"Entre el caos y la reflexión: Una conversación con Juan Carlos Vásquez". Por Wafi Salih

“Me pareció fantástico poder crear un escenario donde las víctimas pudieran vengarse de sus agresores: personas aparentemente frágiles que dan rienda suelta a su ira cuando son estigmatizados”. 


Entrevista a Juan Carlos Vásquez


“Necesitamos el valor de ir hasta los márgenes, de penetrar en todo para sabotearnos y violar la rutina que nos imponen, alimentas el texto y auto justificas tus más descabelladas acciones”. 


—¿"Has tomado decisiones que van claramente a contracorriente, decisiones que han generado tanto reconocimiento como rechazo. ¿Qué relación real existe, para ti, entre el desplazamiento continuo y la libertad?"
—"El viaje repetido durante mucho tiempo no produce libertad, eso lo aprendí pronto. Lo que genera es otra cosa: ese aparente desprendimiento del pasado y la confrontación sostenida con la soledad terminan siendo una cruenta estrategia de supervivencia. Luego esa estrategia se traslada a los personajes, se convierte en el motor de sus acciones. No creo tener libertad por la capacidad de elección. Lo que sí nace en el desplazamiento, y lo que genuinamente necesito, es ese reavivar de las expectativas. La diferencia no es menor..
    
Acoges en tu narrativa hospicios, centros de salud, habitaciones, bibliotecas, trenes y autobuses. ¿Cuáles son los criterios que utilizas para seleccionar esos lugares?
—Los considero sitios de aislamiento, reflexión y cambio. En conjunto, representan lo íntimo. En esos lugares aflora el verdadero ser que llevamos dentro; por eso me gusta habitarlos con personajes, algunos de ellos raros y controvertidos (yo mismo).

En Cerdos felices y otros hundimientos aparece un tono crítico hacia ciertas conductas sociales y rituales. ¿Qué tipo de situaciones concretas te llevaron a escribir ese bloque?
—No parte de una teoría ni de una intención cerrada, sino de escenas muy concretas observadas en distintos contextos.
Me interesaban ciertos comportamientos repetidos: formas de exhibición social, dinámicas de jerarquía, rituales donde la apariencia de orden o elegancia termina ocultando otra cosa más primaria.
No es una denuncia general, sino la acumulación de situaciones donde esos gestos se repiten con variaciones mínimas. El título surge como una forma de condensar esa sensación, no de explicarla.

Revisando tus presentaciones, veo que utilizas un lema: “Exploración urbana y continua de lo diverso”. ¿Te consideras un explorador? Háblanos sobre los inconvenientes más comunes con los que te enfrentas al viajar.
Desde muy temprano tuve el impulso de conocer grandes ciudades y encontrarme con personas que también hubieran tomado esa decisión de desplazarse.
En muchas metrópolis hay puntos muy concretos donde se concentran ciertos perfiles de personas en tránsito constante. Esa idea fue creciendo con el tiempo hasta que empecé a viajar por distintas ciudades.
En Nueva York tuve experiencias muy contrastadas. Por un lado, la posibilidad de convivir con una diversidad cultural intensa; por otro, situaciones mucho más duras, como las vividas en Ward’s Island, una isla cercana a Manhattan con condiciones extremas.
Allí aprendí a convivir con contextos de violencia y desorden sin perder del todo la observación. A Manhattan la recorrí de forma continua, casi sistemática. La intención siempre fue la misma: establecer una relación directa con el entorno.
Con el tiempo, el viaje dejó de ser solo impulso y se convirtió en una forma de reorganizar experiencias. Los lugares y las personas se cruzan, se desplazan, se repiten en distintos contextos. No siempre de forma ordenada.
Lo importante ha sido continuar, incluso cuando el recorrido se vuelve inestable.

