«La noche del Lobo», un texto perteneciente al libro «Hijos de Abril» de Fino Sosa

La carga demoledora de una canción rebotaba y rebotaba sobre su mente entrenada. El Lobo enjaulado estaba a punto de explotar. Lo sabía. Aguantó la respiración todo lo que pudo, luego exhaló buscando purificar algo de la sangre espesa que corría por sus venas apretadas a fórceps contra la carne. Un vacío insoportable se acomodaba en su pecho al tiempo que los cambios robóticos de las luces marcaban sus ojos con diferentes tonos de rojo. La saliva blanca y espumosa, comenzó a escapársele de su boca dura, empedrada. Siempre lo mismo, siempre igual, las caricias nunca eran suficientes y ella dormía desnuda sobre la cama empapada. Frágil, envuelta en nubes de sueños, ella esperaba sin saberlo el amanecer. El aullido del Lobo se escapó por las grietas del cuarto buscando los oídos de siempre, los de la noche, los de los flojos de sueño y de amor, al fin de cuentas el cielo estaba preparado con una hermosa luna llena colgándole del vientre. Se llevó el vaso a la boca y las pastillas a la cabeza, abrió la ventana, miró el paisaje desolado de la calle y decidió que debía salir a caminar. En silencio cerró la puerta de la habitación intentando no despertarla. Bajó las escaleras y se hundió en la noche. Lo cansaron las luces, el olvido y las puertas erradas sin candado. Ahora daba un paso tras otro, agitado por el cansancio, por la pena y sentía los rasguños de la brisa desgarrando su piel ajada. Un paso tras otro, buscaba el retorno a la paz del vientre, a un nirvana. No ver, no saber, no pertenecer, solo estar y ser un ser dentro de su propio ser. Sabía que pensar eso que pensaba podía sonar a discurso vacío, a soledad de palabras sumadas, pero no encontraba otras, era así, un lobo persiguiendo su propia cola. Estaba en ese momento de la película donde el actor, lindo, o feo llegado el caso, entra en el nudo de la trama, donde, al borde del dolor, llora y se desbarranca. Ese segundo preciso donde se hace la luz, donde nace la vuelta redentora luego de pagar la culpa por alguna traición. Ahí, cerca de la paz y de la reconciliación con la actriz, siempre bella, y la casa con jardín, y la cerca blanca y el final feliz. 

Esa era su foto, su momento congelado en un rectángulo de cartón. Pero de películas y esperanzas también estaba cansado. Estaba enfrentado a centenares de relojes que lloraban desincronizados tic–tac y lo atravesaban como un mal recuerdo, como un mal presentimiento. Llegó a una esquina y se quedó parado, estático, con la boca abierta, babeando, rodeado de números, agujas, segunderos y minuteros que marcaban el destiempo de horas irreales. Solo podía llorar e imaginar que tal vez lograría sobrevivir algunos instantes más, antes de explotar y de que todo volviese a comenzar sobre su sueño incesante, ese sueño que no tiene fin ni puede acabarse. Después de todo en un mundo saturado por el veneno del engaño: ¿Quién sale con la mirada dura dispuesto a arrasarlo todo? ¿Quién termina con la estupidez, la ignorancia, la soberbia y el paso anodino del tiempo?
El estaba ahí, en una esquina, congelado, mientras allá, en la cueva, en otra escena de su película, ella desnuda, gruñendo y envuelta en raso, se desperezaba.






Adrián "fino" Sosa. Montevideano. Lector, melómano, "escribidor". Durante los años 80, coordinó y edito diversas revistas alternativas en forma independiente (Atrás de todo, Culos de botellas, Perro Andaluz) que divulgaban poesía, dibujos, arte callejero y música: el nervio latente bajo la aparente inactividad de esos años. Publicó de forma artesanal "El Grito", "Lobos en la Buhardilla", "Lo que quedó allá arriba " y " Cuadernos Mojados". Actualmente participa en el taller de creación literaria "La Tribu" que dirige y coordina Alberto Gallo, escritor y periodista cultural. Colabora en la revista literaria digital "La Atemporal". Ha publicado en coautoría el libro de relatos “El Gen de la Bestia.
Correo electrónico: fino38@montevideo.com.uy    


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