Desde Baja California Sur : «Karma», un texto de Sebastián Varo Valdez

Te despiertas agitado. Esa maldita pesadilla volvió a atacarte esta noche. Te sientas al borde de la cama intentando recordar ese mal sueño. Buscas en el rincón más alejado de tu mente, el que te tienes prohibido tocar; bien sabes que si quieres terminar con esto debes adentrarte a ese lugar. Comienzas a introducirte en la zona oscura buscando respuesta, pero sólo ves al perro del vecino, al que le pasaste el auto encima. El pobre sabía demasiado, tenía que desaparecer, era un testigo. Era un cómplice. Enseguida se interpone una imagen: persiguen a alguien, está en problemas. Sacudes la cabeza.
Te levantas y caminas hacia el baño luchando por mantenerte despierto. Abres la puerta despacio preparado para escapar por si hay alguien ahí. Pero vives solo, ¿a qué le temes? Entras al baño y enciendes la luz; sientes ese dolor en la parte trasera de la cabeza, como si fuera demasiado pesada para que la sostenga tu cuello. Te llevas los dedos a los ojos y los frotas despacio. La luz te ciega y, cuando la apagas de nuevo, no ves nada en absoluto.
Tus ojos se adaptan a la oscuridad otra vez. Prefieres el brillo de la luna, es gentil. Abres el grifo y te mojas la cara; que el agua esté helada te despierta un poco. 
Te quedas parado frente al espejo observando y analizando cada uno de los detalles en tus facciones. Tú mirada ha perdido el fuego, ahora tus pupilas se pierden en la noche. Tú piel se desprende en arrugas como papel tapiz de paredes viejas. Tus labios se ven grises, igual a los de un cadáver. ¡Y eres tan joven! ¿Qué es lo que ha pasado conmigo? Yo sé que tú sabes.
Todo regresa. Incluso los recuerdos bloqueados. ¡Qué mejor castigo que la culpa, para eso está la memoria!
Y entonces recuerdas. Recuerdas haber robado, violado, torturado, asesinado; incluso has destruido vidas enteras. ¿Y por qué lo hiciste? De seguro hay un motivo. Debe de haber un motivo. ¿Entonces por qué no contestas? Tu respiración se vuelve pesada, tu corazón se acelera cual tambor que marca el ritmo hacia tu desgracia. Ni siquiera puedes mirar tu propio reflejo sin ver al adefesio en el que te has convertido, pero tampoco puedes apartar la mirada mientras evocas la pesadilla de la acabas de salir: Persigues a alguien en un camino oscuro, buscando acabar con él. Revives la pesadilla estando despierto y en el espejo corres; él corre, debes liquidarlo antes de que sea demasiado tarde. Persíguelo, ¡acabalo! Y lo apuñalas por la espalda apuntando justo hacia el corazón, pero, ¿en dónde está su corazón? Apuñálalo de nuevo. Otra vez. ¡Otra vez! Tal vez sigue con vida porque su corazón nunca ha latido, o tal vez sea porque en el fondo no tiene corazón. Y él comienza a llorar sin control, suplicándote misericordia mientras te toma de las manos. Y al verlo a la cara por primera vez te encuentras con tu atroz rostro empapado en lágrimas y mucosa. Entonces te das cuenta de que en realidad la pesadilla eres tú, porque tú no eres más que la carga de todo el mal que has hecho. 
Agonizas, pero nadie podría notarlo. Y a nadie le importa. Ni siquiera a mí. Eres una estatua petrificada en autocompasión. En miseria. Pero, ¿cómo te atreves a decir eso cuando todos los demás pensarían que incluso tu propio dolor no es suficiente por tanto mal que has causado?
Sigue recordando todo lo que te ha llevado a lo que te has convertido ahora. Y rememoras todos tus crímenes. ¿Qué obtuviste con eso? Aprietas tus manos en tu cabello. ¿Por qué lo hiciste? Miras tu fracturado reflejo. ¿Quién eres? Tapas tus oídos. ¿A dónde llegarás con todo esto? Lloras.
No puedes soportarlo, todo surge cuál torrente sucio que inunda todo rastro de fe que quedaba en tú cuerpo, ahogándolo. Tienes sangre en tus uñas por haber apretado tan fuerte los dedos en tu cabeza; no puedes respirar, el aire es muy caliente para tus pulmones. Quieres mirar a todos lados buscando una ruta de escape, pero no puedes dejar de ver tu desdichado reflejo. Cada memoria te ata a donde estas parado. ¿Te arrepientes? Basta, ordenas. Cállate, desesperas. Por favor, suplicas. ¿Por qué haces esto?, ¿Ahora eres la victima? ¿
