Desde Barcelona: Leia(*), un relato del escritor José Luis Regojo

La ley de Murphy que a grandes rasgos se basa en el adagio «si algo puede salir mal, saldrá mal», siempre me acompañó desde pequeño. Una vez entré en la adolescencia, tuve la habilidad de combinarla, muy a mi pesar, con la ley de Finagle sobre la negatividad dinámica: «algo que pueda ir mal, irá mal en el peor momento posible». No se debía ser muy sagaz para saber que el futuro ante mí no prometía nada bueno. 
Un día conocí a Leia y me olvidé de mi destino. Creí, iluso de mí, que podría engañarlo. Como no hay dos sin tres, a las dos leyes que me acompañaban desde mi nacimiento, se unió la aportada por la hacker que me robó el corazón, Leia: el Corolario de O'Toole a la Ley de Finagle. Según esta conocida ley entre los hackers, «la perversidad del universo tiende hacia el máximo». Ahí estaba yo, entremedio de tres leyes universales.
*
Estaba en la fiesta de cumpleaños de una amiga en un bar de moda, El Gravitón, con mesas de madera envejecida sin pulir, que parecían recicladas; unos cuantos palés de madera desperdigados por el local y una bicicleta colgada de la pared. No había dos sillas iguales, y el desvencijado sillón parecía rescatado de un contenedor. Todo ello le daba un toque vintage al local. Los camareros, por la forma de moverse y sus barbas, peinados imposibles, gorras y tatuajes se creían cool y te iban perdonando la vida mientras te servían. He de reconocer, por otra parte, que su ropa era bastante mejor y más cara que la mía. 
Yo estaba de pie apoyado en una columna, observando al personal y escuchando conversaciones. Observar el entorno siempre me ha gustado; luego lo utilizo en mis relatos. El Gravitón era tan hipster que en las charlas de la gente a mi alrededor aparecían palabras como natural, bio o ecológico. Toda la cerveza era artesanal y no tenían batidos, solo smoothies. 

Mientras les miraba, se me ocurrió imaginar estar en una especie de zona Matrix. El nombre del bar tuvo algo que ver: un gravitón es una partícula transmisora de la interacción gravitatoria en muchos de los modelos de gravedad cuántica. Allí estaba dándole vueltas a mi Matrix, cuando una chica se acercó y me sacó de mi mundo.
 
—¡Hola!, ¿dónde estás? Aquí no, desde luego —comentó entre risas.
—No lo sé, ya me gustaría a mí saberlo. Cuando me encuentre, te avisaré —le dije.
No me proponía hacerlo, pero así quedaba bien con una chica simpática.  
—Gracias —contestó—. Yo también me evado con facilidad. Y, en confianza —me dijo en voz baja—, me evado a otros mundos, a zonas francas de espacio y tiempo. No sé si me entiendes, una especie de universos paralelos.
Me quedé boquiabierto sin saber qué responder.
—¿Zonas francas, universos paralelos? —pregunté.
—Sí, zonas en las que me encuentro fuera de este mundo. Estoy, pero no estoy, no sé si me explico.
 —Hola, soy Nox, ¿cómo me dijiste que te llamas? —le pregunté.
—No te lo dije —sonrió—. Me llamo Leia, como la princesa de La guerra de las galaxias.
—Bonito nombre e interesante película, también.

En ese momento, Leia me pareció fascinante. Desprendía un aroma especial. No sabía nada de ella, pero me auguraba un gran futuro con ella y sus zonas francas de espacio y tiempo. 

—A mí me pasó lo mismo —le dije.
—¿Qué? —preguntó.
—Lo que me acabas de explicar de las zonas francas, la diferencia es que yo llegué a vivir en una de ellas hasta poder salir. Viví en uno de esos universos paralelos, como yo los llamo, pero no lo puedo demostrar. Comprobé la existencia de múltiples universos paralelos.
Leia se rio.

