El rey de la felicidad, un relato perteneciente al libro «Una historia por descubrir», de Edinson Martínez

De la felicidad como ironía…

I

Según se ha dicho de un reino lejano, cuyo lugar y nombre no vienen al caso, en el que un soberano víctima de los tormentos de no querer vivir más, harto de vivirlo y tenerlo todo, no quería continuar sufriendo la vida en su abundancia; eran tantos y tantos los placeres y dichas, que ya eran rutinas en su diario vivir. Y era tal su afortunada vida que otros soberanos comentaban y admiraban, a veces no sin envidia, que en edictos y proclamas este afortunado soberano era referido como muestra del reino ideal al que todos aspiraban llegar. Emulaban su comportamiento en casi todas sus ocurrencias y decisiones, queriendo con ello lograr algún día los privilegios de la felicidad que poseía el admirado rey.
Este soberano, dichoso en demasía, sin tener el valor para renunciar a su privilegiada vida y, así experimentarla en las carencias y limitaciones de sus súbditos, opta, bajo la embriaguez de su suerte, por quitarse la vida. Pero, tampoco teniendo el valor para ello, pide a la más amada de todas sus esposas –porque este rey, dentro de todos los haberes que en abundancia tenía, gozaba, obvia y evidentemente, de todas las esposas que quisiera tener– que le quite la vida, pero no queriendo que ella fuese juzgada y condenada a muerte por esto, decide planear junto a ella su muerte.
Una experiencia como ésta, después de todo, le haría, aun cuando fuere por unos días o tal vez meses, salirse de la rutina de fortuna que le agobiaba. Llegar a dicha decisión implicaba un conjunto de asuntos que deberían ser bien planeados a objeto de no causar sobre la responsable directa de su óbito, sanciones morales y físicas que culminarían, naturalmente, con la condena y ajusticiamiento de la esposa seleccionada para su propósito redentor.

II

Este rey tenía treinta esposas, todas ellas hermosas, amables y diligentes. Sus edades oscilaban entre 19 y 49 años, es decir, la misma cantidad de años que resultaban de restar entre la primera y última esposa. Su majestad tenía por costumbre desposar una doncella por año, no por otra razón que no fuera la de la prudencia o sano juicio real. Llegar a esa conclusión, era obviamente, también, parte de su larga e inagotable fuente de sabiduría que le prodigaba su afortunada vida. 
    
El monarca se había impuesto como norma de selección marital, el simple cálculo matemático de restar un año de edad a la última de sus consortes, para así escoger un año menor a la nueva doncella. Naturalmente, con los años, las diferencias de edades entre su primera pareja, la de mayor edad de todas, y la última a quien desposaba, se incrementaría para hacerlas siempre coincidir con el número de esposas que tenía. De este modo, había llegado a poseer, al momento de no querer vivir más, treinta parejas durante también treinta años de vida conyugal con su primera mujer.
El rey debía seleccionar, ajustado a su buen juicio de soberano, aquella que habría de asesinarlo, para tal cometido decidió establecer como criterio que debía escoger esa por la cual profesaba el mayor amor, la que en suma resumiera el mayor deseo y afecto de su parte. Para el regente era claro que debía establecer una regla como ésta, dado que sólo sería capaz de pedir semejante propósito a la persona más amada, sólo ella comprendería la dimensión de sus tormentos, de sus abundancias que quisieran conocer fin. Pero como a todas, en efecto, les tenía amor y se debatía entre varias el deseo, se percató de que no sería cosa fácil la selección, por lo que ideó una preselección entre las que se ajustaban al criterio establecido de afecto y deseo simultáneos. 

