Ficción especulativa: «El asexino», un relato de Karina Androvich

El relato "El asexino" de Karina Androvich es una obra de ficción especulativa que sumerge al lector en la mente de un hombre mayor y sus obsesiones relacionadas con la sexualidad.
El personaje principal es retratado como alguien que ha dedicado su vida al trabajo y a criar a sus hijos, siempre evitando las tentaciones. Sin embargo, su obsesión se desencadena cuando descubre el mundo virtual y su fácil acceso a la pornografía, lo cual despierta en él una constante excitación y la posibilidad de tener relaciones virtuales sin límites.

Este relato explora temas como la obsesión, la insatisfacción personal y la búsqueda de la libertad sexual. A través de una descripción minuciosa de los pensamientos y experiencias del protagonista, invita a reflexionar sobre las expectativas sociales, las limitaciones impuestas por la edad y el anhelo humano de escapar de las restricciones de la vida diaria, una visión introspectiva y cruda de sus pensamientos y frustraciones.



El asexino

Había acicalado su pija por tercera vez en el día. No quedaba otra cosa. Veía refregarse a la gente por internet y ya había empezado a entrar a los sitios porno como quien entra a su baño a mear. Era petiso, delgado, cagón, de vientre abultado y viejo, pero macho. Las pantallas lo hacían fácil y creía que su turno había llegado. A veces pagaba y no le molestaba exagerar inversiones en atenciones a cambio de favores sexuales. Soñaba con una erección al día de veinticuatro horas y cualquier avatar que le restringiera esa posibilidad era un obstáculo. 

Estaba en guerra. Se debía una vida. Había trabajado, criado hijos y hecho dinero esquivando orgías setentosas y chicas drogadas ocasionales. ¿Por qué lo habría evitado? ¿Por qué condenarse al pajerismo de una vida impostada? Las mujeres lo encandilaban y él se dejaba, pero después continuaban encandilándolo y tenía que resistirse, tal vez no diera a basto, tal vez no imaginaba la excusa adecuada, tal vez una paja fuese suficiente, se engañaba. Toda una vida sintiendo una pija minusválida, toda una vida en torno a este defecto, referida a este escozor involuntario. 

Supo que cuando el cuerpo se estremece de un valor que nunca tuvo, los ojos se dilatan como llenos de sangre y el sexo se endurece. La vida siempre estuvo ahí, creyó, y era su hora. Entró al recinto de los cuerpos con el corazón agitado y el músculo flácido. Los ojos daban frío. Buscaba suspender esa atmósfera expectante hasta anular cualquier posibilidad humillante y dar con el zarpazo que lo erigiese. Los gestos de los cuerpos disponibles corroboraban la flacidez vergonzante por lo que fijó los ojos en las contorciones de una estríper. Escondió los ojos en su carne y un halo de calor recorrió su epicentro. Se quedó ahí, merodeando sus partes para sostener el impacto. Se llevó la copa de vino a la boca como quien succiona un pezón que ofrece fluidos, ceras brillantes o gotas transpiradas camufladas con un perfume ácido. Un cuerpo anónimo disponible a su antojo, ¿qué otra cosa podría ser la libertad? ¿Cómo suministrarla y hacerla durar para siempre? ¿Cómo mirar cualquier culo apetecible con el superpoder que la situación le insuflaba? ¿Cómo pajearse full time con su mente en perpetuo sin que nadie lo sepa, sin tener que coger siquiera, como si querer coger en constante fuese suficiente? Creyó que esa era la piedra filosofal de su libertad: poder tomar cualquier cuerpo en cualquier momento en secreto. Lamerlo mentalmente, tomarlo con ambas manos, chuparlo, cogerlo, manosear, arrojar, patear, descartar, cambiar, creyó que era el pajero más astuto del mundo, que su actividad libidinosa incesante volvía a él en este momento como revelación de sabiduría invaluable. El músculo crucial no aseveraba la epifanía con su tensión, elongaba ensimismado y como en otra cancha. Sintió los ojos de una mujer sobre su nuca. Sabía que tenía tatuado el pánico al rechazo en alguna tecla muerta así que no se movió. La dejó hacer dándole la espalda sin resistirle su blandura insurrecta. Se esforzaba otra vez con los ojos sobre la carne de la estríper, pero estaban vacíos o llenos de su bóxer flaco. La mujer insistió un rato y después se apartó. El resto del recinto había progresado y mostraba felatios, garches y petes varios. El viejo tomó su sexo enviagrado y empezó a agitarlo. La explosión ocurriría y la posibilidad de humillación quedaría abolida. Se acercó a un tumulto de piel, pero el semen cayó por el camino y la libertad se clausuró ya por esa noche, pensó. Mañana recuperaría su latencia libidinosa sostenida.






Áreas de interés: vivir, abordado desde el arte y el psicoanálisis desde 1970. De nombre Karina Androvich y figura esbelta desorientada.


Ilustración de portada: la imagen ha sido remitida por la autora de la obra.

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