Novela: 'Puede ser el tiempo', de Goran Tocilovac (fragmento)


La vida del escritor Goran Tocilovac, de nacionalidad serbia y ciudadanía francesa, comenzó en la ciudad de Belgrado el 27 de agosto de 1955.

Producto de las obligaciones laborales de su padre, el diplomático yugoslavo Negoslav Tocilovac, este talentoso creador de novelas negras y cuentos vivió a lo largo de su vida en numerosas ciudades del mundo. Si bien en la actualidad reside en París (localidad donde se afincó a fines de la década del 70), en su juventud pasó largas temporadas en familia en urbes como Nueva York, Buenos Aires y Lima, por citar algunos de los lugares donde vivió junto a su progenitor y su madre, Zagorka Vucetic.

Antes de alcanzar fama mundial gracias a su actividad literaria, este hombre que tiene como lengua materna al serbio pero eligió el castellano para desarrollar sus textos se licenció en Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (situada en Lima) y se doctoró en Literatura Iberoamericana en la Universidad de la Sorbona, donde completó su formación con una tesis inspirada en “Los siete locos”, del novelista argentino Roberto Arlt.

En 1996, la editorial Peisa publicó en la capital peruana sus primeras obras agrupadas en un único volumen: “Trilogía parisina”. Este material sería más tarde traducido al francés y dividido en tres partes, tal como ocurrió en Madrid en 2007, año en el cual aparecieron las tres novelas por separado bajo el sello 451 editores: “Puede ser el tiempo”, “Una noche no” y “De la desolación”.

Ya convertido en un exponente reconocido del universo literario, Tocilovac lanzaría “Cuerpo y olvido”, “El punto exacto”, “Ciega justicia”  
y “Las bacantes”, entre otros títulos que contribuyeron a realzar su figura a escala internacional.



 "PUEDE SER EL TIEMPO"

I

Cuando el teléfono empezó a sonar con una regularidad cada vez más inquietante en medio de la oscuridad, el inspector contó hasta diez un par de veces y miró su reloj con una mueca de disgusto:

–Sí, sí, ya está.

–Lamento despertarlo, jefe...

–¿Qué hora es?

–Las tres de la mañana, lunes. Se trata de un crimen.

–Para variar.

–En un pequeño hotel de la rue Saint-Julien-le-Pauvre. Laura Bataille, una cantante, por lo que sé. Estoy saliendo para allá. ¿Lo esperamos?

El inspector se sentó sobre la cama y encendió un cigarrillo. Miró afuera y cerró los ojos.

–No, Prévert, estoy cansado, anda solo. 

Apagó el cigarrillo y después la luz y trató de dormir, pero luego de un cuarto de hora de infructuosos intentos se dio por vencido y comenzó a observar lo poco que la escasa luz le dejaba ver: una silueta alargada compartiendo su cama, el pelo enmarañado, un brazo levantado y el otro colgando. La acarició largamente y después de impregnarse de su calor, la besó en el hombro y subió con los labios hasta su cuello... sólo para constatar que seguía respirando con la boca entreabierta y que no tenía la menor intención de salir al encuentro de su insomnio. 

Abandonó el cuarto cerrando la puerta con delicadeza. Una vez en la sala se desplomó sobre el sillón y encendió un cigarrillo, obligándose a terminarlo esta vez, a pesar del esfuerzo para vencer el desagrado. Dudó entre un café o un cognac para aliviar la sensación empalagosa de la boca pero su cuerpo estaba como quebrado entre los almohadones del sillón. Se acordó de que se había acostado apenas un par de horas antes, después de un día agotador y absurdo, sin importancia, un día de trabajo sano y estéril. Si al cansancio inicial se le suman más de cincuenta años de desgaste cotidiano, pensó, nos da como resultado la vivencia estropeada de un lunes como cualquier otro, a las tres de la mañana como siempre.

Mientras pasaba el paquete de cigarrillos de una mano a otra, sus ojos escrutaban el desorden de la sala: los vasos y las tazas sucias sobre la mesa, el tocadiscos todavía encendido, un par de zapatos de taco alto sobre un libro de carátula azul –probablemente poesía, se dijo el inspector–, y las innumerables plantas más que secas, abandonadas. Todo lo que respira en esta casa necesita un poco de agua, antes de que sea demasiado tarde, dijo en voz alta, antes de que el tiempo se acerque para lamer el último vestigio de nuestro paso por esta tierra.

