enero 28, 2015

ENRIQUE ANDERSON IMBERT / CUENTOS CORTOS









El suicida

Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.

Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.

¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.

Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.

Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.

Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.

Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.

FIN



La pierna dormida


Esa mañana, al despertarse, Félix se miró las piernas, abiertas sobre la cama, y, ya dispuesto a levantarse, se dijo: "y si dejara la izquierda aquí?" Meditó un instante. "No, imposible; si echo la derecha al suelo, seguro que va a arrastrar también la izquierda, que lleva pegada. ¡Ea! Hagamos la prueba."



Y todo salió bien. Se fue al baño, saltando en un solo pie, mientras la pierna izquierda siguió dormida sobre las sabanas.

FIN



La Foto

Jaime y Paula se casaron. Ya durante la luna de miel fue evidente que Paula se moría. Apenas unos pocos meses de vida le pronosticó el médico. Jaime, para conservar ese bello rostro, le pidió que se dejara fotografiar. Paula, que estaba plantando una semilla de girasol en una maceta, lo complació: sentada con la maceta en la falda sonreía y...

¡Clic!

Poco después, la muerte. Entonces Jaime hizo ampliar la foto -la cara de Paula era bella como una flor-, le puso vidrio, marco y la colocó en la mesita de noche.

Una mañana, al despertarse, vio que en la fotografía había aparecido una manchita. ¿Acaso de humedad? No prestó más atención. Tres días más tarde: ¿qué era eso? No una mancha que se superpusiese a la foto sino un brote que dentro de la foto surgía de la maceta. El sentimiento de rareza se convirtió en miedo cuando en los días siguientes comprobó que la fotografía vivía como si, en vez de reproducir a la naturaleza, se reprodujera en la naturaleza. Cada mañana, al despertarse, observaba un cambio. Era que la planta fotografiada crecía. Creció, creció hasta que al final un gran girasol cubrió la cara de Paula.

FIN



Cuerno y marfil
Penélope le dice a Odiseo:

-Hay dos puertas para los sueños: una, construida de cuerno; otra, de marfil. Los que vienen por la de marfil nos engañan; los que vienen por la de cuerno nos anuncian verdades.

En Homero (Odisea, XIX) esas puertas eran alegóricas: no existían sino como imágenes de ideas. Ahora sabemos que existieron de verdad. El periódico de hoy trae la noticia de que el arqueólogo Michael Ventris, en las excavaciones de Knossos, acaba de encontrar dos enormes puertas labradas, una sobre un solo cuerno y la otra sobre un solo colmillo. Interrogado por un periodista, Ventris ha dicho que su impresión, más que de asombro, es de horror, al pensar, en vista de ese cuerno, de ese colmillo, en el tamaño que debieron de haber tenido los rinocerontes y elefantes pre-homéricos.


FIN




Las Manos



En la sala de profesores estábamos comentando las rarezas de Céspedes, el nuevo colega, cuando alguien, desde la ventana, nos avisó que ya venía por el jardín. Nos callamos, con las caras atentas. Se abrió la puerta y por un instante la luz plateada de la tarde flameó sobre los hombros de Céspedes. Saludó con una inclinación de cabeza y fue a firmar. Entonces vimos que levantaba dos manos erizadas de espinas. Trazó un garabato y sin mirar a nadie salió rápidamente. Días más tarde se nos apareció en medio de la sala, sin darnos tiempo a interrumpir nuestra conversación. Se acercó al escritorio y al tomar el lapicero mostró las manos inflamadas por las ampollas del fuego. Otro día -ya los profesores nos habíamos acostumbrado a vigilárselas- se las vimos mordidas, desgarradas. Firmó como pudo y se fue. Céspedes era como el viento: si le hablábamos se nos iba con la voz. Pasó una semana. Supimos que no había dado clases. Nadie sabía dónde estaba. En su casa no había dormido. En las primeras horas de la mañana del sábado una alumna lo encontró tendido entre los rododendros del jardín. Estaba muerto, sin manos. Se las habían arrancado de un tirón. Se averiguó que Céspedes había andado a la caza del arcángel sin alas que conoce todos los secretos. Quizá Céspedes estuvo a punto de cazarlo en sucesivas ocasiones. Si fue así, el arcángel debió de escabullirse en sucesivas ocasiones. Probablemente el arcángel creó la primera vez un zarzal, la segunda una hoguera, la tercera una bestia de fauces abiertas, y cada vez se precipitó en sus propias creaciones arrastrando las manos de Céspedes hasta que él, de dolor, tuvo que soltar. Quizá la última vez Céspedes aguantó la pena y no soltó; y el arcángel sin alas volvió humillado a su reino, con manos de hombre prendidas para siempre a sus espaldas celestes.


¡Vaya a saber!

FIN




EDWARD ESTLIN CUMMINGS / SELECCIÓN DE POESÍA



De la mentira del no

de la mentira del no
surge una verdad del sí
(ella misma sólo y quien
es ilimitadamente)

hace entender a los tontos
(cómo me aburro) que no
todo el furor del pensar
es igual a una violeta

Versión de Alfonso Canales
-e.e. Cummings poemas- Alberto Corazón , Editor, 1969




Hombre no...

Hombre no, si los hombres son dioses; mas si los dioses
han de ser hombres, el único hombre, a veces, es éste
(el más común, porque toda pena es su pena;
y el más extraño: su gozo es más que alegría)

un demonio, si los demonios dicen la verdad; si los ángeles

en su propia generosamente luz total se incendian,
un ángel; o (daría todos los mundos
antes que ser infiel a su destino infinito)
un cobarde, payaso, traidor, idiota, soñador, bruto:

tal fue y será y es el poeta,

aquel que toma el pulso al horror por defender
con el pecho la arquitectura de un rayo de sol
y por guardar el latido del monte entre sus manos
selvas eternas con su desdicha esculpe.

Versión de Octavio Paz




La Guerre

I
el gran tamaño del cañón
es hábil

pero yo he visto
la voz enorme e inteligente de la muerte
que refugia una fragilidad
de amapolas...

digo que a veces
en estos largos animales parlanchines
se esconden puños de más silencio.

Yo he visto todo el silencio
lleno de vívidos muchachos sin ruido

en Roupy
he visto
entre barreras,

las absolutas y maduras y calladas niñas de la noche.

II
Oh dulce y espontánea
tierra cuántas veces
los
dedos
punteros de
lascivos filósofos te pincharon
y empujaron

el pícaro pulgar
de la ciencia vejó
tu

belleza cuántas
veces las religiones te han
puesto sobre sus rodillas huesudas
apretándote y

pegándote para que pudieras concebir
dioses
(pero
fiel

a la incomparable
cama de la muerte tu
rítmico
amante
tú les contestaste

solamente con
la primavera)


Versión de Marcelo Covian



Tanto ser diverso...

