"Crónicas de un hombre adicto a la leche", por José Alberto Capaverde 'El seis'

Foto de eberhard grossgasteiger

Él se llamaba Pierre, o cuando menos así se le conocía, en esa colonia destruida, y apartada, donde no pasa ni siquiera un ave moribunda. Él tenía como diez años, que salía a trabajar, y regresaba a hogar, se sentaba, prendía un cigarrillo, se acercaba una botella de leche, y entre fumada y sorbo, miraba el cine de su mente. No tenía esposa, ni siquiera una amante, tenía una muñeca de plástico, con algunas características "humanas", siempre estaba al lado contrario de la mesa, para que pareciese que era su compañera, que tenía una mujer, y que no estaba tan solo. Afuera se escuchaba cómo combatían los de derechas e izquierdas, por el control de una metrópoli hecha cenizas. 

Él ni siquiera veía a su "acompañante", se preocupaba más en encender otro cigarrillo, y en cambiar de película mental.  Nunca en su vida había sonreído, por lo cual, tenía los labios resecos, agrietados, morados.  Las palabras sólo le alcanzaban para que la gente normal, no pensase que se trataba de un loco.
Sus ojos eran como el mar, pero aunque parezca increíble, nunca había pisado una playa, ni visto las olas, menos una jovencita en bikini. 
Pensó en pararse y tomar un poco de café, de un recipiente viejo y destartalado, pero la fiaca lo atrapó, y esa "idea", la desechó de inmediato. 

Nunca había amado a nadie, e inclusive, jamás había tenido una novia, sólo tenía un ritual anual, muy especial, y hasta cierto punto muy "raro": concurría a un burdel de poca monta, y escogía siempre a la misma mujer, una delgada, de edad media, con rostro de desconsuelo, y no hablaba mucho. Pagaba una cantidad posible, así decía él, para sus adentros, y partía sin pronunciar palabra. 

Él no era un hombre complicado, tenía sólo tres cambios de ropa, dos pares de zapatos (negros y cafés), una vieja corbata, y un abrigo negro. 
Se escuchaba las voces de mando y de sumisión afuera, la metralla: balas, bombardeos, explosivos, proyectiles, y los derrumbes de las construcciones. 

Él había perdido todo, hasta su libido, y las veces que iba al lupanar sucio, lo hacía sólo por higiene sexual. Había una mujer joven, que era su vecina de esos departamentos fríos y vestidos de concreto y hierro, que muy continuamente lo saludaba, y hasta le sonreía. 
Pero él, no veía a una dama sonriente y amable, le parecía que era la muerte, que ni siquiera venía por alguien en especial, sino, que pedía a gritos, y hasta con súplica, que la matasen... Estaba exhausta. 

Él seguía bebiendo leche entera... 



José Alberto Capaverde, El Seis (no es de un país en particular, es un hombre universal. Por el momento se encuentra en los Estados Unidos Mexicanos, como podría estar en España, Argentina, Francia, Alemania). Se ha preparado en grado óptimo en los bares, cantinas, tabernas, panteones, y algunos manicomios. Ha estudiado: Filosofía: Letras. Le encanta, le fascina, le gusta, que llueva escocés… 


📝 Lee otros textos de este autor (en Herederos del Kaos): Santa Romelia del Pecado • Tripolar

Ilustración de portada: Foto de eberhard grossgasteiger (public domain).


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