Rennon Mariano es un artista urbano cuya obra se sumerge en las entrelíneas del submundo de San Francisco y en la imponente majestuosidad del distrito financiero.
Sus obras capturan la absurda naturaleza humana, revelando una expresión que brota de la catástrofe y la decadencia. En esta entrevista, nos adentramos en su visión y en el proceso creativo que lo convierten en un maestro singular de su ámbito.
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–JUAN CARLOS VÁSQUEZ: Llevas una década escribiendo. ¿Cómo fue ese proceso de encontrar una voz propia dentro de esos diez años?
–RENNON MARIANO: Fue un camino de ensayo y extravío. Experimenté con géneros y estilos muy distintos, y en esa fricción fui descubriendo algo que reconocí como mío: una voz que no busqué deliberadamente, sino que emergió de la repetición y del error.
–JCV: Antes de la escritura, tu vida transitó por territorios muy distintos: electricista, bartender, actor. ¿Qué le debe el escritor al hombre que hizo todo eso?
–RM: Trabajé de electricista y de bartender en Universal Studios mientras estudiaba teatro en la UCLA. Luego vino el teatro, el cine, la televisión. Supongo que el escritor le debe al actor el hábito de observar sin ser visto, y al bartender la costumbre de escuchar lo que la gente dice cuando cree que nadie le presta atención.
–JCV: ¿Podría nombrarnos algunas de esas obras?
–RM: En teatro trabajé con textos de George Bernard Shaw —Captain Brassbound's Conversion— y de Tennessee Williams: Camino Real, en el Music Center; también Night of the Iguana y The Milk Train Doesn't Stop Here Anymore. En televisión, Machismo Bag, de ese mismo autor. En cine, Chance of Habit, con Elvis Presley, y luego hice el papel de un delincuente de preparatoria en Red Sky at Morning, con Claire Bloom.
–JCV: Trabajaste textos de Williams tanto en teatro como en televisión. Ese tránsito del escenario a la pantalla, ¿cómo moldeó tu manera de entender la narrativa antes de que te convirtieras en escritor?
–RM: El escenario te obliga a habitar un personaje en tiempo real, sin red. La pantalla, en cambio, te permite el error, la corrección, el montaje. Aprendí las dos disciplinas y en algún punto entendí que la escritura se parece más al teatro: no hay corte posible, la palabra queda. Lo que Williams me enseñó actuando fue que el subtexto importa más que el texto. Un actor que dice exactamente lo que dice su personaje ha fallado. Un escritor que dice exactamente lo que quiere decir también. Eso lo supe primero en el escenario, mucho antes de saberlo en el papel.
–JCV: Tennessee Williams aparece varias veces en tu trabajo como actor. ¿Qué encontraste en él que todavía te acompaña como escritor?
–RM: Respeto profundamente su obra, aunque no su vida privada. Williams sabía que el drama verdadero no estaba en los grandes gestos sino en la fractura pequeña, en lo que un personaje no puede decir. Eso es lo que me interesa: el espacio entre lo que se habla y lo que se calla. También Pirandello me marca, pero por otra razón: en él la identidad nunca es estable, siempre está en disputa.
–JCV: ¿Qué le inspira a escribir?
–RM: Una contradicción profunda que veo reproducida en millones de rostros.
–JCV: Hábleme de su obra. ¿Hay algún texto que en este momento lo tenga particularmente ocupado?
–RM: Mi último poema, aunque no puedo decirte el nombre porque en este preciso momento estoy pensando en cambiarlo. ¿Ves a esa gente que camina? Todos, o casi todos, son robots. Sus gestos, sus movimientos están fabricados por esa enorme industria de la publicidad y el consumo. Siguen un patrón impuesto por corporaciones que son capaces de predestinar sus muertes porque conocen sus angustias, porque saben el desequilibrio mental que van causando. Mi texto intenta unificar dos espacios, provocar una reflexión, forzar una pausa brusca. Hay que detenerse y mirar alrededor, preguntarse quiénes somos y hacia dónde vamos. Si no lo hacemos, pasaremos por este mundo sin haberlo habitado: viviremos sin vivir, sin rozar siquiera lo más grandioso que existe: la espiritualidad humana.
–JCV: ¿Por qué abandona Los Ángeles y se establece en San Francisco?
–RM: Los Ángeles se fue convirtiendo en una ciudad muy violenta. Todos los días el mismo espectáculo deprimente: helicópteros sobrevolando, disparos. Años atrás había vivido un tiempo en San Francisco y, aunque era muy joven, aquella estadía me dejó una sensación que no supe nombrar pero que nunca se fue. Es como cuando intuyes algo superior sin tener plena conciencia de ello: sabes que tienes que ir, aunque no sepas exactamente por qué.
–JCV: ¿Utiliza algún estímulo para escribir?
–RM: El alcohol.
–JCV: ¿De qué manera el alcohol abre esa vía que no encuentra en otro estado?
–RM: Es un intoxicante que me desplaza de lo que siempre creí como realidad. Desde ese desplazamiento aparecen reflexiones que de otro modo no llegarían. Es una conexión que se vuelve posible cuando los sentidos están completamente abiertos.
–JCV: ¿Y qué es la realidad para usted?