Tanto ser diverso (tantos dioses y demonios
éste más ávido que aquél) es un hombre


(tan fácilmente uno se esconde en otro;
y, no obstante, cada uno, siendo todos, no escapa de ninguno)
tumulto tan vasto es el deseo más simple:
tan despiadada mortandad la esperanza
más inocente (tan profundo el espíritu del cuerpo,
tan lúcido eso que la vigilia llama sueño)


tan solitario y tan nunca el hombre solo
su más breve latido dura un año terrestre
sus más largos años el latido de un sol;
su más leve quietud lo lleva hasta la estrella más joven)


¿Cómo podría ese tanto que se llama a sí mismo Yo
atreverse a comprender su innumerable Quién?


ENSAYO
traducción y nota de Ulalume González de León. México D. F.:




ANTON CHEJOV / CIRUGIA





Estamos en un hospital del Zemstvo. A falta de doctor, que se ausentó para contraer matrimonio, recibe a los enfermos el practicante Kuriatin. Es un hombre grueso que ronda los cuarenta; viste una raída chaqueta de seda cruda y pantalones usados de lana. En su rostro se refleja el sentimiento de que cumple su deber y se encuentra satisfecho. Con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda sostiene un cigarro que despide un humo pestilente.



En la sala de visitas entra el sacristán Vonmiglásov. Es un viejo alto y robusto, que viste una sotana pardusca ceñida con un ancho cinturón de cuero. El ojo derecho, atacado de cataratas, lo tiene medio cerrado; en la nariz ostenta una verruga que de lejos se asemeja a una mosca grande. En un primer momento el sacristán busca con los ojos el icono y, al no encontrarlo, se persigna ante una bombona que contiene una disolución de ácido fénico; luego saca un trozo de pan bendito, que traía envuelto en un pañuelo rojo, y, haciendo una inclinación, lo coloca ante el practicante.

-Ah... Mis respetos -bosteza el practicante-. ¿Qué le trae por aquí?

-Le deseo un buen domingo, Serguei Kuzmich... Tengo necesidad de sus servicios... Con razón se dice, y usted me perdonará, en el Salterio: «Mi bebida está mezclada con lágrimas.» El otro día me disponía con mi vieja a tomar el té y no pude ni probarlo, ni tomar un bocado; era como para morirse... Tomé un sorbo y sentí un dolor horrible en una muela y en toda esta parte... ¡Qué dolor, Dios mío! En el oído, perdóneme, parecía como si me hubieran metido un clavo u otro objeto. ¡Qué punzadas, qué punzadas! He pecado, no observé la ley... Mi alma se ha endurecido con vergonzosos pecados, he pasado la vida en la pereza... ¡Por mis pecados, Serguei Kuzmich, por mis pecados! El reverendo padre, después de los oficios litúrgicos, me lo echa en cara; «Tartamudeas, Efim, tu voz es gangosa. No hay manera de entender nada cuando cantas.» Pero ¿cómo quiere que cante, si me es imposible abrir la boca, tengo el carrillo hinchado y no he podido pegar ojo en toda la noche?

-Ya veo... Siéntese... Abra la boca.

Vonmiglásov se sienta y abre la boca. Kuriatin arruga el ceño, mira y, entre las muelas que el tabaco y el tiempo han puesto amarillas, ve una adornada con un resplandeciente agujero.

-El padre diácono me aconsejó que me aplicara vodka con rábano, pero esto no me ha proporcionado ningún alivio. Glikeria Anísimovna, que Dios le conceda salud, me dio un hilo traído del monte Athos para que lo llevara atado al brazo y me dijo que hiciera buches de leche tibia. El hilo me lo puse, pero lo de la leche no lo cumplí: temo a Dios, estamos en Cuaresma...

-Es un prejuicio... -Pausa-. Hay que extraerla, Efim Mijéich.

-Usted sabrá, Serguei Kuzmich. Para eso estudió, para comprender estas cosas tal como son, lo que hay que extraer y lo que se puede remediar con gotas o algo por el estilo... Para eso está aquí, que Dios le dé salud, para que recemos por usted día y noche... como si fuera nuestro propio padre... hasta el fin de nuestros días...

-Tonterías... -replica el practicante en un rasgo de modestia, mientras busca en el armario del instrumental-. La cirugía es una cosa muy sencilla... todo es cuestión de práctica y de buen pulso... En un instante acaba uno... El otro día, lo mismo que usted, vino el propietario Alexandr Ivánich Eguípetski... También con una muela... Es un hombre culto, todo lo pregunta, quiere saber el porqué y el cómo. Me estrechó la mano, me llamó por el nombre y el patronímico... Vivió siete años en Petersburgo y conoce allí a todos los profesores... Estuvo un buen rato conmigo... «Por nuestro Señor Jesucristo», me suplicaba, «extráigamela, Serguei Kuzmich.» ¿Por qué no hacerlo? Se la podía extraer. Lo único que hace falta es comprender las cosas... Hay muelas y muelas. Unas se sacan con fórceps, otras con el pie de cabra, otras con la llave... Según los casos.

El practicante toma el pie de cabra, lo mira interrogativamente, luego lo deja y coge los fórceps.

-A ver, abra más la boca... -dice, acercándose al sacristán con los fórceps-. Ahora mismo... Es cosa de un momento... Tendré que hacerle una incisión en la encía... efectuar la tracción según el eje vertical... y eso es todo... -Hace la incisión-. Y eso es todo...

-Usted es nuestro protector... Nosotros, estúpidos, somos unos ignorantes, pero a usted lo iluminó el Señor...

-No hable con la boca abierta... Esta muela es fácil de extraer, a veces uno no encuentra más que raigones... Pero ésta es cosa de nada... -aplica los fórceps-. Quieto, no se mueva... En un abrir y cerrar de ojos... -Efectúa la tracción-. Lo principal es agarrarla lo más hondo posible -Tira... -Para que la corona no se rompa...

-Padre nuestro... Virgen Santísima... Ay...

-Así no... así no... ¿A ver? ¡No me agarre! ¡Suélteme! -Tira-. Ahora... Así, así... La cosa no es tan fácil...

-¡Santos padres!... -grita-. ¡Ángeles del cielo! ¡Ay, ay! ¡Pero tira ya, tira! ¿Te vas a pasar cinco años para arrancarla?

-Esto de la cirugía... De un golpe no es posible... Ahora, ahora...

Vonmiglásov levanta las rodillas hasta la altura de los codos, mueve los dedos, los ojos se le desorbitan, respira fatigosamente... Su cara, congestionada, se cubre de sudor, los ojos se le llenan de lágrimas. Kuriatin resopla, se mueve ante el sacristán y sigue tirando... Transcurre medio minuto horroroso y los fórceps se escurren de la muela. El sacristán se pone en pie de un salto y se mete los dedos en la boca. La muela sigue en su sitio.

