"ÁngelDiabla", un relato de Adrián "fino" Sosa - Ella me paso el porro

Foto de Jenna Hamra

Llegue buscando a Alicia. Golpee la puerta descascarada de la casa ocupada esperando que ella me abriera, pero no. Me atendió Violeta, después de un rato me enteré que se llamaba así. Era rubia, delgada y con los ojos más azules que jamás había visto en mi vida. Tenía en brazos una bebé tan rubia como ella colgada de su pecho izquierdo que se alimentaba como si no hubiese mañana. La niña tenía cuatro meses, de eso también me enteré después. Apenas nos vimos a los ojos con Violeta supimos que algo iba a suceder.
Todo vibró. Por mi cuerpo corrió un temblor tan sutil y caliente como el fuego que estalló en los ojos de ella. Lo sentí de inmediato, ella también. Lo vi en sus labios cuando al despegarlos lentamente noté sus dientes blancos y hambrientos. Ya no pensé en Alicia, ni ella en Nicolás. Lo supimos en ese mismo instante. No puede evitar mirarle el pecho derecho descubierto, no puede evitar perderme en su piel blanca y suave. Ella no dejaba de mirarme con el deseo incrustado en sus ojos, soñaba con la boca semiabierta mientras esperaba que le hablara. Hola soy Dany, busco a Alicia. Ella no está ¿Querès pasar?  ¿No te molesto? Estás ocupada. No para nada, la beba termina de comer y se duerme, ya es la hora. Bueno entonces si no te molesto, paso y la espero. Pasá pero no sé si Ali va a volver hoy, cerrá la puerta que ya vengo, dijo dándome la espalda mostrándome su cabello enrulado y largo hasta la cintura. El caserón viejo tomado tenía un corredor largo con cuatro habitaciones de techos altos y puertas de madera despintadas con mil colores añejos capa sobre capa. Dos habitaciones a cada lado del pasillo, al fondo un baño y una cocina a medio destruir, y una puerta que daba a un fondo lleno de malezas y cosas amontonadas, era como galpón de nueve metros cuadrados al aire libre con un Jacarandá en el centro. El olor de la casa, hasta hacía poco tiempo abandonada, se batía a duelo entre humedad e inciensos con aroma a lavanda. Una neblina permanente dominaba todos los ambientes y arañaba los techos altos de madera vencida. Entrá en la segunda puerta de la izquierda, ese es el cuarto de Ali, escuche decir a Violeta. ¿Segura? ¿Está todo bien? Claro bobito si no, no te digo nada, Alicia ya me habló demasiado de vos, dale entra y sentate por ahí, yo ya voy. Entré a la habitación, reconocí las ropas de Alicia desparramadas sobre una silla, dentro un placard de puertas abiertas y torcidas, vi su equipó de música, algunos de sus discos, sus libros y fotos. Alicia estaba presente sin estarlo. Ella ahora vivía ahí. Me había dejado un mensaje en el contestador pidiéndome la visitara, que no demoraría  en dejar el país. Quería verme, despedirse. Dejarme para siempre. Se terminaban los jueguitos, las idas y vueltas, los deseos en manos de  borracheras y porros. Las manos dejarían de escribirnos la piel. Todo sin decirlo, claro, nos conocíamos demasiado. Por la ventana se colaba algo de luz que se transformaba en azul al atravesar la cortina liviana y vaporosa. El olor de Alicia le ganaba a la casa ocupada. Violeta llegó. Hola ¿Tenés algo para fumar? Tengo que aprovechar que Lunita se durmió y que Nicolás llevó a casa de los abuelos a nuestro otro hijo. ¿Dos hijos? ¡Pero sos re-joven!, dije sintiéndome inmediatamente un pelotudo de primera división. Mientras buscaba a toda velocidad en mi cadena de neuronas alguna forma de arreglar la cagada que salió de mi boca. Ella sonrió y me miró con cara de poder perdonarme eso y muchas estupideces más. Son cosas que pasan, dijo acercándose al sillón que estaba junto al equipo de audio. ¿Pongo música? ¿Imagino que esto te gusta? dijo mostrándome la tapa de “The turn of Friendly Card” de Alan Parsons. Claro que si, dije mientras me acomodaba sobre un almohadón en el piso, debajo de la ventana.

