrasar el momento y, de ser posible, escapar ileso de la terrible tesitura en la que me veía implicado. Mi madre, finalmente, se impacientó:

    –Vamos. ¡Vamos! Estúpida, a qué esperas. ¡Espútida! ¿Serás Espútida?

La súplica que se dibujaba en el rostro dolido de mi madre me tendía un cerco infranqueable, nada podía hacer para evadirlo. Y fue, justamente en el momento que me propuse introducir el pie, que dos destellos rojos, como pequeñas brasas titilantes, aparecieron en el fondo del zapato, desde la negrura. Mi pie se detuvo en seco, y mi madre, desconcertada, me miró con cara de quien se pregunta:

 “¿Ahora qué? ¿Qué pasa ahora?” Yo, a modo de respuesta, señalé con mi dedo tembloroso hacia el interior del zapato. Ella escrutó mi horror sin entenderlo, más decepcionada que enfurecida. Se incorporó sobre sus cinco pares de piernas, y con un fingido aire de resignación, dijo:

–Está bien, siempre has sido así: nerviosa. Nerviosa e indecisa. No sabes qué hacer con tu vida, no sabes meter el pie en el zapato. El pazato que tu buena madre te compró de beuna gana. El pazato que me costó tantos sacrificios. Por ti, siempre portri. Mi hija verniosa. Mi hija indacise. Mi mala hija. Maaaalaaaa. ¿Por qué haces sufrir tanto a tu madre? ¿Por qué me ocasionas tantos disgustos? No seas ingrata. ¡No seasease! Solo mete el pie en el pazato. Soleso. No más queso. Hazlo por ti. Hazlo por mí. Yo te amo y te adoro. Yo te adomo. Yo te amodomo.

¿Entiendes? Solo quiero lo mejor para ti. Para mí. Paratimí… 

La voz se le ahogó en un suspiro, y dos gruesas lágrimas comenzaron a descender hacia los labios que enmarcaban su sonrisa. Aquella sonrisa, huelga decir, no era de alegría, ni de desesperación, ni siquiera de amargo resentimiento. Era una sonrisa sin propósito aparente, pero que en realidad se ensayaba con toda la intención: los dientes mellados, las encías rojas y sangrantes, constituían el recordatorio de un dolor, de un compromiso al que yo, sin haberlo requerido, me hallaba indisolublemente ligado… 
Mi madre se secó las lágrimas. Respiró profundo y volvió a hablar:

–Mi niña. Miñiñina. Yo te voy a dejar sola, para que pienses, para que reflexiones sobre lo que le haces a tu madre. Sé buena. Zálpate el calzato. ¿Lo harás? ¿Sí? Yo sé que lo harás… –Y me acarició suavemente mi cabecita calva–. Yosíquisí. 

Dicho esto, por la misma puerta que entró, desapareció mi madre. Quedé solo en la habitación… más bien, quedé en compañía de la bota y de los ojos rojos que me miraban desde su interior. Sí, porque eso eran los dos puntos brillantes: un par de ojos que, naturalmente, pertenecían a alguna criatura escondida en el zapato. Y, como nada podía verse en aquella oscuridad más allá de los ojos brillantes, mi imaginación comenzó a cuestionar la identidad de su posible dueño. Resultaba lógico pensar en una criatura pequeña, algo como un ratón… ¡Un ratón! Esta idea me hizo temblar. Y es que, al parecer, todos los signos que iba descubriendo (incluido mi temor por los roedores), se conjugaban en una clara señal del universo, un aviso de alerta que me disuadía de cumplir mi obligación. ¿Qué hacer entonces…? Como queriendo hallar una respuesta, miré, nuevamente, al zapato. Ahí estaban los dos ojos, observándome fijamente, penetrándome el alma. Esta vez, sin embargo, el miedo no se adueñó de mí; por el contrario: un arrojo desconocido, imprudente, me llenó de coraje. Quise meter el pie, hacerlo rápido, de un golpe tan fuerte que no diera cabida a ninguna reacción. Aplastar a la alimaña. Matarla. Pero entonces… pero entonces la expresión de la mirada se tornó diferente; puede que siempre haya sido la misma, puede que hasta ese momento no lo hubiera comprendido: algo había en los ojos que traducía una enorme tristeza, un dolor que no era humano, porque un hombre no lo soportaría. Y sentí lástima de la pobre criatura que me miraba a los ojos, atrapada, sin poder escapar…

–Hija, ya estoy aquí...
Escuché la voz de mi madre detrás de la puerta.
– …voy a entrar. Espero que te hayas portado bien, que seas mi niña buena, que tengas bien puesto el zapato…

La puerta, muy despacio, demasiado despacio, se fue abriendo mientras mi pie se acercaba cada vez más al agujero. Y ya sentía las paredes de la bota absorbiéndome, y ya se había abierto por completo la puerta, cuando aquel peso terrible, demoledor, nos sepultó para siempre a mi madre y a mí. 





Brandon Rodriguez Pérez (7 de enero del 2002, Cuba): Estudiante de diseño en la Universidad de La Habana. Mención en el concurso nacional de minicuentos El Dinosauro (2018), finalista en el concurso de minicuentos Cien Años de Robot (2019), premio en el concurso de cuento adulto Onelio Jorge Cardoso (2021). Obras aparecen recogidas en diversas revistas y antologías. 
 
Photo by mianism on Unplash (public domain).

1 comentario:

  1. Una maravilla. Muchas felicidades Brandon Rodríguez Pérez!!! TE LO MERECES

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