-¡Vaya manera de tirar! -dice con voz llorosa y, al mismo tiempo, burlona-. ¡Ojalá tiren así de ti en el otro mundo! ¡Muchísimas gracias! ¡Si no sabes sacar muelas, no te metas a hacerlo! No veo ni la luz...

-¿Y tú por qué me agarrabas de ese modo? -se irrita el practicante-. Cuando yo tiraba, me empujabas en el brazo y no cesabas de decir estupideces... ¡Imbécil!

-¡El imbécil serás tú!

-¿Crees, mujik, que es fácil extraer una muela? ¡A ver, prueba tú! ¡No es como subir a la torre de la iglesia y repicar las campanas! -Remedándole-. «¡No sabes, no sabes!» ¿Quién eres tú para decirlo? Al señor Eguípetski, Alexandr Ivánich, le extraje una muela y no protestó para nada... Es un hombre mucho más distinguido que tú; no me agarraba... ¡Siéntate! ¡Te digo que te sientes!

-No veo nada... Espera a que recobre el aliento... ¡Oh!

Se sienta.

-Pero no te entretengas tanto, tira fuerte. No te entretengas y tira... ¡De una vez!

-No me des lecciones. ¡Señor, qué gente más ignorante! Es para volverse loco... Abre la boca... -Aplica los fórceps-. La cirugía, hermano, no es una broma... No es lo mismo que cantar en el coro... -Hace la tracción-. No te muevas. Se ve que la muela es vieja; las raíces son muy hondas... -Tira-. No te muevas... Así... así... No te muevas... Ahora, ahora... -Se oye un crujido-. ¡Ya lo sabía!

Vonmiglásov permanece unos instantes inmóvil, como si hubiera perdido el conocimiento. Está aturdido... Sus ojos miran estúpidamente al espacio y su pálida cara está bañada en sudor.

-Si hubiera usado el pie de cabra... -balbucea el practicante-. ¡Buena la hemos hecho!

Volviendo en sí, el sacristán se mete los dedos en la boca y en el sitio de la muela enferma encuentra dos salientes.

-Diablo sarnoso... -gruñe- ¡Te han puesto aquí para nuestra desgracia!

-Todavía vienes con insultos... -protesta el practicante, colocando los fórceps en el armario-. Eres un ignorante... En el seminario no te zurraron bastante... El señor Eguípetski, Alexandr Ivánich, vivió siete años en Petersburgo... es un hombre culto... lleva trajes de cien rublos... y no me insultó... ¿Y tú, qué gallinácea eres? ¡No te pasará nada, no te morirás por eso!

El sacristán coge el pan bendito de la mesa y, con la mano en la mejilla, se va por donde había venido...

FIN

enero 25, 2015

MICHEL ONFRAY / ANTI MANUAL DE FILOSOFIA / ARCHIVOS



“Las religiones son únicamente instrumentos de dominación y de alienación. Los tres monoteísmos profesan el mismo odio a las mujeres, los deseos, las pulsiones, las pasiones y la sexualidad. También detestan la libertad, todas las libertades: la de disponer de sí mismo, de su vida y de su cuerpo sin pedir permiso a la autoridad eclesiástica.Prefiero una verdad que duele a una mentira que calma. Pero cada uno puede preferir el opio de la ilusión a la realidad. Yo le reprocho a la ilusión enemistarnos con la única certeza que tenemos: la vida es aquí y ahora. Las religiones nos invitan a vivir en la expiación, con el pretexto de que vivir como si uno estuviera muerto aquí nos abrirá la vida eterna una vez muertos.Siempre habrá religiones, porque las religiones viven de la angustia y del miedo de los hombres y porque estamos lejos de haber terminado con los temores existenciales. El ateo está condenado a militar por una causa perdida. Pero poco importa que esté perdida, si es una causa justa. Lo irracional, lo irrazonable, la ilusión las ficciones disponen de un futuro grandiosos, pues el mundo liberal que se prepara en nuestro planeta odia la cultura, la que hace retroceder a los mitos, entre ellos, la religión.

"Saber dónde se encuentra la alienación, cómo funciona y de donde proviene permite visualizar la continuación con optimismo." (Sobre elaborar la lógica de la resistencia)
La fuerza de existir. Manifiesto hedonista

"Cuando la filosofía se vuelve popular produce efectos en lo real, se simplifica, abandona su complejidad, su delicadeza, en provecho de una patente rusticidad. Lejos de la letra, el espíritu sopla donde puede..."

Teoría del Cuerpo Enamorado.
“El psicoanálisis es el nombre dado al ocultismo en un siglo positivista” Destruyendo el divan

"La política volverá a sus raíces profundas no a través de la creación de grandes sistemas inaplicables, sino a través de la producción de pequeños dispositivos temibles, como un grano de arena en el engranaje de una máquina perfeccionada."
La fuerza de existir. Manifiesto hedonista

"Ahí donde nos encontremos, reproduzcamos el mundo al que aspriamos y evitemos aquel que rechazamos."

La fuerza de existir. Manifiesto hedonista

"¿El balance de la guerra fría? Un vencedor decidido a reemplazar la miseria soviética con la miseria liberal."

La fuerza de existir. Manifiesto hedonista


"Filosofar es hacer viable y vivible la propia existencia allí donde nada es dado y todo debe ser construido."

" El infierno vivido y habitado hace legítimo y deseable un mundo donde se trate de evitar el retorno de aquello que, de cerca o de lejos, pueda parecérsele. "

" El poder es esencialmente negativo. En cualquier lugar que se lo ejerza, de cualquier modo que se lo ejerza este ejercicio será inexorablemente malo, destructivo y perjudicial."

" El poder pervierte a quien lo ejerce -estas son pues las lecciones anarquistas de hoy: la eterna perversión de quienes ejercen el poder, sean quienes fueren, sean filósofos que se volvieron reyes o reyes con veleidades filosóficas. "

"Al tomarse por lo que no son, al imaginarse en una configuración diferente de la real, los hombres evitan lo trágico, es cierto, pero pasan inadvertidos ante sí mismos. No desprecio a los creyentes, no me parecen ni ridículos ni dignos de lástima, pero me parece desolador que prefieran las ficciones tranquilizadoras de los niños a las crueles certidumbres de los adultos. Prefieren la fe que calma a la razón que intranquiliza, aún al precio de un perpetuo infantilismo mental. Son malabares metafíisicos a un costo monstruoso."

