Mi cumpleaños número 75 fue celebrado sin familiares, debido a la pandemia que estamos enfrentado y las cuarentenas, nadie fue invitado, algo extraño para mí ya que estoy acostumbrado a celebrarlo con familiares, amigos y vecinos, solo mi esposa Elena y yo, ella ha sido mi compañera por los últimos 43 años, puedo decir que he sido muy feliz con ella y porque no decirlo….aún estamos enamorados, siempre pensé que nuestra vejez llegaría sin grandes
Tres minicuentos de Costas Axelos
La muerte
Una vez un mandarín chino propuso esta medida al gobernador de una provincia, quien no tardó en adoptarla. En el momento en que la víctima debía posar la cabeza sobre el taco para que el verdugo se la pudiese cortar, un caballero engalanado llegaba al galope y exclamaba: ¡Deténganse! ¡El Sire ha concedido su gracia al condenado a muerte! En ese instante de euforia suprema, el verdugo
«Ella», un relato de José Alberto Capaverde
Ella estaba tan alta, que mis manos no la alcanzaban, y mis ojos se alegraban con verla, soñaba con poseerla, yo era un niño de ojos verdes y rulos rubios.
Ella sabía que era mi tesoro, y el motivo de mis desvelos, y hasta la causa de mis temblores nocturnos.
Ella cruzaba las piernas y mostraba un poco de su braga y como por arte de magia, convertía todo mi día en pura felicidad y plenitud.
Democracia y la destitución de gobierno
Los representantes de la bancada de oposición del Congreso de la República plantearon abiertamente la destitución del Presidente del Perú, José Pedro Castillo Terrones, tras asegurar que incurre en una causal de incapacidad moral permanente para gobernar y genera la inestabilidad política en el país.
En el artículo “Inestabilidad política y presidencialismo en el Perú” (https://tinyurl.com/msnha9pp) señalo: “El Consejo de Estado del
Posapocalíptico: tres relatos breves de Juan Carlos Vásquez
Lazos sanguíneos
Después de envenenar al padre, Yulian quiso contemplar su obra vanagloriándose frente a la abuela que, sumisa y consternada, veía a su yerno tirado en el suelo mientras el vientre y el pecho se le comprimían hasta morir.
La abuela en vez de infundir disciplina a su nieto le dejó realizar lo que más le gustaba: cantar, leer, cortarse los brazos y desempeñarse como «curador» en
«Mi bicicleta», un relato de Alejo Tomás Ambrini
Hoy me robaron la bicicleta. Desconozco el horario, pero sé que fue entre las siete de la mañana y siete de la tarde. La dejé en el poste de alumbrado, mal pintado y con pegatinas de alguna campaña electoral vieja. Mi bicicleta negra, una playera vieja y despintada que usaba para trabajar y me costó tanto sacrificio. Se llevaron hasta el candado que para qué les va a servir en caso de que hayan sido varios ladrones. Pero no importa, lo único en lo que no puedo dejar
«Desempolvando la esperanza», un relato de Gabriel Valdovinos Vázquez
¡Me da gusto encontrarte de nuevo! Apenas al abrir esta caja y ver el envoltorio de periódico y plástico más grande, me imaginé que eras tú.
Bien recuerdo que nos quedamos platicando largo rato en los primeros días de este año, antes de guardarte aquí.
Aun con el buen sabor de boca por los sencillos platos y espirituosas bebidas, pero sobre todo por los gratos momentos, los fuertes abrazos, los sinceros apretones de mano, la cercanía en
«Licantropía», un cuento de Rubén Bareiro Saguier
Cuando ayer lo vi en la calle, tan cadavérico, me vino a la memoria la cantidad de rumores que corrían por el pueblo a propósito del tío Cabrilla y de la tía Lalí. «Mentiras», decía mi madre; «calumnias», sentenciaba -más severo mi padre, coreado por los comentarios indignados de sus hermanas. Aunque luego, hasta mamá pareció cambiar de opinión, o por lo menos guardaba silencio, cuando se hablaba de la cosa.
«Intelligentsia IX», un minicuento de Enrique Anderson Imbert
Con máquinas calculadoras los técnicos montaron una Academia de Filosofía. Primero eligieron las obras más importantes en la historia del pensamiento. Después, mediante un rigurosísimo análisis, las despojaron de sus accidentes —lenguaje, biblioteca, época, paisaje, polémicas, anécdotas— hasta reducirlas a esenciales visiones del mundo. Por último, con estos núcleos de ideas fundamentales prepararon los cerebros electrónicos. Para que
«Los caminos», un cuento de Haroldo Conti
y aunque la línea está cortada señalando el finyo solo digo adiós hasta que nos veamos de nuevo.Bob Dylan
A veces pienso que los días de mi vida se parecen a las teclas de esta máquina. Son redondos y precisos y justamente porque no hacen otra cosa que escribir.
Paco Urondo me ha dicho quiero que escribas algo para el Diario
«Alfabeto», un poema de Inger Christensen
Los alfabetos existenla lluvia de los alfabetosla lluvia que se cuelala gracia, la luzinterespacios y formasde las estrellas, de las piedrasel curso de los ríosy las emociones del espíritulas huellas de los animalessus calles y caminosla construcción de nidos
«500 días, 500 martillazos…», un poema de Magda Portal
500 días, 500 martillazoshora a hora, sobre el yunque del alma.
Madrugada. Una de tantas madrugadasen que es inútil llamar al sueño,en que es inútil botar, como a una moscaal pensamientoAfuera hay una madre pequeña¿cuántas madres?y una hija muerta de frío.
Desde Barcelona: «Una puerta», un poema de Pedro Alcarria Viera
Cruzó la pequeña puerta blanca, despintadala madera y colgando cabizbaja.Cruzó el dintel y la breve orla del sol le lamía los hombros.Entró encorvado y con el bigote en llamas.Entró acarreando una pala y un macizo de hortensias derrengado.Una vez un tulipán azul.Y tres veces un ataúd.Hubo días en que, al entrar, su mano callosa se demoraba unos
«Las voces del silencio» y «El amor», dos minicuentos de Costas Axelos
Por fin la energía atómica se ha liberado y ha destruido toda vida humana sobre el planeta. Solo se ha escapado un habitante de un rascacielos de Chicago. Después de haber comido y bebido todo lo que tenía en su heladera, leído, visto, mirado y escuchado su biblioteca ideal, su museo imaginario y su discoteca real, desesperado al ver que no se moría, decide suprimirse y se tira al vacío desde el piso cuarenta.
Desde México: «Santa Romelia del Pecado», un relato de José Alberto Capaverde
Allá en un lejano y triste pueblo, de nombre Santa Romelia del Pecado, que pertenece al municipio de San Torcuato del Sagrado Perdón, todo es como ausencia, como soledad, como vetusto, como añejo. No recuerdo con precisión en dónde queda enclavado semejante lugar, pero tengo una visión borrosa que está custodiado por cuatro cerros "desdentados". Pero en realidad no es tan interesante el lugar en sí, podría decirse que es otro más, de esos que se pueden encontrar
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
ENTRADA DESTACADA
Entrevista a Milton Ordóñez: "Viví en pueblos y lugares donde la gente no se suicida porque no conocen esa idea". Por Juan Carlos Vásquez
Hace más de dos décadas, en las calles de Nueva York, tuve la suerte de conocer al escritor Milton Ordóñez. Nuestra primera conversación tuv...