'El misterio', relato de Léonidas Nicolaievich Andréiev

Experimenté una inmensa alegría. Yo era un estudiante pobre, sin un cópec en el bolsillo —había gastado los últimos en un anuncio solicitando un empleo—. Y tuve la suerte de encontrar un magnífico trabajo.

  Una nublada mañana de finales de octubre recibí una carta en la cual se me invitaba a presentarme en el Hotel de Francia, situado en la calle de la Marina. Hora y media más tarde y cuando la lluvia, que empezó a

caer poco antes de que la carta llegara a mis manos, no había cesado aún, disponía de un empleo, de una vivienda y de veinte rublos. ¡Un verdadero sueño, un cuento de hadas! Desde el primer momento, todo me causó una grata impresión: el suntuoso hotel, la lujosa habitación donde fui recibido y el amable caballero que me atendió. Era este un caballero entrado en años y vestido con la inconfundible elegancia de las personas acostumbradas a la buena ropa desde su infancia.


  Resulta innecesario decir que acepté sus condiciones: vivir con su familia en el campo, ser el profesor de un niño de ocho años y cobrar cincuenta rublos mensuales.


  —¿Le gusta a usted el mar? —me preguntó Norden (no había por qué llamarle «señor» Norden).


  —¿El mar? —balbucí—. ¡Oh, sí! ¡Muchísimo!


  Norden se echó a reír.


  —Desde luego… ¿A quién no le ha gustado el mar en su juventud? Pues bien, desde casa verá usted el mar. Un mar un poco gris, un poco triste; pero con furores y sonrisas. Se encontrará usted en la gloria.


  —No lo dudo.


  Sonreí, y Norden, sonriendo también, añadió:


  —En aquel mar se ahogó mi hija Elena… Hace cinco años.


  Permanecí en silencio. No sabía qué decir. Además estaba desconcertado por su sonrisa. ¡Sonreía hablando de la muerte de su hija!


  «¿Será una broma?», pensé.


  El anticipo de veinte rublos me lo hizo motu proprio y se negó a aceptar un recibo. No me pidió mi pasaporte y ni siquiera me preguntó mi nombre. En otras circunstancias, aquella confianza acaso me hubiera parecido muy natural; pero me hallaba tan deprimido a causa de mi expulsión de la Universidad, tenía el estómago tan vacío y los calcetines tan mojados, que el inspirarla me sorprendió mucho y aumentó mi satisfacción.


  Sin embargo, cuando llevaba unos días en casa de Norden, no veía ya las cosas tan de color de rosa: me había acostumbrado al lujo de mi habitación, a la buena mesa y a los calcetines secos, y a medida que me distanciaba de la vida de Petersburgo, del hambre, de la terrible lucha por la existencia, mis ojos iban percibiendo matices raros y nada alegres en todo lo que me rodeaba. Al enumerar a mis compañeros, en mis cartas, las excelencias de mi nueva vida, no experimentaba ninguna alegría.


  Al principio, mi percepción de aquellos sombríos y misteriosos matices fue muy vaga, casi inconsciente. A simple vista, no había en el mundo morada más a alegre ni familia más dichosa que las de Norden. Y hubo de transcurrir algún tiempo antes de que pudiera empezar a intuir que pesaban sobre el lugar y las personas ocultos y abrumadores motivos de tristeza.


  La casa, rodeada de un jardín, se hallaba situada a orillas del mar. Era de dos pisos, amplia y lujosa; a mí, pobre estudiante, me habían alojado en el entresuelo, en una habitación espléndida, como si fuera un personaje o un amigo íntimo de la familia. El jardín era magnífico; a pesar de lo severo y pobre de la naturaleza circundante —rocas, arena y pinos—, a pesar de las nieblas matinales y de la fría brisa marina, estaba poblado de árboles soberbios, tilos, abetos azules, nogales y castaños, y lo embellecían numerosos rosales y jazmines. Entre los árboles y los arbustos —que ignoro por qué motivo se me antojaba que siempre tenían frío— crecía un hermoso césped. Todos los que lo veían a través de la verja lo encontraban precioso y envidiaban a su propietario. Norden estaba orgulloso de su jardín. A mí, cuando lo vi por primera vez, me encantó. Pero en su excesivo aislamiento, en la especie de desamparo de los árboles sobre el fondo verde, había algo que hacía pensar, de un modo vago, en una dolorosa injusticia, en un error irreparable, en una felicidad perdida.


