«Pecado de Avaricia», un cuento de la autora argentina Liliana Fassi

Ya no tiene dudas: todo va a terminar mal. Mejor dicho, todo va a terminar. 
Ojalá la noche antes no hubiera salido a hacer su trabajo, pero eso era impensable. Si no hubiera pasado por esa calle, pero era la de los martes y él nunca cambiaba su itinerario, si el auto no hubiera estado esa noche en marcha y con la puerta abierta, si él no hubiera visto lo que había en el asiento del acompañante… si… si… eran demasiados síes; pero ya era tarde.

Una hora atrás, regresaba a su casa con el carrito atado detrás de su bicicleta, esa bicicletita para niños había sido el mejor hallazgo del mes; con las ruedas y unas maderas que había ido llevándose de la carpintería en la calle de los viernes, fabricó un carro muy útil porque puede transportar muchas cosas, ¡cuántas veces tuvo que hacer dos viajes porque no podía mantener el equilibrio!, como aquella vez que encontró la cabecera de una cuna, estaba despintada y un poco curvada por la humedad…
Esta noche había sido fructífera, traía varias cosas en el carrito, había pasado por una casa en construcción, siempre son un buen almacén para surtirse, ¡ni hablar si se trata de un edificio! ¡Es como hacer un viaje a la isla del tesoro! 
 Faltaban pocas cuadras para llegar a su casa cuando se dio cuenta de que un auto lo seguía. Era el mismo de la casa de los sauces, tenía los vidrios polarizados y él no podía ver quién estaba adentro. 
Quiso pedalear a mayor velocidad, pero no pudo, porque la carga era muy pesada, ya había encontrado unos juguetes rotos, una bandeja de lata apenas abollada, unos caños de aluminio, no sabía para qué podrían servir pero algo haría, unos recortes de mosaicos, un paraguas viejo, cuando vio en un jardín un trozo de cemento con la forma de una columna griega, se notaba que la habían usado como pie para una maceta porque la maceta estaba tirada en el suelo, él había puesto todo en lo alto de la montaña, ya encontraría qué hacer con las dos cosas.  

El auto mantenía la distancia. Después de unas cuadras, empezó a sospechar por qué lo seguían, pero no podía encontrar una solución para el dilema que se le había presentado desde que se llevó lo que había en el coche frente a la casa de los sauces. ¿Por qué dejaban la puerta del auto abierta si no querían que alguien se sintiera invitado a servirse? 
Pensó en lo que ocurriría cuando llegara a su casa, las piernas casi no le respondían y el miedo se estaba convirtiendo en terror, también sentía frustración, nunca había tenido problemas con su trabajo, nunca se había sentido en peligro, ni siquiera cuando se llevó el cuaderno del supermercado aquella vez que se había cortado la electricidad y los empleados en la línea de cajas intentaban tranquilizar a los clientes enojados, nadie lo había visto salir. 

Al principio había pensado usar el cuaderno para hacer un inventario de todo lo que tenía en la cueva de Aladino que era su casa, de algunas cosas ya no se acordaba, sobre todo lo que estaba contra las paredes, porque había ido poniendo otras adelante, por eso había pensado en hacer un listado, pero le dio pena usarlo para eso, así que agradeció cuando encontró en una vereda una caja con trozos de papel para envolver, estaban un poco sucios, pero igualmente le servirían. 
Había empezado enseguida a hacer el registro, 35 latas vacías de cerveza que había ido recogiendo de bares y restaurantes, si las aplastaba bien, podía venderlas como aluminio, ¿cuánto pagarían por un kilo?, aunque ésas debían pesar sólo algunos gramos, tendría que recoger muchas más para llegar a tener un kilo, 26 biromes agotadas, que podrían servirle si alguna vez necesitaba un sorbete, aunque él nunca compraba gaseosas, dos pares de zapatillas con las suelas a medio despegar, no eran de su talla, pero si ajustaba muy bien los cordones podría usarlas, 6 pilas con revistas antiguas, folletos de supermercados, propagandas de partidos políticos en época de elecciones… 

Para decir la verdad, él siempre había estado muy contento con su trabajo: su capital iba creciendo, no tenía jefes que le dieran órdenes, podía acomodar los horarios de la forma más conveniente y hacía feliz a su madre, que todas las noches lo esperaba ansiosa por ver si traía algo para ella, la gente del barrio hablaba de los dos, sabían que decían cosas que no querían ni pensar, por eso no se relacionaban con nadie, sólo existían uno para el otro, pero ahora aparecía esto, que era mucho más grave que cuando los vecinos lo habían denunciado por el mal olor que salía de su casa, decían que olía como si adentro hubiera algo muerto.