—¡Qué divertido habría sido coincidir en la misma zona franca! ¿No te parece? 
—No sé —dije incómodo.
—De haber sido la misma, no te habrías olvidado de mi nombre, ¿no crees? ¡Anda! ¡Cuéntame cómo fue tu experiencia en esos universos paralelos!
—Cada universo, cada zona franca tiene características únicas. Nacen e interaccionan a través de intercambios por casualidad, espontáneos, de partículas de energía.
La miré fijamente mientras hablábamos. No aparté la mirada de sus labios suaves y tersos. No la oía, pero leía y deseaba sus labios mientras repiqueteaba rítmicamente los dedos en mi copa. 
—Sucedió después de cambiarme de piso. Yo vivía junto a la caserna de los bomberos y el ruido ambiental me ponía de los nervios. El cambio de ese entorno a uno más tranquilo en el centro de la ciudad aceleró mi visita a una zona franca, no te podría decir cuál —le expliqué.
—Esto se pone interesante. Sigue.
—Estaba trabajando en una antología de cuentos breves titulada Encuentros en la zona Matrix: relatos en esos mundos intangibles de universos paralelos. Hacía calor. Estaba tan concentrado con el tema de los universos múltiples y los agujeros negros que me olvidé de comer. Me dio un pequeño mareo y algo en mi mente se desconectó.
 —¿Qué sentiste en ese momento? Yo he tenido percepciones parecidas, es muy interesante. 
—Esa desconexión dejó de ser extraña porque yo estaba ahí, en la zona franca. No sabía si me estaba volviendo loco porque todo aquello que había imaginado y escrito, de repente estaba ahí y yo en ese mundo. ¿Me entiendes?
—Sigue, sigue...
—Borré la idea de mi mente. No podía ser. Supuse que después de tanto rato escribiendo sobre universos paralelos se me había cruzado algún cable. Salí a la calle e intenté olvidarme del tema hasta el día siguiente. Desperté con la misma sensación y seguí escribiendo el cuento. Me había convertido en un personaje más de mis relatos, mi casa había dejado de serlo. Miré por la ventana y todo era diferente. Me asusté mucho porque fui consciente de que, poco a poco iba tomando forma la realidad intangible imaginada, no solo en mi mente, sino también a mi alrededor. 
—¡Qué guay! ¿Me dejarás entrar en ese mundo, compartirlo contigo?
—Pero Leia, es imposible la existencia de dos mundos al mismo tiempo y tan distintos entre sí. Vivo en una bipolaridad que me enloquece. No sé qué contestarte.
—Pues dime que sí. Puedo ayudarte. He leído que el colapso de un agujero negro provoca la aparición de un nuevo universo. Existe la posibilidad de reproducción de un universo y mutación en nuevos universos, conocido como multiverso. Mira, tengo una idea mejor. ¡Vámonos de esta fiesta tan aburrida! ¡Vamos a tu casa! ¡Deja la copa y sígueme!

La proposición me pareció fantástica, sobre todo por los carnosos labios que me la proponían. Por otro lado, me daba miedo compartir mi otro mundo. Ella se dio cuenta de mis dudas. Se acercó a mí y me besó en los labios como si me hubiera leído la mente. Me cogió la copa de la mano y la dejó encima de un taburete. Me arrastró fuera del local. Una vez en la calle, sacó su móvil y reservó una moto. Fuimos andando un par de calles siguiendo las indicaciones del GPS de la aplicación.

—¿Y si tu mundo imaginario ha encontrado un espacio sideral donde ubicarse? ¿No te lo has planteado? —me preguntó—. El hecho de no haber ocurrido antes no quiere decir que no pueda ocurrir ahora.
—No sé. A veces todo esto me supera. ¿Te refieres a que una masa cósmica casualmente pasara y hubiese captado la energía de mi imaginación en el momento en que me inventaba mi mundo? 
—Sí, exactamente. Por eso absorbió tu energía y la plasmó en ese nuevo mundo en el que entraste mientras permaneces en este también.

Llegamos hasta donde estaba aparcada la moto. Nos pusimos los cascos y arrancó llevándome de paquete.
—Bien, ¿adónde vamos? —preguntó.

Le indiqué la dirección de mi casa. La agarré por la cintura y disfruté del aroma emanado de su cuello. Me sentí bien. El trayecto se me hizo corto. Aparcó, dejamos los cascos en el maletín de la moto. Se me acercó y me volvió a besar con una sonrisa.

—¿Por qué los relatos anteriores no se han vuelto realidad y solo ahora han empezado a hacerlo? —le pregunté.
—Pues por pura casualidad, como nuestro encuentro. Hemos de dejar margen a las casualidades.

Subimos en el ascensor hasta mi casa. Abrí la puerta y la invité a pasar. Fui a la nevera y saqué un par de cervezas. Nos sentamos en el sofá y nos volvimos a besar y acariciar con ardor. Recorrí su tostado cuerpo desde sus suaves pies hasta las negras trenzas, mis manos no cesaron de palpar su eléctrico cuerpo y la habitación se llenó con su delicado aroma. A pesar de ello, nuestras mentes volaban por otro mundo. Mientras nuestras manos se movían entremezclándose entre sí, nuestras mentes estaban ocupadas. Lo notamos y nos reímos. Los dos sabíamos el motivo.

