Capítulos Tres y Cuatro del Libro "Vacas" de Matthew Stokoe | Cows: filth, madness, and violence

MATTHEW STOKOE

En el autobús camino de la planta cárnica las caras de los otros pasajeros, alimentados con fruta y cereales, le hicieron sentirse enfermo y sucio. Deseaba acercarse a ellos y tocarlos para asegurarse de que pertenecía a un mundo esencialmente similar. Pero sabía que no era así, y que si lo intentaba ellos se retirarían como en un zoom de la televisión.

En vez de eso los miraba. Eran mucho más reales que él, la atmósfera alrededor de ellos brillaba con la definición de su existencia. Sintió que se difuminaba con el resplandor del sol y el trote del autobús, como si sus contornos fueran arena o fino polvo.

También había parejas, juntas en los destripados asientos, y eran los que presentaban unos colores más intensos. Su pertenencia mutua, su completitud, los sacaba fuera del ambiente de cristales de seguridad y acero prensado, tan cerca de Steven que podía sentir la corriente de amor que los unía. Esos eran los únicos cuyas vidas salían en la televisión. Conocían los secretos del juego y jugaban y nunca consideraban la posibilidad de perder.

Eran dioses provenientes de un mundo de dorados ensueños. Tenían brazos y piernas. Sus rostros se amoldaban a sus emociones, igual que el suyo, incluso envejecían. Pero estaban fuera de su alcance. No respiraban el mismo aire que él y la luz que los iluminaba procedía de un sol más cálido que el suyo. Anhelaba imitarlos, compartir la normalidad de las masas que llegaba en ondas catódicas a través de las mortecinas noches de su soledad.

El autobús iba casi vacío cuando Steven descendió al tufo a muerte en aquel extremo de la ciudad.


Capitulo cuatro


El matadero estaba instalado en una hondonada de un arenoso erial con naves industriales febriles y enroscadas como un animal con un tiro en la tripa. Humo y vapor salían en espiral de unas chimeneas laterales y los charcos ante la rajada fachada de hormigón acumulaban unas heces de grasa y condensado miedo vacuno que reflejaban un cielo amarillento.

Camiones con tráilers llegaban sin parar. Tiraban a los establos la vomitada mierda y los gases fecales y se vaciaban de vacas que se soltaban pedos y mugían y trastabillaban intentando recordar si alguna vez mamá dijo algo sobre un sitio así. Pero no había mucho tiempo para remembranzas, pues los establos estaban en un constante cambio: desaguaban al matadero cuatro animales al minuto a través de un agujero en la pared.

En el despacho de enfrente le dieron una bata blanca, una gorra y unas botas de goma color crema que parecían intestinos morenos. Era su primer día y tenía que ir vestido apropiadamente.

Había mucho ruido y gente diciéndole cosas, pero él no hablaba si no se veía obligado.

Estaba desorientado en ese mundo, no muy seguro de qué pintaba allí, y abrirse hasta el punto de posibilitar una conversación sólo habría revelado lo distinto que era de ellos.

Cripps lo llevó por unos pasillos de despachos en cuyo aire se percibía la culpabilidad de conocer la matanza de ahí afuera y mientras se internaban en el matadero, más lejos de la sección administrativa, las cosas cambiaron: bajó la temperatura, había menos luz, el personal era más reducido y los que había parecían acosados y con la mirada sombría.

—Huevones.

Cripps escupió en el suelo enmoquetado.

 —Toda la jodida caterva. Firman papeles, los reparten y una tonelada de carne muere cada minuto. Pero ni uno de esos putos sifilíticos se la ha metido nunca a una vaca. No saben lo que es sacrificarlas a lo largo de una jornada de ocho horas, matar y seguir matando hasta que la muerte de un animal te parece algo mas allá de ti mismo.

Steven siguió al capataz sin escucharlo realmente, demasiado ocupado absorbiendo detalles de la escena que se desarrollaba a su alrededor para contrastarlos más tarde con la televisión: joyas de experiencia real para llevar a casa y refocilarse en ellas.

Llegaron a un muro de hierro ondulado que medía treinta pies hasta el techo y se perdía en los lejanos límites del edificio. Cripps mantuvo la puerta abierta y la blanca luz que se derramaba a través de ella cegó a Steven e hizo que los hombres del otro lado parecieran ángeles de una de esas películas sobre el cielo.

—Aquí es donde las cosas son de verdad.

Cripps lo empujó dentro de la luz.

Steven se quedó parpadeando junto a una cadena procesadora que se curvaba a lo largo de tres lados de una inmensa sala. Carcasas colgadas de los ganchos de un sistema transportador se balanceaban boca abajo por encima de sus cabezas mientras entraban a la sala a través de unas tiras de plástico. Mierda húmeda les chorreaba por los lados y la sangre les caía de la nariz en los canalones de acero pulido que bordeaban la cadena. Manos procesadoras en batas blancas manchadas de sangre se ocupaban de las diversas etapas: lavaban las pesadas vacas muertas, las rajaban de arriba a abajo con pequeñas sierras circulares, les sacaban las tripas, las desollaban, las cortaban en rodajas, las troceaban, las deshuesaban, las descuartizaban, convirtiendo lo que una vez fueron animales sólidamente construidos en pedazos de carne flácida. El chirrido de los cuchillos eléctricos mientras separaban la piel de la carne irrumpía en el áspero ruido de las sierras de cortar hueso y en el repetido chasquido de una prensa neumática de cráneos. Cripps, con la mano en el hombro de Steven, tuvo que gritar para hacerse oír.

—Ésa es la mejor parte aquí, chico. La sala de sacrificio.

Señaló la cortina de tiras de plástico que marcaba el comienzo del viaje de las vacas muertas.

