—Matalo —dijo la Voz Uno, que al niño se le antojaba la de una muchacha hermosa como princesa, cabello oscuro, piel morena y ojos gigantes.
—Hacele caso, matalo —dijo la Voz Dos, que era dura y rasposa, como la de un hombre gastado de alcohol y cigarros; no tan viejo en años, pero sí en atravesar la vida rebotando madrugadas en antros roñosos.
El niño no dudó. No había razón para hacerlo. Al fin y al cabo, las dos voces siempre habían estado allí dentro, en algún lugar de su cabeza, guiándolo y enseñándole.

