«Yo no estaría tan seguro, Tim», un relato de Juan Pablo Goñi Capurro

¿Qué esperas, Tim? ¿Tanto te gusta vernos? ¿Vas a mojarte en la cama toda la vida, Tim?
Diciembre, el calor no las calla. Hacho, hacho, hacho. Desfallezco. Tengo leña acumulada para dos inviernos y aún no llegó julio. Proveeré a la aldea entera de ser necesario, pero no cesaré. Debería regresar a la cama, estoy exhausto. Necesito dormir, hace diez años que lo imprimas. Sigo sin hallar la receta. El descanso deviene un martirio incesante, la respiración entrecortada, los ojos fijados en el maderamen del techo para no verlas. Los músculos de los brazos se mueven como las banderas en las fiestas patrias, aferro el hacha otra vez, la descargo con furia. Sigo hachando.
¿Nos amas, Tim? ¿Vas a morir negándonos el favor? ¿Eres un cobarde, Tim?
Soy un hombre de veinticinco años, consumido, astroso, el rostro ajado como el de un empedernido fumador de setenta años. Un hombre que duerme sobre un nylon porque amanece orinado. Un hombre que teme dormirse y que quiere dormir. Un hombre que en diez años no ha conseguido quitárselas de encima. Un hombre que no consigue retomar la vida, ponerse de pie, escapar del bosque que lo protege y lo cerca.

¿Tim, te gusta estar solo? ¿Piensas pasar la vida sin compartirla con una mujer? ¿Hasta cuándo vas a esconderte, Tim?
A regañadientes he probado con doña Broza y sus conjuros, doña Alba y sus hechizos, doña Macarena y sus pócimas. Si exceptuamos los vómitos, las diarreas y el dinero que extrajeron de la billetera curtida que heredé de papá, nada cambió tras las consultas. Los vestidos blancos cuelgan en la habitación, idénticas a la mañana que aparecieron entre las ramas altas de un arce viejo. Estoy solo, ninguna mujer quiere dormir junto a un hombre que se orina. Por las dudas, ni lo intento, me amparo en el aislamiento que me provee el bosque para eludir las miradas inquisidoras de las madres casamenteras del pueblo. No he ido a un baile, no los conozco. Algunas noches de estío los caprichos del viento me acercan acordeones y violines, palmas y bombos. Bailan en la plaza; yo no bailo, cierro las ventanas y agradezco que sea la música la que me impide el sueño.

¿Te gusta masturbarte? ¿Papá estará orgulloso de vos? ¿Para eso sudó sangre tu mamá?
Malditas, tienen la precisión de un cirujano para hincar los colmillos y llegar al nervio, al nudo que desparrama dolores hasta cubrir por completo el alma. La culpa me corroe durante el día, he recorrido el bosque de sur a norte y de este a oeste, y viceversa, en procura de quemar el aire que insufla energía a las piernas, sin que se apaguen los murmullos insidiosos del trío. Cada regreso a la cabaña implica volver a ver a mamá frotando los pantalones con piedras ásperas, luchando con el pico contra la rudeza del suelo para extraerle las verduras que no podíamos comprar, o cociendo ropa afuera de la casa, en los atardeceres invernales, para que no se le escapara la última gota de luz natural. Ciega quedó, ciega cayó del despeñadero, ciega murió estampada contra las rocas.
¿Tim, porque nunca nos dices hola? ¿Nunca nos vas a complacer, marica de mamá? ¿Es tanto lo que te pedimos?
Mis brazos se asemejan a las ramas retorcidas de los arces, mis piernas lucen como si unas enredaderas se hubieran instalado en torno a muslos y pantorrillas, mi cuello se ve como el anillo de un volcán turbio. A fuerza de hachar y caminar y derribar troncos secos con una soga de esparto, poseo músculos poderosos. He consumido más energía que la turbina donde nacen los cables que llegan al pueblo. En vano; no consigo desvanecerlas, no logro mantener los ojos cerrados una noche completa, tengo el cerebro seco y las ideas nubladas.

