Desde España: "Nordeste", un relato de Guillermo Martínez - Prefiero que se vaya sin despedidas

El cuento narra la experiencia de un hombre anónimo que asiste a un club de lectura dirigido por Chantal. Desde el principio, muestra cierta incomodidad y nerviosismo en este entorno, donde se encuentra rodeado de mujeres de cierta edad.  El grupo discute sobre un libro de poemas de Raymond Carver, utilizando términos como minimalismo, prosaico y existencialismo.
Cuando llega el turno de leer del protagonista, confiesa que no entendió el libro y lo devuelve. Esto genera una reacción de sorpresa y murmullos entre los miembros del grupo. A pesar de esto, el narrador continúa leyendo su propio escrito, que trata sobre su primera semana como soltero después de una ruptura amorosa. Describe cómo su exnovia le dejó a su perro y cómo lidia con esta situación.


Nordeste 

Me visto con el neopreno y bajo a la playa con la tabla. Veo al grupo hacer el calentamiento. Antes de llegar hasta ellos siento una fuerte arcada, no lo puedo evitar y vomito. Tengo la piel erizada, el viento trae una temperatura gélida que contrasta con el bonito día de sol. Toni se acerca cuando se da cuenta. 
-¿Estás bien?
-Si, todo perfecto. Un poco de resaca, me temo. La edad no perdona. Una vez pasas los cuarenta es así.
-Bueno, me quedo contigo y entramos juntos al agua.
-No te preocupes. No creo que entre, en realidad. Es este maldito aire. No me gusta surfear con él. Voy a esperar a que cambie.
-Oh, vamos. Es el último día. Mañana estaremos en nuestras casas. Sería genial surfear todos juntos.

Cojo mi tabla y giro hacia el albergue. Ni siquiera me doy la vuelta para despedirme de él. Levanto la mano a modo de disculpa y sigo caminando. 
-Cuando cambie el aire.
Poso la tabla en recepción. Sandra me da los buenos días mientras va empaquetando cosas. Bajo a la cocina, donde Pelayo está guardando el menaje a la vez que fuma algo de hierba. Cojo la ropa que tengo encima de la silla y me cambio ahí mismo. En una mesa están dispuestos todos los alimentos que han sobrado. Paquetes de pasta y arroz. Café, salsa de tomate y toneladas de pan de molde. El lugar apesta a marihuana, aunque la campana extractora está puesta para que el humo no llegue arriba.

-No soporto ese ruido horrible. 
Cojo el peta de su mano y le doy unas caladas. Se lo devuelvo mientras escupo unas hebras de tabaco que se me han quedado en la lengua. Me mareo un poco. Me siento en una zona donde casi no llega la luz. Pelayo llena un vaso grande con agua del grifo, le echa unos hielos y me lo da.
-Vaya fiesta ayer, colega. El último día del verano es la leche. La peña no se guarda nada.
-No sé como puedes fumar eso. Es radioactivo. 
-El problema eres tú. Antes lo aguantabas lo que te echaran, ahora estás muy flojo.

Tomo todo el agua del vaso. Me pongo en pie y le doy un abrazo a modo de adiós. Antes de irme echo café del termo en la taza que pone “EL PUTO JEFE". Subo las escaleras bebiendo. Tengo un pequeño traspiés y mancho mi camiseta amarilla de marca Quicksilver. Llego a recepción maldiciendo. Sandra se ríe, pero a mí no me hace ni puta gracia.
-¿Marta sigue arriba?
-Creo que me confundes con una asistente personal. 
-Por favor. Necesito una ducha, pero no me hace gracia verla. Prefiero que se vaya sin despedidas.
-Llevo viniendo aquí doce veranos. Y todos los años es lo mismo. Te ligas a una monitora y acabas pasando de ella para evitar compromisos. ¿No te da la impresión de estar en un bucle?
Cojo mi teléfono y lo pongo a cargar al lado del ordenador. Pillo las llaves del coche, la cartera y un paquete de tabaco.
-Dejaré mi móvil cargando, así nadie me podrá molestar. No creo que vuelva antes de medio día. Voy al pueblo a desayunar.
Sandra me fulmina con la mirada. Es la única persona a la que tolero que me riña o me diga las cosas a la cara. Nos conocemos demasiado.
-Ya sé que no eres mi asistenta personal, pero si alguien me deja un recado o un mensaje, te agradecería que me lo dejaras apuntado.

