«Veintiocho días», un relato del autor argentino Juan Luis Henares

Veintiocho días en aislamiento. Sin embargo, lo correcto sería afirmar que fueron veintiocho días prisionero en este hotel sin estrellas en el que me recluyeron. Es probable que denuncie al Estado, pues me tuvieron confinado sin mi aprobación; me robaron la libertad, ¿quién me devolverá el tiempo perdido? No tuve fiebre, dolor de garganta o tos, ni siquiera pérdida del olfato o del gusto, soy asintomático. Podría haberme quedado tranquilo en mi hogar, sin necesidad de estar enclaustrado en este horrible lugar. Anoche el segundo test dio negativo, confirmaron que ya no tengo en mi cuerpo el COVID-19, y hoy al fin me iré. Al regresar a casa me pondré en contacto con un abogado y lo consultaré sobre la posibilidad de iniciar una demanda. 
No obstante, lo primero que haré será abrazar a la abuela; debe extrañarme, soy su nieto mimado. Echo de menos su compañía, las mañanas en que abre la ventana, trae la bandeja con el desayuno a mi cama y me dice que es una bella jornada para desperdiciarla acostado. También su comida, mirar películas por las noches y escuchar las historias acerca de su infancia en Cracovia junto a sus padres, los que no lograron sobrevivir en Auschwitz. Su más preciado tesoro es el anillo de oro que la madre le dio a escondidas previo a que la lleven a la cámara de gas; arriesgó su vida al ocultarlo, nunca se lo ha quitado, y es tan grande su amor hacia mí que anticipó que lo heredaré cuando ya no esté entre nosotros. La abuela es muy fuerte, casi un roble, ni los nazis pudieron con ella. ¿Con qué me recibirá? Espero que con la torta de chocolate rellena con dulce de leche, mi preferida, que siempre prepara para nuestros cumpleaños —a fines de octubre cumplo veinticinco y ella noventa y tres— y para fin de año. La extraño demasiado.    

Papá aún está enojado conmigo, no atiende mis llamadas ni contesta los mensajes que le envío. Dirá que estaba ocupado con su trabajo, aunque es evidente que el motivo es otro e imagino el sermón que me dará en el auto al volver. Le molesta que me reúna con mis amigos; insiste con que al convivir con personas ancianas —según los infectólogos más expuestas ante el virus— debo sin egoísmos pensar en la salud de todos. No entiende que un gobierno no puede limitar los derechos ni ordenar a la juventud qué debe hacer. Recuerdo tiempo atrás, antes de que me encierren, la sobremesa tras los tallarines de un domingo. En la televisión convocaban a participar de una marcha en reclamo de mayor libertad. Mientras mamá —nunca dice nada— juntaba los platos, papá argumentaba que cuidar la salud no es restringir la libertad sino proteger la vida. Según él no tener libertad es no poder decir lo que pensás, leer lo que te plazca o caminar tranquilo por las calles de tu barrio, tal cual sucedió con la dictadura militar en los setenta. En medio de la discusión la abuela se levantó y fue a su pieza; regresó con una vieja fotografía en sus manos en la que se veía a dos soldados, rodeados de neblina, delante del portón de hierro y alambre de lo que parecía ser la entrada a una fábrica. Arriba de ellos, un cartel con el lema Arbeit macht frei.
—¿Qué significa? —le pregunté desconcertado.
Con lágrimas en sus ojos respondió: 
—El trabajo libera, querido nieto. Eso es perder la libertad.
La abracé y lloramos. Igual al día siguiente fui a la manifestación en contra del presidente y sus científicos.

En un rato me levantaré, guardaré mis cosas y ni bien el médico haga su ronda matinal me podré ir. Todavía es temprano, puedo quedarme en la cama y hacer un repaso de lo sucedido desde que se inició este invento de la pandemia. En marzo anunciaron la cuarentena, a la que llamaron aislamiento; existieron fases diferentes que mantuvieron similares imposiciones: usar barbijo, no tener contacto con personas a menos de dos metros y prohibición de reuniones sociales. Por supuesto con mis amigos desobedecimos: algunas veces nos encontramos en casa, otras en fiestas —clandestinas las llamó el gobierno— o a estudiar para la facultad en el departamento de una compañera. Nunca dejamos de vernos, el virus no nos afecta. Lo publicábamos en las redes sociales: Facebook, Twitter, Instagram y YouTube; imágenes con abrazos, sin distanciamiento ni barbijo, en las que compartíamos la cerveza o el mate. Una de esas, la del beso en la boca en el Día del amigo, fue la que provocó mi encierro. Resulta que ella pronto comenzó con fiebre; fue a la guardia de la clínica, le hicieron el hisopado y dio positivo. De inmediato la interrogaron con respecto a sus contactos estrechos —no me nombró— pero alguien descubrió el beso en Facebook y vinieron por mí. Durante mi reclusión subí fotos en las que mostré a mis amigos y al mundo mis excelentes condiciones de salud: para los jóvenes el virus no tiene mayores consecuencias, soy la prueba de que es una simple gripe. 
Llegó la hora, comienzo a preparar mi partida.  
Ya estoy con papá; sin mediar palabra abrió el baúl y me indicó que guarde el bolso y suba al coche. Anoche le avisé con un mensaje —contestó con un Ok— que a las diez de la mañana me pasara a buscar; también que dijera a la abuela que a modo de bienvenida deseaba almorzar unos exquisitos ravioles de pollo con estofado y Torrontés salteño: cocina como solo ella sabe hacerlo. Conduce callado, no hay sermón, mas no puedo creer que esté tan enfadado; además se lo nota triste, supongo que molesto porque su hijo no le obedece y piensa por sí mismo. Si así lo prefiere tampoco le hablaré. 

El viaje, cargado de silencios, se hizo eterno. Estaciona junto al cordón, me bajo antes de que apague el motor. Ingreso, todo es quietud, mamá viene a mi encuentro y me abraza; solloza, se nota que me extrañó bastante. La dejo y voy a la habitación de la abuela, es raro que no haya salido a recibirme. Golpeo y no hay respuesta; entro, la oscuridad es total, ¿dormirá aún? Con temor a despertarla enciendo la luz. Vacío, en la pieza reina un extraño orden, la cama se halla tendida, no hay ropa en la silla y las puertas del ropero están cerradas. Sobre la mesa de luz, el solitario anillo de oro aguarda el arribo de su nuevo dueño.







Juan Luis Henares nació en 1963 en Paraná, República Argentina. Profesor en Ciencias Sociales. En 2004 obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Ensayos Memoria y Dictadura. Sus cuentos han sido publicados en antologías, revistas y webs de Argentina, México, Uruguay, Venezuela, Colombia, Guatemala, Chile, Perú, Cuba, Bolivia, España, Alemania, Canadá y Estados Unidos. Libros: Lápiz clandestino (2018) y Crónicas subterráneas (2021). Website.


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Photo by engin akyurt on Unplash (public domain).


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