" El poder produce la división salomónica de la sociedad y del género humano entre aquellos que lo detentan y aquellos que lo sufren -por un lado, los que tienen el poder, lo ejercen, lo aman, lo desean, lo reclaman y casi siempre disponen de él, por otro lado aquellos sobre los que se ejerce. "

"El aumento de la miseria en todas sus formas, el crecimiento de las alienaciones, el salvajismo de las leyes de la competencia, la pauperización generalizada, sólo encuentran medicación y farmacopea entre los partidarios del humanismo, en la caridad cínicamente organizada como empresa y espectáculo. A falta de justicia, el sentimiento llamado caritativo se apoya en las sociedades de beneficencia o de caridad, las donaciones que se piden por medio de grandes espectáculos en los que el mundo mediático se pone en primer plano, exacerbando el sistema, distribuye los emolumentos de una velada con el pretexto humanista de hacer soportable la miseria: Y mientras una cosa parece soportable, se hace difícil, imposible, impensable, su supresión. Jamás la actuación contrarrevolucionaria, conservadora, si no reaccionaria, de la caridad produjo efectos tan bellos."

"El capitalismo ha formulado su tipo ideal con la figura del hombre unidimensional. Conocemos su retrato: iletrado, inculto, codicioso, limitado, sometido a lo que manda la tribu, arrogante, seguro de sí mismo, dócil. Débil con los fuertes, fuerte con los débiles, simple, previsible, fanático de los deportes y los estadios, devoto del dinero y partidario de lo irracional, profeta especializado en banalidades, en ideas pequeñas, tonto, necio, narcisista, egocéntrico, gregario, consumista, consumidor de las mitologías del momento, amoral, sin memoria, racista, cínico, sexista, misógino, conservador, reaccionario, oportunista y con algunos rasgos de la manera de ser que define un fascismo ordinario. Constituye un socio ideal para cumplir su papel en el vasto teatro del mercado nacional, y luego mundial. Este es el sujeto cuyos méritos, valores y talento se alaban actualmente."
"Pienso en las tierras de Israel y de la Judea Samaría, de Jerusalén y Belén, en el lago de Tiberíades, aquellos lugares donde el sol quema las cabezas, reseca los cuerpos, deja sedientas las almas y provoca deseos de oasis, ansias de paraísos donde el agua corre fresca, límpida, abundante, y el aire es dulce, perfumado y grato, en los que abunda el alimento y la bebida. Los mundos subyacentes me parecen de pronto mundos contrarios, concebidos por hombres fatigados, exhaustos, consumidos porel trajín continuo a través de las dunas y las huellas de grava calcinada al rojo vivo. El monoteísmo surge de la arena."

"La credulidad de los hombres sobrepasa lo imaginable. Su deseo de no ver la realidad, sus ansias de un espectáculo alegre, aún cuando provenga la más absoluta de las ficciones, y su voluntad de ceguera no tienen límites. Son preferibles las fábulas, las ficciones, los mitos, los cuentos para niños, a afrontar el desvelamiento de la crueldad de lo real que obliga a soportar la evidencia de la tragedia del mundo. Para conjurar la muerte, el homo sapiens la deja de lado. A fin de evitar resolver el problema, lo suprime. Tener que morir sólo concierne a los mortales: el creyente, ingenuo y necio, sabe que es inmortal, que sobrevivirá a la hecatombe universal..."

"¿En nombre de qué, de quién, podemos asumir el deber de amar al prójimo si es abominable? ¿Qué se puede alegar para convencer a la víctima de amar a su verdugo? ¿Que es una criatura de Dios, como yo, y las vías del Señor que lo conducen a hacer el mal son inescrutables? Eso vale para los que se consagran a las pamplinas cristianas, pero, ¿y para los demás, los que viven inmunes a esas fábulas? ¿Qué extraña perversión podría, pues, conducir a este mandato inaudito: amar al autor del suplicio que nos destruye? Auschwitz muestra los límites de esta ética: interesante en el papel, pero inútil para la vida."




Michel Onfray nació en el seno de una familia modesta normanda, hijo de un obrero rural y de una señora de la limpieza. Fue abandonado a los diez años en un orfanato salesiano, donde conoció el terror y los malos tratos a los niños internos. Trabajó en una fábrica de quesos y fue empleado ferroviario. Alumno impecable, se doctoró en filosofía con 27 años con la tesis Les implications éthiques et politiques des pensées négatives de Schopenhauer à Spengler /Las implicaciones éticas y políticas del pensamiento negativo, de Schopenhauer à Spengler. De 1983 a 2002 enseñó filosofía en un instituto de formación profesional de la ciudad de Caen.

Dimite en 2002 y crea, en la tradición de las Universidades Populares, junto a otros profesores de filosofía, la Universidad Popular de Caen. Allí, da seminarios anuales, gratuitos y libres, en los que cruza hedonismo, anarquismo y estética. Sobre este tipo de centros de enseñanza autónomos, escribirá en 2004 La communauté philosophique. Manifeste pour l´Université populaire. Este libro/manifiesto explica los motivos de este proyecto que aboga por una enseñanza de calidad abierta a todos, pues el conocimiento es lo que crea la ciudadanía. Creó en 2006 una Universidad Popular del Gusto en Argentan, y en 2013 una Universidad Popular del Teatro, con el dramaturgo y director de escena Jean-Claude Idée.

Desde 2010, la emisora nacional France Culture emite en verano las conferencias que Michel Onfray ha dado durante el curso en la Universidad Popular de Caen.








ANAIS NIN / DIARIOS AMOROSOS






ANAIS NIN

Bautizada como Ángela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin Culmell (Neuilly-sur-Seine, Francia, 21 de febrero de 1903 - Los Ángeles, 14 de enero de 1977) fue una escritora estadounidense, nacida de padres cubano-españoles. Después de haber pasado gran parte de su temprana infancia con sus familiares, se naturalizó como ciudadana estadounidense; vivió y trabajó en París, Nueva York y Los Ángeles. Autora de novelas avant-garde en el estilo surrealista francés, es mejor conocida por sus escritos sobre su vida y su tiempo recopilados en los llamados Diarios de Anaïs Nin, volúmenes del 1 al 7.

Nin comenzó a escribir su diario a comienzos del siglo XX, a la edad de once años. Continuó escribiendo en sus diarios por varias décadas, y a lo largo de la vida conoció y se relacionó con mucha gente interesante e influyente del mundo artístico y literario, así como del mundo de la psicología, incluyendo a Henry Miller, Antonin Artaud, Otto Rank, Edmund Wilson, Gore Vidal, James Agee y Lawrence Durrell.

Los manuscritos originales de sus diarios, que constan de 35.000 páginas, se encuentran actualmente en el Departamento de Colecciones Especiales de la UCLA (Universidad de California en Los Ángeles).


Sus padres fueron la cantante cubana de origen francés y danés Rosa Culmell, y el compositor y pianista cubano de ascendencia catalana Joaquín Nin, quien las abandonó cuando Anaïs contaba con once años. Este abandono, que marcó a Nin para el resto de su vida, fue también el detonante para que ella comenzara a escribir sobre su vida en sus diarios, los cuales se iniciaron como una carta dirigida a su padre, con quien no tuvo contacto durante los siguientes 20 años.