Esa vez, la policía había llegado con las luces encendidas, era una exageración, él no era un delincuente, hubiera bastado con un llamado de atención, al menos su madre ya había muerto y se había librado de semejante disgusto. Desde ese momento él había empezado a sacar los residuos a la vereda, pero tampoco podía hacerlo si la bolsa no estaba llena, era un gasto inútil, y la verdad era que desperdiciaba muy poco, algunas pieles de las frutas que le regalaban en la verdulería cuando ya estaban muy pasadas; eso sí, las cáscaras de los huevos las tiraba porque la verdad era que le repugnaban, aunque decían que tenían mucho calcio y que era bueno para los huesos; del pan viejo que pedía en la panadería no tenía que descartar nada. Él no entendía cómo era posible que algunos desecharan cosas cuando todavía se podían aprovechar, como aquellos dos vestidos que le había regalado a su madre, ella se había puesto tan contenta a pesar de que estaban bastante descoloridos y que le quedaban un poco chicos, o aquellos pulóveres apolillados que había usado hasta poco antes de morir. Sin embargo, si la gente no lo hiciera él no tendría trabajo y por eso debía estar agradecido.

Cuando se dio cuenta de que el auto había estado detrás de él a lo largo de varias cuadras, lo primero que pensó fue que querían asaltarlo para robarle la plata que tenía escondida, su madre había hecho todo lo posible para legarle su jubilación al morir y gracias a los conocidos de algunos conocidos que tenían influencias lo habían declarado incapacitado y así lo había conseguido. De esa forma ahorraba, seguía con su trabajo y podía mantenerse. ¿Era posible que alguien pensara que tenía dinero? Él trataba de disimular, cualquiera que lo mirara pensaría que era un pordiosero, porque se había dejado crecer la barba, se bañaba una vez por semana, ¿sería por eso que las personas cruzaban a la vereda de enfrente cuando lo veían?, muchas veces volvía a ponerse la misma ropa, ¿para qué lavarla si todavía no se veía sucia?

Sin embargo, si tenía que ser sincero, creía saber quiénes podían ser los que estaban en el coche, ya faltaban nomás dos cuadras, cada vez estaba más asustado y no sabía qué ocurriría cuando bajara de la bicicleta y abriera la puerta. ¿Cómo lo habían encontrado? ¿Cómo sabían que era él el que se había llevado el portafolios?
Sabía que lo seguían porque la noche anterior, al pasar frente a una casa bastante lujosa, había visto a un hombre que bajaba muy apurado de un auto y entraba en la casa, el coche había quedado en marcha y con la puerta abierta y en ese preciso momento él pasaba a su lado, por curiosidad había mirado adentro y visto un maletín de cuero sobre el asiento del acompañante, enseguida se dio cuenta de que tenía que ser suyo, debía ser muy caro y tener cosas de valor, ¡quién sabía qué cosas!
 El lugar era privilegiado, la casa estaba cerca de una esquina y en la calle perpendicular estaban construyendo un complejo de departamentos, en esos lugares había guardias de seguridad, pero la mayor parte del tiempo dormían, era ideal para esconder el maletín y volver en otro momento para rescatarlo. Con suerte nadie lo encontraría. 

Miró hacia la casa, que también tenía la puerta abierta, no vio a nadie y con rapidez sacó el portafolios, subió a su bicicleta y dobló en la esquina, por suerte no lo habían visto, al menos eso le había parecido.
Antes del amanecer regresó a buscar el botín, la calle estaba tranquila. No había podido contener la curiosidad para revisar el contenido, una lapicera dorada, ¿sería de oro?, una agenda, una gruesa carpeta con una enorme cantidad de hojas escritas de un solo lado, al dorso estaban en blanco, eso era excelente para usar como borrador, podría seguir el inventario cuando se le terminaran los papeles para envolver, pero lo que lo había impresionado era la cosa que había abajo. 