Bajo la agrupación de esposas que más deseaba y amaba, el número llegaba a la docena. Ante semejante descubrimiento, el rey, en un comienzo, se lamentó por el hecho de poder desear y amar a la vez a tantas de sus mujeres, atinaba a cavilar que seguramente habrían sido muchas más de no haber establecido la norma que sólo le habilitaba a una esposa por año. «¡Qué asco de fortuna!» Llegó a musitarse. Al detenerse en esta observación, el rey notó que probablemente éste parámetro había sido equivocado, que tal vez no había sido sabia y, menos, en estricto sentido, atinada, la norma de escoger una nueva esposa anualmente. Llegó a convencerse de que en su lugar han debido ser muchas más en cada anualidad, de esta manera, ahora, habría tenido un mayor número de parejas que amara y deseara con la misma intensidad. Había fallado en la selección del precepto marital, y con ello, descubría una nueva fuente de inconformidad existencial. Pero como su interés en el presente era dejar de vivir, hastiado, como se ha indicado, por su excesiva suerte, no podía distraerse en detalles como éstos que, luego de treinta años determinaban una desacertada decisión; madre de un solitario e irrelevante infortunio en el presente. Concentrado, entonces, en el tema, durante –primero horas– días y más tarde meses, el rey meditaba sobre esta docena de esposas, las entrevistaba, observaba, amaba con pasión y miraba a hurtadillas como queriendo encontrar la presencia de alguna decepción que le hiciera descartar al mayor número de ellas en el menor tiempo posible. Era evidente que todas tenían atributos: eran bellas, amables y por sobre todo inteligentes. Por algo había sido tan afortunado al escogerlas como consortes. En su interior se compadecía de semejante privilegio, de la suerte con que había contado durante la escogencia de tales mujeres y, desde luego, el dilema que ahora padecía a fin de seleccionar a una de ellas para que le diera muerte. 
El rey, absorto como estaba, comprendía que la redención aspirada a través de su asesinato, requería de una escogencia adecuada, muy bien atinada, de quién finalmente sería la responsable del magnicidio, por lo que se dedicaba con esmero particular, con carácter de asunto de Estado, a esta agotadora búsqueda entre sus amadas.  
Mientras se consagraba a estos quehaceres, su reino crecía y extendía a otros dominios, sin que para ello hubiera tenido que realizar batallas, acuerdos o alianzas con soberanos de otras comarcas. La felicidad se multiplicaba de manera espontánea en su feudo, se propagaba por doquier como hierba a campo abierto para agobio del rey. A este tiempo, los meses y los días transcurrían sin decisión sobre el asunto que se había propuesto; se amilanaba y entusiasmaba cambiando de humor a cada rato por la indecisión que le consumía un periodo que antes no había previsto, hasta que una hermosa y soleada mañana, habiendo pasado un año de meditación y dedicación casi absoluta, el rey, mientras reprochaba a la naturaleza la frecuencia con que días así le adornaban su vida; en medio de su queja, un rayo de luz que asomaba entre las flores de su jardín le encendió como un chispazo el pensamiento sobre la determinación que seguidamente habría de tomar. Pese a sus reproches, el verde de la hierba bien cortada del jardín, junto al colorido de todas las clases de flores que en forma de corazón tenía la entrada de su palacio, mostraban en todo su esplendor la panorámica que siempre le inspiraba en momentos como estos, esos angustiosos instantes de felicidad a los que tanto deseaba poner fin.

III

De las doce esposas preseleccionadas se impuso como criterio escoger la cantidad de seis de entre aquéllas de menor edad. Esa era la idea que brillantemente se le ocurrió durante aquella grata mañana. El gobernante al establecerse este parámetro de decisión lo hacía pensando en la predilección que tenía por las cónyuges de menos años; si bien es cierto que a las doce amaba, y deseaba a todas en igual proporción, el rey apreciaba la lozanía y frescura propias de la juventud como un atributo de especial consideración. Pues, la condición juvenil, sólo se tiene una vez en la vida. Sacrificaba de este modo, la experiencia y la madurez de otras esposas, que siendo igualmente amadas y deseadas, sin embargo prefería a las más jóvenes porque tendría con ello mayor seguridad de convencer entre ellas, aquella que finalmente acometería lo que tanto deseaba.  
Estas seis esposas pasaron nuevamente por varias sesiones de entrevistas, de introspección y meditación profunda del rey, buscando fundamentar sin yerros lamentables su determinación. Se consultaba a sí mismo sobre a quién de ellas amaba y deseaba en mayor medida, puesto seguía siendo ésta la principal regla de escogencia. A estas mujeres no tenía por qué espiarlas, observarlas o descubrir en su comportamiento algo que no le agradara, para él era suficiente lo que sentía por ellas; no tenía entonces ninguna importancia lo que a su vez ellas sintieran por él, ya la propia condición de encontrarse entre la media docena de finalistas, significaba para el afortunado monarca, prueba absoluta de amor hacia él.
    
