Abrieron los compartimentos después de la matanza y los que sobrevivieron salieron despedidos hacia las mesas para devorar las tapas, tomar el vino y atiborrarse de cerveza. El pueblo apareció dividiéndose en grupos a las puertas de los bares.
A unos cuantos kilómetros, los habitantes de otros caseríos a esa hora dormían o se desperezaban frente a la televisión. En un plató de fondo azul, el presentador contaba los chismes de última hora: infidelidades, intrigas y abusos en las altas esferas de las élites rosas.