Cerró el cuello de su camisa al acordarse de que el otoño había comenzado hacía menos de una semana y se acercó a la ventana para contar una docena de hojas caídas frente al portal. El castaño del que provenían no parecía mayormente afectado por la pérdida de los suyos. Por lo pronto algo aprenden con los años, pensó el inspector: la certeza del tiempo que se repite cíclicamente. ¿Y nosotros, en todo esto? Sobresaltos de aquí para allá y una ceguera inconsistente entre cuatro paredes con las que nos golpeamos continuamente con cierto cariño no exento de dolor.

Le llamó la atención la poca oscuridad de la noche. Las luces de la ciudad contaminando la noche con su brillo insípido, se dijo. Habría que buscarla en el campo o al lado del mar, en la ciudad las cosas pierden consistencia. Una noche como un bloque de granito negro, algo sólido, inquebrantable, un refugio y no una casa de citas. No por nada van cayendo los mejores, suspiró, algunos de edad y otros de una muerte violenta y por lo tanto heroica, después de haberse enfrentado al tiempo con toda la mezquindad necesaria para tenerlo de rodillas implorando misericordia y estupideces. 

Encendió un cigarrillo tratando de pensar en algo, cualquier cosa, la lluvia o la arena, algo pequeño e infinito. En una noche como ésta, se dijo, alguien suprime a su semejante sin razón alguna, en la mayor parte de los casos, simplemente para justificar los días que pasan, lo que somos y lo que dejamos de ser. Asesina porque es un estado de ánimo que se inserta en una nueva razón de ser, el acto que justifica una existencia. Una persona desaparece para dar lugar a la revelación de la otra, hoy por ti y mañana por mí, con algunos errores de cálculo. §Me parece que Prévert mencionó un hotel, siguió. Como si fuera más triste que morir en casa como un animal doméstico. Una cantante, si mal no recuerdo. Una cantante muere en un hotel de la rue Saint-Julien-le-Pauvre, algo banal y hermoso, un ejemplo más de la noche transparente a la tres de la mañana; para eso lo habían llamado, para comprobarlo y luego para ocuparse del culpable, nadie en particular, la gente que dejaba las lámparas encendidas sin saber que al mismo tiempo atentaban contra la noche y la posibilidad de un absoluto que nos concernía a todos por igual: la pureza del agua y del aire, una gota de sangre, un vaso de leche y una manzana con puntitos.

Limpió someramente la mesa y tomó un largo sorbo de algo fuerte que le dio escalofríos y lo hizo pensar en Elena tirada en la cama esperándolo con los ojos abiertos o cerrados, ausente, en todo caso.

Se puso a escribirle una nota a Prévert:

"Voy a desaparecer por un tiempo, una semana, a lo sumo. Arréglate con los de arriba. No sé qué tengo, supongo que la melancolía tiene que ver con la edad. En lo que concierne a la cantante, hazte cargo por el momento. Te doy una semana. Quiero, para el próximo lunes, un informe detallado sobre el hotel, los clientes y toda la rutina. Repito, detallado, con fotos y todo."

Volvió a tomar otro cognac con la garganta hecha un desastre de humo, y siguió:

"Antes que nada, te sugiero empezar con la noche, sin lugar a dudas el origen del drama tiene algo que ver con ese absoluto mermado por la luz. Me pregunto, realmente, si algo tiene que ver con algo. Creo que estamos equivocados, Prévert, así como el otoño sólo dura tres meses para los incautos. Para nosotros el otoño está a la altura de las tripas y dura un par de años por mes. Un abrazo y hasta el lunes." 

Recuperó su sonrisa al pisar una hoja húmeda al lado de la puerta del jardín y la recogió para ofrecérsela a la mujer que lo esperaba desde hacía un buen rato, trató de convencerse, estirando la mano sin cesar para encontrarse con un vacío entibiado.

No se sorprendió al comprobar que todo estaba exactamente como lo había dejado, desde el teléfono hasta el pelo enmarañado de Elena, un brazo debajo de la almohada y el otro colgando. Se acurrucó buscando con los labios un pedazo de su hombro. Ella seguía fiel a su inmovilidad y el inspector dudó si empezar la noche con una mujer que dormía o acabarla volteándose al otro lado. Primero cerró los ojos, con fuerza, y después trató de desterrar todo tipo de imágenes de su cabeza, desde las más ligeras, como un caballo trotando en la arena, hasta las más serias, el color de la luna impregnándose de los ojos que la miraban. A medida que se acercaba al vacío, su mano fue dejando el vientre para abarcar un seno que parecía una burbuja a punto de estallar.






Fuentes: Resonancias, casa del libro, Daily motion, blogs literatura, autores serbios.



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