Desde Sevilla: «Niños sin corazón», un relato de David Crauley

Eran tíos extraños; al atardecer se sentaban en una silla eléctrica y esperaban que sucediera, pero la electricidad no corría y la muerte pasaba de largo, no se fiaba de los tíos que se sentaban al atardecer en una silla eléctrica a esperar que todo dejara de doler más de lo que dolían mil voltios de golpe sin vuelta atrás: nunca más volvería a doler, creían aquellos condenados. Podía ser, hasta podía ser que, justo en el momento de no volver atrás, cuando mil chispas les empujaran hacía adelante o hacia afuera de las heridas, los colores del arcoíris se solidificaran como gemas preciosas en el cielo carmesí de los extraños soñadores del éxtasis eléctrico, pero ya no habría vuelta atrás, los colores también morían, sobre todo los colores del éxtasis. 

Esos envejecían antes, mucho antes de que pudieran correrse dentro de sus heridas rosadas de plata y electricidad mojada, mucho antes de que supieran el nombre de cada color y cual brillaba más y cual le robarían a Dios si les crucificara a ellos en la Cruz. Cada color tenía una muerte blanca mucho antes de que se apagaran las luces de la habitación y todos los conejos blancos les gritaran que esta vez, solo esta vez, querían llegar tarde, tan tarde que doliera toda la primavera. No era una muerte trágica, era una muerte sin más, como una novia ataviada en su tumba que no conmovía a nadie, no había la menor tragedia.

Todas aquellas púas negras arremetiendo contra el cielo les daban esperanza y cuanto más caían en el abismo, más cerca estaba el cielo y, después, un jardín y, después, una serpiente que reía su nombre burlonamente del revés a 44 rpm porque no tenía ni bien ni mal para ellos, ni siquiera Conocimiento, ni siquiera entendimiento de para qué coño servía un árbol pudiendo hacerse uno con una dosis o corromper un juez a su favor, o hacerse un gran bien limpiándose el culo con cuarenta millones de votos sin que nadie se lo tomara a mal.

La serpiente se reía y reía mientras ellos morían a sus pies en blanco y rosa con todos sus pecados en la tumba como dádivas imprescindibles para su próxima vida. Tal vez fuera mañana al atardecer, tal vez, fuera ya mismo, en cuanto se encendiesen de nuevos las luces y ellos supiesen, en el interior de sus cabezas, a 44 rpm, que si no se reían era porque no sabían hacerlo bien: todo el mal ya estaba hecho desde hacía mucho tiempo atrás, ¿quién sabía reír? Ya nadie sabía hacerlo bien y, ellos, menos que nadie. Ahora solo les quedaba aguardar un profeta de la risa, que Buda o Adolf Hitler volvieran sobre sus pasos para entregarles una fórmula y una bayoneta calada porque la vida era, otra vez, sufrimiento y alguien tenía que enseñarles honestamente el camino al frente con una sonrisa en los labios o, de lo contrario, la muerte sería blanca como una virgen sin el menor rastro de tragedia y heroísmo, pero llena de deseo.

Algunos se enamoraban sentados en su silla, mirando la pantalla del atardecer con los ojos estáticos en la caída de los pájaros. Estos eran los más extraños de todos, no sabían asesinar, se conformaban con amar. De un día para el otro se deshacían de todos sus cuchillos, limpiaban el suelo, quitaban las telarañas, hacían gárgaras, se peinaban a la moda e intentaban olvidar que simplemente no sabían asesinar, se conformaban con hacerles una pequeña herida cada día en las manos de sus amadas, día tras día, hasta desangrarlas. Un día se los veía entrar en una asamblea de los Testigos de Jehová, llevándose del videoclub cintas que enseñaban a uno mismo toda clase de métodos para desparasitarse o vistiendo el traje austero de un enterrador, ¿a quién pretendían engañar?, sabíamos bien que solo lo hacían porque no sabían asesinar, ahora se conformaban con el mero hedor maquillado de la muerte. Y, así, dejaban de convertirse en tíos extraños para convertirse en muebles extraños; sillas eléctrica que no estaban conectadas a la corriente, sillas eléctricas que no asustaban, sillas eléctricas sin palanca, sillas eléctricas que no ejecutaban. Ahora se conformaban con armar puzles de diez mil piezas sin comprender que la Capilla Sixtina se pintó en una bóveda para que todos, alguna vez, pudieran levantar la cabeza sin tener que encajar en su sitio diez mil pequeñas piezas de cartón casi iguales. Sí, eran extraños estos tíos, se conformaban.