A los 19 años consigue un trabajo como modelo y bailarina de flamenco y se casa en La Habana (Cuba) con el banquero Hugh Guiler, con el que se marcha a vivir a París. Una vida aburrida y la lectura de D. H. Lawrence la convencen para hacerse escritora.

En 1930 publica un ensayo sobre Lawrence y un año después conoce a Henry Miller, quedando ambos mutuamente admirados e iniciando una correspondencia apasionada. Se convierten en amantes y aunque años después dejaron de serlo, mantuvieron contacto por medio de cartas por el resto de sus vidas. Al tiempo, la mujer de Miller, June, la inicia en el voyeurismo y el safismo.

Empieza a escribir una novela en París, titulada La casa del incesto. Tras ser psicoanalizada primero por el Dr. René Allendy y después por Otto Rank, se inicia en el estudio del psicoanálisis, y posteriormente trabaja una temporada como psicoanalista en Nueva York, apoyada por Rank. Se reencuentra con su padre, Joaquín Nin, en Louveciennes, 20 años después de su abandono. Según sus Diarios, los dos se involucran en una apasionada relación incestuosa, que fue negada por el hermano de Anaïs, según declaración de la escritora cubana Zoé Valdés. Escribe Invierno de artificio y publica La casa del incesto, edición que confeccionó en una rústica imprenta que montó en una buhardilla de Macdougal Street, en New York y que utilizó para imprimir sus libros y los de sus amigos.

En 1939 emigra a Estados Unidos y allí se convierte en la primera mujer que publica relatos eróticos, Delta de Venus, que denota una fuerte influencia del Kamasutra. Enfrentada con una necesidad desesperada de conseguir dinero, Nin y Miller comenzaron en la década de 1940 a escribir narrativas erótica y pornográficas para un "colecccionista anónimo" a un dólar por página. Nin consideraba los personajes en sus escritos eróticos como caricaturas extremas y no pretendría publicarlos, pero cambió de opinión a principios de la década de 1970 y permitió que se publicaran a modo de compilaciones en "Delta de Venus" y "Pajaritos".

En su propia editorial, publica en 1947 En una campana de cristal, que es bien recibido por la crítica, destacando el comentario de Edmund Wilson. El éxito definitivo le llega en 1966 con la publicación de su diario, aunque al tiempo su salud se resquebraja por causa de un tumor de ovarios. Se la reconoce como pionera de la liberación de la mujer.

En 1955 se casa por segunda vez con Rupert Pole, sin haberse divorciado de su primer esposo Hugh Guiler. Por años, Nin mantuvo una doble vida, dividiendo su tiempo entre una modesta casa con Rupert Pole en Sierra Madre, California y un opulento apartamento con Hugh Guiler, en Nueva York. Nin nunca se divorció de Guiler, quien toleraba los affairs de su esposa, incluido el que tenía con Pole, aunque se cree que no supo del segundo matrimonio. Nin apreciaba la devoción inquebrantable de Guiler, y también su dinero, el cual la ayudaba a financiar su vida en California con Pole.

En 1966, cuando Anaïs entró a la notoriedad pública por el éxito de sus diarios, el temor a que su poliandria saliera a la luz la hizo anular su matrimonio con Pole, pero continuó viviendo alternadamente con Pole y con Guiler, hasta que a mediados de los años setenta, cuando el cáncer ya no le permitió viajar a Nueva York, Nin se quedó a vivir de tiempo completo con Pole.

Nin ha sido aclamada por muchos críticos como una de las más notables escritoras de literatura erótica femenina. Fue una de las primeras mujeres en realmente explorar el mundo de la literatura erótica, y ciertamente la primera mujer occidental destacada por escribir literatura erótica. Antes que ella, la literatura erótica escrita por mujeres era muy escasa, con algunas pocas notables excepciones.

Su obra ha sido llevada al cine en Henry y June (1990), dirigida por Philip Kaufman, y al teatro con La casa del incesto en adaptación de Georgina Tábora.

En 1973 recibió el doctorado honoris causa del Philadelphia College of Art. Fue elegida para el Instituto Nacional de las Artes y las Letras en 1974. A su muerte, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas esparcidas sobre la Bahía de Santa Mónica.








IGNACIO SOLARES / LA INSTRUCCIÒN



En el puente de mando, atrás de la ventanilla de grueso cristal violáceo, el capitán contempla un mar repentinamente calmo –de un azul metálico que parece casi negro en los bordes de las olas–, los mástiles de vanguardia, el compacto grupo de pasajeros en la cubierta de proa, la curva tajante que abre las efímeras espumas. “Mis pasajeros”, piensa el capitán.

Apenas un instante antes –algo así como en un parpadeo– dejaron atrás el puerto, que se les perdió de vista como un lejano incendio.

El barco cabecea dos o tres veces, con suavidad.

–Yo, la verdad, capitán, cada vez que salgo a alta mar siento la misma emoción de la primera vez– le comenta el contramaestre, un hombre de pequeña estatura, sonriente y de modales resbaladizos –¿Cómo dice el poema de Baudelaire? “Hombre libre, tú siempre añorarás el mar.” Pues yo lo añoro hasta en sueños. El puro aire salino y yodado me cambia la visión del mundo. Como si fuera una gaviota suspendida en lo alto del mástil, y desde ahí mirara el horizonte. Temo que un día esta emoción se me agote, usted me entiende. El paso del entusiasmo a la rutina es una de las mejores armas de la muerte, lo sabemos.

El capitán realiza su primer viaje en tan importante cargo, algo que esperó con ansiedad creciente desde el instante mismo en que decidió hacerse marinero.

Con actitud ceremoniosa levanta la cabeza, mete la mano al bolsillo interior del saco de hilo blanco (que apenas estrena) y toma la instrucción lacrada que, se le advirtió, sólo debería abrir ya en alta mar.

Desde hace días el corazón se le desboca con facilidad. Y hoy por fin llega al momento que, supone, pondrá fin a su incertidumbre sobre el rumbo por seguir, la clase de travesía que deberá realizar, cómo y con qué medios resolverá los problemas que enfrente.

Rompe los sellos como si rasgara su propia piel, abre el sobre y, para su sorpresa y desconsuelo, se encuentra con un texto fragmentado y casi invisible.

–¡Otra vez esta maldita broma!– dice el contramaestre chasqueando la lengua al descubrir el instructivo por encima del hombro del capitán. –Siempre la hacen a quienes ocupan el cargo de capitán por primera vez. Dizque para probar sus habilidades y capacidad de improvisación.

–Pues me parece una broma de lo más pesada. Y absurda, porque ahora no sabremos a dónde dirigirnos.

–De eso se trata, he oído decir que dicen. Precisamente, que en éste su primer viaje como capitán usted mismo decida a dónde ir, qué escalas hacer, cómo enfrentar los problemas que se le presenten. Incluso, cómo explicar y convencer a los pasajeros de la ruta que decida seguir y el por qué.

