3 mar 2021

'El basural', relato de Juan Luis Henares

Mediodía, la escena se repite en el transcurso de toda la semana, excepto los sábados y domingos: una veintena de personas bajo el sol de febrero observa impaciente al chofer del camión elevar la caja del mismo y vaciar su contenido sobre el terreno. Ni bien el vehículo arranca todos corren como si se hubiera dado la señal de partida. Entre ellos Ramón. Con sus trece años, desgarbado y descalzo pero acostumbrado a estos menesteres, es de los primeros en llegar junto a la carga que el camión municipal recolector de residuos depositó en el basural. Se tira encima de las bolsas y cajas; la experiencia le indica que el olfato es su mejor arma para detectar las que contengan comida aún aprovechable. El olor a podrido que una despide le indica que no debe entretenerse con ella. Es que allí el tiempo es oro, y abrirla le demandaría segundos que varios podrían aprovechar para encontrar alimentos en otras. Además, nunca olvidará que Axel —el menor de sus seis hermanos— casi muere meses atrás por la intoxicación que le produjo ese pedazo putrefacto de pollo lleno de cucarachas que, al no haber ese día en la casa otro comestible, su madre lavó y volvió a cocinar. 
Abre una, dos y diez bolsas, poco y nada encuentra; solo rescata un envase con algún resto de mayonesa, pan húmedo, dos papas, cartón, una birome llena de tinta y una revista de televisión por cable. De pronto observa una caja de pizza, algo mojada, y de inmediato se abalanza hacia ella, ya que Jonathan —el rubio que vive en el rancho de la esquina— al verlo adivinó su intención, y de no ser por la agilidad de Ramón se hubiera quedado con ella. Destapa la caja; la pizza está entera, hasta aceitunas tiene. Luego de sacar las hormigas y pasarle un trapo mojado, la calentarán y comerán los ocho junto a la mesa. Justo son ocho porciones, una para cada integrante de la familia.
Después de revisar unos minutos más, se va camino al rancho, con la caja en una mano y la bolsa con los deshechos en la otra; se siente contento a causa de la tarea cumplida: es el hijo mayor, el que debe cuidar y conseguir alimentos a sus hermanos. Ya tiene el almuerzo: pizza, un par de papas y pan. A la tarde regresará a la hora que llegan los últimos camiones y buscará la cena. 
Mientras imagina la cara de alegría que pondrá su madre al ver la pizza, camina por la periferia de los desparramados residuos, pues arriba de ellos todavía hay chicos y mujeres que revuelven la basura. Mira hacia adelante y nota un movimiento entre las últimas bolsas: no es el viento, el día se encuentra calmo. Sigiloso se acerca y ve un animal de color gris oscuro con su cabeza hundida en el nylon; al mirar su cola, larga y fina, se da cuenta que es una rata, tan grande como el inmenso gato castrado del vecino que duerme en el techo del rancho. Deja la caja y la bolsa en el piso, toma del suelo una mitad de ladrillo con restos de revoque y a modo de un felino se arrastra hasta su presa. Entretenida con la comida la rata recién presiente el peligro cuando el cazador está sobre ella; intenta correr pero la mano con el ladrillo le aplasta la cabeza. El joven se incorpora, toma su víctima de la cola, y orgulloso reanuda la marcha ante la mirada envidiosa de los que siguen en busca de algo para comer.
Esta noche en el rancho de Ramón habrá banquete. 


Juan Luis Henares nació en 1963 en Paraná, República Argentina. Profesor en Ciencias Sociales. En 2004 obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Ensayos Memoria y Dictadura. Sus cuentos han sido publicados en antologías, revistas y webs de Argentina, México, Uruguay, Venezuela, Colombia, Guatemala, Chile, Perú, Cuba, España, Alemania, Canadá y Estados Unidos. En 2018 fue editado su primer libro: Lápiz clandestino. Actualmente prepara el segundo.

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Fotografía por Henry & Co (en Unsplash). Public domain.

2 mar 2021

'La llegada', texto perteneciente al libro 'Diario Irlandés', de Heinrich Böll


Al subir a bordo del vapor, vi, oí y olí que había traspasado una frontera; había visto una de las caras amables de Inglaterra: la casi bucólica Kent, después de rozar apenas el milagro topográfico de Londres, y luego una de las caras sombrías: Liverpool; pero aquí, en el vapor, se había acabado Inglaterra: aquí ya olía a turba, sonaba el celta gutural por el bar y el entrepuente, aquí el orden social de Europa adquiría otras formas: la pobreza no solo ya no era «una vergüenza», sino tampoco una honra: resultaba —como índice de posición social— tan trivial como la riqueza; los pliegues de la ropa habían perdido su agudeza, y el imperdible, la vieja fíbula céltico-germánica, volvía por sus fueros; donde el botón del sastre habría puesto un punto, colgaba la coma del imperdible; signo de improvisación, hacía posibles los pliegues allá donde el botón los habría impedido. También lo vi sosteniendo etiquetas de precios, prolongando tirantes, sustituyendo gemelos, y hasta en funciones de arma con la que un niño pinchaba a un hombre por el fondillo de los pantalones: al ver que el hombre no reaccionaba, el muchacho se sorprendió y luego se asustó; entonces lo tocó con el dedo índice para comprobar si vivía todavía: vivía, y, risueño, le dio una palmada en la espalda al niño.
Iba alargándose la cola ante la ventanilla donde se servía en generosas porciones y a bajo precio el néctar de Europa Occidental: el té; como si los irlandeses se empeñaran en mantener a toda costa ese otro récord mundial que ostentan, algo por delante de Inglaterra: en Irlanda se consumen anualmente casi cinco kilos por cabeza; año tras año se derrama por cada garganta irlandesa una pequeña piscina de té.
Mientras avanzaba lentamente en la cola, tuve tiempo para evocar los restantes récords mundiales irlandeses: este pequeño país no solo ostenta el de consumo de té, sino también el de vocaciones sacerdotales (la archidiócesis de Colonia, por ejemplo, tendría que ordenar anualmente casi mil sacerdotes para poder competir con cualquier pequeña archidiócesis irlandesa); el tercer récord mundial de Irlanda es el de espectadores de cine (de nuevo seguida de cerca por Inglaterra: ¡cuánto en común pese a tantas divergencias!); y por fin el cuarto récord, muy significativo, que no me atrevo a afirmar que esté en relación causal con los otros tres: Irlanda es el país del mundo con menos suicidas. Los récords de consumo de whiskey y tabaco no han sido todavía homologados, pero también en esas disciplinas lleva la delantera Irlanda, ese pequeño país con la superficie de Baviera pero menos habitantes que los que viven entre Essen y Dortmund.
Una taza de té a eso de la medianoche, tiritando al viento oeste, mientras el vapor penetraba poco a poco en alta mar; luego un whiskey, arriba en el bar, donde el celta gutural resonaba todavía, pero ahora a través de una sola garganta; en la antesala del bar, un grupo de monjas se acurrucaban como grandes aves de corral para pasar la noche, abrigadas bajo las tocas y los largos hábitos, recogiendo los largos rosarios como se recogen las amarras al zarpar un barco; en la barra, a un hombre joven con un niño de pecho en brazos le negaron la quinta cerveza, y a su mujer, que estaba a su lado con una niña de dos años, el cama- rero le retiró también el vaso sin volver a llenárselo; el bar se vaciaba lentamente, ya había enmudecido el tono gutural del celta; las monjas cabeceaban silenciosas, presas del sueño; una se había olvidado de recoger el rosario, y las gruesas cuentas rodaban por el suelo al compás del barco; la pareja con los niños en brazos, que se había quedado sin el último trago, se cruzó conmigo tambaleante, rumbo al rincón donde había alzado su pequeña fortaleza de maletas y cajas de cartón: allí dormían otros dos niños, recostados a ambos lados contra la abuela, cuyo mantón negro ofrecía por lo visto calor suficiente para tres; al niño de pecho y a su hermanita de dos años los metieron en un cesto y los taparon; los padres, silenciosos, se colaron entre dos maletas, se arrimaron el uno al otro, y la mano del hombre, blanca y delgada, extendió luego sobre la pareja un impermeable, a modo de techo de tienda de campaña. Silencio; solo las cerraduras de las maletas tintineaban suavemente al ritmo de la marcha.
Yo, que había olvidado asegurarme un sitio para pasar la noche, crucé por encima de piernas, cajas y maletas; en la oscuridad brillaban cigarrillos, y me llegaban fragmentos de conversaciones a media voz:
—En Connemara… nada que hacer… de camarera en Londres.
Me acurruqué entre botes y chalecos salvavidas, pero el viento oeste soplaba cortante y húmedo; me levanté y eché a andar por el barco, que más parecía un barco de emigrantes que de gente que volvía a casa; piernas, ascuas de cigarrillos, fragmentos de conversaciones entre susurros, hasta que un cura me cogió por el borde del abrigo y, con una sonrisa, me invitó a sentarme a su lado; me recosté con la intención de dormir, pero delante del cura, a la derecha, una voz clara y suave hablaba desde debajo de una manta de viaje a rayas verdes y grises.
—No, father, no, no… Si pienso en Irlanda me pongo triste. Bastante hago con volver una vez al año a ver a mis padres. Mi abuela todavía vive. ¿Conoce usted el condado de Galway?
—No —dijo en voz baja el cura.
—¿Y Connemara?
—No.
—Pues debería ir por allí a echar un vistazo. Y a la vuelta, pásese por el puerto de Dublín y fíjese bien en lo que exporta Irlanda: niños y curas, monjas y galletas, whiskey y caballos, cerveza y perros…
—Hija mía —dijo en voz baja el cura—, ¿cómo se te ocurre mencionar todas esas cosas de un tirón?
Bajo la manta de viaje verde y gris se encendió una cerilla; por unos pocos segundos se hizo visible un enérgico perfil.
—No creo en Dios —dijo la voz clara y suave—. No, no creo en Dios, así que ¿por qué no voy a juntar curas, whiskey, monjas y galletas? Tampoco creo en Kathleen ni Houlihan, la Irlanda de los cuentos de hadas. He trabajado dos años de camarera en Londres. He visto cuántas chicas de vida fácil…
—Hija mía —dijo en voz baja el cura.
—… cuántas chicas de vida fácil exporta a Londres Kathleen ni Houlihan, la isla de los santos.
—¡Hija mía!
—El cura del pueblo también me llamaba «hija mía». Los domingos venía en bicicleta a decir misa, desde muy lejos; pero él tampoco podía evitar que Kathleen ni Houlihan exportara lo más valioso que tiene: sus propios hijos. Vaya usted a Connemara, father; seguro que no ha visto nunca tantos paisajes bonitos con tan poca gente; venga a decir misa allí y me verá el domingo arrodillada en la iglesia, como una buena creyente.
—¿Pero no dices que no crees en Dios?
—¿Usted cree que, por respeto a mis padres, puedo permitirme el lujo de no ir a misa? «Nuestra hija querida sigue tan piadosa como siempre; qué buena chica es». Y mi abuela, cada vez que vuelvo, me da un beso, me bendice y me dice: «Sigue siempre así, tan devota, hija mía»… ¿Sabe usted cuántos nietos tiene mi abuela?
—Hija mía, hija mía —dijo el cura en voz baja.
El ascua del cigarrillo se iluminó, dejando ver de nuevo por un instante el severo perfil.
—Treinta y seis. Mi abuela tiene treinta y seis nietos; tenía treinta y ocho, pero uno que era aviador murió en la batalla de Inglaterra, y otro se hundió con un submarino inglés; todavía viven treinta y seis, veinte en Irlanda y los otros…
—Hay países —dijo en voz baja el cura— que exportan higiene y pensamientos suicidas, cañones atómicos, ametralladoras, coches…
—Sí, todo eso ya lo sé —dijo la voz clara y suave de muchacha—; lo sé, padre: yo misma tengo un hermano que es cura, y dos primos: son los únicos de la familia que tienen coche.
—Hija mía…
—Voy a ver si duermo un poco; buenas noches, father, buenas noches.
El cigarrillo encendido voló por la borda y la manta de viaje verde y gris se ciñó en torno a los frágiles hombros. El cura meneaba sin parar la cabeza, consternado; o tal vez la movía solo el ritmo de la marcha.
—Hija mía —volvió a decir en voz baja; pero no obtuvo respuesta.
Se reclinó suspirando y levantó el cuello del abrigo; llevaba en el revés de la solapa cuatro imperdibles de reserva: cuatro de ellos, colgados de un quinto, transversal, se bamboleaban al ritmo del suave cabeceo del vapor, que penetraba en la gris oscuridad rumbo a la isla de los santos.