Por favor, realiza un breve resumen del libro Vulnerables y explora sus matices…
El libro surge de dos fuentes principales: experiencias personales y observación de las vidas de personas que conocí durante distintos desplazamientos. A eso se suma una reescritura constante de lo vivido, propia del proceso de ficción.
Está compuesto por distintos registros —relato, microrrelato, cuento, crónica, diario y reflexión— organizados en cuatro bloques: Tiernas relaciones tóxicas, Cerdos felices y otros hundimientos, Posapocalíptico y Al fin la calle….
En conjunto, funciona como un territorio donde los personajes atraviesan situaciones límite, muchas veces marcadas por relaciones de poder, fragilidad y violencia emocional.
Me interesaba especialmente la posibilidad de invertir ciertas dinámicas: personajes aparentemente vulnerables que, bajo determinadas condiciones, reaccionan o responden de formas inesperadas.
La muerte atraviesa el libro de manera directa. El 17 de abril de 2017 murió mi padre. Ese hecho, unido a la distancia y la imposibilidad de estar presente, generó una sensación de interrupción que quedó incorporada en el material posterior.
También aparece una lectura del entorno social como un sistema de comportamientos repetidos, donde ciertas dinámicas tienden a reproducirse sin demasiada resistencia.
En Al fin la calle, la ciudad se presenta desde una perspectiva más directa. Surge a partir de mi primer viaje a Florida y de una forma de observación doble: como participante y como testigo.
A partir de ahí, el movimiento se convierte en estructura. Las historias se conectan entre sí, los personajes reaparecen en distintos contextos, y los espacios se transforman en variaciones de una misma experiencia.
El desplazamiento no es solo geográfico, también es narrativo. Entrar en una ciudad implica una forma de inestabilidad que activa la observación.
Hay relaciones que, de forma consciente, conducen a zonas de desgaste o caída. Y aun así, forman parte de una dinámica que se repite.
Escribir desde ahí implica asumir ese margen de inestabilidad, sin buscar una resolución cerrada.

   —¿Qué lugar ocupa la poesía dentro de tu escritura?
——No la separo de la narrativa. En muchos casos surgen del mismo impulso, solo cambia la intensidad con la que se trabaja el lenguaje.
He revisado textos antiguos que escribí en la adolescencia y, aunque eran muy distintos, ya había ahí una búsqueda del mismo tipo: condensar algo que no podía decirse de forma directa.
Con el tiempo entendí que la escritura cambia de forma según el estado en que se produce, no según una clasificación previa.

¿Qué personas han dejado una huella en tus experiencias en las ciudades que has visitado?
He conocido a muchas personas en distintos momentos del viaje. Algunas dejaron una huella directa en mi forma de ver el mundo.
Recuerdo a Ilona Rauhala Deman, antropóloga finlandesa, con quien compartí recorridos por Florida y conversaciones que me acercaron a otras tradiciones literarias.
También a Oxana Narozniak, escultora ucraniana, a quien conocí en Miami. Me habló mucho sobre el trabajo con influencias y disciplina en la creación. Antes de marcharse me entregó algunos bocetos y me autorizó a utilizarlos en un proyecto editorial. Ese gesto tuvo un impacto importante en mí en ese momento.
En Nueva York conocí al escritor Milton Ordoñez, con quien compartí visitas a museos y conversaciones sobre literatura.
El actor Eliezer Ortiz me vinculó al entorno teatral de Manhattan y a otra forma de entender la escena cultural.
Con Mariano Rennon recorrí San Francisco en un proyecto poético. Con Keith O’Donnell crucé Estados Unidos en autobús; ese trayecto marcó una forma de observar el paisaje y el tiempo.
También hubo pérdidas. Sahim Colón Almodóvar fue una de las personas con las que compartí una etapa difícil en Ward’s Island.
Otras relaciones fueron más sociales, como las vividas con Charles Smith y Fernanda Lobos en South Beach. Charles era cinéfilo y fotógrafo; de él surgió incluso una investigación posterior sobre Jaime Sáenz.
Y podría mencionar a muchas otras personas que, sin protagonizar episodios centrales, formaron parte del tránsito.

—En tus personajes predomina un sentido individual; es la conciencia del protagonista la que narra. Tengo la sensación de enfrentarme a cortes oníricos y psicológicos que ahondan en la percepción. ¿Cómo logras construir esas complejidades? ¿Y cómo haces normal lo que, para el juicio establecido, no lo es?
Al principio había un exceso de ruido externo: opiniones, lecturas, expectativas. En lugar de confrontarlo directamente, empecé a observarlo. Eso me llevó a entender que muchas personas no actúan desde una lógica estable, sino desde sus propias negaciones.
Con el tiempo, esa observación se convirtió en material narrativo. No se trata de justificar lo que ocurre en los textos, sino de seguir la lógica interna de cada personaje sin imponer un juicio previo.
La complejidad no es algo que se añade; aparece cuando no fuerzas una explicación única.