–Algunas palabras se leen aquí con cierta claridad– dice el capitán entrecerrando los ojos para enfocar el amarillento trozo de papel.

–Y si le ponemos un poco de agua quizá puedan leerse algunas más.

Con la punta del índice, como con un suave pincel, el contramaestre le pasa un poco de agua al papel.

–¡Mire, se han aclarado otras palabras!

–No demasiadas.

–Quizá sean suficientes. Por lo pronto, nos aclaran el Sur en vez del Norte y, lo más importante, que el nuestro no debe ser un viaje de recreo sino más bien formal y ceremonioso. Mire, aquí se lee muy clara la palabra “ceremonioso” y creo que la siguiente palabra es “ritual”.

–Ya me imagino explicándoles yo a los pasajeros que éste será un viaje “ritual”.

–Pues por lo menos tiene usted una pista de lo que debe decirles. He visto instructivos en que la única palabra que aparece es “convencerlos”, pero no se sabe de qué ni por qué. Además, usted por lo menos tiene muy clara la palabra “Sur”. Es mucho peor cuando le aparece “rumbo desconocido”, porque entonces toda la responsabilidad recaería sobre usted. Supe de un capitán que malinterpretó las instrucciones que se le daban…– y una chispita de ironía brilla en los ojos del contramaestre. –Bueno, no exactamente que se le dieran las instrucciones, sino que él debía adivinarlas en un papel como éste. Las malinterpretó y zozobró a los pocos días de haber zarpado. Otro más se desesperó tanto ante la confusión de las instrucciones que lanzó el trozo de papel por la borda. Lo único que consiguió fue que pocas horas después se pararan las máquinas del barco y no pudiéramos volverlas a echar a andar por más intentos que hicimos– las aletas de la nariz se le dilatan y respira profundamente. –O, en fin, me contaron de un caso aún más grave, porque la irresponsable y manifiesta desesperación del capitán provocó enseguida que una enfermedad infecciosa de lo más rara se declarara a bordo.

–Pero, ¿quién puede asumir unas instrucciones que no se le dan con suficiente claridad?– pregunta el capitán al tiempo que se le marcan las comisuras de los labios, en un gesto casi de asco.

–Creo que éste es el punto más delicado que enfrentará usted, por lo que me ha tocado ver. Hay capitanes que con muchas menos palabras en su instructivo toman una actitud tan decidida que así se lo hacen sentir a la tripulación y a los pasajeros. La respuesta por lo general es de lo más positiva. En cambio he visto a otros que, al titubear, provocan un verdadero motín a bordo, y no ha faltado la tripulación que se subleva y toma el mando de una manera violenta, con todas las implicaciones que ello significa para el resto del viaje.

–¿Y los pasajeros?

–Con los pasajeros más le vale tener un cuidado supremo. Porque si no están de acuerdo con sus decisiones, una queja por escrito a nuestras altas autoridades puede costarle a usted el puesto, lo cual significaría que éste fue su debut y despedida como capitán de un barco. Pueden hasta fincarle responsabilidades y demandarlo. Supe de un capitán que tardó años en pagar la demanda que le pusieron los pasajeros por daños y perjuicios.

–Dios santo.

–Empezarán por cuestionarle el rumbo que tome. Si va usted al Sur, le dirán que ellos pagaron su boleto por ir al Norte. Le van a blandir frente a la cara sus boletos, prepárese. Pero si decide cambiar de rumbo e ir al Norte, será peor, porque no faltarán los que, en efecto, prefieran ir al Sur, y lo mismo, van a amenazarlo con quién sabe cuántas demandas. Otro tanto le sucederá con las escalas que realice. Nunca conseguirá dejarlos satisfechos a todos, y más le vale tomar sus decisiones sin consultarlos demasiado. Simplemente anúncielas como un hecho dado, y punto. O sea, partir de que los pasajeros nunca saben lo que en realidad quieren y tomar las decisiones por encima de ellos, por decirlo así.

–¿Y si definitivamente no están de acuerdo con esas decisiones?

–Rece usted porque no le suceda algo así. Estuve en un barco en el que los pasajeros se negaron a aceptar el rumbo que decidió tomar el capitán y exigieron que les bajaran las lanchas salvavidas para regresar al puerto del que acababan de zarpar.

El capitán sostuvo el trozo de papel con dos dedos como pinzas y lo volvió para uno y otro lado. Suspiró.

–Si por lo menos lograra poner en orden las palabras que aquí aparecen. Pero son demasiados los espacios en blanco entre ellas.

–Consuélese. Recuerdo que un capitán cayó de rodillas apenas abrió el sobre sellado y se puso a orar por, según él, la gracia concedida de contar con unas cuantas palabras para guiarse en su viaje. Luego me decía: “Me complace pensar que los fundadores de religiones, los profetas, los santos o los videntes, han sido capaces de leer muchas más palabras que nosotros en estos textos casi invisibles, tras de lo cual seguramente los han exagerado, adornado o dramatizado, pero la verdad es que nos dejaron un testimonio invaluable para cada uno de nuestros viajes.”

–Prefiero atenerme a mis limitadas capacidades. ¿Y si le ponemos un poco más de agua?

–Inténtelo. Aunque si lo moja demasiado corre el riesgo de borrar alguna palabra. Lo mismo con la saliva, he comprobado que puede dar pésimos resultados. Quizá sea preferible conformarse con lo que tiene a la mano y no ambicionar más. Concéntrese en algunas de las palabras que se le dieron, léalas una y otra vez, búsqueles su sentido más profundo. Ahí tiene una, por ejemplo, que si la sabe apreciar, debería estremecerlo hasta la médula.

–¿Cuál?

–“Constelación”. ¿Le parece poco? Nomás calcule todas las implicaciones que puede encontrarle. Experiméntelo esta misma noche. ¿O no ha percibido usted el acorde, el ritmo que une a las estrellas de una constelación? ¿O tampoco ha notado que las estrellas sueltas, las pobres que no alcanzan a integrarse en una constelación, parecen insignificantes al lado de esa escritura indescifrable?

–¡No me hable más de escritura indescifrable, por favor!– dijo el capitán con un gesto de dolor.

El contramaestre no pareció escucharlo y miró fijamente hacia el cielo azul, como si sus palabras vehementes consiguieran ya empezar a oscurecerlo.

–El hombre debe de haber sentido desde el principio de la historia que cada constelación era como un clan, una sociedad, una raza. Algunas noches yo he vivido la guerra de las estrellas, su juego insoportable de tensiones, y si quiere un buen consejo espérese a la noche para contemplar el cielo antes de tomar cualquier decisión.

El barco tiembla, crece en velas y gavias, en aparejos desusados, como si un viento contrario lo arrastrara por un instante a un rumbo imprevisto.