(Texto perteneciente al libro «Diario Irlandés», Heinrich Böll).


Fotografía por Carl Raw (en Unsplash). Public domain.




1 mar 2021

'El regulador', relato de Juan Carlos Vásquez

Voy por la calle y veo a un hombre disparar a otro, observo su caída, el orificio de la bala en su frente y la sangre saliendo del orificio, pero llega el forense y me explica que en determinadas situaciones de estrés proyectar asesinatos por armas de fuego es normal y que, en realidad lo que vi fue un suicidio. No, no existían disputas, ajustes de cuenta, nada de lo que mi mente estaba poniendo en consideración es real. Al principio tuve mis dudas, me extrañé, lo escuchaba con desconfianza, luego decidí irme y comentar a unos amigos lo que había sucedido, uno de ellos puntualizó con calma que le pasó lo mismo, relacionó el suceso del asesinato con la política, habló de los trucos inconscientes de la mente. Lo leyó en libros, lo ha escuchado en la tele. 
 Lo mejor es ir al hospital, él ya ha ido y le recomendaron un medicamento muy efectivo para controlar la disociación de elementos. Aunque después de tomarlo se ha vuelto lento y olvidadizo ya sabe distinguir entre la realidad y la ficción. Y es que hay que tener más confianza en las autoridades —dice —, más confianza en los informativos y en los jefes, en los médicos, en las pastillas, en la política. No para de repetirlo; el mundo siempre ha sido igual, no podremos hacer cambios, todo está dicho, todo está hecho. Rápidamente el resto de amigos se suman a su apreciación afirmando con la cabeza. 
Quedé a medio camino gesticulando entre la nada. Ya no me distingo de los demás porque no puedo: La verdad la han instaurado y me han dado el beneficio de recuperarme hundiéndome. Escucho el discurso, en la soledad de mi opinión no soy nadie y corro el riesgo de una firma como un antecedente. Los informes están a medio hacer, el regulador observa desde la distancia.



Fotografía por Nareeta Martín (en Unplash). Public domain.


28 feb 2021

'Los últimos días de Nueva York', texto perteneciente al libro 'De Dublín a Nueva York', de Maeve Brennan

