«Jesús jurásico», un relato del autor chileno Eduardo Valenzuela Jara

Allí estaba el hombre, viendo televisión, sentado en un rincón de su celda transparente. Lo fui a ver en febrero porque era temporada baja, yo había comprado un boleto “Premium” que me daba derecho a charlar un par de minutos con él. A través de las paredes translúcidas vi como un funcionario entró a la celda y lo obligó a levantarse para llevarlo al área de entrevistas. Cuando entré a la celda me condujeron hasta la sala de la reunión. Él me esperaba allí, de pie, vestido con una túnica de lino anacrónica pero que era lo más vistoso de su apariencia. Lucía más bajo, más moreno y, por sobre todo, menos carismático de lo que esperaba.
—Hola, toma asiento por favor —me invitó amablemente, con voz calma.

Cuando lo oí experimenté un escalofrío. Sólo entonces sentí que estaba cara a cara ante la historia. Frente a mí tenía al mismísimo Jesús de Nazaret. Es cierto que él era un clon, que éste era sólo uno de tantos y que estábamos en esta celda “zoológico” transparente rodeados de gente mirando, pero ¡rayos! el costo del boleto había valido la pena.

—¿Eres cristiano? —me preguntó, mientras me sentaba en el cómodo sillón dispuesto para los visitantes.
—Simpatizante cristiano.
—¿Cómo es eso?
—Que me agradan las ideas del cristianismo como filosofía de vida, pero no lo practico como religión. No creo en la religión.
—Entiendo. Ya veo… Te lo pregunto porque aquí vienen a verme muchos, muchos. Algunos son devotos creyentes, pero otros… —lo noté incómodo— otros sólo quieren hacerme daño.
—Caray, debe ser difícil.
—Sí, vienen aquí a insultarme. A veces me escupen y otras tantas tratan de golpearme, por eso estas entrevistas son con este personal de seguridad —señaló a los dos guardias que estaban allí, atentos.
Hacía poco más de un año que yo quería ver a Jesús pero, por tratarse aún de una novedad, las entradas eran muy costosas. Recuerdo como, en el año 2390, fue todo un golpe de marketing cuando, en pleno apogeo de la clonación, la asociación de “Coca-Cola” y “Sheng-li” (la vieja empresa de refrescos y la transglobal de comunicaciones) anunciaron que habían comprado, al consorcio “Deum” (ex-Iglesia Católica), todas las reliquias sagradas del cristianismo con el objetivo de encontrar en ellas rastros del ADN de Jesús. Un año más tarde lanzaron la mega-campaña publicitaria “CRISTO HA VUELTO”, donde un auténtico y certificado clon de Jesús hizo giras promocionales por todo el mundo. Nos vimos invadidos por mensajes publicitarios de Cristo bebiendo un cáliz de Coca-Cola («¡Bebed, esta no es mi sangre!» decía un Jesús sonriente que guiñaba un ojo) o Cristo haciendo holo-llamados («¡Con Sheng-li, estad atentos a mi llamado!» decía el slogan). Jesús era un auténtico Superstar.