El tiempo continuó transcurriendo y luego de meses de reflexión atendiendo, como se ha dicho, casi en exclusiva este delicado asunto, el rey notó que había sobrepasado el segundo año. Decidió, dispuesto a no extender más su decisión, concluir con este proceso justo cuando llegara a cumplir treinta meses dedicados a seleccionar a su esposa homicida. La razón de esta determinación la establecía para hacer coincidir el número de meses con la cantidad de parejas que tenía. El rey, una vez que optó llevar adelante el plan para acabar con su vida, no desposó a ninguna otra doncella, pues habría significado no llevar a término el plan. Se mantenía entonces con sus mismas treinta consortes de siempre.

En la siguiente etapa, de las seis mujeres procedió a seleccionar tres, repitiendo igualmente aquella predilección por entre las más jóvenes: una morena, una blanca y otra negra. Todas eran bellas, amables y diligentes. Pero, además, estas tres destacaban sobre las otras por su gran inteligencia. Sin proponérselo, el rey había escogido las tres de mayor atributo intelectual, decantación que se había producido en espontánea lid sin que ellas lo supieran. Al percatarse en las nuevas sesiones de entrevistas de esta cualidad, el soberano se alegró de la selección, hacía mucho tiempo que no sentía un alborozo como el que ahora manifestaba; se alegraba no de la inteligencia de sus tres esposas, sino de su buen juicio por preferirlas. Entre estas tres mujeres distribuiría su tiempo, a ninguna de ellas, naturalmente, les insinuaba y menos revelaba lo que en su interior planeaba. Les conversaba sobre la vida, la felicidad, la dicha, la fortuna, de lo que conocía en abundancia que esto significaba. Las exploraba sobre sus meditaciones en torno a la muerte, la eternidad, el paraíso y el infierno. Quería saber qué opinaban sobre cada uno de estos temas, tal vez descubriera algún prejuicio o condición ética sobre la vida y la muerte, por lo que, lógicamente, una eventualidad como ésta, las inhabilitaría para llevar a cabo el regicidio.  
Las tres eran de pensamiento ágil, con creencias y valores diferentes. Una era tan religiosa como una santa; la de piel blanca, para quien la vida continuaba después de la muerte. De acuerdo con el comportamiento terrenal se podría ir al paraíso o al infierno, así lo creía. La de piel morena era absolutamente racional, cartesiana en todas sus deducciones, dudaba de todo aquello que tangiblemente no pudiera observar. La de piel oscura, inteligentemente despreocupada, sin Dios y sin diablo en sus inquietudes, opinaba que aquel quien tuviera una vida plena en equidad y justicia, obviamente, las grandes retribuciones en su existencia no le habrían de faltar.

Mientras el rey realizaba todas estas sesiones de entrevistas y conversaciones, –en otros momentos también las amaba con pasión, experimentando el amor y deseo en su máxima expresión con cada una de ellas– comprendía que su tiempo se le agotaba, debía, entonces, tomar una resolución prontamente. Así, luego de entregarse por semanas al placer, y agotadas los cónclaves de entrevistas, en el mes número veintinueve, eligió a la esposa que llevaría adelante el propósito que tanto había buscado: su muerte 
Le quedaba justo un mes para finiquitar los asuntos legales requeridos para salvaguardar de responsabilidad a su amada esposa, además de hacer su testamento y ordenar aspectos relativos al afortunado y extendido reino. Debía este rey garantizar la continuidad y vigencia de la monarquía bajo gobierno de su primogénito, como era tradición legal desde cientos de años. Aún tenía pendiente resolver la manera de cómo explicar a su predilecta el por qué ella habría de darle muerte, y adicionalmente dilucidar la forma particular de cómo habría de hacerlo. Notaba, justo en éste momento que, dedicado a seleccionar a la autora de su deceso, no había pensado sobre cómo le gustaría hacerlo.