Suelo tomar prestadas novelas policíacas de una biblioteca muy pequeña que está al fondo de una de las múltiples tiendas de regalos y postales que llenan las calles del Village. Anoche, como no lograba encontrar un libro, estuve mirando las estanterías de cestas artesanales, porcelana moderna, ceniceros de cerámica y etcétera, y vi una casa construida con cartas de juego pero que se erguía muy sólida, porque las cartas tenían un corte para hacerlas encajar. Compré una baraja de cartas y luego seguí mi camino hacia mi casa, el hotel de Washington Square donde ahora vivo. Tengo dos habitaciones, en la octava planta. Hay un tosco balcón de hierro, apreciado por las palomas, construido muy cerca contra las ventanas, de modo que tapa casi toda la vista. Era una tarde agradablemente clara y salí al balcón para admirar la escena que se negaba a ofrecerme.
Allí, ocho pisos más abajo, estaba Washington Square. Las aceras que cercan el parque, los caminos que discurren hacia el norte, sur, este y oeste desde la fuente y hasta las aceras, y los bancos que hay al borde de la hierba estaban abarrotados. En la esquina, en diagonal desde donde yo estaba, un hombre había puesto su carrito de helados, un cuadrado blanco, con una alta sombrilla erguida y extendida con rayas rojas y amarillas. No muy lejos del carrito de los helados, pero en la hierba, había una mujer de pie, sola, estirando los brazos. Por sus gestos podía ser que tuviera un ataque o que estuviera maldiciendo a alguien, pero había una gran conmoción de palomas a su alrededor, y me imaginé que les estaba dando de comer, o que ya les había dado y ahora les explicaba que la bolsa de migas estaba vacía. Un minuto más tarde las palomas se levantaron en multitud y descendieron en picado entre los árboles. La mujer se alejó.
Hace poco me dijeron —supongo que es solo un rumor— que se habla de excavar un paso subterráneo a través de Washington Square. Supongo que significa que excavarían esa parte de la plaza. Después de eso difícilmente recobraría su aspecto original.
Cuando llegué a Nueva York por primera vez, viví un tiempo en el hotel Holley, en el lado oeste de la plaza. El Holley ha sido derribado este año y después, siempre que paso por ahí, veo el estrecho hueco —sorprendentemente estrecho— donde el pequeño hotel se agazapaba entre los altos bloques de pisos vecinos. En la época en que yo vivía allí, hace solo doce años, una hilera de edificios de estudios con aire decadente se extendía a medio camino hacia el lado sur de la plaza. Aquellos edificios me parecían preciosos y románticos y anhelaba tener un apartamento, o incluso una habitación, en uno de ellos, pero siempre estaban llenos. Ahora han desaparecido y un edificio educativo de aspecto aburrido se yergue en su lugar. En aquella época y más tarde, yo fui visitando la mayoría de las casas bonitas del lado norte de la plaza buscando un lugar donde vivir. Algunas de aquellas casas fueron derribadas para hacer sitio a nuevos bloques, uniformes y sombríos, y la mayor parte de los que quedaban se han convertido en oficinas. El hotel donde ahora vivo es antiguo, y anoche me pregunté, no por primera vez, si se acercaban sus últimos días. Han cerrado la agradable entrada lateral, y eso parece un mal signo.
Dejé el balcón, entré y me senté en el confortable y pequeño sofá que constituye el principal elemento decorativo de mi salón. Es una habitación bonita, con puertas correderas que dan al dormitorio. La chimenea ya no funciona, naturalmente. Cogí las cartas que me había comprado, las saqué de su estuche y las miré. Tenían forma y textura de cartas de juego, pero en lugar de corazones, diamantes y todo eso, estas cartas estaban decoradas con flores y signos geométricos. Me pregunté por qué las había comprado. Nunca he sido entusiasta de la construcción de castillos de naipes.
Trabajo en un edificio del midtown. Mi oficina está en la planta número veinte, y desde ese promontorio, ayer por la mañana contemplé el derribo de un edificio de ladrillo rojo mucho más abajo. Debía de haber mirado la azotea de aquel edificio mil veces, pero ahora que había desaparecido, no lograba recordar cómo era. Por la tarde, cuando fui a comer, me encontré que había desaparecido toda una manzana de la Sexta Avenida y no tenía ningún recuerdo de aquellas casas desaparecidas, excepto que podían tener un color rojizo. O quizás fuesen grises. Es muy desconcertante que de pronto aparezca un hueco en un lugar sin que puedas recordar haber visto esas paredes.
Las paredes de mi habitación de hotel son de un azul verdoso brillante, un color de huevo de pájaro. Es un tono bonito, aunque yo nunca me habría atrevido a elegirlo si hubiera tenido que pintar la habitación. Siempre me han gustado las paredes blancas, pero le he cogido afecto a este color tan alegre. Ahora, mirando las paredes, me descubro pensando que deberían ser aún más brillantes, más azules, para afirmarse más. ¿Cuándo? Cuando derriben el hotel, como parece su destino. Veo las paredes interiores del edificio que están derribando hoy bajo mi oficina. Amarillo, verde, marrón; con feos tonos pálidos de esos tres colores, las paredes ofrecen un pobre panorama. Parecen tristes, como si nunca hubieran esperado nada mejor que ser derruidas. Esta habitación de hotel mía no parecerá triste cuando le quiten el tejado. Los inquilinos del alto bloque de pisos de enfrente se fijarán en este color. Nunca se confundirá con los escombros que sembrarán el suelo.
Tenía paredes blancas en el pequeño apartamento de la calle Nueve que el año pasado derruyeron los obreros de la demolición, bajo mi vista. Mis ventanas frontales daban a un gran bloque de pisos de fachada lisa, muy parecido al que tengo enfrente de este hotel. Temo que mis paredes blancas debieron parecer desamparadas al quedar expuestas a la vista. Un violeta deslumbrante o una mano de pintura escarlata las habría salvado de la insignificancia.
He extendido las cartas con hendiduras en la mesa, mirando sus dibujos, pero luego las he reunido y las he vuelto a meter en su caja. Era demasiado. La ciudad se tambaleaba ante mí, el suelo bajo mis pies ya temblaba bajo las botas de los obreros de la demolición, por decirlo así, y me iba a poner a construir un castillo de naipes con garantía de duración. Me irritaba la escena, me fastidiaba. Ojalá no hubiera visto esas cartas, con su insulsa y pequeña carga de presentimientos. Allí estaba yo, admirando mi habitación porque se vería bien cuando le arrancaran el tejado. Estaba felicitando a mi habitación y a mí misma, porque se convertiría en un cadáver meritorio.
Supongo que toda mi vida he salido por piernas de los edificios justo antes de que llegaran los obreros del derribo, y no puedo resistir preguntarme, cada vez que pinten el lugar, si las paredes hablarán una vez que la habitación quede expuesta.
Estas cartas podrían convertirse en una manía. Puedo imaginar a gente en toda la ciudad sentada en apartamentos de edificios condenados construyendo castillos de naipes que sí durarán. Y pintando las paredes con colores estridentes para sorprender a los inquilinos de los grandes edificios que los rodean. Podría instaurarse una histeria masiva, con los pintores de casas celebrándolo. Voy a deshacerme de estas cartas. Las separaré como si fueran puntos de libro. Aunque me gustaba hacer solitarios. Podría comprarme una baraja para hacer solitarios. Sin asociaciones, ni significados, solo con paciencia, y jugar tal como yo juego, con mi impaciencia, será suficiente para mí.
 
16 de julio de 1955


(Texto perteneciente al libro «De Dublín a Nueva York», Maeve Brennan.)


Fotografía por Banter Snaps (en Unplash). Public domain.


'Cambio social y (re) adaptación', artículo de Raúl Allain

La sociedad, desde tiempos prehistóricos, impone exigencias a los individuos en su lucha diaria por existir. Si la pelea por la sobrevivencia en medio hostil, frente a las fuerzas de la naturaleza, fue el resorte que impulsó la existencia humana, en la actualidad los seres humanos siguen batallando con la necesidad de sobrevivir en un medio cada vez más competitivo. Lograr las necesidades básicas de alimentación, vivienda, vestido, así como las de educación y formación, así como la de conseguir "ser alguien" en la vida, se mantienen.
Sin embargo en la actualidad, la vida moderna está marcada por el auge de las nuevas tecnologías, la internet, la velocidad de las comunicaciones y el fenómeno de la globalización, el impacto de las redes sociales en la vida cotidiana y el contexto actual de la pandemia de coronavirus que está ocasionando más de dos millones de muertes en el mundo, generando además un estado permanente de estrés, ansiedad y depresión, así como la adaptación a la "nueva normalidad" y a las normas de la nueva cuarentena y uso de implementos sanitarios. El impacto negativo en la economía se puede apreciar en el desempleo, baja rentabilidad, crisis social, aumento de la delincuencia. 
No obstante los fundamentos de la economía nacional se mantienen sólidos, aunque el incremento de los niveles de contagio de la covid-19 implicará una revisión de su proyección sobre el crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI) para el 2021 como asegura el gerente central de estudios económicos del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP), Adrián Armas.
Estos factores afectan la psiquis de los individuos. Tal como sucedía en la prehistoria, los que sobreviven son aquellos que tienen mejores cualidades. Y no sólo estamos refiriéndonos a la "instrucción", "formación académica", "títulos profesionales", sino también a un componente fundamental: el desarrollo de la personalidad, lo que Daniel Goleman llamaba "inteligencia emocional".
En la vida cotidiana se observan con frecuencia casos de personas que han tenido excelentes calificaciones en el colegio, lo que se traducía en notas aprobatorias en las materias tradicionales y diplomas de excelencia, pero que luego tuvieron dificultades en su vida personal y familiar. También hay muchos casos de jóvenes que egresan de las universidades con muy buenas notas, pero que en su vida personal han fracasado.
Esto quiere decir que la "instrucción", la educación escolar, técnica o universitaria requieren también un enfoque integral sobre el ser humano, priorizando el forjar el carácter, la personalidad y sobre todo los valores éticos: veracidad, honestidad, puntualidad, respeto, lo cual abonará a formar personas de bien que aporten al desarrollo social.
Como escribí en “Freud y Kafka: una metáfora en torno a la crisis del ser humano”: «Los que fracasan al triunfar» son personas que una vez que han logrado un éxito determinado (como por ejemplo una conquista amorosa largamente esperada, o una promoción profesional de mayor responsabilidad, prestigio y retribución económica) lejos de disfrutar del éxito, experimentan cierta sensación de fracaso psicológico, profesional, emocional y aún personal.
Este dramático rasgo de carácter (patológico), descrito por Freud en 1916, está basado en una dinámica inconsciente vinculada con la tendencia a sabotearse.
Y el ser humano, abatido por guerras mundiales, terrorismo, nuevas formas de esclavitud, opresión económica, enfermedades y pestes, desempleo, narcotráfico, adicciones, dominación electrónica, entre otros males, demuestra que es el principal enemigo y depredador de su propia especie.

(*) Escritor, poeta, editor y sociólogo. Presidente del Instituto Peruano de la Juventud (IPJ) y director de Editorial Río Negro.


