«Ludwig Van», un relato de Adrián Sosa


No podía descansar, tenía tormentas en el alma. Daba vueltas en la cama sin pensar en el cuerpo que sollozaba a su lado. Una lluvia de palabras inconexas, giraban en su mente, al tiempo que daba manotazos esporádicos en la oscuridad del cuarto. La reja del miedo era  y eso lo volvía loco. Fue con la explosión cerca de su oído, que sus pensamientos se desvanecieron. Sólo un salto al vacío podía acomodarle los nervios. Abrió la ventana para respirar, no estaba dispuesto a morir y eso lo tenía claro, saltar no era una alternativa. El cielo estaba gris, la calle mojada. En su cabeza aún retumbaba el sonido del disparo. Fue un casi. Hasta su nariz llegó el olor a pólvora y se sintió limpio.
Ella estaba parada a su lado, con el revolver flotándole entre las manos. Quién sabe que locura la arrebató de la espera y decidió reclamarle atención con la desesperada alarma de un tiro. El quedó unos minutos mirándola y recordó lo que era caminar sin sentirse sospechoso, caminar sin sentir paranoia. Paz, sintió un poco de paz. Se levantó de la cama y no le dijo nada, ni siquiera la miró mientras se vestía. Salió a caminar por la noche descargando miradas furtivas sobre todo lo que se movía. Estaba cansado de perder las cosas más simples, las que el dinero no puede comprar o las que pierden valor apenas se pagan. En la cintura cargaba un peso muerto que ya no deseaba cargar. De eso también estaba seguro. Era una caricatura de si mismo, no existía, no sangraba. Vio el cartel luminoso del cine, leyó el título de la película que se proyectaba en continuado, sonrió y se decidió a entrar. El cine estaba casi vacío, eligió el asiento más apartado. Desde la pantalla, Alex, un loco vestido de blanco, cantaba, bailaba y pateaba a un anciano amordazado en el suelo. 

La continuidad de escenas violentas lo mantuvieron atornillado a la butaca, sin la posibilidad de sacar la vista de la película. Dejó el cine en la escena en la que Alex saborea su venganza en un hospital, cuando mastica con desparpajo la comida que le dan en la boca. Salió con la cabeza gacha. Escuchó gritos. Ella lo estaba señalando y los policías le apuntaban con sus armas, estaba rodeado. Finalmente, su cara quedó contra el piso, las manos en la espalda y el metal helado apretándole las muñecas. Sintió los golpes en las costillas, pero sólo veía sombras moviéndose en la oscuridad. No le quedó tiempo ni fantasía para el ritual de sentirse arrepentido. Y como en la película, la quinta sinfonía de Ludwig Van Beethoven, comenzó a recorrerle el cerebro, a alterarlo, a modificarlo. Sólo deseaba alejarse del dolor. Era una estrella que se apagaba cayendo desde el cielo. Era un flujo imperfecto, una frecuencia sin alma, sin señal. 

 





Adrián "fino" Sosa. Montevideano. Lector, melómano, "escribidor". Durante los años 80, coordinó y edito diversas revistas alternativas en forma independiente (Atrás de todo, Culos de botellas, Perro Andaluz) que divulgaban poesía, dibujos, arte callejero y música: el nervio latente bajo la aparente inactividad de esos años. Publicó de forma artesanal "El Grito", "Lobos en la Buhardilla", "Lo que quedó allá arriba " y " Cuadernos Mojados". Actualmente participa en el taller de creación literaria "La Tribu" que dirige y coordina Alberto Gallo, escritor y periodista cultural. Colabora en la revista literaria digital "La Atemporal". Ha publicado en coautoría el libro de relatos “El Gen de la Bestia.
Correo electrónico: fino38@montevideo.com.uy    
Lleva adelante el blog: Luces de la city.  


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