¿Tenés o no  para fumar? Tengo, pero seguro nos va a dar sed ¿hay algo para tomar? Solo agua fría. ¿Donde hay un súper cerca para comprar una cerveza, si no te jode claro? Acá a la vuelta hay uno abierto. Dale, voy hasta ahí, dije. Me levanté, estire mi mano para dejarle una bolsita con un poco de maconha y las hojillas. Armá uno mientras voy hasta ahí. Apenas rocé su mano, una descarga eléctrica nos recorrió y nos hizo separar las manos en un desesperado impulso protector. Era real, todo era real, no era un sueño. Nos miramos a los ojos, me ahogué en su mar. Nos besamos sin pensarlo, nos dejamos llevar. Sus labios eran dulces y tibios, su lengua buscó todos mis secretos y mis dudas. La apreté contra mí, la abrace hasta sentir sus pechos cargados de leche incrustándose en mis costillas al rojo vivo. Nunca supe cuanto duró ese letargo. La separé de mí por vergüenza, estaba tan excitado que temí perderme en la sentencia. Voy por esa cerveza, dije buscando la salida escondiendo mi secreto que ella ya conocía. El aire de la calle estaba pesado, el sol caía como plomo sobre la vereda de árboles insuficientes. Regresé con tres cervezas heladas. En la habitación de Alicia sonaba “Time” y el olor del porro encendido vengaba todas las batallas perdidas por los inciensos. Destapé una cerveza, me senté junto a Violeta en el suelo sobre los almohadones que ella había reacomodado en la pared enfrentada a los parlantes. Ella me paso el porro y antes de fumar le di un trago largo a la botella. Sin decir nada, ella recostó su cabeza en mi hombro, pase mi brazo por detrás de su cabeza sin soltar la botella, mientras con la otra mano me llevaba el cuete a los labios.

Estuvimos pegados uno al otro hasta que terminó el lado A del disco, mientras fumábamos y vaciábamos la primera botella. El resto de la casa dormía el sueño de una angelita en el cuarto de Violeta. Con más pereza que ganas me levante para girar el disco. Volví hacia Violeta y me arrodille ante ella, apoye mi pecho en sus rodillas recogidas, estiré las manos y la acaricié suave y lento como para aprender las líneas de su cara y el contorno de sus ojos de una sola vez. Ella suspiró, separó sus rodillas y nos metimos en el entrevero de la ropa y la carne sin medir ni pensar las consecuencias. Ciegos. Perdidos. Drogados de placer y misterios por descubrir. Rodando sobre el piso y envueltos en el calor de la piel, gozamos en el cielo alucinado de una primera vez. Apenas pudimos respirar la bebe comenzó a llorar. A Violeta se le escapó un suspiro inmenso y pesado como una huella en la nieve. El frío de la realidad la traía de los pelos al planeta tierra. Ya vengo, dijo recogiendo una remera con la que apenas cubrió su cuerpo. Yo quedé mirando el techo mientras la púa llegaba al final del último surco con un “srhk-srhk” asesino. Destapé otra cerveza y me arrodille frente a los discos apilados en el suelo buscando otra música para escuchar. Violeta volvió con la bebé en brazos. Vestite que en cualquier momento viene el padre, dijo en un susurro frágil y triste al tiempo que besaba a su niña en la frente. Busqué mis ropas desparramadas en el suelo. Me vestí sin apuro ni convencimiento. No me importaba mucho nada. Estaba dispuesto a enfrentar cualquier tormenta con la potencia demente que regalan las locuras. Voy a bañarla y cambiarla ¿Esperas? Hasta que me digas que me vaya dije. Saqué “Love” de The Cult de la pila de discos, lo puse a girar, baje el volumen y terminé la segunda botella. Escuche la puerta de calle abriéndose. Vi pasar la figura desgarbada de un hombre, luego vi asomar su cara en  la puerta semiabierta del cuarto de Alicia.