Raúl Allain (Lima, 1989) Escritor, poeta, editor y sociólogo. Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Fundador de Grupo Suicidas y editor de la trilogía: Suicidas Sub 21 (Editorial electrónica Remolinos, 2009 / Portal de Humanidades Liceus, 2008), Suicidas Sub 21: versión 2.0 (Feria virtual. I Feria Internacional del Libro Arequipa, 2009) y Suicidas Sub 21: versión final (Editorial Mondo Kronhela Literatura, 2010 / Revista Almiar, 2010 / Portal de Humanidades Liceus, 2010). Ha sido incluido en antologías como Antología de poetas críticos (Cisnegro, México DF, 2019), El Papa Francisco en el Perú / Versos y prosa (Amantes del País Ediciones, Lima, 2018), Mixtura Poética (Amantes del País Ediciones - Gaviota Azul Editores, Lima, 2013), Antología Décimo Aniversario de Lord Byron Ediciones (Liber Factory - Lord Byron Ediciones, Madrid, 2013), Catástasis 2011 (Ediciones OREM, Trujillo, 2011), Veinte poetas: muestra de poesía contemporánea (I.F-D. Editor. Lima, 2010), Lima: visiones desde el dibujo y la poesía (Iván Fernández-Dávila. Editor. Lima, 2010), Poesía y Narrativa Hispanoamericana Actual (Vision Libros - Lord Byron Ediciones, Madrid, 2010), Abofeteando a un cadáver (Bizarro Ediciones - Centro Cultural de España, 2007), entre otras.
Otros de sus textos, ya sean poemas, cuentos, artículos o ensayos, aparecen en diversos medios literarios nacionales e internacionales. Actualmente, es Presidente del Instituto Peruano de la Juventud (IPJ) y dirige el sello independiente Río Negro. Columnista del diario Expreso, de la revista Lima Gris y de Ssociólogos. Sus artículos publicados en su columna Maquinaciones son tomados por diversos medios. En julio del 2019 recibió el “Premio mundial a la excelencia cultural” por parte de la Unión Hispanomundial de Escritores (UHE). Posteriormente recibió el "Premio mundial el Águila Internacional a la excelencia sociológica". Ha sido candidato al primer Premio David Gistau de Periodismo de Opinión, a la XXXVIII edición de los Premios Internacionales de Periodismo Rey de España con "Los fantasmas del coronavirus" y "Viejos y nuevos paradigmas sociales" correspondientemente. Recientemente recibió el "Premio mundial a la excelencia periodística ‘César Vallejo’ 2020". Consultor internacional de la Asociación de Víctimas de Acoso Organizado y Tortura Electrónica (VIACTEC). 

Contacto:
raulallave1189@hotmail.com   
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Página en Ecured
Página en Biblioteca Virtual Fandom.


Fotografía por Matthew Henry (en Unsplash). Public domain.


24 feb 2021

'Cartas 1966', texto perteneciente al libro 'La enfermedad de escribir', de Charles Bukowski


John Bennett publicó la poesía de Bukowski en varios números de la revista Vagabond en las décadas de 1960 y 1970.


[A John Bennett]
Finales de marzo de 1966
 
[…] a veces cuando me emborracho sale el editor que llevo dentro, se apodera de las pocas neuronas que me quedan, y se me ocurren ideas para publicar revistas, a saber:
(¡va en serio!)
1. Una Revista Contemporánea de Literatura, Arte y Música
o Una Revista de Literatura, Arte y Música Contemporáneos nada de poesía ni obras modernas, solo artículos con garra sobre el mundillo y, si es posible, reproducciones artísticas. por supuesto, yo mismo escribiría algunos de los artículos para asegurarme de que la revista tuviera vida y agallas. creo que es necesaria una revista así, pero dudo mucho que se ponga en marcha.
2. La Revista Papel de Váter la redactaría en papel de váter (nuestro lema sería «¡Nos importa una mierda!»), usaría papel carbón y luego pegaría el papel de váter en un papel normal y dibujaría una portada original para cada ejemplar.
3. (sin título) escribiría cada número a mano con tinta china y también haría óleos al pastel (distintos) para cada número, y las portadas tendrían una ilustración única y original. aprendí a escribir a mano muy rápido cuando pasé hambre de joven y no tenía máquina de escribir y enviaba todo usando el tintero. escribo más rápido usando mayúsculas que a mano alzada, o al menos antes era así. […]


El proyecto inconcluso Atomic Scribblings from a Maniac Age nunca vio la luz, y este dibujo acabó publicándose en una revista literaria en 1971.
 
El tipo anunció el libro y cobró los pedidos por adelantado, no responde a mis cartas y ahora todo el mundo pensará que soy un puto estafador, eso no es lo que más me molesta sino las largas noches que me pasé despierto hasta el amanecer, descojonándome, bebiendo, en pelotas en la cocina, manchándome de tinta china, dibujando por las paredes, sintiéndome casi vivo, para que ahora ese cabrón se quede con todas esas noches, todos esos dibujos y desaparezca con ellos. Me gustaría pillar a algunos de esos hijos de puta abriéndome la puerta de su casa, pero están muy tranquilos porque saben que no voy a ir por todo el país persiguiéndolos, es más fácil hacer otros cien dibujos. pues nada, ahí tienes otra historia patética para tus archivos. nunca olvides que no se puede confiar en los hombres de letras, antes me fiaría de las hormigas, los pigmeos, los artistas de las pajas, los chupapollas, los niños de mamá comemocos… casi, casi. recuerda que en agosto cumpliré 46 años, y aunque empecé este juego a los 35, he visto tanta mierda en 11 años que bastaría para bombardearlos a todos ellos. casi.


Lawrence Ferlinghetti, quien había fundado City Lights en 1953 y había publicado Aullido, de Allen Ginsberg, en 1956, publicó la Artaud Anthology en 1965; Bukowski la reseñó a comienzos de 1966 en el periódico Los Angeles Free Press.

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[A Lawrence Ferlinghetti]
19 de junio de 1966
 
[…] no quería irme por las ramas, en cuanto a Artaud, caí en la cuenta de que muchas de sus ideas son parecidas a las mías; de hecho, mientras leía la antología era como si yo mismo hubiera escrito muchos de los pasajes… gilipolleces, claro está, pero es uno de los pocos escritores que me hace sentir como un niño aprendiendo a escribir, y casi nunca me siento así.
No te preocupes por las reseñas en Francia, esos cabrones siempre piensan que somos unos carcas… es una especie de estandarte que blanden hace siglos, es una caza de brujas y un conjuro de coños, es tu mejor libro, una maza con piernas y ojos. Mientras, me toco mis pobres huevos y tirito bajo el sol.
 

Jean y Veryl Rosenbaum publicaron la poesía de Bukowski en varios números de la revista Outcast entre 1966 y 1968.

[A Jon y Lou Webb]
11 de julio de 1966
 
Sí, Rosenbaum recibió el número de Ole con el poema sobre él, me escribió y tengo la carta por algún lado.
¡Salve, Hank! Rey de las birras.
Esperaba con ansia que tu poema en Ole, en respuesta al excelente artículo que publiqué en el número 1 de Outcast sobre el mundillo literario, me ofendiera. Me decepcionó mucho que apenas dijeras ¡ay! La queja era tan inaudible que hasta un pedo se oiría más. No me aburrió tanto tu percepción superficial de la situación como que hayas perdido gancho. De hecho, sabes tan bien como yo que no has escrito un poema que valga la pena desde Atrapa mi corazón…, a pesar del bombo y platillo que han recibido los dos libros siguientes. Veryl y yo te admiramos y nos preocupa tu declive artístico, por mucho que ahora seas más popular que nunca. Creo que estás por encima de eso. ¿Sabes que el seguro de Correos cubre el 50 % del coste de un tratamiento psicoterapéutico? Ojalá hagas algo para liberarte porque necesitamos y queremos poemas de primera para los siguientes números de Outcast.
Jean

Escrito en papel rosa con un membrete de Outcast. en el último número de la revista publicaron un poema mío con 3 o tal vez solo 2 palabras mal escritas, y no eran errores míos, sino que pusieron una «e» donde debería ir una «o» y cosas por el estilo. Los poemas de los otros autores no tenían erratas, no creo que haga falta decir lo obvio, pero es otro claro ejemplo de que tratar con Jean no termina de gustarme. Mi poema tal vez le decepcionara en lugar de ofenderle, pero bien que saca sus colmillos amarillentos en la carta. No hace falta ser psiquiatra para darse cuenta de que me la está devolviendo, estoy harto de este tío, por cierto, Correos ofrece media docena de seguros diferentes. Las tarifas varían, incluida la del «tratamiento psicoterapéutico». le encanta sacar el tema de Correos porque sabe que me está matando. Tampoco entiendo lo de «creo que estás por encima de eso», está metido con calzador entre 2 ideas con las que no guarda relación alguna. ¿soy el único que está majara? […]

