Te lo aseguro: he visto un ángel, y ahora no sé si fiarme. Te lo garantizo: me gustaría darle las espaldas y salir corriendo por la calle de los tranvías amarillos. Y, sin embargo, enciendo otro cigarrillo, me abro un estigma en cada mano, me acomodo en esta pecera de rosas, sangro por fuera y lloro por dentro y miro la hora y pienso que algo extraño ha sucedido en el piso de arriba y que la ciudad entera ha desaparecido y que me he quedado solo, absolutamente solo. Y, sin embargo, no dejo de escuchar su voz. Después un silencio, un trago de cerveza. Y, de nuevo, su voz donde