¿Acaso no te importa la justicia, Tim? ¿Cómo puedes dormir sabiendo lo que sabes? ¿Nos equivocamos al elegirte, Tim?
No duermo, o no duermo como debiera, y ellas lo saben. Me acuesto, cabeceo, dormito y aparecen; me despiertan, cada una con una pregunta diferente; las repiten durante horas, hasta grabarlas en mi mente debilitada. Malditas sean. Han pasado soles y lunas, trato de sobrevivirlas, hago las mil cosas que me permite el bosque. Hoy he vendido pieles. Ella me enseñó a cazar, mamá; me enseñó lo que sé, en el poco tiempo que contó para ello. Entregué las pieles en el almacén, recogí provisiones y regresé de inmediato; había gente concentrada en el centro, quizá esta noche vuelvan a escucharse los violines. He crecido apartado de los ritos del cortejo, ignoro esa lengua. Estoy limitado a ellas; a escucharlas, a dejarme herir, a permitirles escarbar mi intimidad hasta deshacerla. No las hubiera conocido de no habernos mudado al bosque, pero las cosas sucedieron así y no puedo modificarlas. Mis padres pensaron que la vida lejos del smog mejoraría los pulmones de papá. No llegó a conocer el verano en el monte serrano, se apagó cuando las flores empezaban a despertar. Doce años tenía yo. Tres más logró resistir mamá, ya sin lugares donde trasladarnos ni empresas que soñar, ni más sostén que las ganas de ver crecer a ese hijo que tanto le costó parir. Los ojos se le cerraron muy pronto, pobre vieja.

¿Eres insensible a nuestro dolor, Tim? ¿No te conmueve nuestro destino errante? ¿No quieres darnos el cielo, Tim?
Me asomo a la naturaleza; me gusta detectar los avances del otoño, los leves tonos en las hojas que adelantan el cambio de color. Miro hacia arriba, al lugar odioso donde las conocí. Me pregunto si ellas me hubieran buscado de no haber corrido al bosque esa mañana. Una policía, la gorra entre las manos, me dijo que mamá había muerto. Mis piernas se dispararon, me hundí en la floresta, corrí hasta que me dolió el costado. Alcancé el claro, el arce más viejo, el de la rama tronchada por un sacrílego. Allí estaban las tres, de vestidos blancos. Suspendidas en el aire, las manos al costado del cuerpo; no logré verles los pies. Las reconocí de inmediato; las hijas del señor Kurst, el hombre al que mis padres le compraron la cabaña del personal que atendía la casa grande, la del incendio. ¿Cómo no reconocerlas, si cada persona que cruzamos en la villa nos repitió la historia?; estaban todos asombrados por nuestro coraje al instalarnos en el paraje. Cuando la persona que quieres se consume frente a tus ojos, cualquier solución desesperada tiene el sabor que debió tener el maná que comieron los judíos en el desierto. No te detiene la cercanía con la desgracia más grande que conoció el pueblo; los vecinos no pensaron en la angustia que motivó la mudanza de mis padres.

¿Por qué eres tan malo con nosotras, Tim? ¿Por qué te niegas a ayudarnos? ¿Por qué eres tan poco hombre, Tim?
Ahora pueden acusarme de no ser un hombre, pero lo repiten desde mis quince años, cuando no era más que un huérfano novato y desamparado. Mi tía Elisa vino conmigo; ella precisaba recuperarse de la separación, el tío Pedro había escapado con una chiquilla de veinte años. Le resultó fácil conseguir el traslado, pocas se ofrecían a dar clases lejos de la comodidad de las ciudades. Ella me cocinaba y poco más; no le quedaba tiempo, entre las clases y las horas que pasaba rezando por el alma de mis padres. Tres años vivió conmigo. Cuando cumplí dieciocho, dijo que era mayor y podía valerme por mí mismo. Se marchó del pueblo. Y el cura también se marchó del pueblo. 
¿Te falta coraje, Tim? ¿Te falta sangre, Tim? ¿Te falta hombría, Tim?
Me desafían, se burlan, me ruegan, me seducen. Lo han intentado de mil formas, pero aun resisto su desquiciado pedido. Lo hicieron la misma mañana que las conocí. Puedo relatar la escena mil veces, como si la hubiera escrito en lugar de haberla sufrido. Las tres levitaban inmóviles. Nieves, la rubia, me saludó. La del medio, Milagros, resultó la más incisiva. La que estaba más cerca del suelo, a unos dos metros, era Octavia. La vida agreste adelanta la madurez, no parecían chiquillas de trece a quince años, sino jóvenes en la veintena. Me confiaron su historia y me encomendaron la salvación de sus almas. No podían dejar el limbo en tanto no se extinguiera su odio, y su odio no se iría mientras viviera quien lo provocaba, me explicó Nieves. No les creí, sospeché que querían perderme, que eran almas al servicio de Satán y su propuesta tenía un fin diabólico: buscaban nuevos miembros para el ejército de las tinieblas, nuevos condenados, nuevos espíritus caídos en desgracia.