—Pero vamos a hacer que empieces en la picadora.

Las manos procesadoras no prestaron atención a Steven mientras éste seguía a Cripps, pero él las observó con fijeza, imaginando las vidas que debían volver a casa tras el trabajo, con sus bellas esposas y sus hijos.

—Aquí está el final de todo.

Se detuvieron junto a la rampa de acero inoxidable de una máquina. De una cinta transportadora Cripps tomó una tajada de vaca del tamaño de un niño pequeño y la introdujo en la máquina. Trozos de carne pulverizada salieron despedidos, pero la mayor parte, picada en una pulpa de sangre y tejido, apareció por el otro lado en un recipiente con ruedas. Sacó un puñado y lo frotó entre los dedos mientras su ingle se apretaba contra la cadera de Steven.

—Mira esto, chaval. No sólo acabamos de matarla sino que no hemos dejado ni rastro.

Se olió los dedos.

—¿Piensas que lo que fuera que lo hacía moverse campa feliz ahora por los campos del más allá? ¿Crees en ese tipo de cosas? Olvídate. La carne no piensa. Se limita a ir tirando hasta que se muere o hasta que alguien la corta en pedazos.


Cripps miró pensativo a través de la sala a la vibrante procesión de reses cada vez más desintegradas.

 —Limítate a lanzar la mierda de carne tan rápido como puedas.

Apretó la parte trasera del cuello de Steven y se alejó a grandes zancadas hacia la sala de sacrificio. Steven lo vio marcharse.

El jugo de la carne le escocía las manos después de un rato, pero no había nada más que molestara a Steven. Los hombros le dolían ligeramente con el esfuerzo de cargar la carne pero el movimiento era rítmico y simple y Steven se perdió en sus ensoñaciones. Soñaba que estaba trabajando para mantener a una bonita esposa y a su bebé. Ellos lo esperaban en casa con dos coches en una tranquila barriada donde todas las casas tenían un amplio jardín con césped. Dependían de él y la mujer estaría preguntándose cómo le iría en el trabajo y hablándole al hijo sobre lo mucho que amaba a su papá, con la agradable sensación de saber que ella nunca cambiaría, que ningún otro hombre podría significar nada para ella y que siempre viviría sólo para Steven. Y además tenía un buen cuerpo, con unas tetas bonitas y firmes pero no demasiado grandes y una piel como la que todas las mujeres tenían bajo la cálida pátina de los focos de la televisión: ligeramente bronceada y suave como la seda.

A la una de la tarde tuvo un descanso y se paseó a lo largo de la cadena. Después de que las vacas fueran desolladas y destripadas eran decapitadas y las cabezas rodaban hacia la prensa de cráneos. Gummy manejaba esta máquina como una arma personal, como si la mole de acero que golpeaba las goteantes cabezas, rajando la bóveda craneal y dejando expuestos los sesos en una espesa salpicadura de líquido incoloro, funcionara para su sola satisfacción. Emitía un quejido y apretaba las rodillas cada vez que la hacía funcionar.

Steven miró la entrepierna del hombre esperando hallar una erección.

—¿Me estás junando la piñata?

Las palabras ondearon sobre la barbilla de Gummy como babas. Steven le miró la boca: sin dientes, los labios arrancados, en el lado izquierdo de su cara una cicatriz abierta y amoratada dejaba al descubierto la encía y esputos rezumantes.

—¿Me estás junando la piñata, cabroncete? Todos los cabrones nuevos lo hacen y ya veo que no eres diferente. Seguro que te mueres de ganas de oír lo que pasó, ¿que no?


Gummy puso en su sitio una cabeza de una patada y la aplastó en pleno centro. Algo de lo que salió se quedó pegado a la bata de Steven. Pensó en largarse, pero no había adonde ir.

—No hay que perder de vista a esas vacas, te lo digo yo, cabroncete. Yo la tenía agarrada por lo blando de detrás de las orejas, justo ahí donde más les gusta… Dios, la piel de ahí parece seda. Y le plantaba los morros a la muy guarrona. Le notaba los bigotes y el terciopelo bajo esos bigotes todos negros que cantan a heno. Conque como siempre abrí los morros y caté esa vaca. Le notaba la lengua en mi piñata y me le amorré más: la tienen muy rasposa por arriba pero por abajo nunca notarás nada más suave. Pues estaba lamiendo esa cosa espumosa que tienen por los dientes y en eso la puta loca se hizo para atrás y trató de arrancarme la boca y empezó a sacudir la cabeza. Tuvieron que soltarme con una palanca. Mataron esa jodida vaca para hacerlo. Para entonces me habían volado los piños y mis morros estaban tan hechos mierda que ni los encontraron. ¿Te ha gustado, cabroncete? Seguro que es una buena historia real, ¿que no, capullete? Más vale que te acuerdes. Las vacas saben de coña, pero no te puedes fiar de ellas ni un puto segundo.

Gummy comenzó a aplastar otra cabeza y Steven volvió a la picadora.



MATTHEW STOKOE, nacido en Inglaterra en 1963, es un escritor y guionista que estudió economía en la University of East London. A lo largo de su vida, ha residido en Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos, específicamente en Santa Mónica, California.

Reconocido por su estilo literario crudo, oscuro y violento, Stokoe ha escrito varias novelas y ha participado como coautor del cómic en línea Flick and Jube. Entre sus influencias destacan escritores como Raymond Chandler, Hubert Selby y Nelson Algren.

Su primera novela, Cows, fue escrita mientras trabajaba en la British Crown Prosecution Service. La dura realidad de la vida urbana en el centro de Londres, que presenció diariamente, marcó profundamente su obra debut.

Su libro más reciente es Colony of Whores.

Las novelas de Stokoe han sido traducidas al ruso, español y alemán.


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