Julio 7 de 2005, verano europeo. Explosiones en Londres; no tengo recuerdos de los atentados en los trenes del metro, ni de las bombas o cuerpos despedazados en la ciudad. Tampoco los tengo de las fiestas de San Fermín, de la gente corriendo delante de los toros en el encierro por las calles de Pamplona, o de los festejos con mucho vino en la noche navarra.
Sólo guardo en mi memoria de ese 7 de julio —invierno en el sur americano— la voz de mamá en el teléfono avisándome que te dio un infarto, la calle helada en
