Desde Sevilla: «Alas», un relato de David Crauley

El mundo podría ser mil cosas distintas, pero sin embargo es una sola; es lo que tienes delante y no puedes hacer nada para cambiarlo. Sueña que vas más rápido, sueña que eres más fuerte, sueña con todos los ángeles, y después sueña con ella; al final, incluso si el jodido mundo deja de girar, soñarás que estás dentro de ella y todo será mucho mejor.
No lo creerás, dirás que es imposible, dirás que eso jamás pudo suceder; pero anoche me crecieron alas. Aquello era nuevo para mí, no sabía qué hacer ni qué pensar, pero eso no cambiaba nada: tenía alas y, aunque no te lo creas, hablaban. “Venga, ¿a qué esperas? ¡Ahora a volar!”, dijeron ambas. Yo nunca había volado, ni siquiera había soñado alguna vez que volaba porque volar no es propio de los hombres, sino de los pétalos de las flores y de los lobos esteparios, pero lo hice bastante bien, tal vez incluso, mejor que bien. Te puedo asegurar que el cielo visto desde el cielo no es tan extenso ni tan misterioso, es sólo la otra mitad del mundo. Y la otra mitad del mundo, amigo mío, es la otra mitad de sus lechos que, quieras o no, sí tienen montones de misterios entre sus tacones y sus melenas torcidas por el viento. ¿Siempre fueron así o simplemente tú y yo no somos gran cosa?
La otra mitad de sus lechos, la otra mitad del cielo se me hizo muy pequeño, pero más necesario que nunca. Volé en sus almohadas con el sol a mis espaldas y todas las lunas de sus sueños cerca del pecho. Fui un pájaro feliz, la clase de pájaro que se prometió no volver a tocar el suelo sin antes llevarse de sus labios tres o cuatro de sus secretos que podrían muy bien tumbar religiones milenarias porque jamás ningún santo supo a qué huelen sus vientres cuando cierran sus ojos y ellas suspiran bosques enteros.
Jamás ningún santo estuvo allí; en el alma del mundo, en las pupilas de Dios, en la Carne que es el Verbo y, por ello, ningún santo tiene nada de valor que enseñarle a un hombre que vuela por la otra mitad de los contornos de la piel errante del viento que, a veces, es una marea y, después, un cántico y, al final, nada que puedas atrapar con tus manos: como los rayos dorados del sol, se va a reinar en lo alto de montañas vespertinas desnuda y llena de secretos.
Volé, no como lo hacen los pájaros o los ángeles, sino como lo hacen los hombres que, alguna vez, dejan de ser hombres para ser criaturas del aire y del capricho, del cielo y de todas sus melancolías que son, en el fondo, las dichas de las criaturas que anidan en lo alto del mundo, justo debajo de tus sueños que si dejas que, a su vez, sueñen contigo te harán más real que la palabra de un Dios de fuego y pecado que verdaderamente nunca quiso decir nada en absoluto. 
Después de todo, no son Revelaciones lo que necesita el alma, sino alas que cubran la faz de la tierra. Alas: éste es todo el misterio que puedes extraer de la tierra para después elevarte a lo más alto, donde nada es demasiado extenso y real, demasiado del ayer y del mañana, sino de este preciso instante que es todo el tiempo que necesitas para volar una y otra vez en torno al final de todo lo que una vez fue: fin que ya ha sido fuera del ayer y fuera del mañana que no es la ley que rige los que alguna vez hemos volado, sino la sentencia mortal de los que se despiertan cada mañana ajenos a las alas que pudieran crecerles, ajenos al fin en el que ya se hallan.
Querrás saber en qué meditaba mientras extendía mis alas y el cielo entero, rojo y amarillo me llamaba por mi nombre. Querrás saber si, pese a tener alas, seguía siendo un hombre como tú. No sabría qué decirte, no sabría por dónde empezar, ni dónde terminar, no sabría que voz articular ni que palabras emplear para hacerte comprender que, una vez situado allá arriba, el hombre de abajo no es la clase de hombre cuyos secretos tus desees conocer.
Hay cosas que solo se pueden decir del revés y hay hombres que solo pueden serlo desandando el camino de todos los demás y, todo esto, tú que hablas rectamente y avanzas en pos de la vida, no podrías comprenderlo sin estremecerte; ni siquiera Dios interroga a los pájaros, ni siquiera Dios sabe muy bien qué demonios sucede allá arriba cuando un hombre de abajo emprende el vuelo en lo alto de este mundo que gira sobre sí mismo como un abismo que niega el canto de los pájaros, ¿o es el canto de los hombres que anidaron en el corazón de los pájaros? 
Vi cosas y fui cosas y deseé ser otras tantas cosas que no podrían contenerse en tu fantasía poblada de horas y giros, de memorias y mundos que son de este mundo. Lo que vi, lo que fui, lo que deseé fue tan verdadero como la simple arena que se escurre por entre los dedos menudos de un niño que al jugar conoce, en algún lugar de su mente infantil, que la fina arena es la sangre de los sueños que sangran al ser soñados al otro lado del mundo que duerme. 
Yo volé, pero de todo ello no compartiré gran cosa contigo, no podría atreverme a perturbar de ese modo tus propios sueños, tus propias alas que, quieras o no quieras, algún día te arrancarán de la tierra para hacerte hijo de los caídos. Creerás que algo terrible ha adoptado tu forma, creerás haber muerto y que toda tu vida no fue sino un largo viaje sin regreso hacia ninguna parte. 
Dudarás de lo real y no comprenderás en absoluto por qué Dios nunca fue Dios, sino un simple hombre lleno de dudas, temores y pecados mucho más sabios y elevados que los tuyos, eso sí. Verás, amigo mío; lo real, lo que sientes que es real, lo que piensas que es real sólo existe en tu mente y en ninguna otra parte. En cuanto a Dios, jamás se ha tomado muy en serio lo que alguna vez ha pensado que es real, no podría hacerlo sin hacerse también Él un hombre tan real, tan equivocado como tú. 
Por ello, Él sonríe cuando tú vuelas en torno a los astros y las ventanas de las amantes de los pájaros que no son pájaros, sino corazones latientes entre sus muslos que van allí a morir muy despacio, palpitando muy despacio sabiendo que toda la vida nunca fue más verdadera, ni más real que uno solo de sus suspiros. Por ello morir allí es empezar a vivir, pero sólo lo justo y lo necesario para olvidar todo lo aprendido y llegar a comprender que nada es, habiendo sido todo lo posible tiempo atrás en la fragancia de sus vientres donde sigue siendo y será por siempre jamás hasta que el último hombre vuele… viva.





DAVID CRAULEY. Nacido en Sevilla (España) en la primavera del año 1976. Residente en Sevilla. Licenciado en Ciencias Políticas. Diseñador Gráfico de profesión en la actualidad. Melómano extraordinario. Devoto de J.G. Ballard, Edgar Allan Poe y Henry Miller.

rogercrauley@gmail.com

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