I can´t get no satisfaction, repetían casi todos ellos en la silla, ¿querrían decir algo que todos sabíamos y los doctores no aprendían? Algunos decían que era una canción, pero era mentira: era la leche agria de la teta de sus madres; eran las oraciones de los muertos que, allá afuera, vivían una vida larga y productiva; eran las rubias del televisor que se mojaban las bragas cuando una niña se tiraba por la ventana cansada de volar sola en su habitación; eran todos los escaparates alumbrados en medio del camino sin retorno a la cámara de gas hipotecada; eran los tiovivos, en el centro de Auschwitz, atrayendo a los niños del extrarradio a trazar círculos sobre un caballo de plástico que no subía, que no colocaba, que ni siquiera giraba, pero que cobraba el viaje. Era todo esto y muchas mentiras más que ya solo constaban en polvorientas tablas de arcilla de magos y astrólogos caldeos de otra era que, un día ya lejano, vieron todo aquello en sus viajes alucinados y, después, ya nunca más volvieron a enseñar a los hombres el arte de las estrellas porque nadie debería saber que un día, uno no muy lejano, las noches brillarían intensamente sin una sola de ellas desnuda en el cielo, pero brillarían como los focos de un campo de concentración o algo que solo un mago negro podría llegar a concebir.

¿Satisfacción? ¿Placer? ¿Quién coño había bebido tanto como para olvidar que nunca tenía suficiente de lo que fuera? Y no tener lo suficiente era casi lo mismo que no tener nada en absoluto, una sensación muy parecida, una nada después de un paso en falso en el vacío; todos caían, nadie volaba, era solo una sensación muy parecida, pero eso no era suficiente, era caer y nada más que eso. Tener una bala en el revolver les hacía fuertes, pero hacían falta al menos tres disparos para empezar una guerra y otros tres para terminarla. Una bala no era suficiente, pero el arma estaba cargada y ese era el problema.

Nadie dejaba de apuntar a lo que fuera creyendo que hasta las putas también eran hadas si se las encontraban en un jardín de madrugada, pero, en el fondo, todos sabían que las hadas no iban a ninguna guerra, podían dispararles todo lo que pudieran y ellas seguirían siendo un cuento, ni siquiera tres balas de más desharían el hechizo. No habrá guerra ni paz, esta noche, otra vez, se lamentaban los pobres diablos guiándose como posesos, en los tugurios, por el olor a laca que emanaba de todas ellas que no solían fiarse de quienes iban por ahí con una arma, menos aún de quienes iban por ahí con una arma cargada con una única bala que nunca se disparaba. 