¿Hola? Hola ¿Como va? Soy Dany amigo de Alicia, le dije a la cara asombrada que me miraba como a un fantasma. ¡Ah! Yo Nico, dijo mientras su mente buscaba, restaba, multiplicaba y conjugaba sin sacarme los ojos de encima. Se fue de la puerta sin decir nada más. El disco seguía girando, abrí la tercera botella y me puse a armar otro porro. Entre los acordes de Billy, el humo y la voz implacable de Astbury, muy bajo y a lo lejos escuchaba sus voces en alguna de las habitaciones del fondo. Luego silencio, luego otra vez voces en una montaña rusa de tonos y restos de palabras entrecortadas. Antes de terminar la botella y el disco, entraron al cuarto. El tenía a la beba en brazos. Ella vestida y arreglada multiplicaba hasta el infinito su hermosura. Ángel y Diabla. Brillaba. ¿Seguís con hambre? me preguntó a quemarropa. Claro, el cuete este me dejó famélico. Nicolás miraba al tiempo que se movía con la beba hacia arriba y abajo en una especie de arrullo nervioso y descreído. Bueno dale que te acompaño a comprarte comida, antes que venga Ali, así la esperas tranquilo mintió. ¿Vas a ir con él? Decile donde queda el bar y que vaya solo, ordenó sin levantar la voz. Voy con él, venimos enseguida, yo también necesito tomar aire, dijo Violeta haciéndome una seña con la cabeza marcando la salida. Sin dejar la botella ni el porro, salí tras sus pasos sin decir palabra. Salimos a la calle. Era de noche y la luz de la luna llenaba todos los espacios que antes se había comido el sol. Doblamos en la primera esquina, caminando en silencio. Ella estiró su mano buscando la mía. Sentí su calor, su deseo, su terror. Me pidió una pitada, después la botella. Luego de algunas cuadras al ver un bar abierto preguntó ¿Podes comprar otra cerveza? Yo no tengo un mango. Claro, todo bien. Compré y seguimos caminado otra cuadra hasta encontrar una plaza rodeada de árboles y estrellas. Nos sentamos en un banco medio destruido, como la casa que Alicia y Violeta ocupaban. ¿Me podes besar como lo hiciste hoy? me pregunto con los ojos azules tapados de niebla. La besé intentando ser la solución a todo el dolor que se escapaba por sus poros. Otra vez el fuego, otra vez las ansias y los espasmos desesperados de dos cuerpos al rojo vivo incendiándose en los rincones más oscuros y ocultos de la plaza. Yo arriba. Yo detrás. Ella sobre, ella dentro, ella en el espacio sideral descolgando luceros y susurrándole quién sabe que plegarias a todas las constelaciones. Ella, yo. Yo, ella. Ella. Hermosa, implacable y desesperada electrocutándolo todo a cien metros a la redonda. Ella sed, tsunami y alud sobre mi cuerpo clavado de espaldas a la tierra reseca de una plaza de mierda. Tres horas después desandamos el camino, resecos, mudos y abrazados rumbo hacia el caserón húmedo de lavanda contaminada. Desde la esquina lo vimos parado en la vereda acunando al angelito dormido. Nos acercamos. ¿Respiraste? le preguntó a Violeta quien le sacó a la bebe de los brazos y se perdió tras la puerta descascarada. Y vos ¿comiste? me pregunto desafiante a la espera una señal para disparar en un duelo. Los miré sin separar los labios. Pasé a su lado y sin tocarlo lo aplasté con el poder que alguna vez había sido suyo. Seguí mi camino. Me pareció oírlo llorar.




Adrián "fino" Sosa, autor uruguayo residente de Montevideo, apasionado por la lectura, la música y la escritura. Durante los años 80, lideró y produjo varias revistas independientes como "Atrás de todo," "Culos de botellas," y "Perro Andaluz," dedicadas a la difusión de poesía, dibujos, arte callejero y música. En esa época, estas publicaciones eran el pulso latente detrás de la supuesta inactividad. Además, creó artesanalmente obras como "El Grito," "Lobos en la Buhardilla," "Lo que quedó allá arriba," y "Cuadernos Mojados." En la actualidad, es miembro del taller de creación literaria "La Tribu," dirigido por Alberto Gallo, escritor y periodista cultural. Participa activamente en la revista literaria digital "La Atemporal" y ha coescrito el libro de relatos "El Gen de la Bestia." Cooltivarte-PerfilLuces de city. Libro: El gen de la bestia.

Correo electrónico: fino38@montevideo.com.uy


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Foto de Jenna Hamra: pexels-public domain.



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