El que Loujon publique un 3.er libro de Bukowski en 1967 o a principios de 1968 es lo único que evita que caiga muerto en medio de la calle, la remota posibilidad de que se haga realidad impide que arranque el papel pintado de las paredes y que me acueste con mujeres con las que no me apetece acostarme y que deambule bajo el sol con agujeros en el alma y los bolsillos, joder. Me alegra recibir la noticia tan pronto, podría empezar a buscar los poemas y pasarlos a limpio, me han aceptado poemas en 2 docenas de revistas literarias y hoy mismo he recibido un par de cartas de editores europeos que quieren ver lo que escribo, y mis dedos se sienten bien al tocar las teclas y el papel, ya no escribo como lo hacía en Atrapa mi corazón. hay quienes se molestan por eso, pero a mí me parece de lo más normal, escriba lo que escriba, ya sea bueno o malo, tiene que ser un reflejo de quien soy en estos momentos, los poemas sobre las putas y las borracheras tuvieron su momento de gloria, pero no puedo pasarme la vida escribiendo sobre lo mismo. Los norteamericanos siempre quieren una IMAGEN para todo, algo que etiquetar y clasificar, y no pienso dárselo, o aceptan a este viejo con agujeros en los calcetines frotándose los ojos y soñando con Andernach a las 4 de la tarde o no hay nada que hacer, el último poema que escriba será el poema que tendré que escribir entonces, me permito el lujo de tomarme esa libertad. […]
no, [John] Martin no suele venirme con sermones, intento que me hable más de él y de sus actividades. su impresor es un carca de cuidado, dile un día que te cuente cosas del impresor, en uno de mis poemas salía la palabra «joder», el impresor lo preparó todo menos esa palabra, dijo que no podía hacerlo, que nunca lo había hecho, le sugirió a Martin que usáramos un sello de caucho para estampar esa palabra. Dios mío, al final Martin no publicó el poema por culpa del impresor, dice que mis poemas son «sádicos», santo dios, vaya mundo lleno de pájaros de mal agüero.


[A Harold Norse]
2 de agosto de 1966
 
[…] sí, cuesta tragar a Creeley, pero creo que se está desesperando porque escribió un poema en el que veía a una mujer orinar en el lavabo, la mujer no meaba sino que orinaba y se ruborizaba, orinaba después de que él se la hubiera follado…, solo que Creeley no folla sino que hace el amor. pero el poema no terminaba de funcionar porque era obvio que estaba esforzándose por ser uno de los nuestros, es como si yo imitara a Creeley, veamos:
la columpié en el columpio
del parque, a mi hija, el cielo estaba allí, mi hija en el columpio, en el parque, y un día, pensé, mientras ella rozaba el cielo: tendré
mi oportunidad.
 

Michael Forrest, poeta coetáneo de Bukowski, también publicaba sus libros en Black Sparrow Press.


[A Michael Forrest]
Finales de 1966
 
[…] Esculpo en piedra no porque perdure sino porque está ahí y no replica como una mujer. Esculpo en piedra porque los 2 o 3 buenos hombres del futuro me leerán y se reirán. Eso me basta, es todo cuanto tengo.
Creo que gracias a (o a pesar de) mis 46 años en el infierno he conservado unos gloriosos y cobardes y maravillosos e insignificantes atisbos de pensamiento + unas carcajadas de loco debajo (quizá) de la uña del dedo gordo del pie izquierdo, lo cual me mantiene con vida entre el suicidio y la lucha.
Es un buen terreno neutral. Por supuesto, los terrenos neutrales no son contundentes ni altisonantes (o triunfales) desde un punto de vista artístico y público ni tampoco son adorables. En la mayoría de mis poemas camino por una habitación y estoy alegre/triste (no son las palabras adecuadas) de que tanto la habitación como yo estemos ahí en ese momento. Creo que he leído casi todos los libros, pero nunca nadie me había dicho eso, y ojalá lo hubieran hecho. Ya fuera N[ietzsche], Shope[nhauer]o el pretencioso y demagogo de Santayana. Cualquiera.



(Textos pertenecientes al libro «La enfermedad de escribir», Charles Bukowski).






23 feb 2021

'Las aventuras de Dionisio', texto perteneciente al libro 'relatos de los héroes griegos', de Roger Lancelyn Green