IV

La primera semana del mes veintinueve inició la redacción del testamento, en cuyo contenido legaba a cada una de sus treinta cónyuges una treintava parte de sus riquezas, las cuales no incluían los territorios y dominios del reino, puesto que estarían bajo gobierno y administración del monarca sucesor. Todas las esposas, y sus descendientes, estarían bajo la tutela del nuevo rey. Ninguna de ellas, so pena de perder el legado de riquezas a su nombre, podría tener nuevo esposo o pareja.  
La seleccionada como homicida no sería sometida a juicio alguno, tampoco penalizada moralmente ni obligada a hablar sobre el tema. Su actuación a los ojos de la ley consistía en un acto de redención solicitado explícitamente por su majestad, y como tal, se beneficiaba expresa y previamente de la absolución real de cualquier acusación. Así lo dejaba escrito con la autoridad que tenía de soberano de todos los soberanos y rey de la felicidad de todos los tiempos.

Para la segunda semana del mismo mes estaban listos los asuntos legales y testamentarios, restaba explicar a la esposa seleccionada los detalles del acto que habría de cometer. A ella dedicó la tercera semana colmándola de mimos y agrados, la amaba con pasión única y en cada tertulia, insinuaba en un principio su propósito, y luego lo comentaba abiertamente. Observaba las reacciones de la mujer con detalle, notaba que a cada explicación asentía con naturalidad, no contrariaba su decisión en ningún sentido. Llegó a parecerle en un momento que no tendría remordimiento alguno de ejecutarlo. Llegado el momento, al inicio de la cuarta semana, una vez que la esposa había aceptado asesinarlo, ésta se mostraba, según apreciación del propio rey, en cierto modo entusiasta de llevar a cabo el plan, hasta orgullosa parecía sentirse por haber sido ella la elegida. 
El rey, al percatarse de la resuelta actitud de la mujer, cae en cuenta que luego de treinta meses de meditar y planear su redención por la consorte que él más amaba y deseaba, nunca había considerado quién era la esposa que más lo adoraba y deseaba. Había colocado cualquier clase de criterios y parámetros de selección, pero jamás se había detenido a pensar, si aquella que elegiría, sería, en efecto, quien más lo amaba. Pues, de haberlo considerado, habría concluido que quien menos lo quería, seguro habría tenido mayor facilidad para poner fin a sus tormentos. El rey de la felicidad descubrió, entonces, que había seleccionado a la esposa que menos lo amaba, a lo que de seguidas, se preguntó: ¿cómo era posible que hubiera tenido esposas, cuando menos una, que no lo haya amado suficientemente, al punto que disfrutaba con la idea, o cuando menos no se inmutaba con el hecho de quitarle la vida? 
Pero el plan ya estaba en marcha y no podía detenerse por un descubrimiento o presunción de última hora. La esposa de piel blanca, aquella devota y creyente mujer que en nada le contrariaba, ya tenía todo listo para proceder, obedecía estrictamente a los designios de Dios. Si era a ella a quien correspondía tal misión, no era por virtud de la casualidad, era su destino quien así lo determinaba, senda inexorable en la cual, primero estaba Dios, como su único guía, y luego su Rey y esposo, quienes gobernaban su vida terrenal. Las instrucciones del soberano eran muy precisas sobre no retroceder bajo ninguna circunstancia, sólo pedía que su muerte se hiciera sin dolor y de ser posible sin que él se diera cuenta de ello. 