-De acuerdo, largo. 
Desde el aparcamiento veo a los monitores en el agua. Son unas veinte personas alternándose para coger olas. Se puede ver a la legua que están disfrutando. Aunque no se oyen desde aquí, se intuyen las risas. Una ráfaga de aire me devuelve a la realidad. Me subo al Jeep y pongo dirección al pueblo. En la radio suena un horrible tema de baile. Busco un CD para poner música de los noventa. Tengo a mano un recopilatorio de Sonic Youth. La caja está cubierta de un polvo blanco. Me fijo en el asiento del copiloto. Hay una mancha de sangre y un montón de barro por el suelo. Trato de acordarme de lo que sucedió anoche pero no logro aclararme. Enciendo un cigarro y sigo conduciendo mientras escucho Sugar Kane. Cuando cruzo el puente se nota que ha pasado la temporada de verano. Casi no hay tráfico. En la ría están remando un grupo de piragüistas. Giro hacia la derecha y sigo conduciendo hasta la residencia. Aparco en la cuesta, desde donde se puede ver el patio donde sacan a pasear a los ancianos. Enciendo otro cigarro. Busco con la mirada tratando de localizarla. Pongo la mano a modo de visera para tapar el sol que me da en los ojos. La veo sentada en un banco, está sola. Al lado hay otros bancos con más ancianos sentados. No hacen nada en particular, simplemente se sientan y así pasan el rato. Sé que debería bajar y entrar ahí, pero hace mucho tiempo que me bloqueo y no puedo hacerlo. Arranco el motor y sigo conduciendo hasta llegar al muelle. Ahora hay un montón de plazas libres para aparcar. Doy un pequeño paseo hasta llegar a la cafetería, hay mesas vacías en la terraza pero prefiero sentarme dentro. Ocupo un taburete que hay a pie de barra. La camarera sonríe al verme. Me prepara un café americano y un zumo de naranja.

-¿Unas tostadas de aguacate, como siempre?
-Si, por favor.
-Llevas la camiseta sucia.
Me fijo en la enorme mancha de café. Se me olvidó por completo. Parece que llevo el mapa de África dibujado en marrón. Me traen las tostadas de aguacate con tomate y salmón ahumado. Al principio no tengo mucho apetito, pero poco a poco se me abre el estómago y acabo devorándolo todo. La chica recoge mi plato y se para un segundo a dar la lengua conmigo. Creo que intenta flirtear. Relata lo agotador que ha sido el verano y luego me cuenta las series de Netflix que ha estado viendo. No lo puedo evitar y soy sincero al respecto. 
-No soporto el rollo progre de las nuevas producciones. Todo muy feminista y con mensajes políticos. Prefiero ver otra vez cualquier serie antigua. Prison Break, Expediente X o Friends. Aunque sean una basura no te intentan moralizar.

La chica me mira un segundo, se da la vuelta y se va sin contestar. Al final siempre me pierde la boca. Pago mi desayuno y dejo unos euros de propina, a ver si así soluciono algo. Pido un vaso de agua y salgo a la calle con un cigarro. El dueño de la cafetería está afuera, saludando a unos clientes. Cuando me ve se acerca a fumar. Hablamos de lo bien que han funcionado los negocios en la temporada estival y de los caprichos que pensamos darnos con lo que hemos ganado. A mí no se me ocurre nada. Tantos veranos ganando dinero han hecho que no sepa en qué gastar el dinero. Quizás un viaje a un lugar con playa o comprarme un barco pequeño. Luego se acerca y baja la voz. 

-Ha estado por aquí el jefe de policía. Ayer se causaron daños al mobiliario urbano. Lunas y papeleras rotas, retrovisores, cosas así. Parece que fue la gente que trabaja contigo. Dicen que estabas en el ajo, que estuvisteis de fiesta toda la noche. Te lo digo porque el tipo irá a por vosotros.
-La verdad es que no me acuerdo muy bien de lo que pasó ayer. Y los monitores se van hoy mismo. Iré a avisarlos.

Me despido y salgo hacia el coche caminando deprisa, pero antes de llegar veo a un policía a lo lejos, así que entro en el primer bar que encuentro. Ya no sé qué tomar. Pido un refresco de limón y me siento en una mesa alta que da a la calle. Desde aquí veo lo que pasa afuera. En cuanto pueda me subo al Jeep y me largo al albergue. Pienso en llamar a los chicos, pero caigo en la cuenta de que dejé el teléfono cargando en la recepción. Me acuerdo de Marta, eso me pone triste. Sé que dormiré solo esta noche. Miro a mi alrededor. En una mesa hay una mujer tomando un Martini. La conozco bien, se acuesta con hombres por dinero. No es que sea una vulgar prostituta. Tiene su trabajo y tal, pero es la manera de sacarse un sobresueldo. Le digo al camarero que la invite a una ronda. Cuando me hace un gesto voy un segundo a su mesa.