Aquella noche, en efecto, el capitán ni siquiera intenta dormir (quizá tampoco lo intente las siguientes noches) y furtivamente sale de su camarote a pasear por la cubierta de proa. El cielo incandescente, el aire húmedo en la cara, lo exaltan y le atemperan la angustia que lo invade. El espectáculo sube bruscamente de color, empieza a quemarle los párpados. Los astros giran levemente.

“Ahí tiene una palabra que si supiera leerla lo estremecería hasta la médula”, recuerda que le dijo el contramaestre.

Contempla el trazo lechoso de la Vía Láctea cortado por oscuras grietas, el suave tejido de araña de la nebulosa de Orión, el brillo límpido de Venus, el resplandor contrastante de las estrellas azules y de las estrellas rojas. ¿Quién advierte la muerte de una estrella cuando todas ellas viven quemándose a cada instante? La luz que vemos es quizá tan sólo el espectro de un astro que murió hace millones de años, y sólo existe porque la contemplan nuestros pobres ojos. ¿Existe sólo por eso? ¿Existe sólo para eso?

El palo mayor del barco deja de acariciar a Perseo, oscila hacia Andrómeda, la pincha y la hostiga hasta alejarla.

El capitán quiere establecer y ahincar un contacto con su nave y para eso ha esperado el sueño que iguala a sus tripulantes, se ha impuesto la vigilia celosa que ha de comunicarlo con la sustancia fluida de la noche. ¿Será posible tomar hoy mismo una decisión?

Recuerda algunas de las otras palabras sueltas del instructivo, algún sustantivo redondo y pesado. Baja la cabeza y reconoce su incapacidad para descifrar el jeroglífico. Ya casi no entiende que no ha entendido nada. Siente que la fatalidad trepa como una mancha por las solapas de su saco nuevo. ¿Renunciar de una buena vez, aceptar que le finquen responsabilidades, pagar las demandas de los pasajeros? ¿O seguir, resistir un poco más, trepar los primeros escalones de la escalera de la iniciación?

Visiones culposas de barcos fantasmas, sin timonel, cruzan ante sus ojos.

Pero le basta levantar la cabeza y mirar los racimos resplandecientes en el cielo para que regrese el fervor. Entorna los labios y osa pronunciar otra palabra del instructivo, luego otra y otra más, sosteniéndolas con un aliento que le revienta los pulmones. ¿Qué otra cosa somos sino verbo encarnado?, piensa. De tanta fragmentaria proeza sobreviven fulgores instantáneos. La fragorosa batalla del sí y del no parece amainar, escampa el griterío que le punza en las sienes. Sus dedos se hunden en el hierro de la borda.

Se vuelve y mira hacia el puente de mando. El arco del radar gira perezoso. El capitán tiembla y se estremece cuando una silueta se recorta, inmóvil, de pie, contra el cristal violáceo. “Soy yo mismo”, supone. “Tenemos capitán”. Y es como si en su sangre helada se coagulara la intuición de una ruta futura, por más que se trate de una ruta inexorable. 






IGNACIO SOLARES

Realizó sus estudios primarios en escuelas de jesuitas. Se trasladó a la Ciudad de México para ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México(UNAM).

Fue director de Teatro y Danza en la UNAM de 1994 a 1997, y director del Departamento de Literatura de 1997 a 2000. Fue coordinador de la dirección de Difusión Cultural de la UNAM de 2000 a 2003. Como promotor y editor cultural, también ha colaborado para la Revista de la Universidad de México y para la estación de televisión XHUNAM-TV.



Escritor y dramaturgo

Ha colaborado para las publicaciones Diorama de la Cultura, Hoy (nueva época) y Quimera. Fue jefe de redacción de la revista Plural y director del suplemento La Cultura en México de la revista Siempre!.

Durante su infancia su padre sufrió delírium trémens, por tal motivo ha abordado en su obra el tema del alcoholismo. Sus escritores favoritos han sido François Mauriac, G. K. Chesterton,Graham Greene y Aldous Huxley. Ha escrito diversos géneros, entre ellos la novela histórica de ficción, la crónica periodística y el género fantástico. Su estilo en sus obras de ficción es conocido por las apariciones místicas y "dislocaciones de la realidad".3 Su obra La invasión, escrita en 2004, se convirtió en un best seller en México y España. Su obra Anónimo, escrita en 1979, ha sido comparada con La metamorfosis de Franz Kafka. Varias de sus obras han sido traducidas al idioma inglés, entre ellas Yankee Invasion, Madero's Judgment y Delirium Tremens. Ha incursionado en el Teatro con once obras, entre ellas El problema es otro y la sátira política El gran elector.


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enero 10, 2015

TOBIAS WOLFF / BALA EN EL CEREBRO




Anders llegó al banco poco antes de la hora de cierre, así que por supuesto la cola erainterminable y quedó ubicado detrás de dos mujeres que, con su estridente y estúpidaconversación, lo pusieron de un humor asesino. De cualquier manera nunca estaba delmejor humor, Anders—un crítico literario conocido por el cansado y elegante salvajismocon el que despachaba casi todo lo que reseñaba. Aunque la cola serpenteaba siguiendo la cuerda, una de las cajeras puso un cartel de“caja cerrada” en su ventanilla, caminó hacia la parte de atrás del banco, se apoyó contraun escritorio y empezó a hacer tiempo con un hombre que ordenaba papeles. Lasmujeres delante de Anders interrumpieron su conversación y observaron a la cajera conodio. “Ah, qué bien”, dijo una de ellas. Se volvió hacia Anders y agregó, confiada en sucomplicidad, “Uno de esos toquecitos humanos que nos hacen volver por más.” Anders había acumulado ya su propio odio contra la cajera, pero inmediatamente lodesvió hacia la quejosa presumida que tenía delante. “Es tan injusto”, dijo. “Trágico,realmente. Si no están amputando la pierna equivocada o bombardeando un puebloancestral, están cerrando una ventanilla.”Ella defendió su posición. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Sólo creo que es una pésimamanera de tratar a los clientes.”—Imperdonable—dijo Anders.—El cielo tomará nota.Ella aspiró y ahuecó sus mejillas, miró más allá de él y no dijo nada. Anders vio que laotra mujer, su amiga, miraba en la misma dirección. Y entonces los cajeros dejaron dehacer lo que hacían y los clientes giraron lentamente y un silencio invadió el banco. Doshombres con pasamontañas negros y trajes azules estaban parados al lado de la puerta.Uno de ellos apretaba una pistola contra el cuello del guardia. Los ojos del guardiaestaban cerrados y sus labios se movían. El otro hombre tenía una escopeta recortada.