    
   Después de la lucha con Tifón, Zeus comenzó a buscar cada vez con mayor ansiedad al Héroe que había de ayudarle a derrotar a los Gigantes. ¡Si la Tierra aún era capaz de producir semejante monstruo, la guerra contra los Gigantes estaba mucho más próxima de lo que había previsto!
   Quizá fuera por algo que Prometeo había dicho, o por alguna intuición que él había tenido, pero Zeus estaba convencido de que el Héroe nacería con toda seguridad en Tebas.
   Por eso, cuando Cadmo y Armonía hubieron construido su ciudad de siete puertas (con la ayuda de los músicos Anfión y Zeto, a los sones de cuya lira las piedras se movían por sí mismas encaramándose unas sobre otras para levantar la muralla), Zeus vigilaba con atención el devenir de sus hijas.
   De estas la mayor era Autónoe, cuyo único hijo, Acteón, tuvo un trágico final. Insultó a Artemisa, la Cazadora Inmortal, jactándose de ser más diestro que ella un día en que la sorprendió bañándose en un solitario estanque del monte Citerón. Indignada, la diosa lo convirtió en venado y azuzó contra él a sus propios lebreles, que lo derribaron y despedazaron sin saber lo que hacían.
   La segunda hija era Ino, que se casó con Atamante, rey de una ciudad no muy distante de Tebas, quien a su vez tenía otros dos hijos, Frixo y Hele. Su madre era Néfele, la Doncella Nube, que tras su nacimiento huyó de nuevo al cielo, con lo que Atamante jamás volvió a verla. Cuando Ino tuvo sus propios hijos empezó a odiar a estos dos que no eran como los demás mortales, y pronto demostró ser una madrastra malvada y cruel. No se atrevía a matarlos por sí misma, por lo que en secreto hizo secarse las semillas de trigo, causando con ello una gran hambruna. Luego sobornó al mensajero que fue enviado al oráculo de Delfos para preguntar por qué no crecía el grano, y le ordenó volver con la respuesta de que la tierra sufría una maldición que solo sería revocada si Frixo era inmolado por su padre.
   Atamante se entristeció profundamente cuando escuchó este mensaje, pero no se atrevía a desobedecer al oráculo, que creía era la voz de Apolo. Así en el día señalado toda la gente se reunió en torno al altar de Zeus, donde Atamante debía dar muerte a su hijo Frixo.
   Mas Néfele, la Doncella Nube, no se resignaba a perder así a un vástago suyo. Le pidió a Pan que le entregara un Carnero Mágico con un vellocino de oro puro y, cuando Atamante levantó su cuchillo para ejecutar el sacrificio, el carnero se precipitó desde el cielo y arrebató a Frixo y a Hele, llevándoselos a horcajadas sobre el lomo.
   Por tierra y por mar se apresuraba, cargando sobre sí a los dos muchachos, mas al cruzar de Europa a Asia hizo un giro repentino y Hele cayó de su montura y se ahogó en el estrecho mar que, en honor a ella, fue conocido desde entonces como Helesponto.
   El carnero siguió volando con Frixo a la espalda hasta llegar a la tierra de Cólquide, cerca del extremo oriental del mundo, donde reinaba Eetes, el Mago. Allí vivieron seguros y, cuando murió el animal, su Vellocino de Oro fue colgado en un huerto mágico bajo la vigilancia de un dragón que había de custodiarlo hasta la venida de los argonautas.
   En Tebas solo Ino lamentaba que los dos jóvenes se hubieran salvado, y recibió su castigo antes de que transcurriera mucho tiempo.
   La siguiente hermana, la tercera hija de Cadmo y Armonía, era la bella Sémele, a quien Zeus decidió desposar él mismo. Dado que Armonía tenía por padres a dos Inmortales, Ares y Afrodita, Zeus intuyó que el fruto de esa unión sería un niño de poderes extraordinarios.
   Ahora bien, Hera, la reina del Olimpo, al descubrir las intenciones de su esposo, se enfureció terriblemente y sus celos no conocieron límites. También temía que el hijo de Zeus y Sémele llegara a convertirse en un Inmortal de poderes superiores a los de sus propios hijos, Ares y Hefesto.
   Así pues decidió destruir a Sémele y al niño. Un día se disfrazó de anciana y fue a visitar a la mujer. Empezó hablándole con gentileza y pronto le preguntó por su marido. Mas cuando Sémele le respondió que era el mismo Zeus, la vieja se echó a reír.
   —¿Estás segura de eso? —cloqueó con sorna—. ¿No será algún vulgar mortal que se está haciendo pasar por Zeus? Seguro que no viene a visitarte luciendo la radiante gloria que exhibe en su palacio del Olimpo, cuando ocupa su sitial en una mesa de oro al lado de su esposa Inmortal, la reina Hera.
   A Sémele la desconcertó esta sugerencia por lo que al día siguiente, cuando Zeus se presentó ante ella, le dijo:
   —Cuando nos casamos me prometiste que me otorgarías un deseo, cualquier cosa, sin importar qué fuera lo que te pidiera.
   —Así es —admitió Zeus—, y juro por el Éstige que sea lo que sea lo que solicites, te lo concederé.
   —Entonces ven a mí envuelto en la misma gloria con la que te muestras entre los Inmortales —le exigió la necia Sémele—, y así sabré que en verdad eres Zeus, y que no te avergüenzas de tener una mortal por esposa.
   Zeus se sintió amargamente abatido, mas no podía romper su juramento, aun siendo consciente de que había sido Hera la que le había tendido semejante trampa.
   Se irguió en toda su majestad, levantó un brazo y, en un instante, se transfiguró en una luz tan brillante e intensa que, siendo mortal, Sémele no pudo resistir, por lo que cayó de espaldas lanzando un grito, muriendo fulminada por la rutilante gloria de Zeus.
   Mas el padre de los dioses cogió al bebé, al que llamó Dioniso, y tras cuidar de él un tiempo se lo encargó a Hermes para que lo protegiera de los furibundos celos de Hera.
   Al principio Hermes se lo confió a Ino y a su hermana menor, Ágave, contándoles parte de la verdad y ordenándoles que guardaran el secreto de su origen vistiéndolo, para su seguridad, con ropas de niña.
   Y así Dioniso alcanzó la mocedad en Tebas, a salvo de la inquina de Hera. Mas al cabo fue traicionado por Ino y Ágave, y Zeus apenas consiguió salvarlo convirtiéndolo en una pequeña cabra que Hermes llevó al monte Nisa, en Tracia, donde unas gentiles ninfas acuáticas, las hijas del río Lamos, cuidaron de él.
   Ino fue castigada por esta y por otras perfidias. Se volvió loca y se zambulló en el mar, llevando en brazos a su propio hijo. Mas las ninfas del mar se hicieron cargo de ellos y desde entonces vivieron entre las olas, e Ino compensó el dolor que había causado durante su vida terrena ayudando a los náufragos maltratados por el piélago.
   Mientras tanto Dioniso alcanzó la edad adulta en la cueva del monte Nisa, y se hizo amigo de Sileno y de los Sátiros, que prometieron seguirle allá donde fuera. Pues Dioniso había descubierto la manera de hacer vino con las uvas que crecían en el monte Nisa y los Sátiros fueron las primeras criaturas en probar la nueva bebida y en experimentar sus embriagadores efectos.
   Fue tras su primera fiesta de borrachos que Sileno se quedó dormido en el jardín del rey Midas, que le trató con tanta amabilidad que Dioniso le prometió otorgarle cualquier don que le pidiera.
   —¡Haz pues que todo lo que yo toque se convierta en oro! —exclamó sin dudarlo el codicioso Midas, y Dioniso le otorgó su deseo con un travieso guiño del ojo.
   A su palacio se volvió muy ufano el rey Midas y enseguida hizo que todo él se convirtiera en oro, incluido el jardín, con todos sus árboles y flores. Mas cuando advirtió que también la comida y la bebida se transformaban en oro apenas rozaban sus labios, se dio cuenta de su error y fue en busca de Dioniso para suplicarle que revocara aquella mágica merced.
   A Midas no le volvió más sabio esta amarga experiencia, y no tardó mucho en enfurecer a Apolo, que hizo que le crecieran orejas de burro por su incapacidad para reconocer la buena música cuando la oía.
   Mientras tanto Dioniso recorría el mundo enseñando a la humanidad el cultivo de la vid y la forma de fermentar en vino el zumo de las uvas. Tuvo muchas aventuras en sus viajes, llegando hasta los confines de la India, de donde retornó en un carro tirado por dos tigres. En una ocasión consiguió escapar de sus enemigos convirtiendo en vino un río, pues cayeron dormidos después de haber intentado aplacar la sed en sus aguas.
   Cuando por fin regresó a Grecia, Dioniso dio con varios reyes contrarios a que enseñara a sus súbditos el arte de la elaboración del vino. La razón que daban para esta negativa era que, al igual que los Sátiros, muchas mujeres, las Ménades o «mujeres posesas», seguían a Dioniso abandonando a sus maridos e hijos para entregarse al frenesí del baile por las solitarias colinas.
   Uno de estos reyes, llamado Licurgo, expulsó a Dioniso al mar, de donde lo rescataron las ninfas marinas, la más bella de las cuales, Tetis, lo acogió en sus cuevas de coral. Licurgo sufrió por su mala acción puesto que, cuando intentó cortar la vid que Dioniso había plantado, acabó por cortarse uno de sus propios pies.
   Mientras tanto Dioniso salió de las cuevas de Tetis, aunque por el lado opuesto del mar, y alquiló un barco para que lo devolviera al otro extremo. Mas sucedió que los marineros eran una banda de piratas de Tiro que iban a la caza de jóvenes efebos a los que vender como esclavos, y a los que el joven dios les pareció una presa magnífica. Pues Dioniso era en verdad alto y apuesto, de tez clara y lozana, negros cabellos que le caían hasta los fornidos hombros cubiertos por una capa de intenso color púrpura.
   Cuando estuvieron mar adentro, el capitán pirata ordenó a sus hombres que ataran a Dioniso con cuerdas y lo encerraran en la oscura bodega del barco. Pero cuando se pusieron a ello, observaron sorprendidos cómo las sogas se desprendían de las manos y los pies de la deidad en cuanto terminaban de apretar los nudos.
   —¡Hemos perdido el juicio! —exclamó entonces el timonel—, sin duda es uno de los Inmortales el que llevamos en nuestro barco. Se trata quizá de Apolo, o de Poseidón... o incluso del mismo Zeus. Dejémoslo en libertad y transportémoslo con todos los honores hasta Grecia, no sea que se enoje y tome cumplida venganza de nosotros.
   —¡Tú eres el loco! —respondió furioso el capitán—. Atiende a tu trabajo que nosotros nos ocuparemos de este esclavo. Nos darán un buen precio por él en Egipto o en Sidón, no te quepa la menor duda.
   Entonces izaron las velas y volaron por las espumosas olas empujados por un recio viento de popa. Pero pronto empezaron a suceder cosas extrañas en el barco. Primero un dulce aroma a vino surgió de la bodega y un pequeño chorro rojizo corrió por el puente. Entonces, mientras los marineros observaban estupefactos, de los mástiles y vergas del barco empezaron a brotar grandes hojas y serpenteantes pámpanos. Pesados racimos de uvas aparecieron a ambos lados de las velas y, en los pasadores entre los que descansaban los largos remos, crecieron vides cuajadas de flores.
   Al contemplar todo esto los piratas dieron grandes voces ordenando al timonel que diera la vuelta al barco y lo condujera a Grecia a toda la velocidad de que fuera capaz. Pero su arrepentimiento llegaba demasiado tarde, pues según caían de rodillas ante Dioniso para suplicar su clemencia, el dios se metamorfoseó en un feroz león que lentamente se aproximó hacia ellos.
   Con grandes alaridos de terror saltaron por las bordas del barco... y de inmediato quedaron convertidos en delfines. Todos ellos excepto Acetes, el timonel, que permaneció en su asiento paralizado por el terror. Dioniso, recobrando su figura habitual, le dirigió palabras tranquilizadoras:
   —No tengas ningún temor, buen Acetes, pues con prudencia aconsejaste a tus malvados compañeros que me trataran según me era debido, y por ello has ganado el favor de mi corazón. Has de saber que yo soy Dioniso, hijo del Inmortal Zeus, y que me dirijo a la tierra de Grecia portando conmigo el don del vino, para que sirva de consuelo y solaz a toda la humanidad.
   Acetes condujo el barco, y los vientos lo hicieron volar sobre las olas hasta llegar a Atenas. Allí Dioniso y su presente fueron acogidos con entusiasmo, aunque su anfitrión, Icario, sufrió por accidente un triste destino. Ofreció vino a sus amigos y estos, tras beber en demasía y experimentar por primera vez sus extraños efluvios, empezaron a gritar que Icario los había envenenado.
   Presas de rabia y pánico le dieron muerte y tiraron su cuerpo a un pozo, donde lo encontró su hija Erígone con la ayuda de su leal perro, ante lo cual la muchacha se ahorcó abrumada de dolor. Zeus fue testigo de lo ocurrido y a los tres los situó entre las estrellas, donde todavía hoy se les puede contemplar como las constelaciones de Virgo, Arturo y Procyon, el Can Menor.
   Mas Dioniso continuó su camino y por fin llegó a Tebas, donde había nacido. Nadie lo reconoció y Penteo, hijo de Ágave, que ahora ocupaba el trono de su abuelo Cadmo, lo encerró en una prisión de piedra y juró que había de matarlo.
   Una vez más, sin embargo, el poder de Dioniso acabó triunfando. Las viñas y las parras crecieron entre las piedras de los muros de la cárcel hasta que cayeron desmoronados. Dioniso quedó libre mientras que a Penteo una banda salvaje de Ménades entre las que estaba su propia madre, Ágave, lo confundió con un león, le dieron caza y lo despedazaron.
    
