Un gozque famélico, todo hueso y pellejo, se las ha ingeniado para colarse por el agujero de la tapia. Olisquea furioso bajo la luz de la luna, correteando de aquí para allá, gimoteando de hambre; de pronto se detiene, y comienza escarbar la tierra correosa con exaltación maníaca, levantando una profusa polvareda.
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