'Vaticinio', cuento de J. R. Spinoza


La primera vez que sospeché que mi hijo podía predecir el futuro fue durante el cumpleaños número ochenta y uno de mi padre. Les invité a cenar a mi casa. Compramos un pastel de tres leches para partir después de comer. Recuerdo que coloqué las velas en el pastel, como mi padre hizo tantas veces en mis cumpleaños. Las encendí. 
—¡Una foto, una foto! —gritó mi madre quién sacó su cámara y se colocó frente al pastel.
      Yo cargué a mi hijo de un año y me coloqué junto a mi padre. Justo antes de que soplara las velas, mi pequeño dijo su primera palabra. Fue pausada, como saboreando cada sílaba.
—A…bue…lo.
      Después de que mamá tomara la foto y se soplaran las velas intentamos que el pequeño Rodri repitiera lo que había dicho. Nos rendimos después de media hora. Mis padres se despidieron. Fue una linda velada.
      A la mañana siguiente recibí la llamada de mi madre. Apenas podía hablar. Gemía y la voz se le cortaba.
—Es tu padre —me dijo.
—No tenía que decir más. Adiviné de qué se trataba.
      El funeral de mi padre fue a las diez de la mañana. Un lunes. Estaba lloviendo. Le dejé el paraguas a mi esposa y me hinqué frente a la tumba del viejo. Las gotas de agua, densas y robustas empapaban mi ropa. Se veía tan sano el día de su cumpleaños. Entonces una idea cruzó por mi mente. Como un relámpago. Al principio no la dejé entrar. Pero mi corazón destrozado le hizo un hueco. ¿Y si Rodri lo había predicho? 
      Unas horas más tarde mientras me cepillaba los dientes para ir a dormir me convencí de que era una estupidez.
      Seis meses más tarde vino de visita mi cuñada. Aura. Una mujer delgada y desabrida. Estancada en la adolescencia. Siempre con ojeras bajo los ojos y haciendo comentarios (mitad en broma, mitad en serio) a mi esposa sobre buscarse a alguien mejor como pareja. La toleraba sólo por mi mujer, y porque parecía tenerle un cariño sincero a Rodri.
      Por aquel entonces, Arleth y yo estábamos algo preocupados por el mutismo de nuestro hijo. El pediatra decía que cada niño tenía su propio ritmo. Que le dedicáramos tiempo, jugáramos con él y las palabras llegarían. Y de verdad llegaron, pero a cuenta gotas.
—Tía Aura —lo dijo con claridad. 
—Ven, el nene si habla, sólo hacía falta que llegara alguien a quien quisiera mucho –lo cargó y lo llenó de besos. Intentó que repitiera su nombre, incluso mi esposa lo invitó a decir mamá. Pero Rodri no habló de nuevo.
      Al día siguiente el teléfono sonó a las once de la noche. 
—¿Quién será a esta hora? —dijo Areth con voz nerviosa. Hace algunos meses le había descubierto hablando con alguien en la madrugada. Ella me jugó la del marido celoso, y me dijo que era un machista y un paranoico. Sin pruebas es difícil ganarle la conversación a una mujer, así que dejé el asunto por la paz. No volvió a ocurrir. Pero yo estaba seguro que quien llamaba hoy no era un hombre.
—Es tu madre —le dije con la seguridad que tiene el conejo que va a morir cuando descubre a la serpiente.
      Ella contestó.
—No, no puede ser. ¿Cuándo? ¡Oh Dios mío!, de acuerdo, sí, adiós.
  Se derrumbó sobre la cama y comenzó a llorar. Yo me acerqué y le abracé.
—Es Aura, ¿verdad?
      Ella asintió con la cabeza y se hundió en mi pecho. 
      A la mañana siguiente fuimos a la funeraria. Arleth caminó hasta el ataúd. Lloró y rezó. Yo le di su espacio.
—Es una tragedia, era demasiado joven —me dijo Javier, quien era muy cercano a la familia de mi esposa.