Hasta que, seis meses después de lanzada la campaña publicitaria, comenzó lo que los sociólogos dieron en llamar “La Era de la Carnicería”. Frente a las nuevas definiciones de humanidad (resultantes de la clonación, de la aplicación masiva de la biónica y de los impensados avances de la inteligencia artificial), el Orden Global resolvió derogar todos los derechos de los clones, inteligencias artificiales o cualquier creación no natural. Los engendros, como el Cristo, quedaron reducidos a una “cosa”, un “producto”. Fue entonces que se fabricaron varios cientos de ellos para repartir por el mundo y exhibirlos, como animales, en las celdas-zoológico. Era un negocio, pero gracias a eso pude tener la oportunidad de ver y hablar con este clon del Mesías.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó Cristo, sentado en un sillón frente al mío.
—Ismael.
—¡Ah, nombre bíblico! ¡Ismael! ¡Ismael! ¡Llamadme Ismael!
—Sí —dije con una risilla nerviosa.
—Dame tu mano Ismael —dijo, con autoridad, tendiéndome su mano.
Me paré del sillón y le alcancé mi mano derecha. Él la tomó fuerte entre las suyas, morenas y nervudas.
—¡Yo te bendigo Ismael! Bendito seas tú y toda tu familia.
Luego, se levantó de su sillón y caminó relajadamente hasta la máquina expendedora de gaseosa que estaba allí. 
—¿Quieres servirte un vaso de Coca-Cola? —me ofreció Cristo, mientras cogía un vaso plástico y lo llenaba de Coca-Cola sabor original.
—No, no, gracias, sólo bebo Pepsi.
—Bueno, no puedo ayudarte con eso —con su vaso lleno hizo un saludo al gran anuncio de Coca-Cola sobre nuestras cabezas—, pero yo te recomiendo Coca-Cola —dijo y bebió un buen trago.
—¿Quieres capturar un holograma de nosotros juntos Ismael?
—Claro, sería genial.
—Entonces ven, párate acá a este lado mío.
Capturé un holograma con mi holo-llamador. Aparecimos juntos, yo al costado derecho y él a la izquierda con su vaso de Coca-Cola en la mano.
—¿Qué holo-llamador tienes? —preguntó.
—Nada muy costoso, es un “Bionext”.
—Te recomiendo un “Sheng-li”, son muy buenos.
—Gracias, lo tendré en cuenta.

Hasta donde yo sabía, los clones no eran más que una reproducción física del original; lucían y sonaban como el auténtico, pero no podían tener los recuerdos, la experiencia o el “alma” del verdadero. Éste en particular, pese a que su cuerpo presentaba el desarrollo de los famosos treinta años de Cristo, debía tener apenas un año de vida, su psiquis debería ser la de un bebé. De seguro poseía implantes biónicos en su cerebro para controlarlo, en otras palabras, era prácticamente una marioneta de carne programada para hablar como Jesús y hacer publicidad. De todas formas, obviando que cada cinco minutos me ofrecía Coca-Cola y me recomendaba comprar un holo-llamador Sheng-Li, pasé un buen rato charlando con él. Incluso me ofreció una representación de las “Bienaventuranzas”, también conocidas como “El Sermón del Monte” (ese sermón que dice “Bienaventurados los pobres de espíritu…”), que terminó con una ovación de aplausos del público que grababa todo y capturaba hologramas desde afuera de la celda.  

Al terminar nuestro encuentro (el boleto “Premium” sólo me daba derecho a quince minutos con Cristo), no pude evitar sentir lástima por aquel hombre, reducido a un miserable freak de feria, o quizás menos que eso, ya que (como dictaminó el Orden Global) no tenía más derechos que un perro. 

—Adiós Ismael ¡Yo te bendigo! —fue lo último que me dijo mientras me conducían a la salida, supongo que después de eso él habrá regresado a su rincón a ver televisión.
Una larga fila de público seguía esperando para ver la celda donde estaba Cristo. La mayoría de las personas vestía camisetas de souvenir con un estampado del “Ecce Homo” de Borja en su versión “restaurada”. Se me antojaron como una grotesca metáfora de todo aquello.
Afuera, en las boleterías, ya estaban vendiendo las entradas para el próximo evento: en dos meses más, para semana santa, se haría la recreación 100% real de la crucifixión. El pobre freak sería asesinado en un show televisado. Me pregunto si el miserable lo sabría. Daba igual, seguramente ya estaban fabricando a su reemplazante. Todo era negocio. No por nada estábamos viviendo “La Era de La Carnicería”.






Eduardo Valenzuela Jara. Chileno, ingeniero eléctrico de profesión, 52 años de edad, es un convencido de que en las obras clásicas se encuentra, tamizada por el tiempo, la esencia de lo que es el ser humano. Por eso es un entusiasta consumidor de clásicos, ya sea de música, cine o literatura.
A juicio del autor, la ciencia ficción posee la capacidad de revisar las inquietudes atávicas desde nuevos puntos de vista y el futuro es como un espejo que nos muestra lo que somos. Las apariencias y el cuestionamiento constante de las certezas, son los principales temas presentes en sus relatos y es precisamente a través de las posibilidades de la ficción, que se puede evidenciar situaciones que invitan a la reflexión de nuestra realidad.

Photo by Mads Schmidt Rasmussen on Unsplash (public domain).

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