-Yolanda. Estás estupenda. 
-Mientes genial. Gracias por el Martini.
-¿Tienes algo esta noche o estás libre?
-Se acabó el verano. Ya no hay turistas que quieran mis servicios. Esta noche estoy libre. Si quieres que pase a verte tienes mi número. Ya lo sabes.
Poso veinte euros encima de la mesa como pre acuerdo y quedo en llamarla de tarde para concretar una cita. Me despido de ella y miro por la ventana. No se ve a nadie así que salgo del maldito bar sin tomar ni un trago de mi refresco. Subo al carro, enciendo el motor y pongo rumbo al albergue. Aparco antes de llegar, en un solar que está a un centenar de metros. Camino hacia la playa. Cerca de la arena hay un todo terreno de la policía. Los agentes hablan con un grupo de surfistas. Vuelvo al coche y me echo en la parte de atrás. Dejo la música puesta y pongo los pies en alto. Me duermo escuchando el mismo disco de antes.

Cuando despierto siento una gran rigidez en el cuello. La postura en la que estoy es incompatible con la vida. Me estiro y suenan varias articulaciones. Mi boca continúa pastosa, igual que por la mañana. Voy caminando hasta el albergue, el aire que viene del mar sigue siendo frío. Bajo a la cocina y bebo un vaso de agua. Cuando subo veo a Sandra, que me da un susto de muerte.

-Pensé que ya no te vería antes de irme. Se ha marchado todo el mundo. Tu teléfono ha estado sonando sin parar.
-Me quedé dormido en el coche. No sé cuánto tiempo, tengo el cuello dolorido.
-Ha estado aquí la policía, ¿sabes? Han hablado con los monitores. Ayer os lo pasasteis bien rompiendo retrovisores y papeleras. Tienen imágenes de alguna cámara, así que os van a denunciar. 
-Me avisaron en el pueblo. Por eso no vine cuando estaba aquí la patrulla. 
-Despierta de una vez. Da igual que te interroguen o no. Te van a denunciar como a los demás. De nada vale esconderse, pareces un niño.
Sandra coge su mochila y una maleta pequeña. Pone su mano en mi hombro.
-Marta esperó hasta el último minuto. Quería despedirse de ti. Nos vemos el año que viene, imagino.
-¿Te acerco a la estación?
-Ya he llamado a un amigo, no te preocupes. ¿No vas a surfear antes de que se ponga el sol? Es la tradición del último día del verano. 

-No creo. Es este maldito aire. Necesito que cambie.
Sandra se va sin que nos digamos una palabra más. De repente el albergue es enorme, o yo muy pequeño. Cojo el teléfono, tengo un montón de notificaciones. La mayor parte son llamadas de números que no conozco. Hay varias de Marta también. Podría darle un toque e ir a verla a donde ella quisiera. Sin embargo busco en la agenda el nombre de Yolanda y concierto una cita, porque sé que cuando acabemos se largará. Subo a pegarme una ducha larga. Me afeito y me quito los puntos negros de la nariz. Echo crema por todo mi cuerpo y me perfumo. Preparo la cama de la habitación número cinco. Traigo unas cervezas frías porque es la única bebida con alcohol que queda en la nevera de la cocina. Hago también unos emparedados de crema de cacahuete, no hay mucho más. Mi intención es dejarlos hasta que llegue ella, pero me entra el hambre y me como un par. Agarro un canuto liado que guardo en una cajita de madera que hay en la alacena. Voy a fumarlo a la terraza mientras espero a mi cita. Al poco se escucha el ruido de un coche acercándose. Aparca en la parte de atrás. Es un taxi. Una mujer se apea y viene caminando en un claro estado de embriaguez. Bajo a toda prisa. Me acerco al conductor y le pago el viaje. Le doy un extra, por aquello de la discreción. Vuelvo con Yolanda, que se está maquillando. 

-¿Una cerveza?
-Prefiero una Coca Cola. Si quieres hacer algo, mejor que no siga bebiendo. 
Acerco unos botes de la despensa, aunque son de marca blanca. 
-No están guardadas en la nevera, espero que te sirvan.
Se bebe una lata de un solo trago. Está a punto de eructar, aunque se da cuenta a tiempo de que puede no ser apropiado. Luego le da un ataque de risa.
-¿Sabes que el año pasado también me llamaste el último día del verano?
-¿Cómo? No. Lo había olvidado.
-Me acordé cuando te fuiste del bar. ¿No te parece curioso?
Lo que dice me pone triste. Me levanto y observo la playa y el mar. Ayer había tanta gente que no se podía ni pasear, hoy no queda un alma. Miro a Yolanda de reojo, sentada en la terraza del albergue. Una ráfaga fría me da en la cara y me estremece. Necesito que este aire cambie. 



Guillermo Martínez nació en Madrid, en 1983. Cursó estudios en la Universidad de Oviedo, la cual abandonó antes de licenciarse. Ha publicado sus relatos en distintas antologías de concursos, como el Antonio Trueba, el concurso de la Biblioteca de Almería o el certamen internacional Cuando Puedas. También se pueden leer sus relatos en las revistas digitales Almiar, El Coloquio de los Perros o El Caminante.  Recientemente ha publicado el libro Maleza (una recopilación de relatos).

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Foto de Joan Costa: pexels (public domain).

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