«La puerta», un texto de la escritora húngara Magda Szabó


Rara vez sueño. Pero cuando lo hago, me despierto sobresaltada y con el cuerpo bañado en sudor. Entonces vuelvo a acostarme y, mientras espero a que mi corazón se calme, me pongo a meditar sobre el irresistible poder mágico de la noche. De niña y de jovencita nunca soñaba, ni cosas buenas ni malas; es la edad madura la que arrastra y me trae en una masa compacta los horribles sedimentos del pasado, lo que resulta aún más atroz porque esos acontecimientos, sin haberlos vivido nunca en la realidad, en los ensueños se me presentan en una forma aún más concentrada y trágica. Entonces me despierto entre gritos de terror.
Mis sueños son siempre idénticos, las mismas visiones recurrentes de un modo invariable: estoy junto a la escalera de nuestra casa, delante de la puerta de cristal reforzado con alambres contra roturas y montado en marcos de metal. Afuera, en la calle, hay una ambulancia, las siluetas fluorescentes del personal de urgencias que vislumbro a través del vidrio cobran una dimensión sobrehumana, sus rostros hinchados parecen rodeados de un halo, como la luna. Intento hacer girar la llave en la cerradura para abrir la puerta y dejar pasar a los sanitarios: si no lo logro, llegarán tarde para atender a mi enfermo. Pero, por más que me esfuerzo, la cerradura no se mueve, la puerta sigue inmóvil como si la hubieran soldado a su marco metálico. Pido auxilio, pero nadie acude, ninguno de los vecinos de las tres plantas del edificio; no pueden hacerlo, claro —pronto me doy cuenta—, porque aunque esté moviendo los labios como un pez no emito sonido alguno. El espanto onírico llega a su apogeo cuando caigo en la cuenta de que no solo no puedo abrir la puerta, sino que además he enmudecido. En ese punto mi propio grito me despierta, enciendo la luz e intento combatir esa sensación de ahogo que me sobrecoge siempre después de las pesadillas. Me encuentro rodeada de los familiares muebles de nuestro dormitorio, veo el iconostasio familiar sobre la cama, con mis antepasados vestidos con casacas de oro y plata, ese traje regional de estilo barroco o Biedermeier; mis ancestros, que todo lo ven y todo lo entienden, eran los únicos testigos de cuántas noches —cuando los ruidos cotidianos se silenciaban y por la puerta abierta penetraba el sonido apenas perceptible del paso sigiloso de los gatos y de las ramas meciéndose— corría a abrir la puerta a los primeros auxilios y de cuántas veces me preguntaba qué pasaría si un día luchara en vano sin poder hacer girar la llave.

Las imágenes se quedan grabadas y la que más intento borrar de mi memoria es la que más persiste, una escena real y no la mera ensoñación del cerebro entumecido: la de abrirse por primera vez ante mis ojos una puerta determinada, la del cuarto de una persona que defendía celosamente su gran soledad y ocultaba su indignante miseria con pudor y que, por eso, nunca habría permitido entrar ahí a nadie, aunque el techo hubiera ardido sobre su cabeza. La única mortal que tenía la potestad para tocar aquella cerradura era yo, porque quien la había cerrado con llave me creía más a mí que al propio Creador, y yo misma me creía Dios en aquel instante fatal, un Dios prudente, bondadoso y justo. Nos hemos equivocado ambas; ella, que depositó toda su confianza en mí, y yo, que pequé de vanidad. De todas formas da igual, porque lo pasado, pasado está, y ya no tiene arreglo. Después de esto, qué importa que vengan de tanto en tanto esas Erinias, con sus calzados de sanitario convertidos en coturnos y con sus caretas trágicas bajo sus gorros de enfermero, rodeando mi cama y sacando esas espadas de doble filo que son mis sueños. Apago las luces cada noche a sabiendas de que pueden presentarse y que pronto un timbre zumbará en mis oídos, seguido por el espanto sin nombre que me arrebatará hacia esa puerta soñada y eternamente cerrada ante mí.

Mi religión no conoce la confesión individual, nosotros manifestamos tácitamente y mediante el mensaje de nuestro pastor que somos impenitentes, merecedores de la perdición, porque hemos pecado de mil maneras contra los mandamientos. Nuestro Dios nos absuelve sin pedir detalles ni explicaciones.

Estas explicaciones son las que quiero dar ahora.

La presente obra no se ha escrito para Dios, conocedor de mis entrañas, ni para las sombras, testigos de tantas horas de vigilia y de sueño; dedico este libro a los hombres. He vivido con valentía hasta ahora y espero morir así, con coraje, sin mentiras, y para ello es necesario que declare de una vez por todas que yo maté a Emerenc. Yo quería salvarla, no destruirla, pero eso no cambia nada.Rara vez sueño. Pero cuando lo hago, me despierto sobresaltada y con el cuerpo bañado en sudor. Entonces vuelvo a acostarme y, mientras espero a que mi corazón se calme, me pongo a meditar sobre el irresistible poder mágico de la noche. De niña y de jovencita nunca soñaba, ni cosas buenas ni malas; es la edad madura la que arrastra y me trae en una masa compacta los horribles sedimentos del pasado, lo que resulta aún más atroz porque esos acontecimientos, sin haberlos vivido nunca en la realidad, en los ensueños se me presentan en una forma aún más concentrada y trágica. Entonces me despierto entre gritos de terror.