—¿Y si te invito a mi mundo?, ¿te hago aparecer en él?, ¿te atreves, Leia?
—La filosofía de mi vida la resume aquella afirmación del escritor británico Clarke según la cual «la única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible.» —contestó con determinación.
—Cierto, la conozco. Es la segunda de las tres leyes formuladas relacionadas con el avance científico. ¡Adelante, pues!
—Es lo que más deseo en estos momentos, si estoy contigo, claro —dijo con una sonrisa mientras me besaba—. ¿También seré yo una Leia real en él?
—No lo sé. ¿Probamos? Serás lo que también sea yo.
—Adelante, correré el riesgo si es contigo.

Tomé el ordenador y abrí el archivo del cuento. Releí los últimos párrafos para ponerme en situación. Ella estaba sentada a mi lado, en silencio. Me observaba. Me imaginé en una librería mirando los estantes de libros. Sin darme cuenta, tropecé con Leia frente a la estantería de poesía. Se le cayó el libro que tenía entre manos.

—Perdón —dije y me agaché a recogerlo del suelo—. Toma. Un buen libro. Es de mi poeta favorito.
—Gracias —contestó Leia—. El mío también.

La luna se detuvo en el cielo. Algo en mi mente se desconectó. Fui consciente de un ligero temblor en los brazos indicativo de que ya habíamos traspasado la frontera y abrí los ojos. Leia entró en mi mundo paralelo: apareció en él de repente. Estábamos los dos juntos. Notaba algo diferente y no sabía qué podía ser. Al principio, me resultó extraño caminar por esas calles con Leia a mi lado. Miraba toda mi creación sin que el mundo a mi alrededor supiera que yo había sido su creador, su Dios. Leia tampoco lo sabía.
 
—¿Cómo estás, Leia?
—Mal, ¿por qué me lo preguntas? Ya sabes que nada ha cambiado desde nuestra discusión.
—¿Qué dices? No me acuerdo, ¿de qué me hablas?
 —Eso mismo. Nunca me escuchas cuando te hablo.
—Pero, Leia, hemos estado en una fiesta, viniste a mi casa y te invité a venir a mi mundo paralelo,...
—Y bebiste más de la cuenta. Y sigues de resaca inventándote toda esta historia. Cada día estás más loco y te aguanto menos. Lo sabes, ¿verdad?

No me esperaba eso. Quedé en estado de shock. Mi mundo inventado estaba tomando las riendas de mi historia, incluso la recién llegada Leia había dejado de ser la amorosa Leia del primer mundo. La ausencia de su aroma natural es lo que me extrañó cuando la vi en este mundo junto a mí, no lo notaba. En ese momento, odié todo lo que había creado. Solo deseaba volver a mi piso original con ella, pero una resistencia desconocida hasta ese momento me lo impedía. No había forma. Intenté con todas mis fuerzas imaginar mi mundo real, incluso olerlo, el primero de los dos en los que vivía, pero no pude. Noté que se iba desvaneciendo. 

—¿Qué llevas en la oreja? —le pregunté sorprendido.
—Pues el auricular que llevamos todos. Es obligatorio por ley y tú eres el único que te niegas a llevarlo. Acabarás mal, ya lo verás.

Yo no entendía nada. Me di cuenta de que realmente todo el mundo llevaba un pequeño auricular incrustado en el oído. Era un minúsculo receptor emisor de breves sonidos imperceptibles desde el exterior, pero que impedían a los cerebros tener la tranquilidad mínima para pensar por sí solos.
Estaba horrorizado. No entendía cómo mi creación había acabado así. No podía regresar, estaba atrapado en mi mundo inventado, en mi zona franca donde nadie me conocía. Amenazado por una multitud de vidas estrechas y privadas de aire a mi alrededor, resignadas y apagadas. Nadie expresaba en su rostro la menor contrariedad. Cada uno en la mediocridad de su destino social. Me sentí insignificante, como un grano de arena en el desierto. «Si dejaba de existir aquí, nadie me extrañaría» —pensé. Por otro lado, ¡qué grande es formar parte, por poco que sea, de este cosmos infinito!

