"Leal A. y el Terror Psicológico en 'La Habitación 203'"

"Leal A. y el Terror Psicológico en 'La Habitación 203'"

Leal A. explora las profundidades de la mente humana a través del terror psicológico, construyendo relatos que revelan las obsesiones y los miedos más arraigados. En su narrativa, el amor y la muerte se entrelazan en un inquietante juego de sombras, donde la realidad se desdibuja y lo macabro se convierte en una presencia ineludible.

Su obra busca trascender el terror convencional, adentrándose en lo psicológico y lo existencial para dejar una huella imborrable en la mente del lector. Con una prosa precisa y evocadora, y una imaginación que desafía los límites de lo establecido, Leal A. crea atmósferas densas y personajes atormentados que persisten más allá de la última página, invitando al lector a enfrentarse a sus propios temores.


Habitación 203

El Hotel Ícaro, una mole de piedra erosionada por el tiempo, se alzaba en el corazón de la ciudad como un sepulcro vertical. Sus pasillos, laberintos de sombras y ecos, emanaban una atmósfera de inquietud ancestral. Un hombre, marcado por pesadillas que se entrelazaban con la realidad, se hospedó en la habitación 203 sin sospechar que estaba a punto de descender a los abismos de su propia mente.

Desde el primer momento, sintió que algo acechaba en las sombras. Las paredes parecían palpitar con vida propia, y susurros inaudibles, como lamentos de ultratumba, resonaban en el silencio opresivo. La sensación de ser observado se intensificó, como si ojos invisibles lo siguieran en cada movimiento, escrutando su alma. El aire se volvía denso, cargado de una electricidad estática que erizaba la piel.

La habitación 203 se convirtió en un escenario de pesadilla. Las sombras danzaban en las paredes, adoptando formas grotescas y amenazantes: manos alargadas que se estiraban desde la oscuridad, rostros deformados que lo observaban desde las esquinas. Objetos se movían por sí solos, desafiando las leyes de la física, y puertas se abrían y cerraban con estrépito, como si presencias invisibles se desplazaran por el lugar, susurrando su nombre con voces guturales.

Una noche, despertó en medio de una oscuridad gélida. Un hedor nauseabundo, a carne putrefacta y azufre, impregnaba el aire, haciendo que sus pulmones ardieran. De repente, una voz gutural, como un susurro desde el inframundo, pronunció su nombre con una cadencia siniestra, arrastrando las sílabas como si saboreara su terror. La voz parecía provenir de las paredes, de debajo de la cama, de dentro de su propia cabeza.

Encendió la luz, pero la habitación estaba vacía. El hedor y la voz habían desaparecido, dejando tras de sí un eco de terror que resonaba en su mente, como un tambor de guerra. A partir de esa noche, los sucesos extraños se intensificaron, adquiriendo una naturaleza cada vez más perturbadora.

Comenzó a encontrar mensajes crípticos escritos con sangre en las paredes, frases que parecían conocer sus miedos más profundos: "Tus ojos me ven", "Estás solo", "La verdad duele". Escuchaba llantos infantiles que provenían de las habitaciones contiguas, ahora vacías y selladas, como si almas en pena buscaran consuelo. En el espejo del baño veía reflejado un rostro deformado, una caricatura grotesca de sí mismo, que le sonreía con malicia, mostrando dientes afilados y ojos que brillaban con una luz infernal.

La paranoia se apoderó de él, consumiéndolo desde adentro. Ya no distinguía entre la realidad y la alucinación. El hotel se había convertido en un laberinto de horrores, y él, en un prisionero de su propia mente, condenado a vagar por sus pasillos eternamente, perseguido por sombras y susurros.


Una mañana, encontró una nota debajo de la puerta. Estaba escrita con una caligrafía temblorosa y un mensaje escalofriante: "Te estamos esperando en la habitación 204". Sintió un escalofrío helado recorrer su columna vertebral. La habitación 204, sellada con tablones de madera y cintas de advertencia, había sido escenario de horribles sucesos en el pasado, ahora olvidados por los huéspedes, pero grabados a fuego en los muros del hotel.

Impulsado por una curiosidad mórbida y una desesperación creciente, se dirigió a la habitación 204. Al abrir la puerta, un hedor nauseabundo lo golpeó con fuerza, haciéndole vomitar bilis amarga. La habitación estaba sumida en una oscuridad total, y un silencio sepulcral reinaba en el ambiente, interrumpido solo por el goteo de un líquido viscoso que caía del techo, como lágrimas de sangre.

De repente, una luz tenue se encendió, revelando una escena dantesca que le heló la sangre. Cuerpos mutilados, suspendidos del techo por ganchos de carnicero, se balanceaban lentamente, como péndulos de la muerte. En el centro de la habitación, una figura encapuchada lo observaba con ojos brillantes y maliciosos, cuya luz parecía provenir de las profundidades del infierno. La figura sostenía un cuchillo ensangrentado, y su rostro estaba oculto tras una máscara de hueso.

La figura se acercó y, al quitarse la máscara, reveló un rostro familiar: el suyo propio. Pero este rostro estaba deformado por la maldad, con una sonrisa que mostraba dientes afilados y ojos que irradiaban un odio ancestral. El doble sonrió con una expresión siniestra y susurró: "Bienvenido a tu infierno personal. Aquí, tus pesadillas se hacen realidad. Aquí, eres uno de nosotros".

Despertó en su cama, empapado en sudor frío, con el corazón latiendo con fuerza. La habitación 203 estaba en silencio, pero la sensación de terror permanecía en el aire, densa y palpable, como una niebla espesa. Sabía que el hotel lo había atrapado, y que su mente se había convertido en un laberinto de horrores, un abismo sin fondo donde sus peores pesadillas se materializaban una y otra vez.

Desde entonces, vaga por los pasillos del Hotel Ícaro, un fantasma atrapado en su propia mente, condenado a revivir sus pesadillas una y otra vez, hasta el fin de los tiempos. Se ha convertido en uno más de los horrores que habitan el hotel, una sombra que se arrastra por los pasillos, susurrando a los incautos que se atreven a hospedarse en la habitación 203.


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