El «Chenard et Walcker» resplandecía bajo el hermoso sol de aquel junio de 1940, y resplandecía aún más porque estaba rodeado por una nube de vehículos polvorientos y ruidosos que lo seguían o lo precedían y, a veces, lo adelantaban por el otro carril. Toda esa caravana se arrastraba por una carretera nacional convertida en demasiado estrecha y jalonada por algún que otro árbol delgado
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