«La barba del obispo», un cuento del escritor Carlos José Montesinos

   

“Soy un árbol que ha crecido en la sombra,
Y hoy extendí mis ramas para temblar un poco a la luz del día”
                                                                     Gibran Jalil Gibran

El cielo se recogía como un pergamino sobre la faz de la tierra yaracuyana; una sombra mágica de un negro profundo descansaba sobre el lomo de aquel pueblo que aún se negaba a
morir, las personas de aquella jurisdicción elevaban plegarias y se persignaban reiteradas veces sin materialización alguna. El cielo no respondía con gratitud, sino que una grande capa negra como de obispo cubría el pueblo de Valle Hondo. La naturaleza había despertado con fiereza y el noble rio Yurubí abandonó su cauce de riego y productividad para arrasar consigo, entre sus entrañas, la vida que un día había dado a sus habitantes. Era un ruido estrepitoso cabalgado por las Banshees Celtas que entre lloros y gritos anunciaban la llegada de la muerte en las manos de Perséfone. Todos huían. Otros, se quedaron en el regazo de la princesa del inframundo. Pocos lograron escapar del profundo ronquido telúrico. Era una ruina genérica, sepulcral, sujeta a la intemporalidad de la vida. Aves negras volaban al llamado de un tiempo olfativo que regaba todo el ambiente de un olor fétido. Mientras todo pasaba, a la distancia, a los pies de un enorme árbol, tejido de ramas colgantes como larga barba, yacía la imagen gélida de San Felipe Apóstol, llamativa; demarcaba su silueta las grietas del tiempo y la triste mirada de un desconsolado solitario. Había cierta afinidad entre el árbol y la imagen del Apóstol: una barba y el síndrome de la tristeza; ambos confundían su nominalidad. Como si se dijeran a una sola voz: - “Ambos somos viejos, hace siglo que nos conocemos”-…
Todo era ruina. Aquello era tan triste como la caída de los Muros de Jerusalén, Nehemías necesita de la ayuda de los gobernantes para restablecer, de las ruinas del pueblo, la vida de los ciudadanos. Ni lo sagrado escapa de la naturaleza divina y menos, de la naturaleza humana. Sin embargo, estaba el Obispo parado en el centro del templo de Ntra. Sra. de la Presentación, escondido en su propio silencio como buscando el origen de la culpa desafiante del mal; su barba posaba en las manos del viento quien a su antojo la mecía libremente, mientras tanto, erigido sobre un plano octagonal, el Obispo, figura majestuosa, era visitado por la huellas de la memoria para evocar aquellos sagrados momentos que desfilaron ante sus ojos: el día se vestía de felicidad; la melodía cruzaba los vientos dejando la estela grata del aroma de las flores que adornaban los diversos picos de las aves que allí concurrían. Los árboles unidos entre ramas aplaudían de emoción el canto aéreo de la hermosa poesía que sellaba de musicalidad todo el espacio. Todo el Valle Hondo había hecho del Obispo su guía, su descanso, su aroma, su brisa, su identidad. Era su fortaleza y sobre todo, su divino apoyo. El Obispo no desestimaba su responsabilidad de solidaridad al brindarle a los habitantes de aquel Valle, la paz y la vida; era su pulmón natural y sagrado entre la naturaleza y el templo, era el agua de vida que descendía sobre su barba, la barba del Obispo, y bajaba hasta el borde de la Pila Bautismal que muestra su cuenca seca generando entre sus habitantes la frescura del ambiente y la grata aroma de su larga barba de un híbrido descolorido por la falta de pigmentación de los años. Allá estuvo el Obispo sobando su larga barba bajo las manos del viento. Todo era ruina. Los fantasmas del más allá, -Comentan algunos vecinos cercanos a aquellas ruinas -, salen por las noches y creen caminar aún sobre las calles del pueblo de Valle Hondo; allí los ruidos son multiformes: como murciélagos, pero no son murciélagos, parecieran más bien ruido de Teakettler que aparecía a los leñadores en las montañas mágicas de Wisconsin y Minnesota o del hijo de Leviatán de la Leyenda Áurea, otros, se escudan bajo la sombra del Obispo custodio de las Ruinas Circulares del Templo. Ellos están allí, a los pies del Obispo, quien llora su tristeza en los ojales de sus hojas.
En el centro del Templo de Ntra. Sra. de la Presentación el Obispo pone fijamente su mirada hacia el Norte para recordar los gratos momentos de la vieja campana que anunciaba la sacralización de la misa por la vida, por los muertos y por la fertilidad de la tierra en el Valle; por el Este, fijaba su mirada en el vetusto cementerio del pueblo adherido al viejo campanario del Templo bañado de la aurora de un sol creciente que abrigó en el seno de su barba; por el Sur, para evocar la prosperidad del que fuera objeto el pueblo de Valle Hondo, y por el Oeste, para recordar con lágrimas de sangre y dolor la excita carreta necrofílica ensañada contra un pueblo noble, abrigado a los pies de las barbas del Obispo.
Todo quedó en las entrañas fantasmales de un pueblo que nunca dudo de su existencia; la embriagada corona que se había entronizado al Oeste del país, siempre se empeñó en pulverizarlo, no obstante, desde allí las expansiones telúricas naturales le limitaron el derecho a vivir a muchos que descendieron del cerro, de los brazos de una cruz, de una imagen y del Dios de los pobres para establecer su dinámica de vida en un paraíso llamado Valle Hondo. Los muertos no mueren porque las vivas semillas ocultas en las tumbas germinan desde el vientre de la tierra para que los frutos se hagan vida y existencia. Allí permanecen en el corazón del Obispo, en cada hoja, rama o tronco. Sus espíritus aún viven sobre el recorrido Circular del viento en las ruinas del templo, donde un dios muere para el renacer absoluto de otro Dios. Hoy, mucha gente visita el pueblo fantasma de Valle Hondo representado nominalmente como San Felipe “El Fuerte”, allí está el sublime Obispo agarrado de las barbas centenarias del Obispo San Felipe el Apóstol, quien transfiguró su imagen triste en las descoloridas hojas y la silueta de la barba en la exuberancia de su fronda al gigantesco árbol que yace parado en el centro del Templo de Ntra. Sra. de la Presentación para brindar paz, armonía y libertad física y espiritual a todos aquellos que se le acercan para poner sus cargas a los pies de la barba del Obispo. Sobre él descansa la dulce voz de las aves, las perlas cristalinas de los ojos de Dios, los años de la vida, los profundos besos de los enamorados, las marcas dolorosas de un pueblo y el más triste final de la gesta vivida en el grito profundo de un niño por encontrar entre las ruinas la bendición de una madre o la protección de papá. 
El Obispo aún vive en cada turista y coterráneo; las personas le llaman así porque a sus pies quedaron los recuerdos de la imagen tétrica del Santo que proclamaba la misa dejando así, trazos fugaces de paisajes desolados jamás vistos, sombras espesas de dolores y relámpagos de sangres vertidas sobre las ruinas. Hoy, olvidado en el tiempo, sigue de pies luchando contra las adversidades y abandonos; atacado por una naturaleza desconsiderada e inflexible pero negado a doblegarse en el tiempo infinito de la existencia. Allá está la híbrida barba del Obispo, firme a su ramaje. Custodia del templo. He sido habitado por el Obispo, siempre me refugio en su barba. Aún lo veo desde mi ventana. 