   Estos y muchos otros sucesos extraños y maravillosos se contaban de Dioniso. Los hombres le rendían honores y proclamaban que debía ser uno de los Inmortales. Mas aún le faltaba una última aventura antes de poder ocupar su sitial en el Olimpo. Y esta fue la más extraña que jamás le ocurriera a ningún Inmortal. Pues Dioniso viajó a la tierra de Argos, al sur de Grecia, y allí el rey Perseo marchó contra él armado de pies a cabeza.
   Perseo, que también tenía a Zeus por padre, era, con una única excepción, el más grande de todos los héroes griegos, y durante un breve lapso de tiempo Zeus pensó que él podría ser el paladín que estaba buscando.
   En el momento en que Perseo desenvainaba su espada para cargar contra Dioniso, todos los Inmortales se reunieron en las nubes para contemplar un combate tan atroz y decisivo. El enfrentamiento culminó cuando Perseo asestó a Dioniso un golpe mortal, pues solo así el encono de Hera podía ser aplacado. Mas no se sabe a ciencia cierta si Dioniso también acabó con Perseo al mismo tiempo, pues hay quien mantiene que Perseo fue asesinado poco después por Megapentes, a cuyo padre, Proteo, Perseo había convertido en piedra con la cabeza de la Gorgona.
   Mientras moría, Dioniso se zambulló en el lago de Lerna, junto al que habían luchado, pues este lago no tenía fondo y llevaba directamente al Reino de los Muertos, donde Hades gobernaba las almas de los mortales. De esta forma Dioniso compartió el destino de toda la humanidad, aunque Zeus había decretado que se había de convertir en Inmortal y sentarse entre los dioses en el Olimpo.
   Una vez en el reino de Hades, Dioniso se abrió paso hasta el trono, donde se sentaba el pavoroso rey con la pálida y triste Perséfone a su lado.
   —¡Señor de los Muertos! —exclamó Dioniso—, es la voluntad de Zeus, mi padre, que no permanezca aquí para ser tu súbdito, sino que suba de inmediato a través de la tierra para reclamar un escaño junto a los demás Inmortales. Mas es mi deseo llevar conmigo a mi madre, Sémele. Yo así te lo suplico: libera a mi madre de la muerte para que pueda acompañarme.
   —Eso no puede ser —replicó Hades con voz rotunda y solemne—, a no ser que me entregues a cambio de tu madre al ser más querido por ti de entre los que hoy habitan sobre la tierra.
   —Ciertamente que lo haré —dijo Dioniso, y lo juró por el río Éstige, juramento que ningún Inmortal puede quebrantar.
   —¡Bien! —respondió Hades, y él también se comprometió con el mismo juramento a liberar a Sémele—. Y ahora, a por tu ser más querido.
   —¡Mi ser más querido está aquí! —exclamó Dioniso, y con un recio golpe clavó en el suelo su fino cayado, llamado tirso, que siempre llevaba consigo. De inmediato el bastón echó raíces, brotaron hojas de él, y se cubrió de racimos de carnosas uvas.
   —Esta vid es mi ser más querido —proclamó con voz de triunfo.
   Hades asintió con la cabeza y Sémele fue entregada a su hijo.
   Por orden de Zeus una gran grieta se abrió sobre el abismo, una fractura tan profunda y misteriosa que ningún pájaro jamás se atrevió a volar sobre ella, y por esta barranca subió Dioniso hasta el Olimpo, llevando a su madre de la mano. Allí le dieron la bienvenida los demás Inmortales, e incluso Hera sonrió olvidando su animadversión y sus celos.


(Texto perteneciente al libro «Relatos de los héroes griegos», Roger Lancelyn Green).


Fotografía por Stefan Keller (en Pixabay). Public domain.



'Poesía' de Michel Houellebecq


NATURALEZA

  
    No envidio a esos pomposos imbéciles

    Que se extasían ante la madriguera de un conejo

    Porque la naturaleza es fea, cargante y hostil;

    No tiene ningún mensaje que transmitir al ser humano.

    Es agradable, al volante de un potente Mercedes,

    Atravesar lugares grandiosos y solitarios;

    Manejando con destreza la palanca de cambios

    Se dominan los montes, los ríos y las cosas.

    Los cercanos bosques se deslizan bajo el sol

    Y parecen reflejar conocimientos antiguos;

    Se presienten maravillas en el fondo de sus valles,

    Y al cabo de unas horas, empiezas a confiarte;

    Te bajas del coche y empiezan los problemas.

    Aterrizas en mitad de un desorden repugnante,

    De un universo abyecto y desprovisto de sentido

    Hecho de piedras, de zarzas, de moscas y de serpientes.

    Echas de menos los aparcamientos y los vapores de gasolina,

    El brillo suave y sereno de un mostrador de níquel;

    Demasiado tarde. Demasiado frío. Comienza la noche.

    El bosque te oprime en su cruel sueño.
  

  
    NATURE

    Je ne jalouse pas ces pompeux imbéciles / Qui s’extasient devant le terrier d’un lapin / Car la nature est laide, ennuyeuse et hostile; / Elle n’a aucun message à transmettre aux humains. // Il est doux, au volant d’une puissante Mercedes, / De traverser des lieux solitaires et grandioses; / Manœuvrant subtilement le levier de vitesses / On domine les monts, les rivières et les choses. // Les forêts toutes proches glissent sous le soleil / Et semblent refléter d’anciennes connaissances; / Au fond de leurs vallées on pressent des merveilles, / Au bout de quelques heures on est mis en confiance; // On descend de voiture et les ennuis commencent. / On trébuche au milieu d’un fouillis répugnant, / D’un univers abject et dépourvu de sens / Fait de pierres et de ronces, de mouches et de serpents. // On regrette les parkings et les vapeurs d’essence, / L’éclat serein et doux des comptoirs de nickel; / Il est trop tard. Il fait trop froid. La nuit commence. / La forêt vous étreint dans son rêve cruel.



EN EL PARO

  
    Atravieso una ciudad de la que ya nada espero

    Entre seres humanos distintos cada vez

    Me lo sé de memoria, este metro elevado;

    Transcurren días enteros sin que pueda ni hablar.

    ¡Ah! Esos mediodías, regresando del paro

    Pensando en el alquiler, meditación sombría,

    Prefieres no vivir, pero igualmente envejeces

    Y nada cambia en nada, ni el verano, ni las cosas.

    Al cabo de algunos meses, se acaba el subsidio

    Y el otoño vuelve, lento como una gangrena;

    El dinero se vuelve la única idea, la única ley,

    Estás realmente solo. Y te quedas atrás, atrás…

    Los otros continúan con su danza existencial

    Tú estás aislado tras un muro transparente;

    El invierno ha vuelto. Su vida parece real.

    Tal vez, en algún sitio, te espera el porvenir.
  

  
    CHÔMAGE

    Je traverse la ville dont je n’attends plus rien / Au milieu d’êtres humains toujours renouvelés / Je le connais par cœur, ce métro aérien; / Il s’écoule des jours sans que je puisse parler. // Oh! ces après-midi, revenant du chômage / Repensant au loyer, méditation morose, / On a beau ne pas vivre, on prend quand même de l’âge / Et rien ne change à rien, ni l’été, ni les choses. // Au bout de quelques mois on passe en fin de droits / Et l’automne revient, lent comme une gangrène; / L’argent devient la seule idée, la seule loi, / On est vraiment tout seul. Et on traîne, et on traîne… // Les autres continuent leur danse existentielle, / Vous êtes protégé par un mur transparent; / L’hiver est revenu. Leur vie semble réelle. / Peut-être, quelque part, l’avenir vous attend.