¿Serán todos unos cobardes? ¿Qué clase de guerra ni se empieza ni se termina nunca? ¿Qué clase de hombres ni empiezan ni terminan nunca? Se preguntaban ellas, cuando les veían alardear de ser duros veteranos de una guerra que nunca se empezaría ni se terminaría, porque una maldita bala no les daba suficiente valor como para dejarse matar por tan poca cosa como un rato a solas en sus cabezas, sin movidas ni sacudidas, sin ratas alienadas que no daban con la salida a una guerra que ni siquiera habían empezado, pero en la que estaban atrapadas sin retorno y sin valor para disparar una maldita bala que ni siquiera era suficiente porque nadie estaba a solas en su cabeza. Allí dentro había mucha gente, demasiada gente, esperando su turno para enseñar una nueva moda, una nueva aspiradora, una nueva yoga solo revelada a los más ilustres ascetas de la cultura pop que florecía espontáneamente 24 horas al día en cualquier retiro del televisor donde, maestros y entretenidos saltamontes, les enseñaban que era una tontería dejarse matar por tan poca cosa como un rato a solas en sus cabezas. Compra un poco de esto y poco de lo otro, sé feliz y no dispares a quien te hace feliz, sonríe, es la yoga de la nueva era, una puta no es tu aliada, un ligue en una trinchera no es una guerra ganada, sé puro y limpio, una bala sola nunca te dará la razón. Dios ya no ama a quien apuntan sin tener la razón, Dios tenía un arma, ahora compra velas aromáticas y pizzas precocinadas. ¿Quién te hizo creer que bastaba con empuñar un arma en esta tierra encantada? ¿Quién te hizo creer que alguna vez te daremos la razón? OM, cocina tus velas, huele las pizas, sueña con Barbie, odia a un comunista, odia a un maricón, odia a quienes no tienen la razón, no les des la razón aunque empuñen un arma cargada. Todo es maya, todo es ilusión, sé uno con el Todo contra todos, olvida todo lo que no puedas comprar, vender, producir, hipotecar o reemplazar. ¡El Gran Yogi te ama! ¿Placer? ¿Satisfacción? Es tan fácil como elegir una canción o un regalo de aniversario para tu mamá. El mundo es un escaparate, compra, vende, es tan fácil como olvidar quien tiene la razón. Es tan fácil que aún no comprendemos como vas por ahí sin tener la razón, no lo comprendemos, pero, del mismo modo, algún día te alistaremos para la Tercera Guerra Mundial o una gran promoción: es tan fácil como elegir una canción.
Cause I try, and I try, and I try, and I try… Niños tontos, niños cobardes, niños sin electricidad ni corazón ¿quién demonios les había enseñado la única canción que no querían bailar? ¿Quién demonios sabía en qué maldades pensaban cuando mamá y papá ordenaban la vajilla justo a tiempo de que empezara una nueva función en el televisor donde celebridades, gurús y apóstoles rompían toda la vajilla frívolamente por capricho haciendo a todos soñar en sus casas que ellos, el décimo cuarto apóstol, algún día, también se atreverían a romper la vajilla frívolamente por capricho ante la tumba de Cristo? Fuera lo que fuera lo que tramaran, siempre se les veía intentándolo insistentemente como condenadas moscas sobre la carroña, sobre la miel tras los escaparates, sobre el vientre de una Virgen no anunciada y ya olvidada, prohibida y hasta excomulgada por libertina, por guarra, por drogadicta, por intentarlo demasiadas veces y merodear la carroña en vano; la de adentro y la de afuera, la que salía expulsada por todos los orificios sangrantes del cuerpo y la que la penetraba, la que la horadaba por dentro, royéndolo los huesos, sacándole los ojos para que nunca más tuviera que ser consciente del vacuo plástico de los pétalos de las rosas que no sabían mentir; eran el fantasma artificial de un jardín que solo existía en la imaginación de quienes estaban dispuestos a creer. Después de eso, sin duda, el fantasma de una flor era preferible a las espinas de verdad de las rosas de verdad, se decían los creyentes.
Quienes creían, no lo intentaban; quienes lo intentaban, no creían. Yo no sabía si se odiaban unos a los otros, pero sí sabía que no se amaban… alguien tenía la razón y no era ninguno de ellos. Yo sabía que algún día, si se lo permitían, se matarían entre ellos sin saber muy bien por qué. Matar lo que ni se odiaba ni se amaba tampoco producía ninguna satisfacción, pero unos tenían que creer y los otros tenían que intentarlo.

Intentarlo una y otra vez antes de empezar a creer que cualquier flor que no se marchitase era un jardín donde los sueños tampoco morían. Intentarlo, incluso en la silla eléctrica, con los ojos puestos en el atardecer que, de poder ser arrancado del cielo con las dos manos, no sería suficiente para llenar el vacío que llenaba sus pechos, extendiéndose, ahondándose como una tumba que no se conformaba con un cuerpo, además requería los cuerpos de sus amantes, de sus madres, de sus vecinos, de las calles y avenidas de hormigón, de las flores de plástico y de las reales, de las estrellas en el firmamento y de los ángeles impúdicos del VHS.
 
Era imperativo llenarse de cadáveres, decir cada día las oraciones fúnebres, practicar debidamente los rituales, celebrar las exequias con desenfreno o solo serían muertos que nunca alcanzarían la otra orilla, tumbas vacías, pero encantadas. No recuerdo exactamente de qué color eran los sueños de los condenados en sus sillas, pero sí recuerdo que la muerte era blanca, la muerte era extraña como lo eran aquellos tíos sin corazón ni electricidad.






DAVID CRAULEY. Autor nacido en Sevilla (España) en la primavera del año 1976. Residente en Sevilla. Licenciado en Ciencias Políticas. Diseñador Gráfico de profesión en la actualidad. Ha publicado recientemente su primer conjunto de relatos cortos bajo el título En Guerra con la Realidad. 

TWITTER: @DCrauley

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