¿No tienes frío durmiendo desnudo, Tim? ¿Crees que nos causa un impacto ver a un hombre sin ropa? ¿Piensas que nos atrae tu cuerpo inútil?
Duermo desnudo, no quiero ensuciar sábanas. En invierno cargo el hogar y dejo encendido el fuego; tiendo el nylon en la sala y me acuesto cerca de las llamas. Prefiero el verano, cuando puedo tenderme en la cama. Ellas aparecen con los mismos vestidos blancos, inmaculados. Me espantan, su irrupción me hace saltar y los esfínteres liberan su carga. Por más avisado que esté de su llegada, no consigo controlarlo. Me gustaría saber qué pretenden de verdad, cuál es el sentido del parricidio que me encomiendan. El señor Kurst es el hombre más querido del pueblo. Lo nombraron alcalde al año siguiente del incendio, y desde entonces no cesan de reelegirlo. El abandono de la mujer adúltera primero, la pérdida de las hijas en el siniestro después, lo convirtieron en un hombre que halla en la felicidad de los demás el deseo de vivir, un prócer de la comunidad. ¿Por qué llevan mintiéndome diez años estas mocosas? ¿Por qué inventan tantas cosas del padre? Como mamá, él se hizo cargo de las hijas cuando quedó solo; nadie ha tenido noticias de la esposa, ni del cantor que desapareció en la misma fecha. ¿Por qué no me piden que busque y mate a la desalmada que las abandonó?
¿Piensas volverte viejo sin conocer el sexo, Tim? ¿No quieres librarte de nosotras? ¿Cuándo vas a volverte un hombre, Tim?
«Basuras como papá merecen mil muertes, merecen morir y despertar y volver a morir en medio de torturas atroces», aseguró Milagros en el claro del bosque, cuando Nieves terminó la horrorosa narración de la noche trágica. Aún me cuesta unir la melodiosa voz que me acucia en la oscuridad, con la siniestra historia que contó. El señor Kurst, según sus palabras, empezó una noche a despotricar contra la esposa ausente; había bebido demás y dejó salir su lado oculto. Era sábado, noche libre de la pareja que los atendía. Nieves lavaba los platos, detalle que el señor Kurst olvidó; pensó que estaba solo, la creía en el piso de alto. En pleno enfado, el hombre exclamó «volvería a matarte mil veces, maldita puta» —Nieves se sonrojó al decirlo; luego me pediría que asesinara al padre—. La chica irrumpió en la sala, indignada, juró que lo denunciaría y encaró la puerta. El padre la tomó de la cintura, le gritó que era una perdida como la madre, le alzó la falda y la violó. Los gritos provocaron movimientos arriba; al escuchar los crujidos de la escalera, el señor Kurst le quebró el cuello. 

Milagros llegó a ver la maniobra final. Sorprendida, corrió hacia la hermana. Otra perra, dijo el señor Kurst, y la violó también; las uñas de la niña, clavadas en la mesa rústica, el aliento rancio del padre sofocándola. Bajó Octavia, la más remolona; al escucharla, Kurst cogió el cuchillo con que cuereaba las piezas de caza y rebanó el cuello de Milagros delante de ella. Octavia huyó sin demorarse, pero el hombre la atrapó a pasos de la casa. La forzó contra un tronco, luego le golpeó la cabeza contra el duro leño hasta matarla. Después las quemaría con la casa, para borrar huellas. 
«Tienes que vengarnos», dijo la rubia Nieves; «o no te dejaremos en paz», agregó Milagros. «Se trata de la vida de papá, o la tuya», completó Octavia, con un susurro digno de mieles y no de acero.
¿Cuántos años más vas a defraudarnos, Tim? ¿Te place tu patética existencia? ¿Eres un cerdo como nuestro padre, Tim?
He leído mucho en estos días. El invierno se presta para ello, ha nevado en la semana; me asombra no haber probado antes este alimento para el intelecto. Ha surgido de casualidad; a poco de iniciada la temporada de estufas encendidas, pasé por la librería y me atrajo un título en vidriera. Un hombre atendía; ingresé, pedí el libro. Lo terminé en tres jornadas. Busqué más, me dirigió al estante de sicología; eran pocos libros ahí, el mismo librero me ayudó a pedir los siguientes ejemplares del catálogo. Raciono el tiempo de lectura, no quiero perder la vista como mamá, aún no llega energía eléctrica a la cabaña.    
     