¿Qué demonios es Michel Houellebecq?


Fotografía por Ozan Safak (en Unsplash). Public domain



22 feb 2021

'Mi amada mujer', relato de Juan Luis Henares


La vista desde la ventana de mi departamento, octavo piso en la torre de viviendas para empleados bancarios, es de las mejores que se pueden disfrutar en la ciudad. Aquí puedo ver el parque que nos separa del bloque de los obreros ferroviarios; contemplar el sol surgir tras los árboles en el amanecer es un espectáculo único. Y qué decir de los días lluviosos, como el de hoy, en que al desayunar aprecio los árboles mojados y la copa de los pinos en constante danza al compás de la música del viento. Son placeres que Dios nos regala; gracias a él y a sus representantes en la tierra vivimos rebosantes de amor y felicidad: despertamos, rezamos, cumplimos con las ocho horas del trabajo fijo y las cuatro del rotativo, vamos a misa, volvemos a casa, miramos programas en la televisión, cenamos y, antes de dormir, oramos a la medianoche. ¿Qué más podemos desear? La sociedad en la tercera década del siglo es un paraíso, y cada cual cumple orgulloso su rol en ella. 
No siempre ha sido de esta manera; cuentan los ancianos que en el pasado reinaba el caos: inseguridad, secuestros, asaltos, asesinatos, guerras. Muchos querían tener más de lo que les correspondía, sin aceptar el lugar que Dios les otorgó en el universo; no entendían que, si aquí eran pobres, en la otra vida se los premiaría con la riqueza eterna. Es lamentable, pero transcurridos tantos años unos pocos disconformes aún quedan. Por ejemplo, meses atrás el portero del edificio se quejó de los bajos salarios que nos abonaban: según él, los miembros de la iglesia gozaban de una privilegiada existencia, con óptimas condiciones materiales y todos los placeres terrenales al alcance de sus manos. Afirmaba que no habitaban simples departamentos como los ciudadanos, sino lujosas villas junto al mar. Escépticos le exigimos traer pruebas, y para no quedar en ridículo prefirió desaparecer. Confirmó las sospechas: era solo un embustero.
Los empleos son variados. Aparte del fijo están los rotativos: limpieza de calles y de baños públicos, recolección de basura, mantenimiento de plazas, chofer de taxis y colectivos, ordenanza en escuelas y hospitales, etc. Mi puesto es de administrativo en un banco: este mes lo alterno con el de expendedor de boletos de trenes. Mi mujer es cajera en un supermercado; al terminar cumple el turno de auxiliar en un centro de salud y regresa a casa. Nuestro hijo tiene catorce años y estudia en la escuela secundaria rural que dirige la iglesia. Debería haber vuelto el viernes, sin embargo llamó y nos pidió permiso para quedarse otra semana, ya que se siente muy contento de ayudar al obispo, director del colegio, con los quehaceres en el tambo. De inmediato se lo dimos, no hay sitio en el que pueda encontrarse mejor que al cuidado de un prelado. Lo amo al igual que a mi mujer, a quien extraño pues las ocupaciones nos impiden estar más tiempo juntos; existo por ellos, aunque el sacrificio es necesario si tiene como fin servir a Dios.
Además del trabajo tenemos un acto trascendental: rezar. Al levantarnos, luego en alguna parroquia y a la noche con la misa del Papa que se transmite desde El Vaticano, en donde agradecemos a Dios habernos permitido vivir otro bello día. Sin excepción cumplimos con los tres rezos; la ley dice que si alguien desobedeciera será expulsado de la sociedad, mas nadie se niega —los buzones en las esquinas permanecen vacíos pues no hay denuncias— ya que la plegaria es una bendición. Los innumerables templos distribuidos en la ciudad tienen sus ceremonias a cada hora, así podemos elegir en cual participar. En mi caso ansío salir de la oficina e ir a ellos —si pudiera acudiría a dos o tres— y gustoso dejo en la urna sobre el altar el dinero que me sobró de la jornada anterior. No hay nada como ayudar a que la palabra de Dios arribe a todos los rincones del mundo. Confieso que un escalofrío recorre mi cuerpo; es la satisfacción y el agradecimiento que les debo al permitirme cooperar a tan noble fin. 
Al retorno de las faenas diarias nos bañamos, cenamos —ayer mi esposa cocinó exquisitos ravioles de pollo con salsa bolognesa— y después oramos junto al Papa. A continuación vamos a la cama; la mayoría de las veces dormimos, las menos tenemos relaciones. No obstante anoche, no sé si fue efecto del Malbec con el que acompañamos las pastas, estaba distinta. Al finalizar la cena me pidió hacerlo; cuando le respondí que previo al placer carnal se encuentra el deber de la misa, me dijo que había tiempo suficiente y me llevó a la cama. Pronto, apurado para sentarme frente al televisor, acabé y procedí a cambiarme. Fue allí que comenzaron sus quejas, pretendía llegar al orgasmo. No comprende la palabra de Dios; el papel de la mujer es satisfacer al hombre y procrear, no gozar. Empezó con sus acusaciones: que soy machista, que solo me preocupa mi disfrute y no el suyo, que ellas también tienen deseos, que en esta sociedad las obligan a esforzarse sin descanso, que los curas se quedan con la riqueza y —ojalá no la haya escuchado Dios— llevan una vida colmada de lujuria. En un principio me contuve, pero al momento de participar en el rito se negó a hacerlo. Desnuda, con sus pechos al aire enfrentó la pantalla y blasfemó contra el Papa. Dijo que los sacerdotes en las iglesias realizan orgías en las que abusan de niños; no aguanté más y le di un cachetazo. Se encerró, con el Diablo en su cuerpo y no sin antes azotar la puerta, en la habitación. Recé —le pedí perdón a Dios—, me vestí, tomé el ascensor y salí a dar una breve caminata por el barrio, dispuesto a cumplir con mi ineludible deber moral. 
Mientras preparo las oraciones matinales saboreo el café y cuento en el reloj los minutos que restan para ir al trabajo; temprano al despertar divisé a la patrulla en su recorrida matinal por los buzones de la ciudad. Ahora, tras el ventanal con gotas de lluvia observo —con la verde arboleda de fondo— cómo allá abajo, en la vereda, tres clérigos vestidos con su negra sotana arrastran e introducen a los golpes dentro del purificador furgón a mi amada mujer.

Juan Luis Henares nació en 1963 en Paraná, República Argentina. Profesor en Ciencias Sociales. En 2004 obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Ensayos Memoria y Dictadura. Sus cuentos han sido publicados en antologías, revistas y webs de Argentina, México, Uruguay, Venezuela, Colombia, Guatemala, Chile, Perú, Cuba, España, Alemania, Canadá y Estados Unidos. En 2018 fue editado su primer libro: Lápiz clandestino. Actualmente prepara el segundo. Web - FB - FB



Fotografía por (Isabella and Louisa Fischeren Unsplash.
Public domain.





'Sin Lasangre', experimento de 2012, por Francisco Cortés Arrayas

(Experimento de 2012: someter a mi álter ego al juicio de desconocidos que creen conocer sus vísceras).

SIN LASANGRE persigue sueños que ni siquiera ella parece ver muy claros. Tiene un puñado de ideales y mata o muere por ellos con la misma pasión. No conoce las medias tintas, ni el perdón ni la diplomacia. Se tortura por placer, mira alrededor con desdén, y continuamente levanta ídolos privados, de oro y de barro. Tal vez le hubiese gustado embarcarse en alguna cruzada que le permitiese caer mártir de una causa, pero eso significaría identificarse con un grupo, y ella no puede tolerar tal cosa. Porque a Sin no le basta ser diferente, activamente busca la incomprensión de los demás.

Por tanto, vive una guerra abierta, permanente y sin cuartel, con el mundo al completo. Busca dar significado a su vida con una muerte envidiable, e invariablemente plantea sus batallas de la manera más desfavorable posible. Gloria eterna o fin magnífico, o ambos, de ser posible. Naturalmente, esta batalla interminable concluye periódicamente por agotarla. Entonces se retira a las sombras, donde se consume maldiciendo al universo hasta quedar dormida, letárgica. Y luego, inopinadamente, resucita una vez más como si nada hubiese ocurrido. Pero extrañamente nunca lo hace con la majestuosidad de un fénix, sino con la naturalidad discreta de la luna. Después busca una nueva víctima a la que humillar…

Sin es una solitaria por propia voluntad, desesperada, épica y pasional. Un animal herido que llora y muerde a la vez, inexplicada y rabiosa.


(Imagen: SIN LASANGRE)
Elzabeth Shelley

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