En un primer momento había pensado dejar todo en la calle, pero su deseo de tener esas riquezas había sido más fuerte, ¿y si dejaba esa cosa y se llevaba lo demás?, pero, aunque le pareciera peligroso, también quería tenerla. 
Una vez en su hogar, el instinto lo había obligado a esconder todo en un lugar diferente, había puesto la carpeta adentro de un rollo de tejido de alambre de los que se usan en la construcción de paredes, la agenda detrás de unas maderas, la lapicera adentro de la caja donde guardaba las demás, el maletín abajo de su cama y lo otro en un tarro que aún contenía restos de pintura. 
Con el auto a sus espaldas, supo que aunque hubiera devuelto lo encontrado no habría estado a salvo. 

Apenas había bajado de la bicicleta frente a la puerta de su casa, cuando dos hombres salieron del auto y lo inmovilizaron, parecieron asqueados al ver todas sus riquezas, dijeron algunas palabrotas y lo obligaron a buscar lo robado, y devolvérselo, ellos decían robado pero no era así, había sido algo que había encontrado casualmente, al principio se había quedado callado, quería defender lo que era suyo, pero le habían dado un golpe en el estómago para que hablara. Entonces arrojaron de cualquier forma lo que él tenía tan acomodado, rompieron cosas y siguieron golpeándolo hasta que les dijo dónde estaba todo, lo que parecía importarles más que nada era la carpeta y la agenda, no tanto la pistola, que era la otra cosa que estaba en el maletín y que había quedado sucia con pintura, pero seguramente no les hacía falta porque los dos tenían una. 

Ahora lo invade la angustia, su patrimonio quedará ahí, abandonado, él no tiene hijos ni familiares, su madre murió hace dos años y él jamás quiso formar una pareja, porque las mujeres sólo buscaban aprovecharse de él, sacarle su dinero, además jamás habría dejado sola a su madre, los dos habían vivido tan felices, uno para el otro, no necesitaban a nadie más. ¿Qué harán con su casa?, ¿qué harán con todo su patrimonio, lo que le llevó tanto tiempo de trabajo y esfuerzo? Seguramente el Municipio enviará trabajadores para quemar todo lo que hay, con la excusa de que él está enfermo y de que todo eso es un peligro para la salud pública. 

Por primera vez en tantos años se arrepiente de haberse apropiado de algo que no estaba en el canasto para la basura, sabe que la noche antes tendría que haber resistido la tentación de llevarse el maletín, pero esa cantidad de hojas era invitadora, a él no le importaba de qué se trataba, apenas había leído la tapa de la carpeta, que decía “PODER JUDICIAL” y abajo unos números, un nombre y algo así como pornografía infantil, tráfico de no sabía qué, ¿le creerían si les dijera que no había leído ni una sola hoja y que no le interesaba nada más que la parte de atrás que estaba en blanco? Seguramente no, debían pensar que él podía ser peligroso. Sabe que la noche antes no habría tenido que salir a trabajar, pero eso era impensable. 
Ahora ya no tiene dudas. Todo va a terminar mal. Mejor dicho, todo va a terminar. 



Liliana Fassi reside en Villa María (Córdoba, Argentina). Es Licenciada en Psicopedagogía, graduada en la Universidad Nacional de Río Cuarto (Córdoba, Argentina). 
Publicó tres libros que recrean, con entrevistas y ficciones, la historia de la inmigración llegada a su país entre las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX: “En busca de un tiempo olvidado. Un viaje a mis raíces para recobrar historias de inmigrantes” (El Mensú, Villa María, 2010), “Pinceladas de la Pampa Gringa” (El Mensú, Villa María, 2012) y “Los hilos de la memoria” (El Mensú, Villa María, 2018).
Recibió Premios y Menciones en Argentina y Uruguay y participó en nueve Antologías de relatos, editadas por Instituciones Culturales de ambos países.
Sus poesías y cuentos son publicados en revistas digitales de Argentina, Estados Unidos, Guatemala, México, Ecuador, Holanda, España y Canadá. 
Brinda conferencias y talleres destinados a niños, adolescentes y adultos, referidos al tema de la Inmigración en Argentina. 
Es correctora de textos y fue prologuista de libros de autores de su ciudad y de la provincia de Buenos Aires.
Actualmente, su obra trasciende la temática de la inmigración y aborda un amplio abanico de asuntos relacionados con la condición humana.

Photo by James Opas on Unsplash (public domain). 

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