Mis sueños son siempre idénticos, las mismas visiones recurrentes de un modo invariable: estoy junto a la escalera de nuestra casa, delante de la puerta de cristal reforzado con alambres contra roturas y montado en marcos de metal. Afuera, en la calle, hay una ambulancia, las siluetas fluorescentes del personal de urgencias que vislumbro a través del vidrio cobran una dimensión sobrehumana, sus rostros hinchados parecen rodeados de un halo, como la luna. Intento hacer girar la llave en la cerradura para abrir la puerta y dejar pasar a los sanitarios: si no lo logro, llegarán tarde para atender a mi enfermo. Pero, por más que me esfuerzo, la cerradura no se mueve, la puerta sigue inmóvil como si la hubieran soldado a su marco metálico. Pido auxilio, pero nadie acude, ninguno de los vecinos de las tres plantas del edificio; no pueden hacerlo, claro —pronto me doy cuenta—, porque aunque esté moviendo los labios como un pez no emito sonido alguno. El espanto onírico llega a su apogeo cuando caigo en la cuenta de que no solo no puedo abrir la puerta, sino que además he enmudecido. En ese punto mi propio grito me despierta, enciendo la luz e intento combatir esa sensación de ahogo que me sobrecoge siempre después de las pesadillas. Me encuentro rodeada de los familiares muebles de nuestro dormitorio, veo el iconostasio familiar sobre la cama, con mis antepasados vestidos con casacas de oro y plata, ese traje regional de estilo barroco o Biedermeier; mis ancestros, que todo lo ven y todo lo entienden, eran los únicos testigos de cuántas noches —cuando los ruidos cotidianos se silenciaban y por la puerta abierta penetraba el sonido apenas perceptible del paso sigiloso de los gatos y de las ramas meciéndose— corría a abrir la puerta a los primeros auxilios y de cuántas veces me preguntaba qué pasaría si un día luchara en vano sin poder hacer girar la llave.

Las imágenes se quedan grabadas y la que más intento borrar de mi memoria es la que más persiste, una escena real y no la mera ensoñación del cerebro entumecido: la de abrirse por primera vez ante mis ojos una puerta determinada, la del cuarto de una persona que defendía celosamente su gran soledad y ocultaba su indignante miseria con pudor y que, por eso, nunca habría permitido entrar ahí a nadie, aunque el techo hubiera ardido sobre su cabeza. La única mortal que tenía la potestad para tocar aquella cerradura era yo, porque quien la había cerrado con llave me creía más a mí que al propio Creador, y yo misma me creía Dios en aquel instante fatal, un Dios prudente, bondadoso y justo. Nos hemos equivocado ambas; ella, que depositó toda su confianza en mí, y yo, que pequé de vanidad. De todas formas da igual, porque lo pasado, pasado está, y ya no tiene arreglo. Después de esto, qué importa que vengan de tanto en tanto esas Erinias, con sus calzados de sanitario convertidos en coturnos y con sus caretas trágicas bajo sus gorros de enfermero, rodeando mi cama y sacando esas espadas de doble filo que son mis sueños. Apago las luces cada noche a sabiendas de que pueden presentarse y que pronto un timbre zumbará en mis oídos, seguido por el espanto sin nombre que me arrebatará hacia esa puerta soñada y eternamente cerrada ante mí.

Mi religión no conoce la confesión individual, nosotros manifestamos tácitamente y mediante el mensaje de nuestro pastor que somos impenitentes, merecedores de la perdición, porque hemos pecado de mil maneras contra los mandamientos. Nuestro Dios nos absuelve sin pedir detalles ni explicaciones.

Estas explicaciones son las que quiero dar ahora.

La presente obra no se ha escrito para Dios, conocedor de mis entrañas, ni para las sombras, testigos de tantas horas de vigilia y de sueño; dedico este libro a los hombres. He vivido con valentía hasta ahora y espero morir así, con coraje, sin mentiras, y para ello es necesario que declare de una vez por todas que yo maté a Emerenc. Yo quería salvarla, no destruirla, pero eso no cambia nada.

Un texto perteneciente a la novela «La puerta», de Magda Szabó



Magda Szabó (Debrecen, 5 de octubre de 1917 – Kerepes, 19 de noviembre de 2007) fue una escritora húngara, considerada una de las mejores novelistas en húngaro de la historia. También escribió teatro, poesía, ensayos, traducciones y memorias.

Photo by Denny Müller on unsplash (public domain).

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