«Estaba en llamas cuando me acosté» un cuento de Alejo Tomas Ambrini

Un domingo por la tarde conocí a Ramiro. Camila me lo señaló como se señala a un culpable. Él llegó hacía nosotras con un skate bajo el brazo y una mueca graciosa en sus labios. Vestía unos pantalones anchos, unas zapatillas negras de marca Vans y una remera negra, gastada por los
años. Tenía algunas uñas pintadas de color negro, el pelo esponjoso y largo. Olía a cigarrillo. Desplolijo, insolente, llamativo, canchero. Excitante. Esa tarde nos reímos mucho. Nos sentamos delante del Cabildo, las luces que empezaban a encenderse y la brisa del atardecer iban de la mano.

Mis ojos, mi cuerpo, mi pensamiento no dejaron de observarlo un segundo, estaba fascinada, me parecía irresistible, me quedaría toda la noche a escucharlo. Me daba gracia todas y cada unas de sus palabras, su forma de mirar, de su forma de hablarnos, de fumar, de sus malas palabras, su tono socarrón hacía la vida. Me parecían lindos hasta sus expansores negros de sus oreja. Camila compartio un cigarrillo con él, yo dije que no. Nosotras tomábamos un Baggio, él una lata de cerveza y su fama, su aire, su esplendor lo hacían más apuesto. Esa cierta fascinación a la cuál fui testigo de que a medida que ocurrián las cosas y el tiempo, esto peor no se podía poner, pero sí, siempre se puede estar un poco peor.

Ramiro, con veinticuatro años, era todo lo que estaba bien. Tenía una manera destructiva de la vida, de que la culpa de todo es del resto y no es él. 

Aquella noche fue la primera vez que llamé a mis papás para que pasaran a buscarme un poco más tarde, ya eran casi las diez de la noche Y ellos ya habían salido de casa. Las horas habían pasado muy rápido. Le dije a Camila que ya nos teníamos que ir. No me escucho. Ramiro sí lo hizo y de paso me pregunto si tenía frio, sin que yo le conteste, se quitó el buzo y me lo ofrecio, le dije que no y que estaba bien así hasta que Camila lo agarro y se lo puso ella. Nos acompañó hasta la entrada de la basílica donde esperaban mis padres adentro del auto con las valizas encendidas. Nos saludamos.
Estaba emocionada, le pedí a Camila que se quedara a dormir. Y enseguida acepto. Ella no lo dudo, yo quería saber más de Ramiro. En el viaje, mamá nos preguntó cómo la habíamos pasado y que habiamos hecho, Camila contesto con una mentira, fue contundente: Recorrimos la basílica. Me guiño el ojo, apoyé la cabeza sobre su hombro para sentir el leve aroma a Ramiro que aún persitia en el buzo. Apenas llegamos, fui directo a mi dormitorio, por un momento me olvidé de que estaba Camila conmigo, daba igual, lo primero que hice fue tirarme en la cama a observar el techo, me saqué las zapatillas y pensé en él. Nos imagine tomados de la mano, caminando los dos, a los besos. 

Fui hundiendome día a día, viviamos aquí en la misma ciudad, bajo el mismo cielo. Esa noche y las siguientes lo dibujé dentro mío para que quede grabado, para no olvidarme de su cara, de su actitud. Lo que nunca percibí es que no nos iba a unir el amor sino el espanto. Me acostaba pensando en él, me despertaba cómo si lo hubiese soñado toda la noche y con un vigor que desconocía. 

Lo que nunca imagine aquel día fue el miedo que me tomara por completo...de no poder librarme de él.

Las señales son evidentes, escalonadas, van creciendo, pero se camuflan con amor. No es que no las ví, uno no quiere verlas, no las reconoce, las normaliza, ahí radica la diferencia. Llega un punto en que lo normal no es normal. Hasta que lo terrible comienza a descender como una lluvia fina que no moja al principio pero luego es más que una tormenta. Yo creía que no iba a vivir ninguna y abrace las causas para que nadie las vivieras.
Camila fue la primera en darse cuenta,me lo advirtió pero yo sabía que a ella también le gustaba él, siempre le ponía like a sus fotos, un día me enfrento y me dijo que tenga cuidado, ¿De qué? todo iba tan rápido que si me detenía lo perdía. Me sentía tan espléndida que por más que cualquier persona en el planeta me hubiesen prohíbido que lo viera, hubiese sido inútil. 
Es de él quién me interesa hablar, porque yo ya no tengo importancia.

Ese domingo arrancó tan bien, la tibieza de los rayos del sol golpeaban en mi piel, el suave torbellino de aire caliente me acariciaba y la alegría inclasificable de los domingos. Día tras día, que pasa estoy perdiendo el recuerdo de papá leyendo el diario, de mamá tomando mate con la radio de fondo y los ladridos de Fortunato. 
De las casas más antiguas que hay en la cuadra, mí casa era la más linda. Convencida que la puerta de Robles, era única, indestructible. La voy a recordar siempre con claridad porque fue la última puerta por la que salí, la última que cerré y cuando me despedía, a lo lejos, sentí un escalofrio nostálgico, ciertas ganas de quedarme, de aunque sea de haberle avisado a mamá que me iba.  

Ahora estoy en paz pero mamá no, la observo sentada en el sillón agrietado y sucio, con las persianas bajas, todo se ha vuelto oscuridad. Llora con mi foto en su pecho y grita, aprieta sus dientes con furia y no encuentra respuesta. 
Recuerdo mis ojos molestos y raros de tanto usar el celular, tratando de apagar sus llamadas, sin querer responder sus mensajes por Instagram ni sus WhatApps con ruegos desesperado de suicidio. Ahora sé que jamás lo haría, pero sí hizo todo por enloquecerme, molestarme y dejarme sin energias, abandonada a mi suerte, él jamás se hubiese lastimado a si mismo. Ese domingo fue solo. Camila y yo esperábamos apoyadas contra la pared del McDonald´s mientras espiabamos a los que entran a los cajeros automáticos, a los que rezan en la entrada de la basílica, a la gente mayor que toma café, a los cuidacoches, a los nenes que pasan caminando por los locales y quieren que les compren helados, de todo ese mundo, del ruido atravesado por el frenesi, del pueblo que por las tardes se vuelve ciudad, en todo ese torbellino de personas, fue cuándo Camila dijo: ¡Ahí viene!.

“Estaba en llamas cuando me acoste” fue uno de las primeras canciones que escuchamos juntos, y la noticia también fue sensacionalista. Mi caso retumbó fuerte en todos los medios. ¿Quién desconfiaría del bueno de Ramiro? 

Es solo tierra y está húmeda, mojada, blanda. Es marrón tirando a negra y no huele como recordaba. Acá abajo tiene otro gusto, otro olor cambia. Es muy pronto, ahora es lo que siento, por momentos me olvido que ya no tengo nariz pero mi olfato está intacto, no puedo tocar pero sí sentir, está fresco, me siento sumergida, ya no respiro. No estoy entera, todo se dio de una manera muy fugaz. Con dieciocho años por cumplir, me equivoqué, ya no tendré una segunda oportunidad. Mis pelos ya no sentirán el viento, mis oidos ninguna melodia alegre de Charly Garcia.


Alejo Tomas Ambrini, vive en Francisco Alvarez, Partido de Moreno, Provincia de Buenos Aires, Argentina.


Fotografía de Tegan Mierle (en Unsplash). Public domain.

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