“¡Todos callados la boca!”, dijo el hombre con la pistola, aunque nadie había dicho unasola palabra. “Si alguno de los cajeros acciona la alarma son todos boleta.¿Entendieron?”Los cajeros asintieron.—Bravo—dijo Anders.—

Boleta

—. Giró hacia la mujer que tenía delante.—Excelenteguión, eh. La inexorable y aguerrida poesía de las clases peligrosas.Ella lo miró con los ojos húmedos.El hombre de la escopeta empujó al guardia hasta hacerlo arrodillar. Le dio la escopeta asu compañero, tomó con firmeza las muñecas del guardia y le esposó las manos en laespalda. Lo derribó al piso con una patada entre los omóplatos. Luego tomó la escopetaotra vez y fue hacia la puerta de seguridad ubicada al final de la hilera de cajas. Erapetiso y pesado y se movía con una peculiar lentitud, casi con apatía. “Ábranle”, dijo sucompañero. El hombre con la escopeta abrió la puerta y avanzó despacio por detrás delos cajeros, entregando a cada uno una bolsa de plástico. Cuando encontró la ventanilla vacía miró al hombre de la pistola, que dijo, “¿De quién es esta caja?” Anders miró a la cajera. Ella puso una mano en su garganta y giró hacia el hombre con elque hablaba. El hombre asintió. “Mía”, dijo ella.—Entonces mové ese culo feo y llená esta bolsa.—Ahí tiene—le dijo Anders a la mujer que tenía delante.—Se hace justicia.—¡Vos, genio! ¿Te di permiso para que hables?—No—dijo Anders.—Entonces cerrá el pico.—¿Escucharon eso? —dijo Anders.—

Genio

. Parece sacado deLos asesinos.

retratados, en esta versión, como un toro clavando la mirada en una vaca desde detrásde un montón de heno. Para hacer sexy a la vaca el pintor le había torcido las caderassugestivamente y la había dotado de unas largas pestañas lánguidas a través de lascuales observaba al toro en una sensual bienvenida. El toro esgrimía una sonrisaafectada y sus cejas estaban arqueadas. De haber existido un globo de historieta saliendode su boca habría dicho “Cuchi cuchi”.—¿De qué te reís, genio?—De nada.—¿Te parezco gracioso? ¿Te pensás que soy un payaso?—No.—¿Te pensás que podés joder conmigo?—No.—Seguí jodiendo y sos boleta. ¿Capische? Anders estalló en una carcajada. Tapó su boca con ambas manos y dijo “Lo siento, losiento”, y luego resopló por la nariz a través de sus dedos y dijo “

Capische

, ohdios,

capische

“, y en ese momento el hombre de la pistola levantó la pistola y le disparóa Anders en la cabeza.La bala impactó en el cráneo de Anders y atravesó su cerebro y salió detrás de su orejaderecha, dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral, el cuerpo calloso, y másatrás, hacia los ganglios basales y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo estoocurriera, la primera aparición de la bala en el cerebro desencadenó una cadenachisporroteante de reacciones iónicas y neuro-transmisiones. El peculiar origen de estasreacciones les imprimió un patrón peculiar, reviviendo azarosamente una tarde de verano de hacía cuarenta años, y que hacía mucho tiempo había sido olvidada. Luego deimpactar el cráneo, la bala se movía a 300 metros por segundo, una marcha

patéticamente lenta y glacial comparada con los relámpagos sinápticos que estallaban asu alrededor. Una vez en el cerebro la bala cayó bajo el control del tiempo cerebral, loque le dio a Anders tiempo suficiente para contemplar la escena que, en una frase que Anders hubiera aborrecido, “se representó frente a sus ojos”. Vale la pena notar lo que Anders no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a suprimera amante, Sherry, o lo que más había amado locamente en ella, antes de quecomenzara a irritarlo: su desvergonzada carnalidad, y especialmente la forma cordialque tenía de dirigirse a su miembro, que ella llamaba Mister Mole, como en “Oh, pareceque Mister Mole quiere jugar” o “¡Juguemos a la escondida con Mister Mole!” Anders norecordó a su esposa, a quien también había amado hasta que lo cansó con su rutina, o asu hija, ahora una malhumorada profesora de economía en Dartmouth. No recordóestar parado frente a la puerta de la habitación de su hija mientras ella retaba a su osode peluche diciéndole que se había portado mal y describía los escalofriantes castigosque le esperaban a Garras a menos que cambiara su comportamiento. No recordó unasola línea de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para podererizarse la piel a voluntad: ni “Silencioso, en la cima de una montaña en Darien”, ni “Ohdios, hoy escuché”, ni “¿Todas las bellas? ¿Dijiste todas? ¡Oh Dios! ¿Todas?” Ninguno deestos versos recordó; ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda diciendo de supadre “debería haberlo apuñalado mientras dormía”.No recordó al profesor Josephs contándole a la clase cómo los prisioneros atenienses enSicilia podrían haber sido liberados si recitaban Esquilo ni cuando el mismo Josephsrecitó Esquilo, a continuación, en griego. Anders no recordó cómo sus ojos habíanardido con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero deuniversidad en la solapa de una novela no mucho tiempo después de la graduación, o elrespeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de respetar.Tampoco recordó Anders ver haber visto a una mujer arrojarse a su muerte desde unedificio enfrente del suyo días después del nacimiento de su hija. No recordó habergritado “¡Dios, ten piedad!”. No recordó haber chocado el auto de su padre a propósitocontra un árbol, o las patadas en las costillas de tres policías en una marcha contra la guerra, o despertarse riendo. No recordó cuando comenzó a mirar los libros apilados ensu escritorio con recelo y desdén, o cuando empezó a detestar a los escritores porescribirlos. No recordó cuándo todo empezó a recordarle otra cosa.Esto es lo que recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el mundo de losinsectos, él mismo reclinado contra un árbol mientras los chicos del barrio se reunenpara armar un partido. Él observa mientras los demás discuten el talento relativo deMantle y de Mays. Han estado preocupados por este tema todo el verano y se ha vueltotedioso para Anders: una opresión, como el calor.Entonces llegan los últimos dos muchachos, Coyle y un primo de él de Mississippi. Anders nunca ha visto al primo de Coyle antes y nunca lo volverá ver. Anders dice holacon los otros y no le presta más atención hasta que han elegido equipo y alguien lepregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el muchacho.“Parador en corto es la mejor posición que es”. Anders gira y se queda mirándolo.Quiere escuchar al primo de Coyle repetir lo que acaba de decir, pero sabe que no debepreguntar. Los otros pensarán que es un creído, burlándose del chico por su gramática.Pero no es eso, no es eso para nada: es que Anders está extrañamente exaltado,iluminado por esas dos palabras finales, su sorpresa y su música. Entra al campo en untrance, repitiendo esas palabras para sí.La bala ya está en el cerebro; no será demorada por siempre, su avance no se detendrá. Al final hará su trabajo y dejará el cráneo agujereado, arrastrando una cola de cometa dememoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del salón. Y eso no podráevitarse. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que lassombras que se alarguen en el pasto, tiempo para que el perro le ladre a la pelota que vuela, tiempo para que el muchacho en el sector izquierdo del campo golpetee su guantenegro de transpiración y suavemente entone,

Que es, que es, que es