–RM: Lo que habita en quienes no tienen imaginación.
–JCV: ¿Existen otras formas de estimular la imaginación, superiores al alcohol?
–RM: Por supuesto. La creación del universo está conectada con la conciencia, hay mucha energía en eso. Para algunas personas es más fácil unificar esas fuerzas y proyectar auras hermosas; muchos no necesitan estimulaciones externas como las que yo uso. Pero hay que saber también que cualquier vida puede ser corrompida por el concepto de la muerte. Te doy un ejemplo: el Diablo es una sombra. Si no le das poder, no tiene ninguno. Somos nosotros quienes lo generamos todo.
–JCV: Te he visto caminar por el Tenderloin repetidamente, como si estuvieras buscando una respuesta. ¿Qué es lo que buscas ahí?
–RM: El Tenderloin es el corazón de San Francisco, pero está muriendo. Busca su renacimiento. Yo también te veo caminar a ti, pero como eres quien me entrevista, no te preguntaré tus razones. Al menos, no todavía.
–JCV: ¿Cuál es su relación con las publicaciones digitales? ¿Las usa, las desconfía, las ignora?
–RM: No me interesan demasiado. Tengo algunas páginas donde publico mis textos, pero no lo hago para difundirlos sino por miedo a perder lo que escribo. Dicho esto, creo que nada en el universo ocurre por accidente.
–JCV: ¿Y la literatura en castellano? ¿Le dice algo?
–RM: No he leído mucho en ese idioma, pero me interesa explorarla.
–JCV: Hay una contradicción ahí, porque sabemos que quieres escribir en castellano.
–RM: Más que escribir en castellano, me gustaría traducir mis textos. Llegar a un público más amplio. El idioma como puente, no como territorio.
–JCV: Cuando observo tu obra encuentro una tensión constante: ternura y violencia, casi en la misma línea. ¿Creas para resistir, para sobrevivir, o simplemente porque no te queda otra salida?
–RM: Creo porque no me queda otra salida. La ternura viene del niño que todavía me habita; la violencia, del mundo que me empuja todos los días contra la pared. En esa fricción se enciende la chispa. No es resistencia ni supervivencia: es una necesidad. Si dejo de crear, me convierto en uno de esas personas programada que tanto temo.
–JCV: Han pasado diez años desde que llegaste al Tenderloin. ¿Qué le queda de ese barrio al escritor que eres hoy, y qué le ha quitado?
–RM: Me ha dado el único material que considero honesto: la degradación sin disfraces, la belleza que aparece donde nadie la busca. Un borracho que recita Shakespeare en una esquina de Leavenworth a las tres de la mañana vale más que cualquier taller literario. Lo que me ha quitado es la ilusión de que el arte puede salvarte. Aquí he visto morir a gente con mucho talento. El Tenderloin no respeta el talento, no le importa. Eso, paradójicamente, es lo más honesto que me ha enseñado: crear sin esperar ningún tipo de redención.
–JCV: ¿Quisiera añadir algo?
–RM: ¿Conoces a Prometeo? Le robó el fuego a los dioses y se lo entregó a los mortales. Los dioses no lo perdonaron: lo encadenaron a una roca y cada día los pájaros le devoraban el hígado. La poesía es así: es divina, pero es un robo al cielo.
Rennon Mariano nace en la ciudad de Los Ángeles, California. Estudió teatro en la UCLA. Participó en las películas Chance of Habit (Elvis Presley) y Red Sky at Morning (Claire Bloom), entre otras. Desde hace diez años reside en el particular barrio de Tenderloin, San Francisco. Sus escritos aparecen en las antologías poéticas Poems from the Land of the Dead: An Anthology of Creative Writing and Visual Arts; 5 Minutes in the Tenderloin: An Anthology of Words and Art from the Tenderloin; y Tracks: Leavenworth Street Anthology, Central City Writers' Workshop.
Entrevista realizada en San Francisco, noviembre de 2006. Publicada en el número 7 de Herederos del Kaos. Edición y dirección: Juan Carlos Vásquez.
Nota del autor:
San Francisco llegó después de Nueva York, al cabo de casi cuatro días de viaje en autobús Greyhound, cruzando el país por tierra. La ciudad recibió al viajero con su geografía abrupta y su luz particular, esa que no se parece a ninguna otra de la costa. Las primeras semanas transcurrieron en la divagación: el Tenderloin era un territorio que había que aprender a leer antes de habitarlo. El primer alojamiento fue el hotel Warfield, en Taylor Street, una pensión de nombre europeo y vocación marginal. Después vino la Ellis Street, a pocas cuadras, en el mismo barrio, como si el perímetro se fuera cerrando naturalmente alrededor de un centro que todavía no se sabía cuál era.
Fue en el Writers Workshop de Leavenworth Street y la 146 donde ese centro apareció. Un espacio de lecturas de poesía y tertulias literarias donde la palabra circulaba sin las formalidades del circuito cultural establecido. Ahí, entre voces que recitaban desde la experiencia directa de vivir en uno de los barrios más complejos de la ciudad, estaba Rennon Mariano. Lo que siguió fueron varias conversaciones, muchas cervezas y finalmente esta entrevista.