Voy cortando las fresas para ponerlas en el yogurt. Sin azúcar, claro. La vanidad manda.
Dios, en Cuba ni azúcar hay… y una barra de pan está a ochenta pesos, si la encuentras. Suspiro. Algo ácido sale de mis ojos.
Unas gotas de fresa me salpicaron el rostro, seguro.
Pienso en todas las veces que me han dicho egoísta…
Uf, casi me corto el dedo. Siempre sangro con el filo de estos pensamientos.
Yo solo quería vivir: allá no podía. Pero, ¿puedo ahora?











