«1862», un texto perteneciente al libro «Colores de otoño», de Henry David Thoreau

Los europeos que llegan a América se sorprenden de la brillantez del follaje otoñal. En la poesía inglesa no dan cuenta de semejante fenómeno, porque allí los árboles adquieren sólo unos pocos colores radiantes. Lo máximo que Thomson dice sobre este tema en su poema «Otoño» está en estos versos:

  
    Mirad cómo se apagan los coloridos bosques,

    la sombra que se cierne sobre la sombra, el campo alrededor

    que se oscurece; un follaje

 apretado, umbrío y pardo,


    con todos los matices, desde el pálido verde

    hasta el negro tiznado.
  

  y en el verso que habla de:

  El otoño que brilla sobre los bosques amarillos.


El cambio otoñal que se produce en nuestros bosques aún no ha causado una impresión profunda en nuestra propia literatura. Octubre apenas ha matizado nuestra poesía.

Muchos de aquellos que se han pasado la vida en las ciudades, sin ocasión de ir al campo en esta estación, jamás han visto la flor o, mejor dicho, el fruto maduro del año. Recuerdo haber cabalgado con uno de esos ciudadanos, a los que, a pesar de que llegaba un par de semanas demasiado tarde para los colores más esplendorosos, el fenómeno lo cogió por sorpresa; nunca había oído hablar de algo así. No sólo muchos habitantes de las ciudades jamás lo han presenciado, sino que la gran mayoría apenas lo recuerda de un año para otro.

Asunto: una mera reafirmación del hecho. Pero a mí me interesan más las mejillas sonrosadas que la dieta que sigue la muchacha. Los bosques y los prados, la película que cubre la tierra, deben por fuerza adquirir un color brillante, prueba de su madurez, como si el planeta en sí fuera un fruto colgado de su tallo con una mejilla siempre mirando al sol.

Las flores no son más que hojas de colores, y los frutos, sólo las que maduran. La parte comestible de la mayoría de las frutas es, como dicen los fisiólogos, «el parénquima o tejido carnoso de la hoja» a partir de la que se forman.

Nuestro apetito suele limitar nuestro concepto de la madurez, con sus fenómenos de color, suavidad y perfección, a las frutas que comemos, y solemos olvidar que la naturaleza madura una inmensa cosecha que no comemos y apenas usamos. En las ferias anuales de ganadería y horticultura, creemos exhibir hermosas frutas, destinadas sin embargo a fines bastante innobles, que no mostramos precisamente por su belleza. Pero en los alrededores y dentro de nuestras ciudades, todos los años se celebra otra exposición de frutos a escala infinitamente mayor, frutos que sacian sólo nuestra hambre de belleza.

Octubre es el mes de las hojas pintadas. Su opulento resplandor destella alrededor del mundo. Mientras los frutos, las hojas y el día en sí adquieren un matiz brillante justo antes de su caída, el año también está a punto de ponerse. Octubre es el cielo del atardecer; noviembre, la última luz crepuscular.

Antes pensaba que valía la pena tomarse la molestia de conseguir una muestra de hoja de cada árbol, arbusto o planta herbácea cambiante, en el momento en que alcanzaban el tono más brillante, que caracteriza la transición entre el verde y el marrón, para dibujarla y copiar su color exactamente en un libro de ilustraciones que se llamaría Octubre o colores de otoño. Empezaría con el primer viraje al rojo de las madreselvas y la laca de las hojas radicales, e iría pasando por las del arce, el nogal americano, el zumaque, y muchas bellas hojas moteadas que se conocen menos, hasta los tardíos robles y álamos temblones. ¡Qué recuerdo sería un libro así! Siempre que uno quisiera, sólo tendría que pasar las páginas para hacer un paseo por los bosques otoñales. O, si pudiera conservar las hojas en sí, con todo su color, aún sería mejor. Apenas he avanzado con ese libro, pero he intentado, en cambio, describir por todos los medios esos colores en el orden en que se presentan.



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Photo by  Sebastian Unrau on unsplash (public domain).


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