—Sí, es lamentable —por un momento pensé en contarle a Javier acerca de mi teoría, pero me contuve. Si debía hablarla con alguien era con mi mujer.
      Esa noche le solté la bomba.
—Es una estupidez —su voz era gélida —es un pésimo momento para andar con ese tipo de bromas.
      Como Arleth estaba molesta me quedé a dormir en el sofá. Pero hacía un calor del demonio. Entonces me llevé unos cojines y fui al cuarto de Rodri, que además de nuestra alcoba era el único cuarto con aire acondicionado. Estaba por quedarme dormido cuando Rodri habló de nuevo.
—Abuela —me levanté de golpe.
      Me vestí a toda prisa y cogí las llaves del auto. Condujé a cada de mi madre a las dos de la mañana.
—¿Qué sucede? —ella estaba casi tan asustada como yo.
      Yo la abracé. Unas cuantas lágrimas se me escaparon. Ella lo notó y me enjugó los ojos.
—Rodrigo, ¿qué te sucede?
—Estaba preocupado por ti, creo que aún no supero lo de papá…y la muerte de Aura… --mentí.
      Me quedé con ella el resto de la noche. Arleth llamó por la mañana. 
—¿Dónde estás?
—En casa de mi madre, estaba un poco enferma –mentí.
—Ah… ¿puedes venir?, te necesito –no sonaba molesta.
      Tardé quince minutos en llegar a casa. Arleth tenía los ojos hinchados. “Estuvo llorando”.
—¿Qué sucede? —pero en el mismo momento que hice la pregunta vaticiné la respuesta.
      Su madre había muerto a las seis de la mañana. Su hermana menor Delia le había marcado para notificarle.
      Esta vez no traté de convencerla. Fuimos al velorio. Estuvimos ahí hasta pasadas las doce. Después regresamos a casa. Le pedí a Arleth que se fuera a dormir. Que yo me haría cargo de levantarla al día siguiente. Me levanté muy temprano y le di un baño a Rodri. Lo estaba secando cuando habló nuevamente.
—Papá. 
      La sangre se me heló. Mi vista comenzó a nublarse. Estaba en un estado de trance. Como pude, vestí a mi hijo y me arreglé. Quizá por última vez. Desperté a mi esposa y conduje al panteón. Tenía miedo de morir mientras conducía y llevarme a mi familia conmigo. Mientras el ataúd descendía me imaginaba que era yo quien estaba dentro, sin vida.
—Arleth, quiero que sepas que te amo mucho. Tengo un seguro de vida, no es mucho, pero servirá para pagar los gastos funerarios y algunas cosas más.
—No me digas esto ahora Rodrigo –me abrazó, no estaba molesta. Era más bien cansancio.
—Pero debes saberlo… por si acaso.
      Pensaba en cómo me hubiera gustado ver crecer a mi hijo. Hacerme viejo al lado de mi esposa. Todo eso se veía tan lejano, como sombras de un futuro que no iba a ser.
      Entonces se escuchó un grito. Era Delia. Junto a ella había un hombre tirado. Se convulsionó por unos momentos, después se quedó muy quieto.
—¡Javier! —gritó mi esposa y corrió hacia él.
      Entonces ya no era una sospecha, lo supe. Tuve la certeza de que mi hijo predecía el futuro.




J. R. Spinoza
H. Matamoros, Tamaulipas, México (1990). Escritor y profesor mexicano. Becario del PECDA (emisión 23), en la categoría de Jóvenes Creadores por novela. Presidente del Ateneo Literario José Arrese de Matamoros. Miembro del Consejo Editorial de la revista delatripa: narrativa y algo más. Imparte el Taller para jóvenes Alquimia de Palabras. Libros Publicados: El regreso de los dioses, la batalla de Folkvangr (Caligrama, 2019). El demiurgo y otros cuentos fantásticos (Kaus, 2020). Los deseos de Serena (Catarsis Literaria, 2021).

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