¿Qué leíste en tu juventud y qué lees o recomiendas actualmente?
En la juventud leí autores como Ernesto Sabato, Julio Cortázar, Guillermo Meneses, Denzil Romero, Salvador Garmendia y José Rafael Pocaterra. También Poe, Lovecraft y buena parte de la narrativa rusa, especialmente Dostoievski y Chéjov.
Más adelante me interesaron autores como Ambrose Bierce, los escritores de la generación Beat, Heinrich Böll, Marguerite Duras, Peter Handke, Cees Nooteboom y otros que fueron ampliando el mapa.
En la actualidad sigo leyendo de forma más dispersa. Me interesan autores como Susana Medina, por la intensidad de sus imágenes y el tratamiento del lenguaje, y otros escritores contemporáneos que trabajan desde los márgenes.
También sigo leyendo a autores que ya forman parte de un núcleo personal de referencia, como Cioran, Ligotti o Cărtărescu.

¿Qué es lo más complejo y lo más placentero de tu carrera? ¿Y cómo es tu proceso de escritura?
Lo más placentero es cuando una idea encuentra forma. Ese momento en el que algo que era confuso empieza a estructurarse.
También lo es la investigación: entender cómo ciertos contextos o experiencias modifican el lenguaje.
Lo más complejo es la resistencia del entorno y, en ocasiones, la propia dispersión. No siempre es fácil sostener una continuidad.
En cuanto al proceso, ha cambiado con el tiempo. He escrito en lugares muy distintos: habitaciones, bibliotecas, espacios públicos. Antes necesitaba cierto caos alrededor; ahora prefiero el silencio.
Suelo tardar un tiempo en entrar en concentración. Cuando ocurre, el texto empieza a avanzar con su propio ritmo.
     
En contextos de inestabilidad social y cambio constante, ¿cómo influye ese entorno en tu forma de escribir?
—No hay una separación clara entre el entorno y la escritura.
En situaciones de inestabilidad, la percepción cambia: se vuelve más fragmentada, más atenta a detalles que en otros contextos pasarían desapercibidos.
La escritura no actúa como salida, sino como una forma de registrar ese estado. No desde una explicación general, sino desde lo que se percibe en el momento.

—¿Cuál ha sido tu mayor imprudencia?
Ha habido varias, muchas bajo el efecto del alcohol o de decisiones mal calculadas. Pero recuerdo una con especial claridad.
Era de noche y no podía dormir. Un conocido de un amigo llegó al grupo; era un puertorriqueño delgado, de mirada inquieta. Estábamos en Spanish Harlem.
Dijo que tenía pastillas para dormir. Otro de los presentes también estaba despierto, así que aceptamos compartirlas.
Tomamos las pastillas sin saber exactamente qué eran. Al poco tiempo, el cuerpo empezó a reaccionar de forma extraña: pérdida de coordinación, rigidez, sensaciones de desajuste físico. A uno de ellos le afectó la mandíbula; no podía cerrarla con normalidad.
El grupo empezó a desorientarse. Tuvimos que llamar a una ambulancia.
En urgencias nos separaron. Pasé varias horas en observación hasta que me administraron un sedante para estabilizar el cuadro. Nadie explicó con claridad qué contenían aquellas pastillas.
Todavía hoy no sé exactamente qué fue aquello.
    
—¿Qué te llevó a tomar la decisión de marcharte a San Francisco? ¿Cómo viviste ese viaje de casi cuatro días?
No fue una decisión súbita. Es algo que se va acumulando hasta que deja de ser postergable.
En ese momento, varios factores coincidían: cambios personales, la sensación de cierre de una etapa y la necesidad de desplazamiento.
El viaje en autobús fue largo y fragmentado. Salí desde Nueva York y atravesé el país de este a oeste.
Al principio las paradas eran constantes y el paisaje apenas se percibía por la noche. Dormía a intervalos.
Con el paso de los días el paisaje cambió por completo: lluvia, sol, zonas industriales, carreteras abiertas, desiertos, montañas.
En Iowa bajó la mayoría de los pasajeros. Más adelante conocí a Keith, que viajaba desde Boston.
En Denver hubo un control policial prolongado. Más adelante, cerca de Nevada, el autobús tuvo un problema mecánico y tuvimos que detenernos en una estación de servicio durante horas.
El trayecto se volvió cada vez más irregular, pero también más claro en términos de experiencia: el viaje no era solo traslado, era observación continua.
Finalmente, al cruzar el Bay Bridge, apareció San Francisco...

Acabas de describir el ambiente, los preliminares y el proceso, que son importantes. Pero me gustaría saber cómo vivías en términos prácticos.
Vivía de manera irregular, sin un esquema fijo.
He trabajado en distintos oficios según el momento y las circunstancias. Nunca fue un sistema estable, sino una suma de trabajos temporales.
La escritura no seguía un orden previsible con respecto a eso. A veces coexistía con trabajos muy precarios, otras veces ocupaba casi todo el tiempo.