Piensas en todas esas almas inocentes. ¿Qué hubiera sido de ellas ahora? Eres un cobarde. El espejo está opaco por tus respiraciones cortadas. Tu silueta apenas se nota. En el reflejo ves tu propio fantasma desvaneciéndose; lo que alcanzas a vislumbrar de tu persona se ve envuelto en ese halo ahumado que sale en tus exhalaciones por el infierno que te consume desde adentro, quemando cada parte de tu interior, dejándote sediento por la oportunidad de absolución que perdiste desde que dejaste a la persona que eras atrás y te convertiste en el monstruo que eres hoy. Pero hoy, esta noche, el monstruo se ha vuelto patético. Se ha convertido en una repulsión para la humanidad. Para sí mismo. Ahora es muy tarde, y ni siquiera yo puedo detener el curso de tu propia culpa porque, ahí, entre las visiones del espejo, tus ojos te miran atento con otra mirada. 
Entonces divisas frente a ti a la pequeña Sofía, con su falda blanca y su brillante sonrisa, la cual se transforma en un grito de dolor cuando sueltas al perro y este ataca con rabia. Y mastica y gruñe con fuerza. Y Sofía grita más fuerte pero sólo tú puedes escucharla. ¿Puedes escucharla? Oye atento; recuerda el sonido del llanto de la pequeña Sofía cuando el perro desgarra ese gran trozo de su estómago. Y no se detiene ahí, el perro sigue abriéndose camino en el interior del cuerpo de la niña, intentando saciar su abismal hambre. Lo escuchas tragar sin masticar. ¿Lo escuchas? Escucha ese sonido familiar de los huesos al romperse. 
Hueles un olor peculiar. Al fijarte en la ahora falda roja de la niña, pegada a una de sus piernas, notas una gran mancha de orina cuyo olor sólo te excita. Y tú te ríes. Y tú sólo te ríes mientras escuchas el último aliento abandonar el cuerpo de la niña. ¿Y recuerdas reírte mientras metes una mano en tus pantalones y el perro mete el hocico en el pecho de la niña? Recuerdas… Detente, por favor. 
Eso no es nada. Es sólo un pequeño e insignificante evento entre centenares de pecados. Ahora eres espectador de cada atrocidad que te lleva por protagonista.
Es suficiente para ti, no puedes soportar ver pasar tu triste vida ante tus ojos. Rompes el espejo con tus puños mientras exhalas en un grito silencioso. Tu reflejo ahora se ha destrozado, pero todos los lamentos de aquellas personas rebotan con ecos sordos en tu cabeza. Debes callarlos. ¡Cállalos! Toma uno de los cristales rotos. 
Y entonces cortas. Rebanas; haces una incisión profunda en uno de tus brazos. Se puede ver incluso el hueso. Tu mano se debilita al igual que tu vista se nubla, impidiendo cortar el otro. Pero, ¿por qué buscas aliviar tu dolor cuando la noche llora sus penas? Exhalas profundo. El martirio se mezcla con el flujo de la sangre que sale cual río liberado en su cauce, aminorándolo en una sensación indolora que vibra al ritmo de las campanas en una iglesia.
¡Pero ya nada importa!
Caminas de vuelta a tu habitación. Te recuestas en tu cama y te tapas con la cálida sábana blanca. La sangre mancha la suave tela e impide cerrar tus heridas, siempre lo han hecho. Sabes que si quieres sanar ésta es la única manera. 
Y así, lento, al ritmo de tu rendida respiración, entras en un profundo sueño del cual nunca podrás despertar, pensando que ésta vez la pesadilla no volverá.

El demonio que salió de entre las sombras tenía su cara y hablaba con su voz. Pero el demonio no estaba consumido. Sus cabellos brillaban con un haz blanco al resplandor de la luna. Lucía libre de pecados. Parecía un ángel. Era casi perfecto. E incluso sonrió cuando se acercó al cadáver y susurró:
—Pero lo que tú no sabes, es que la pesadilla te perseguirá por toda la eternidad. 






Sebastián Varo Valdez es un autor originario de La Paz, Baja California Sur. Nacido el 15 de agosto de 1995 es graduado del Diplomado de Creación Literaria de la Escuela de la Sociedad General de Escritores Mexicanos (SOGEM) y cuenta con un par publicaciones entre las cuales se encuentran: Limerencia, en la compilación JICAMAPEPINO: Ensalada de Relatos Gráficos; …del mar en invierno & El León de Nemea en la revista Nudo Gordiano; Aunque sea por una noche en la revista universitaria Collhibrí, y Polvo en el segundo número de la revista electrónica SoM; además de haber participado como parte del equipo de postproducción para la Muestra Internacional de Cine con Perspectiva de Género MICGénero en el año 2019.


LUSTRACIONES: La imágen ha sido remitida por el autor de la obra.

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