He encontrado explicaciones, he aprendido el significado de palabras como trauma, esquizofrenia, alucinación. Me costó entender las definiciones, tanto como detectar en mi vida los síntomas descriptos en páginas de lenguaje complejo. Debo haber heredado la tenacidad de mi madre, he conseguido elaborar un diagnóstico satisfactorio para las apariciones. La muerte de papá me colocó en un estado de debilidad mental, la protección de mamá impidió que cayera entonces en algún tipo de depresión o en una conducta autodestructiva. Cuando ella se estrelló contra las rocas, mis defensas colapsaron y mi mente produjo la alucinación del bosque; desde entonces, temo la vida, temo las relaciones por miedo a la interposición de la muerte, y uso la figura de las niñas para mantenerme a salvo de los sentimientos. Un siquiatra lo haría mejor, pero no hay siquiatras en el pueblo. Quizá existan explicaciones más profundas, pero el resultado práctico sería el mismo: las muertas no se me aparecen, yo las creo. Ergo, yo puedo destruirlas.
¿Vas a hacernos felices, Tim? ¿Estudias cómo acabar con el demonio en esos libros? ¿Lograrás ser un varón de verdad, Tim?

Están allí porque yo se los permito. He encontrado mi enfermedad, pero lejos estoy de curarme. Enfrentar los miedos debería ser el camino para hacerlas desaparecer. Los niños se orinan en la cama por el miedo. Es difícil encontrar una vía, he vivido siete años como ermitaño, desde la partida de la tía Elisa; más debo hacerlo, debo enfrentar los temores que me impiden una vida plena, utilizando la figura de esas tres pobres niñas para mantenerme separado de mi especie.
¿Qué haces todo el día con los libros, Tim, estudias cómo matar a papá? ¿No prefieres que guiemos tu mano? ¿Piensas que sabrás mejor que nosotras cómo infligirle más dolor?
Están confundidas, otra prueba del acierto de mis conclusiones: no saben lo que estoy pergeñando, porque yo he decidido que murieron sin saber leer. Hoy no voy a pensar en ellas, se ha producido un fenómeno inesperado. Conocí a Carla. Quitaba la nieve de la entrada a su casa cuando pasé rumbo a la librería. Es maestra, está harta de la ciudad; no tiene escala humana, ha dicho. Le aseguré que compartía la opinión, aun cuando sigo sin saber a qué aludía. Descubrí que mentir es fácil, y mentir agrada; la prueba es que me respondió con una sonrisa. Cogí la pala y acabé el trabajo por ella, luego compartimos un té. Es agradable, bella a su modo, sus rasgos curvos difieren de los macizos rostros alemanes del poblado. La piel cetrina se ve cálida. Hemos quedado para vernos mañana, iremos al baile. En esta época utilizan la parroquia; no se danza abrazado, concesiones al cura que reemplazó al que rezaba con la tía Elisa. Será mi primer baile; agradezco la moralina, danzar separados permitirá que los pies de Carla salgan ilesos de la experiencia. Esta noche los engendros serán derrotados, mañana amaneceré con el nylon seco. No ha sido tan difícil.
¿Por qué has sonreído tanto, Tim, acaso el fin está cerca? ¿Te harás cargo de papá antes que la nieve se derrita? ¿Tendremos una primavera en libertad, querido Tim?

