«EL fotógrafo», un cuento de Raquel Pietrobelli

Soy fotógrafo. Bueno… Era. Amaba mi trabajo.
Sé que ese es un trabajo especial, no es apto para cualquiera. Era para valientes.
Era fotógrafo de muertos.
Fotografías post mortem. Retratos de luto, que le dicen. Retratos en el llamado “Memento moriJulia Kadel” (recuerda que eres mortal).
Yo era consciente que era un trabajo difícil… Y algo mal visto. Pero alguien tenía que hacerlo. Tenía cierto renombre en mi ciudad…Digamos, era un pequeño artista. Si le devolvía la vida a los muertos, aunque sea por unos minutos…Sí, decididamente la gente respetaba mi arte. Sí señor.
Yo era el encargado de inmortalizar a los queridos muertos, en un papel.
Mis avisos en el diario local, decían: ” Se retratan cadáveres a domicilios, a precios módicos”.
Yo era el mágico nexo entre la vida y el Más Allá. Era el eslabón entre un ser pensante, con sangre roja corriéndole por las venas, de ojos abiertos… Y un ser inerte, frío, estático, pronto a ser un colgajo putrefacto y repugnante, con gusanos horribles regodeándose asquerosamente entre las carnes fláccidas.
Pero allí, justo allí, llegaba yo, para eternizar el momento, para darles una atención póstuma, un mimo; para rezumar sus últimas savias decentes, para captar sus últimos evanescentes y fugitivos colores, para atrapar el último hálito, reflejados en sus miradas muertas.

Yo era el Dios al que acudían, para que ese cuerpo, que pronto sería un montón de huesos y músculos nauseabundos, tenga su postrera fiesta en familia. Con sus mejores galas, con sus refulgentes camisas de seda, sentados en almohadones de colores, o parados con arneses escondidos, con carmines en las mejillas y en los labios ya tiesos, y hasta un puro entre los dedos helados…
Antes de ese momento supremo en que yo apretaba el obturador, los preparaba largamente para que parecieran vivos y rozagantes. Yo, tenía mis artilugios para embellecer la imagen y ahuyentar la horrorosa crudeza de la muerte.
Henna, o aceites extraídos de azafrán para darle el último color a esos pelos ya opacos; carmín o bermellón, para sus uñas… plomo blanco o pomada de cacao para conseguir los etéreos colores pálidos, como se merecía un verdadero cadáver que se precie de tal. Tinta china para tupir las cejas y pestañas… No, si conmigo se iban realmente bonitos.
Ahora, cuando al muerto era imposible abrirle los ojos, ahí, entraba a tallar mi verdadera pericia. Con unos pinceles especiales, yo les dibujaba las pupilas con destreza milimétrica, y los hacía hasta ver…
Y así, se prolongarían sus vidas en una postal, como infinitos, como magníficos monstruos vivientes, hasta que el último familiar, el último heredero, el último deudo, feneciese también. Hasta que el postrer efluvio, la más remota pulsión de vida de esa familia, que fue suya alguna vez, se diluyese en las sombras de la muerte, y se lo lleven, por fin, a reposar al mundo de la Oscuridad Eterna. Mientras tanto, era yo el encargado de prolongar esas falsas existencias, harapos de vida que ya fueron.

Generalmente retrataba bebés y niños, también hombres sacros de la iglesia.
Recuerden que corría el año 1.873. En esa época, eran frecuentes las muertes de niños de corta edad, por múltiples factores: Epidemias, plagas, malformaciones congénitas, no existía el saneamiento ambiental ni las vacunas. Era común, en esas épocas, que las familias tuvieran muchos hijos, y, era usual que muchos murieran antes de alcanzar los cinco años.
A veces, de una familia de diez niños, la mitad moría en épocas tempranas.
Eran los “angelitos” de la familia. Me acuerdo que ese día, era un día de fiesta, en la casa reinaba la alegría, donde todos los otros niños jugaban, y se repartían dulces, porque se sabía que esas almitas irían directamente al cielo, y allí vivirían para toda la eternidad.
Se creía que estos niños morían sin pecado original, bautizados. Los que desgraciadamente no fueron bautizados, eran enterrados con los ojos abiertos, para que pudieran ver la gloria del Señor. Era una gran preocupación para los padres, ya que con el bautismo se aseguraba la salvación espiritual del recién nacido. Temían enormemente que sus almas vagasen eternamente en el Limbo.

