«Yo, el de aquí», un texto de Rolando Reyes López

De poco sirve tener un nombre, saciar el hambre del recién nacido con el amor que todo beatifica, atrapar la historia que fluye junto al cauce de un poema y sembrarla en el campo fértil de la eternidad, estar de acuerdo con la voluntad del rocío, porque adorna el día a día usando las palabras que una vez fueron del susurro y las conversaciones.
No me equivoqué al enfrentar las
soluciones erróneas de las que abandonaron al pájaro sobre la luna, respirar a su lado el perfume del alba coronando al cielo, morir de tristeza cuando el sueño de sobrevivir se hizo realidad, besar cada una de sus alas y callarlo, porque era prohibido decir una palabra al respecto; inundar su vida con ilusiones trascendentales, protegerlo sin necesidad de fingir la comprensión, conocer los términos de su calamidad sin mostrarme indefenso ante las que eran perseguidas, pero como no sé volar, desde hoy, -de tal manera que asombre-, no volveré a amar; soy un pecado siniestro y amar es el pico de una montaña altiva, la quinta esencia de lo magnifico. Para amar, hay que hacerlo al ritmo del amor y yo soy el dolor desgraciado, la singularidad insignificante del espacio, la quietud de la llama cuando se va extinguiendo, frágil como un sirviente deshojado por el amor mismo, fiera que desanda la ultratierra de la soledad, mordiendo sus garras con tal pasión que deshonra.
Me dolió reconocer, tardíamente, que -incluso- la bondad tenga límites precisos; sufrí mucho al volver la cabeza para no ver a los arrancados de alma y crecer entre los escombros para luego vender trozos de esperanzas; demostrar que existen destinos peores que la muerte; refugiarme –innecesariamente- en amigos; vencer al enemigo del enojo ciego, cruel y rencoroso, y estar presente cuando terminó.
Me hicieron pagar un precio alto por estar vivo; me hicieron perdonar lo imperdonable; creer que son inocentes las víctimas nuestras; dudar cuando no quería; responder cuando dicen “misericordia”; tratar de usted a las chicas que cerraron la puerta para dar paso a la que moriría primero; mantener la calma al sentir los latidos de otro corazón sobre el pecho; estar complacido con mi libertad; y aunque recibí golpes y más golpes, jamás abandoné la poesía.
Pude cruzar la línea divisoria entre cada árbol para llegar temprano a los predios del amor, estar quieto cuando bajaba la marea, detener el avance de la maldad porque comprendí el secreto lenguaje de la naturaleza, alcanzar el claro del día, entregarme al equilibrio noble de Dios, saborear esa increíble delicia, tan verdad como la bandera que enarbolé ante el llamado de la patria.
Nací para dar cobijo al pastor y su manada, para conservar fuerzas cuando tenga a mano, nuevamente, papel y lápiz; para ser testigo del futuro y reponerme ante el declive de los míos, servir de instrumento hasta que logre dominar el nombre científico de las rosas, romperme las manos porque soy el sueño de quien va cogida de mi brazo, dar lo que me pidan, dormir con la luna bajo la almohada, mantenerla a salvo y acercarla (para otros).
Quise adorar el firmamento hasta convertirlo en honor y decoro para los otros, escribir de manera inconfundible mi nombre en el corazón del surco, parecerme al silencio que se desnuda frente a la inocencia por si la cobardía necesita ayuda, y cavar túneles contra las amenazas, pero los hielos de la muerte lo impidieron.
Tengo ganas de retroceder ante el descrédito, pero voy a desafiar la gravedad, voy a dirigir la mirada hacia donde nadie mira, llenaré ese lugar de peces hasta convertirlo en mar, para que todos vivifiquen el sol en esos días nublados y tengan sentido, por fin, las palabras que reuní en este papel confortador.


Rolando Reyes López. (Pedro Betancourt. Matanzas. 1969).
Miembro del Taller Literario “Placido Valdez desde 1995.
Resido desde el año 1971 en el Municipio de Jovellanos. Matanzas. Cuba
Graduado de Bachiller. Actualmente es jubilado por Baja Visión. Numeroso relatos breves y poemas mios han sido publicados en revistas y antologías de varios países de Europa y Latinoamérica.


Fotografía de Rose Erkul (en Unsplash). Public domain.


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