En la noche del penúltimo día de su vida, el monarca se acostó temprano, se quedó dormido con la placidez de siempre, la que tanto reprochaba y no deseaba volver a experimentar. Tras quedarse dormido comenzó a soñar con sus treinta esposas, a las que veía más bellas que nunca. Le decían cosas que no entendía, todas estaban desnudas y giraban en torno a él. El sueño era de un rojo encendido que le cegaba, alucinándose con los giros que en cámara lenta daban sobre él en un principio, y posteriormente desquiciándolo cuando fueron pasándose a una mayor velocidad. Todas hablaban y reían a la vez como celebrando su aturdimiento, cuando intentaba atraparlas, desaparecían y seguían riendo a carcajadas sin que pudiera verlas. El rey intentaba despertar y no podía, su cuerpo no respondía debatiéndose entre el sueño y una vigilia paralizante. Una fuerza poderosa lo atraía y anulando su voluntad. Eran las dos de la madrugada del último día de la semana treinta. 

La esposa seleccionada, había acordado con él antes de acostarse que dormiría en otra habitación para dejarlo solo en compañía de sus pensamientos. Sin embargo, las razones de retirarse a otro lugar tenían que ver más con sus oraciones. Pedía devotamente que la misión encomendada no fallara, que pudiera proporcionar al rey el descanso de la felicidad que tanto le agobiaba. Nada hubo de hacer al siguiente día. La poción venenosa que debía darle muy temprano durante el desayuno, no fue necesaria. Un té inocente para procurarle un relajado sueño le fue suministrado antes de irse a la cama. 
Del sueño rojizo el rey desesperaba por regresar, los latidos de su corazón aumentaban con fuerza descomunal, el cuerpo tembloroso sudaba en cantidades, y la cama toda mojada parecía bañada en agua; su majestad se estremecía sin control en el placentero lecho. Entre las sabanas sedosas, un líquido caliente comenzaba a correr desde sus piernas, la elegante bata de dormir mostraba la humedad que de su cuerpo brotaba; el corazón, entonces, de sus pulsaciones súbitamente elevadas, deviene en languidez, habiéndose resistido al sueño extravagante, deviene en abatimiento hasta detenerse, sus latidos cesan y el cuerpo exangüe se aquieta, la orina de su majestad, el rey de la felicidad, como un rio alocado, en descarga de alivio corporal, se extiende sin pudor entre las mullidas sabanas de su lecho soberano. Su cuerpo desfallece por ansiedad quebrando su corazón. La mujer, sin comentárselo, cambió la pócima por otra, y también la hora de su ejecución.

En el sueño sus esposas lo toman de la mano y elevándose en el aire pudo ver su reino de flores, el verde de la hierba que tantas veces reprochaba, los campos extensos que se perdían de vista sobre todos los dominios de su reino afortunado. El cielo por donde volaba de la mano de todas sus consortes se fue haciendo oscuro y lleno de centellas, frente a una puerta de madera muy vieja que le crujían las cerraduras, lo dejaron sus mujeres que, apresuradas se fueron volando. Al abrir la puerta, una garganta de fuego, con una sombra mitad humana y mitad serpiente, lo recibe a modo de bienvenida. El rey asustado y sorprendido pregunta a esta figura dónde se encuentra, y ésta le responde: 
«Te encuentras en el Reino de los Inconformes. Este reino es de tormentos, que debiendo merecerlo por tu desagrado con la felicidad, sin embargo, no podrá ser éste lugar para ti. Tu nueva residencia queda al lado de este sitio, allí te recibirán con agrado para que sufras eternamente la felicidad en todo su esplendor»


Nota: Este relato fue publicado en el libro Una historia por descubrir, del mismo autor, editado por Editorial A todo calor en enero de 2016 y disponible en Amazon.com 



Edinson Martínez. Economista, escritor y radiodifusor. Autor de las novelas Vidas paralelas y Las horas perdidas.
Twitter e Instagram @emartz1 

Sobre «Las Horas Perdidas» de Edinson Martínez, reseña de Nayle Rodríguez.

«El pianista sin piano», un relato del economista, escritor y radiodifusor venezolano Edinson Martínez.


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