El aparato ocupaba lo alto de la puerta. El hombre lo empujó hasta donde estaba el Papa y su séquito, cada uno con la mano en la barbilla, presos de la duda y la emoción. Como pudo, la instaló al frente de todo el grupo, expectantes, mirando al reo que lo tenían amordazado sobre la cuneta, dándole agua en una jarra metálica para que confesara sus pecados. El Papa le señaló con la mano dónde debía detenerse.
El hombre se irguió por algunos segundos, esperando a que le
