Rolando Reyes López: Perfecto mundo mío | Poesía

Llegué a este final creciendo solo, 
jugándome la vida, 
me hicieron ser hombre antes de tiempo, 
pero no lo soy, soy una piedra, 
estoy cansado de esa condición; 
la mala noticia es que no estoy muerto. 

Fui amado, socorrí a las insatisfechas; 
ese día, sobre la mesa
un poeta vio nacer su corazón, 
gigante de tierra y versos. 
Entré por esa ventana 
mientras los niños jugaban a ser felices. 

En cualquier momento llegan los farsantes 
con el perdón amable, 
la mano enorme del sol 
y hasta el poder que aliviará mi espíritu 
cuando la desesperación caiga 
en las manos de mis, siempre, leales enemigos. 
A los que escuchan desde el dolor que destroza el alma, 
desde la inmensa extensión de mi vida, 
con la profunda experiencia de la soledad, 
junto a las muchachas del jardín, 
infatigable, enérgico, rechazado, estéril, 
con mis lágrimas cansadas de gritar, 
yo, el hijo de la voluntad, decidme, 
cuando estén listos, 
¿quién desenredará la maleza del tiempo 
y pondrá la corona de espinas 
sobre los pétalos de la flor invicta? 

Me opongo a tanta oscuridad, al paraíso, 
al viejo problema de la libertad, 
a la maldición ambiciosa, 
a la fiebre después del sexo, 
a la cárcel, el puente y las tumbas, 
a traficar con los órganos del enloquecido; 
me opongo a los viajeros, 
al modo con que me presentan 
desde sus grandezas tenebrosas.

Dios dice que confíe en Él 
y abandone la obsesión de la poesía, 
yo moriré de manera distinta, 
ese será su milagro, 
dijo que no necesito pedirle perdón ni ser compasivo, 
o saber cuánto duele estrellarse contra el cielo:
la vastedad del cosmos será suficiente. 

No te sorprendas, exclama Dios, 
si encuentras allí las excepciones, 
has ganado mucho, ya no eres humano, 
tu pueblo es de otro, 
el sol de ese cielo caerá en el anonimato, 
tus maravillas permanecerán indelebles, 
un trago te espera en otra barra, 
escúrrete secretamente, eres perfecto, 
la ira se disipó; 
es ahora cuando empezarás a vivir 
los cien años que te quedan; 
el fuego de la llama ahora brilla más, 
que entre adicta al amor que necesitas y cruza el océano, 
alcanza las estrellas, las tormentas no regresarán.
Algunos creen 
en el lenguaje silencioso de mis palabras, 
otros desconocen que hace mucho 
mis ojos fueron cerrados violentamente, 
otro tanto sospecha que mi piel es ignorada por otras; 
hoy no los escucharé, 
hoy escucharé a la madrugada 
mientras susurra sus canciones 
desde el montículo del tiempoo 
donde descansa el mar y las estrellas, 
la ciudad con nombre de mujer, 
el pan, la música y el viento, 
los bosques enfermizos, 
la profunda raíz de la muerte, 
las realidades silenciadas, 
la pregunta del soldado moribundo, 
la maravilla del trueno, 
los cuchillos del artista, el odio y el amor, 
el alma que no pudo reponerse 
ante las traiciones espirituales, 
los descubrimientos, la derrota, la verdad absoluta
y sobretodo creen de manera rotunda
que este reino de los hombre agoniza
irreversiblemente.

ALBORADA

Voy a saldar una antigua deuda
que tengo con la muerte;
los héroes no debieron morir en vano,
una madre trae flores apretadas a su pecho,
flores vivas como el nombre de sus hijos
al caer frente a las balas enemigas.

Esas violetas salieron de la cruz,
de la montaña altiva y rebelde,
de las cenizas del ave Fénix.

Ahora es el tiempo de la esperanza perenne,
de los mártires sembrándose
en el hombre admirador y ejemplar.

Las flores, de tes delicada, viajan en silencio,
la llanura se expande apasionada
mientras las aves, entre verso y verso, 
toman coquetas las alturas del cielo
y entran, bellas, en la alcoba de la luna.

Una estrella enamorada observa el llanto de las madres,
el viajero que vino del día del amor,
como ruiseñor de primavera, cruza los campos,
se adentra en los jardines y busca el parque
donde reposarán las flores rojas.

Tras la orden del comandante
los héroes saldrán de su última morada,
la noche larga va quedando atrás,
el universo delinea los últimos detalles
mientras los traidores, insostenibles, 
rellenan sus maletas con dólar y desvergüenzas.

pero las rosas blancas le cortan el paso
mientras los nuevos hijos de la patria
desempolvan los fusiles,
toman los palacios de justicia
y devuelven a su sitio al escudo
y la bandera.

Amo esa bravura
y me uno al grupo de vanguardia,
-el momento lo amerita-.

Allá, desde la frontera del tiempo,
desde la ilusión y la fe,
desde el emponderado valor de los héroes,
empuño la esperanza con toda dignidad,
y me alzo.



 
Rolando Reyes López. (Pedro Betancourt. Matanzas. 1969)..
Reside desde el año 1971 en el Municipio de Jovellanos. Matanzas. Cuba Graduado de Bachiller. Actualmente es jubilado por Baja Visión. Numerosos relatos breves y poemas suyos han sido publicados en 80 revistas y 18 antologías de varios países de Europa y Latinoamérica. Email: poetadecuba@gmail.com


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Photo by Kristopher Roller on Unplash (public domain).

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