  En los senderos no había huellas. ¿Por qué? En la casa vivían numerosas personas. Norden se paseaba con frecuencia por el jardín; los niños, que eran tres, pasaban en él buena parte del día; pero —lo recuerdo como si estuviera viéndolo— en los senderos no había huellas.


  Norden, vanagloriándose un día de aquella extraña peculiaridad de su jardín, me dijo que la arena que recubría los senderos era una mezcla especial de arcilla y grava, sobre la cual no quedaban impresas las pisadas ni siquiera inmediatamente después de la lluvia.


  —Es un capricho —añadió.


  No le oculté que me parecía un capricho absurdo.


  Norden se echó a reír, sin que yo acertara a explicarme el motivo de su hilaridad, y tocándome suavemente en el codo murmuró:


  —Contemple usted el jardín al amanecer.


  Como obedeciendo a una orden irresistible, al día siguiente me levanté al amanecer, limpié los empañados cristales y miré al jardín: tres oscuras siluetas avanzaban, encorvadas sobre la arena, por los senderos. Me di cuenta de que eran unos obreros entregados a la tarea de borrar huellas. Aquello no me gustó.


  Aparte de las huellas, hubiese resultado muy natural ver alguna vez en los senderos un juguete abandonado por un niño, una herramienta olvidada por el jardinero Pero allí nadie olvidaba ni abandonaba nada. Las últimas hojas, amarillas, abarquilladas, caían de los árboles y parecían adherirse desesperadamente a la arena; pero las mismas manos dóciles que borraban las huellas no tardaban en llevárselas. A veces se me antojaba que alguien, quizás el propio Norden, luchaba sin tregua contra los recuerdos, tratando de crear en torno suyo el vacío, sin conseguirlo, ya que cuanto más abría su boca al vacío más cuerpo tomaban los recuerdos ahuyentados, las imágenes destruidas, las huellas borradas. Yo mismo, que era ajeno a todo aquello, que no sabía nada concreto y que, además, no poseía una gran capacidad de observación, sentía ya pesar sobre mí los recuerdos de un error fatal, de una felicidad desvanecida, de una triste verdad.


  No tardé en convertirme en un espía, en un buscador de huellas. Mi imaginación, nada risueña a causa de mi dolorosa niñez y de una juventud no demasiado alegre, pobló aquel extraño jardín de crímenes y asesinatos. Los días soleados —muy raros aquel otoño— me reía de mis fantasías y las atribuía a mis pocos años. Pero cuando las nieblas marinas inundaban la costa y el cielo de color plomizo parecía aplastar la tierra, se me encogía el corazón al pensar en aquellos tres hombres que al amanecer, encorvados, recorrían los senderos del jardín.


  No sé si mis indagaciones hubieran sido fructíferas sin la ayuda del propio Norden, que una tarde, paseando en mi compañía por la playa, me mostró un montón de piedras pegadas unas a otras con cemento y superpuestas en forma de pirámide. Las olas habían derribado algunas de las piedras y la pirámide había perdido parte de su forma primitiva, por cuyo motivo, sin duda, no me había fijado aún en ella.


  —No es tan grande como la de Cheops —me dijo Norden—, pero es una pirámide.


  Prorrumpió en una carcajada —aquel hombre encontraba motivo de risa en todo— y añadió:


  —Mi primera intención fue la de edificar una iglesia de estilo normando… ¿Le gusta a usted el estilo normando? Pero me negaron el permiso… ¡Qué mezquindad de espíritu!