Las malditas no se rinden con facilidad, los traumas deben estar enraizados en lo profundo. Me escarcho las manos con el cubo de acero, no puedo dejar el nylon sin lavar, o mañana no podré reemplazar al que mojaré esta noche. He concluido que no desaparecerán hasta que Carla y yo consumemos el acto sexual. Suena horrible dicho así, suena a receta médica, a prescripción de ejercicios físicos. Debo cambiar el léxico para convencerla. Quizá la primera vez tengamos que recurrir a la casa de ella, así mis fantasmas quedarán lejos. O no, tal vez sumar un entorno desconocido a mi intranquilidad, propia de debutante, aumente la presión y profundice mis temores.    
¿Cuánto más vamos a esperar, Tim? ¿No ves que papá se pondrá muy viejo para que el crimen funcione para liberarnos? ¿Hasta dónde puede llegar tu crueldad, Tim?
Hoy ha aparecido un pimpollo en el rosal. Lo planté junto a las tumbas, para que papá y mamá estén acompañados por la belleza. Las chicas no tienen tumbas, sus cenizas se mezclaron con las del incendio. Kurst las había dejado solas; la gente del pueblo tiene una sola voz para compadecerse de la culpa que embargó al hombretón cuando halló el desastre. Igual, hoy no es día para hablar del señor Kurst ni de sus insidiosas hijas. No entiendo por qué las hice así. ¿Por qué las volví ácidas, manipuladoras, harpías ávidas de la sangre del padre? El pedido de una misión imposible es acorde con mi enfermedad; un pedido simple las hubiera echado pronto y me hubiera obligado a enfrentar la vida mucho antes. Tal vez no estaba preparado, tal fue necesario ese período aterrador; recién ahora adquiero la madurez necesaria. Esta noche será el momento de comprobarlo. Esta noche vendrá Carla, hemos avanzado desde que limpié el camino a su casa. Esta noche, haremos el amor.
... ... ...
Es mágico, es soberbio, es magnífico, es incomparable. ¿Cómo he perdido tantos años? El aroma del pan recién horneado completa un amanecer perfecto. Anoche no vinieron, dormí como un crío inocente. Rosas, pan caliente, café recién hecho, mermelada casera; falta que Clara se asome para disfrutar la primera mañana feliz en décadas. ¿O deberé buscarla? Cojo una rosa y camino al cuarto. Está despierta, hecha un ovillo contra la cabecera de la cama. Está llorando. Tiembla. El sol ilumina el lecho, hay una mancha oscura en las sábanas, de su lado. La rosa se suelta de mi mano. 
—Son horribles, Tim, son horrendas, Tim, ¡sálvame de ellas, Tim!
Solloza, se ahoga, se acuna; está pálida, y hasta diría que más flaca. Tardan las ideas en crecer ante el espectáculo de esa mujer consumida en una sola noche con las hermanitas Kurst. Maquino un plan para asesinar al padre y cumplirles el deseo; nadie toma precauciones en la villa, nada más fácil que entrar en su casa por la noche y sofocarlo con la almohada. Rechazo hacerlo, sería reconocerles el triunfo luego de resistirlas por una década. 
Carla interrumpe mis pensamientos; balbucea, alza la mano, señala. Sé a quiénes apunta, pero no las veo, estoy curado. Me doy un golpecito en la frente; eso es, estoy curado. Me acerco a la cabecera, acaricio el cabello de Carla, la levanto, la llevo a la cocina. Le sirvo el desayuno. Protesta, luego cede y bebé el café, mordisquea el pan tibio. Le tomo la mano, la beso. Con la mano libre, se toca la entrepierna húmeda, lleva la mano a la cara, la huele. ¡No!, grita. Salta de la silla, va por su ropa. Inmóvil, la veo correr a la puerta y dejar la cabaña. 
Me acerco a la ventana, la blusa rosa se pierde en el follaje; me pregunto si en el pueblo contará la historia, si le dirá al señor Kurst que sus hijas violadas pretenden asesinarlo. Ignoro qué hará, tampoco me preocupa. Tengo mucho para celebrar como para estar pensando en los próximos pasos de Carla. Me dan ganas de bailar y gritar al mundo: ¡Estoy curado, tengo una vida! No preciso asesinar a nadie, las hermanas Kurst han hallado otra víctima.






Juan Pablo Goñi Capurro. Escritor argentino. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002.  
Más de quinientas publicaciones en Hispanoamérica, a través de antologías de editoriales (Ed. Visor, Ed. Dreamers, El gato descalzo, Ed. Solaris, Las nueve musas, Ed. Folla-g, Ed. CTHULHU, Ed. Pandemónium, Ed. Anuket, Kanon editorial, Ápeiron ed., y otras) y en revistas como Sinestesia, Letras y Demonios, Aeternum, Rigor Mortis, Penumbria, Espejo humeante, Tártarus, Diablo Negro, Trepanación, por ejemplo. 
Premio Novela Corta “La verónica Cartonera” (España), 2019 y 2015.  
Ganador VIII certamen de microrrelatos de Montserrat (2022) 
Premio teatro mínimo “Rafael Guerrero”  
Colaborador en Solo novela negra (relatos).

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