Carlos José Montesinos, creador del libro "El Wafismo: Wafi Salih, en El Tránsito de sus Noches en Llamas".
Licenciado en la mención de Castellano y Literatura, Abogado, Capellán Defensor de los Derechos Humanos por la International Federation Of Chaplaing AND Human Rights, Instructor Empresarial INCE, Instructor de Motivación al Logro, instructor de Informes Técnicos; profesor Jubilado de Media Diversificada y Profesor Universitario en las áreas de Historia de la Lengua y Literatura Española; Conferencista, Estudios Teológicos, Poeta, Ensayista, Cronista, Músico autodidacta, jurado en diversos Concursos Literarios y Festivales Musicales. Integrante del Comité de Redacción de la Revista Rótulo y formó parte del equipo del Centro Experimental de Trabajos Artísticos, junto al poeta Yony Osorio, pioneros del Escritor en el Aula, bajo la dirección del escritor Orlando Barreto. Fue habitado por la Sabia Universidad de Carabobo y otras Instituciones Superiores.
Sus escritos reposan en páginas de periódicos y Revistas: poemas, micro ensayos, temas políticos, Crónicas y teatro. Condecorado por la Municipalidad de Independencia y Premiado en Concursos de Teatro, de Crónica, entre otros. Algunos de sus Poemas integran el grupo de poetas en el Libro Marimòn.
Era el año de 1.963, un 23 de febrero, el grito de un niño recorrió las sabias manos de una partera y se hizo canto a la luz auditiva de la madre quien de inmediato dijo: se llamará, CARLOS JOSE MONTESINOS VIEZ, siendo el sexto hijo, de nueve hermanos, nacido de Félix Montesinos y María Victoria Viez. Casado con Ysbelis Chacón, de donde nacieron: Carlibys, Carleibys, Carluisbys y Carluilisbys, y con ellos, sus adorados nietos: Santiago y Alondra. Su hermosa Independencia lo abrigó por siempre. Venezolano residenciado en Lima-Perú. Miembro de “Poetas peruanos y del Mundo” Allí vive en el amor de cuatro mujeres y tres hombres.


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Dr. Carlos Montesinos y el Wafismo. María Sánchez. Mente Fuerte. Video.


LUSTRACIONES: Las imágenes ha sido remitida por el autor de la obra.

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