Extrañado, Tommy había notado esa tarde en su casa -en la oscuridad que poco a poco iba reemplazando al día- que en medio del polvo se removían frenéticamente las telarañas. Por todas partes los arácnidos corrían desesperadamente; en las esquinas, en los muebles viejos y en los orificios que tenían las paredes. Emergían como una sombra que lo iba cubriendo todo, desplazándose por los pasillos, atravesando obstáculos y proyectando grotescas figuras a través de la luz de las lámparas.
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