«Una casa en las afueras», un relato de Heimito von Doderer

Ya veinte años que deseaba huir del calor de las calles del centro, pero nunca me había decidido a mudarme a las afueras. Tenía alquilada una vivienda muy económica, acorde con mi trabajo y mi estilo de vida. Tampoco me habría podido permitir una casa más grande (eso pensaba yo). En cualquier caso, aunque la escasez y la necesidad están hechas de una sustancia viscosa que se pega a uno y parece que ya no va a desprenderse jamás, también es verdad que quien es paciente puede llevarse una agradable sorpresa en algún momento de su vida. Ése era yo. Mis circunstancias personales cambiaron radicalmente de un día para otro y, de pronto, me encontré en situación de conseguir mi soñada casa en las afueras. Busqué y encontré una preciosa, con un fantástico jardín en la parte delantera, situada en una calle larga y recta.

Por otra parte, disponía de personal de servicio que estaba dispuesto a encargarse de la mudanza a cambio de una pequeña compensación económica. Aunque eso no hubiera sido suficiente para vencer cualquier obstáculo y poner en marcha el traslado, sí lo habría sido el hecho de que el verde —no puedo explicarlo de otro modo— se había convertido desde hacía mucho en el color de mi conciencia y que mirar por la ventana de mi antigua vivienda, ver el alféizar gris y el patio empedrado me recordaba que tenía una deuda pendiente. Hacía veinte años que deseaba con todas mis fuerzas salir de allí, huir del calor de aquellas calles. Había llegado la hora de saldar esa deuda conmigo mismo. A partir de entonces todo sería mejor. Mi mirada se pasearía por un jardín verde, no demasiado ancho, tras el cual se abriría la calle. Eso pensaba yo. No buscaba hermosas vistas, no quería contemplar el horizonte ni las colinas que rodean la ciudad; no, el jardín delantero —ése era mi sueño— debía ser pequeño y estar pegado a la calle; me esperaría como una cama abierta en la que mi conciencia, ahora descargada, podría por fin descansar. Como ya he dicho, mi casa estaba en una calle larga y recta, y tenía un jardín delante. La conocía desde hacía mucho tiempo, aunque sólo fuera desde dentro, desde mi interior.

Cuando todo estuvo a punto, entré en ella una noche, con cuidado, incrédulo. Recorrí la planta baja. Todo estaba tranquilo. De vez en cuando pasaba un coche por delante, lo que hacía aún más audible la voz del silencio. Me retiré a un rincón. Mis ojos vagaron por la confortable estancia y se detuvieron largo tiempo en las paredes, donde ya colgaban los cuadros. Mi factótum había realizado un gran trabajo. Todo se encontraba en su sitio. Todavía no había tomado posesión de aquellas salas (mis ojos avanzaban por ellas lentamente), me mostré prudente y dejé que mi mirada cayera en la cama de mi conciencia, el jardín verde que había delante. Me agazapé aún más en mi rincón. Luego fui deslizándome hasta el escritorio con el cuidado de un ratón. Moviendo lo imprescindible, preparé todo para mi trabajo del día siguiente —la entrada en la casa y el primer día debían ser intachables (¡lo fueron!)— y luego me hice un ovillo debajo de la colcha. Dormí bien. El amanecer me encontró despierto. A las seis de la mañana ya estaba inclinado sobre la taza de té y el manuscrito. Todo lo hacía igual que un ratón, moviendo lo imprescindible. Pasé la mañana concentrado en mi trabajo. A mediodía comí lo que el servicio había preparado. Evité perderme en cavilaciones que no me conducirían a nada y, después del almuerzo, me eché de espaldas sobre el diván para dormir con el genius loci, dejando que se filtrara en mis sueños como si fuera un incubus: quería dormir en mi nuevo hogar como en otro tiempo lo hiciera Ulises en su casa de Ítaca. Pronto sentí un ruido atronador. Al principio pensé que procedía de mis sueños, del violento choque con el nuevo universo en el que acababa de entrar y que me ofrecía la experiencia de un más allá en este mundo. Me levanté tambaleándome y enseguida reconocí el sonido de los martillos neumáticos que habían tomado la calle entera para romper el asfalto y enterrar un cable. Al día siguiente lo trajeron enrollado en unos tambores gigantescos. La tarea de desenrollar y tender se dirigía con un altavoz. De vez en cuando retumbaba un prolongado «¡Ti-ren!». Me agazapé en mi rincón todo lo que pude. No tomé más alimento. Al cabo de unos días empecé a menguar (en total, mi altura se redujo en veintiséis centímetros y perdí diecisiete kilos de peso). Presentaba también una fuerte exoftalmia (ojos hinchados). El tendido del cable no duró eternamente. Los trabajos acabaron en unos pocos días, pero me llevó cinco meses recuperar el peso que había perdido y no volví a mi altura normal (1,64 metros) hasta el año siguiente.



Heimito von Doderer, fue un escritor austríaco. Está reconocido como uno de los más importantes escritores de dicho país, y de la posguerra en general. Su obra se compone de novelas, narraciones, ensayos, poesía y diarios personales.

Lee otros textos de Heimito von Doderer (en Herederos del Kaos).

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