Leia me odiaba y las personas a mi alrededor me creían loco cuando les explicaba que yo era su creador. Leia me creyó enfermo y me hizo recluir una temporada en un sanatorio. «Debes volver a la realidad», me dijeron los médicos. Llegué a pensar en el suicidio, pero lo borré inmediatamente de mi mente. No era mi estilo. El ser humano es capaz de adaptarse a todo. Y yo no iba a ser una excepción. Fui a casa. Estaba solo. Leia me había abandonado. Volví a lo único que sabía hacer: leer y escribir relatos. Escrutaba el mundo exterior a través del sucio cristal del patio de luces, oía el mundo a mi alrededor por el rumor de idas y venidas, de voces, sonido de televisores: una soledad sonora. Apartado del mundo y encarcelado en esa celda de aislamiento, empecé a leer el relato Exilio de Edmond Hamilton. Ahí pude entrever una posibilidad de salir y volver a mi mundo real. Aprendí que la mutación de universos por la que había pasado implicaba también la existencia de universos más primitivos. Cuantos más agujeros negros, más evolucionado el universo. Desgraciadamente, el universo que estaba tan orgulloso de haber creado era simple y primitivo. Ahora pagaba mi inexperiencia viviendo en mi propia cárcel. 
Semanas después, Leia vino a visitarme. Estaba preocupada por mi salud. Le expliqué lo que hacía, le hablé del peligro de los auriculares.

—¿No te das cuenta? —le dije— El ruido está por todas partes. No podemos concentrarnos. Sonidos permanentes que nos llevan a tener únicamente pensamientos insignificantes, sin continuidad, que no exigen ninguna atención y son exclusivamente de supervivencia. La sonorización a la que nos somete este mundo es un eufemismo para prohibirnos pensar, pero más eficaz: estamos tan contentos con ella, que la aplicamos a nuestro entorno sin que nos fuercen a ello.
Ella me siguió la corriente y me miró con cara de lástima.

—¿Has estado llorando? —le pregunté mirando como se enjugaba las lágrimas.
—Sí —contestó Leia.
—¿Por qué?
—Me olvidé. Tengo vagos recuerdos de nosotros que no entiendo.
—¿Cómo qué? —insistí con esperanza.
—No lo sé, estoy confundida.
—Intenta olvidar el presente —le dije. 
—Es lo que hago siempre —contestó Leia.
—¡Fantástico!, es un primer paso —le contesté—. Ahora intenta cambiar el volumen de tu auricular.

Se echó las manos a la cabeza. Se tapó los oídos. Por el aspecto de su cara, algo le retumbó en la cabeza. Cambió su expresión y volvió al inicio de nuestra conversación. 
—¿Ves?, bajas el volumen del auricular y saltan las alarmas. La evasión a tus propios pensamientos es imposible, sentir tus propias impresiones al margen de la comunidad es contrario a la legalidad; está todo el mundo atrapado sin posibilidad de conexión con ese mundo real que existe afuera, mudo. Parece como si todos estuvierais contentos de vivir en un mundo íntegramente preparado con ruido en todas partes y a todas horas para estar aislados de la verdadera realidad.
—¿Cómo conseguirás regresar a tu mundo real desde este otro mundo que has creado? —me preguntó incrédula sin hacer caso a mi comentario.

La miré invadido por una tristeza dura y cruel. Me observaba sin querer siquiera escucharme, tenía prisa, se notaba, y me hablaba por no callar. Mi tristeza a cada momento era más intensa, hasta el punto de que si pudiera salir de mi pecho inundaría el mundo entero.
—Cuando vuelvas a amarme, Leia, y yo a notar tu aroma natural y desear un beso de tus labios —respondí con un amargo suspiro.

(*)Relato incluido en el libro 'Trece meses' editado por Platero ed.







José Luis Regojo (1958, Caracas, Venezuela), vive en Barcelona (España). Traductor de la obra de Gary Snyder al castellano y catalán en varias editoriales. Autor de diversos libros de gestión de entidades sin ánimo de lucro, artículos periodísticos en ‘Es Diari de Menorca’, el álbum ilustrado ‘Max y su sombra’ (Proteus, 2012), el poemario ‘Fronteras’ (Autografía, 2018), del libro ‘Recetas y relatos de un año bisiesto’ (Autografía, 2019) y de la antología de relatos ‘Trece meses’ (Platero editorial, 2021). Director de la revista digital de poesía Poémame.  (revista.poemame.com). 

ILUSTRACIONES: La imágen ha sido remitida por el autor de la obra.

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