—¿A dónde te gustaría ir?
—Mis principales destinos serían Europa del Este, Rusia, recorrer América del Sur y América Central, y visitar Vietnam. Estos lugares están en la parte superior de mi lista de prioridades, pero todos los países despiertan mi interés.

—¿Cómo ves hoy tus actos, después de más de dos décadas? Más allá del riesgo, ¿qué te enseñaron?
Con el tiempo todo se reordena, aunque no de forma lineal. Uno aprende a leer mejor las consecuencias y a reconocer cuándo insistir y cuándo detenerse.
He entendido que no hay una posición fija. Hay etapas, desplazamientos, momentos de mayor lucidez y otros de dispersión. Todo eso forma parte del mismo proceso.
También he aprendido a observar con más distancia ciertos entornos sociales. No desde una idea general, sino desde lo que se repite en situaciones concretas: jerarquías, tensiones, formas de reacción.
La escritura ha funcionado como un espacio de trabajo con todo eso. No como explicación, sino como registro y reorganización.

—España…
He vivido en varios lugares en los últimos años: La Coruña, Valencia, Bocairent, Alicante, Barcelona.
Cada ciudad ha marcado un ritmo distinto de escritura. En algunos casos fue más intenso, en otros más discontinuo.
Con el tiempo he ido estableciendo una rutina más estable. No tanto como disciplina estricta, sino como una forma de ordenar el material acumulado.
Paso mucho tiempo revisando, reescribiendo y reorganizando textos. También observando el entorno.
En Barcelona, por ejemplo, he trabajado y deambulado con frecuencia por El Raval y El Born. Es una ciudad que se ha convertido en un punto de referencia actual, aunque no definitivo.
     
—¿Recuerdas algún fragmento de tus escritos que te vuelva con frecuencia a la cabeza?
Un fragmento de Metamórfico:
“[…] De cerdos a hombres, no de hombres a cerdos como muchos suponen. Hizo el largo camino para humanizar su apariencia, pero no sus costumbres […]”.

—¿Es la literatura tu mundo ideal?
—¡No. Es un espacio de trabajo, no un lugar idealizado.
A veces funciona como coartada para seguir pensando. Otras veces como una forma de confrontación.
Hay un conflicto constante entre lo que uno escribe y lo que uno vive. Y también entre lo que uno cree que es y lo que realmente hace.
La literatura no resuelve ese conflicto, lo mantiene activo.





"Entre el caos y la reflexión: Una conversación con el autor Juan Carlos Vásquez". Por Wafi Salih

Wafi Salih (Trujillo, Venezuela, 5 de junio de 1965) es una escritora nacida en Venezuela de ascendencia libanesa. Escritora de: poesía, cuento, ensayo, dramaturgia y guiones para cine. Se le reconoce como maestra de la poesía breve en Venezuela, por la extensa exploración del género haiku, un género poético de origen japonés, (ensayos y narrativa). Ha sido traducida al inglés, árabe, francés, italiano, portugués y polaco.
Magister en Literatura Latinoamericana, egresada de la Universidad de los Andes en proyecto doctoral en Historia, veinte libros publicados en los géneros antes mencionados. Mantuvo por siete años consecutivos el taller “José Antonio Ramos Sucre”, que contribuyó en la formación de artistas e investigadores venezolanos. Fundadora de las revistas literarias “El Farallón de los Naipes” y “Lápiz, Papel, y Creación”.


Juan Carlos Vásquez (Valencia, Venezuela) es escritor y articulista cultural. Su obra abarca narrativa y poesía con una estética centrada en el submundo urbano, la soledad y una sensibilidad neo-noir. Ha publicado títulos como Crónicas por Barcelona (Araña Editorial, España, 2024), Vulnerables y Colapso: Poesía reunida. Ha vivido entre Estados Unidos y España, experiencia que atraviesa su escritura basada en el desplazamiento y la observación urbana.." PortafolioWeb/Blog.


Photo by Inga Gezalian on Unsplash (public domain).

No hay comentarios:

Publicar un comentario

ENTRADA DESTACADA

«Donde las mariposas revolotean creando turbulencias químicas», un texto de la escritora inglesa Susana Medina

   Photo ©Derek Ogbourne Estamos en el amor: un amplio espacio donde las mariposas revolotean. Pero tu cuerpo, pero mi cuerpo, encajan, todo...