A mí, lo que más me gustaba era retratar los niños. Eran tan puros… ¡Llenos de una belleza impoluta, de una pureza suprema! Me encantaba vestirlos con sus moños, sus jabots, sus sombreritos, disfrazados de marineritos, o de Sagrado Corazón, y las nenas, de Virgen. Ellas, con sus preciosos vestiditos cuadrillé o de florcitas, con volados, puntillas, festones, o adornados con estrellas de papel dorado. Se recubrían los rizos lustrosos con coronas de flores que evocaban el paraíso o el Edén, el cual sería su última morada. También se encendían múltiples velas, que alumbrarían el camino de la pequeña alma hacia la Eternidad. A veces, me pedían que decore la escena, con sus juguetes más queridos, los que muchas veces los acompañaban al cajón.
Discúlpenme esta larga digresión…Pero quiero que vean la pasión que yo ponía en mi trabajo, mi autenticidad y devoción por lo que hacía.
Era minucioso, comprometido, entregado… No era solo la paga buena. No señor.
Era el momento, fascinante, arrobador, de ver la foto hecha, terminada. Era el instante mágico de poder observar una imagen, y quedar satisfecho de mi obra. Ver cómo los familiares, a pesar del dolor, y de los penosos momentos pasados, sonreían, se regocijaban con el retrato, se les caían lágrimas de ver a sus muertos, parados, al lado suyo, compartiendo los postreros momentos de una fugaz felicidad, aunque sea fingida y falsa.
No soy artista, pero sé que una foto era para mí, una pequeña obra de arte. Eran esos pequeños momentos de dicha, que llenaban mi vida.

No sé exactamente cuándo empezó a cambiar todo. Ni yo me di cuenta en qué instantes mi vida comenzó a tomar otros rumbos, y empecé a meterme en los oscuros meandros de lo impredecible, lo ineludible.
Si bien es cierto que estas tareas eran agotadoras, nunca dejé de cumplir mis obligaciones maritales con mi esposa, ni de ser un amoroso padre con mis hijos.
Pero, por extraños designios del destino, empecé a notar cierto rechazo de mi mujer, al abrazarla. Decía que me bañase, que tenía olor. Demás está decir, que me bañaba tres o cuatro veces por día, con colonia incluida. Demás está decir que el olor, era rebelde, no se iba. Demás está decir que aquél tufo, provenía de los mismísimos muertos…
Primero, lo tomé con cierta sorna. Después, yo también fui tomando consciencia, poco a poco, de que era verdad.
Olía a cadáveres. Era un hedor intenso, que tenía pegado a mi piel, debajo de mi piel, mezclado en la sangre… Debajo de mis uñas, impregnado en los cabellos… Se me metía en la ropa, como una serpiente viscosa y maloliente.
De a poco, nos fuimos distanciando. Y yo la entendía. No crean que no. Nadie quiere acostarse con personas con olor a gente muerta.
Y de a poco, empecé a odiar ese olor fétido, que se me instalaba en la nariz y en los poros, a veces, hasta darme náuseas para realizar el acto más simple de la vida, como comer.
Comencé a tener insomnio. Me volví irritable, impaciente.
Empecé a cuestionar mi vida… ¿Cómo puede ser que me gustaba vivir entre muertos? ¿Cómo podía volver a mi casa, besar a mi hijo, y olvidar esos ojos vacíos, de gente sin alma? ¿Cómo podía yo profanar esos espíritus, que tendrían que tener un reposo santo, desde el mismísimo momento en que el corazón se negaba a seguir latiendo? ¿Con qué derecho yo los maquillaba, les ponía afeites, para significar una vida, que ya no tenían?...
Empecé a odiar mi trabajo.

Lo que es peor, empecé a tener miedo de mis “clientes”.
Comencé a tener pesadillas. Muertos enojados, desfigurados…Seres repulsivos que me perseguían, gritándome, por qué no los dejaba en paz, por qué los molestaba en su eterno descanso, por qué, por unos miserables pesos, me prestaba a la locura de sus deudos, de querer instalar un teatro con sus despojos…
Mis labores se convirtieron en torturas. Ya no trataba a mis muertitos con suavidad y respeto. Me daban un profundo asco, a la vez, que les temía, con un terror profundo y ancestral. Sus ojos abiertos, pero sin vida, me rememoraban la oscuridad de las tumbas, la tierra olorosa, de raíces y musgos, de gusanos y escarabajos voraces de carne, de los cementerios.
Evitaba hasta de mirarlos, tal temor y repulsión me causaban.
Y fue una fatídica vez, cuando hicimos la puesta en escena de un señor de la alta sociedad, que tenía fama de cruel y hasta sanguinario… Lo hicimos sentar en su sofá preferido, ricamente vestido con su traje a rayas de casimir inglés, con un bastón de marfil en su mano derecha, y los ojos entrecerrados… Cuando estaba a punto de pulsar el botón de mi máquina, sentí su mirada glacial, que me penetraba el alma. ¡ Yo vi que parpadeó! Sentí su mirada vacía, su maldad, su disconformidad por lo que lo estábamos haciendo pasar… Casi no respiré, y sentí que la sangre se me detuvo.
_ Señor Jackson… Señor Jackson… ¡Fíjese que el bastón no está derecho!.... ¿Podría usted enderezarlo, por favor?
El grito de su señora, me sacó de mi horrible arrobo. Trastrabillando, me acerqué a componer el error. Gordas gotas de sudor, me nublaban casi la vista. Las manos me temblaban.
_ ¿Se siente usted bien, señor Jackson?, me dijo presta, la viuda.
Yo ni contesté. Ya sabía que este sería el próximo muerto que me volvería a torturar en mis solitarias noches de desvelo. En mi estado febril, llegué a pensar que me odiaban, simplemente porque yo aún seguía con vida. Y ellos no.
También sabía que eso tendría que terminar. Sentía que estaba perdiendo la familia, la cordura, la paz. Y también pensé, finalmente, que con los muertos no se juega. Que ellos merecen respeto. Que yo no saldría indemne de mis largas horas de amistad con los difuntos.
Por eso, tomé la determinación de tomar mi último trabajo.
Eran niños, por suerte. Cuatro hermanitos que murieron por la difteria, todos en una misma semana. ¡ Pobrecitos!¡ Pobrecitos “angelitos” de Dios!...
Lo que sí, no estaban bautizados, me dijo la mamá, llorosa y dolida, por semejante situación…
Pasamos largas horas en peinarlos, vestirlos, maquillarlos.
Yo estaba extrañamente tranquilo. Estos niños, no estaban contaminados de ningún mal, ningún mal deseo, ni corrompidos por las vilezas y apetitos carnales, ni infectados con las bajezas humanas. Como nosotros.
Los padres y vecinos estaban disponiendo, en el patio, los dulces y naranjadas para los invitados…Y me dejaron solo, para que yo termine los últimos detalles del retrato.
Preparé las placas, prendí las luces, ajusté las lente; con el visor, encuadré el campo visual…Lo mejor de trabajar con muertos, es que nunca se quejaban de la larga exhibición a la que tenían que ser expuestos para plasmar la imagen.