  Guardé silencio. No sabía qué decir. Es algo que me sucede con frecuencia. Norden, tras una pausa lo bastante prolongada como para darme tiempo a hacer algún comentario o formular alguna pregunta, me explicó:


  —En este lugar fue encontrado el cadáver de mi hija Elena. A este lado, la cabeza; allí, los pies. Creo haberle dicho ya que murió ahogada.


  —¿Cómo ocurrió la desgracia?


  —Una imprudencia juvenil —respondió Norden, sonriendo—. Embarcó sola en una lancha; se levantó un viento muy fuerte, y la lancha zozobró.


  Contemplé el mar, gris y un poco agitado. Hasta muy lejos de la orilla, el mar no cubría del todo las rocas de que estaba salpicado el fondo.


  —El mar es aquí muy poco profundo —observé.


  —Sí, pero ella se alejó más de lo debido.


  —¿Por qué lo hizo?


  —Los jóvenes, amigo mío, suelen ir demasiado lejos —respondió Norden, sonriendo y tocándome suavemente en el codo.


  Y empezó a hablarme de sus dos magníficas lanchas, a la sazón guardadas, ya que sólo las utilizaba durante la primavera y el verano.


  —¿Y se encontró también la lancha? —le interrumpí.


  —¿Cuál?


  —La de la desgracia.


  —¡Oh, sí! El mar la arrojó a la playa. La hice pintar de un color distinto y parece otra. Es la más fuerte y la más marinera de las dos. Ya tendrá usted ocasión de comprobarlo, cuando llegue el buen tiempo.


  Después de aquella conversación —que a pesar de no haberme revelado nada concreto, se me antojaba que me había revelado muchas cosas—, la ruinosa pirámide fue otra de mis preocupaciones durante algún tiempo. ¿Por qué aquel hombre, que borraba implacablemente todas las huellas, que había mandado pintar de otro color la lancha en la cual había perecido su hija, había erigido aquella especie de monumento en memoria de la difunta? ¿Se trataba de un arrebato sentimental, o de una de esas faltas de lógica en que suelen incurrir los hombres más consecuentes?


  Sin embargo, no tardé en dejar de formularme semejantes preguntas, atraída mi atención por algo que me inquietaba más que la pirámide, más que los melancólicos árboles del jardín: el mar. La profunda tristeza que pesaba sobre aquella mansión y sobre sus moradores debía de tener su principal origen en el mar.


  En el mar…



LEÓNIDAS NICOLAIEVICH ANDRÉIEV; Orel, 1871 - Kuokkala, 1919) Escritor ruso. Fue, como narrador y como dramaturgo, uno de los más característicos escritores rusos de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Licenciado en Derecho (1897) en Moscú, se pasó al campo literario precisamente en el momento en que se dibujaba el éxito de Gorki y fue, a pesar de su amistad personal, el rival más calificado de éste, manteniéndose durante algún tiempo en un extraño equilibrio entre las dos corrientes predominantes, la del realismo, de la que Gorki era el máximo exponente, y la más compleja y confusa del simbolismo.

Su vida es pobre en acontecimientos, si se exceptúan, por una parte, las reuniones de adheridos al movimiento revolucionario en que tomó parte y que organizó en su propia casa de Petrogrado, y, por otra, su participación en grupos editoriales importantes de su tiempo. La actividad literaria lo absorbió por completo, y dadas las múltiples experiencias psicológicas y artísticas de que ella es muestra, se podría decir que su vida se hallaba concentrada en la de sus personajes, a los que, sin embargo, poco pudo dar de sus propias experiencias si se exceptúa la juvenil de una tentativa de suicidio por desilusión amorosa.

En su prosa reflejó la influencia del realismo de A. Chéjov, la fascinación por las paradojas psicológicas, que recuerdan a F. Dostoievski, y una constante obsesión por la insignificancia de la vida y lo inevitable de la muerte, a la manera de L. Tolstoi. Su morboso interés por los estados patológicos de la conciencia quedó plasmado en obras en las que se ocupó de la demencia, la obsesión sexual y el suicidio. Esas incursiones en las zonas oscuras de la sensibilidad de la sociedad rusa de principios del siglo XX le valieron el desprecio de muchos intelectuales y el favor del público.



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