De pronto, vi, con espanto, que esos cuencos negros, vacíos, de pupilas muertas, empezaban a moverse… ¡A tener vida!... Un rencor mortal ganaba de a poco esos agujeros exánimes, como una marea pútrida e infecta, como un mar de petróleo ponzoñoso y horripilante.
Yo, dejé de manipular las luces… Al instante pensé que era nada más que una pesadilla. Que ya despertaría… Las rodillas no me sostenían. Los “niños” se bajaron de los cojines, en donde estaban apoyados, se arrancaron, furiosos, sus coronas de azahares, se sacaban a tirones sus ropajes recién estrenados para la ocasión, sus abalorios, sus adornos… Y se dirigían, vacilantes, pero decididos, hacia mí, con una sonrisa diabólica, aprestando sus pequeños dientecillos como sierras afiladas, por donde se les escapaba una baba repugnante.
Sentí que el corazón se me paralizaba. Quería gritar….Pero una garra poderosa me atenazaba la garganta.
_ ¿Eh?...Pero que pa… ¿Eh?... ¿Qué está pasando?... ¡No!... ¡No! ¡Nooooooooo!...
No sé si emití algún ruido. Porque nadie me escuchó.
Esos ojos que flameaban aversión y perversidad son lo último que vi, antes que se abalanzaran sobre mí, hincaran sus dientes en mi garganta, y me despellejaran con sus zarpas, convirtiéndome en jirones de carne, tendones, venas, vísceras…
Cuando vinieron los familiares, solo encontraron las luces de la cámara prendidas, todo listo para una fotografía… Y un reguero espeluznante de sangre… Pero jamás encontraron mi cuerpo.
Enfrente de la macabra escena, cuatro angelitos, con los ojos muy abiertos, muy quietecitos, perfectamente atildados y primorosos, inmersos en la impertérrita serenidad de la muerte, la pureza e inocencia… Esperaban por una foto.





Raquel Pietrobelli. Profesora de Inglés. Trabajó durante 33 años en escuelas públicas y privadas.
Egresada del Instituto Dante Alighieri. Resistencia, Chaco.
Estudiante de Francés, en la “Alianza Francesa”, Resistencia, Chaco.
Egresada de Coaching Ontológico, de la “Fundación Instituto Argentino de Coaching”. Resistencia, Chaco.
Ha obtenido innumerables premios y distinciones dentro del país y en el extranjero, colaboró asiduamente en diarios y revistas, y actualmente en revistas Digitales, impuestas por la pandemia.
Seleccionada por el “ Instituto Cultural Latinoamericano”, Junín, Buenos Aires, para el intercambio Cultural de Literatura y Teatro, entre Cuba-Argentina,1.914. Integra el grupo de escritores, de varias provincias, que representa a la Argentina.
Seleccionada por el “Instituto Cultural Latinoamericano”, Junín, Buenos Aires, para el intercambio Cultural de Literatura y Teatro, Colombia-Argentina, 2.015.
Seleccionada por el “Instituto Cultural Latinoamericano”, Junín, Buenos Aires, para integrar el Intercambio Cultural de Literatura y Teatro: Barranquilla, San Salvador de Bahía, Brasil- Argentina. 2.016.
Tiene publicados tres libros. De Cuentos: “El Mundo sigue girando, Baby”, “La Muerte me anda buscando”. Libro de Poemas: “ Versos otoñales para dormir sin frazada”.

Fotografía de Ricky Turner (en Unsplash). Public domain.

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