Novela: 'Años de perro', de Günter Grass

Novela: 'Años de perro', de Günter Grass

Primer turno de madrugada x Cuenta tú. No, cuente usted. O tú cuentas. ¿O ha de empezar acaso el actor? ¿O los espantapájaros, todos a la vez? ¿O vamos a esperar a que los ocho Planetas se hayan apelotonado en el signo del Acuario? ¡Hágame el favor de empezar usted! Al fin que en aquella ocasión fue su perro. Sí, pero antes que mi perro, ya su perro y el perro del perro. Alguien tiene que empezar: tú o él o usted o yo... 
Hace muchas puestas de sol, mucho antes de que nosotros fuéramos, ya el Vístula fluía día tras día, sin reflejarnos, y desembocaba sin cesar. 

El que aquí lleva la pluma se llama de momento Brauxel, dirige una mina que no produce ni potasa, ni mineral, ni carbón, y ocupa, sin embargo, en galerías de extracción y en tajos parciales, en cobertizos y corredores laterales, en la caja de paga y en la expedición, ciento treinta y cuatro trabajadores y empleados: de un turno al siguiente. 

Irregular y peligroso corría el Vístula anteriormente. Así, pues, se llamó a mil terraplenadores y se excavó, en mil ochocientos noventa y cinco, de Einlage hacia el norte, entre las lenguas de tierra de las aldeas Schiewenhorst y Nickelswalde, el llamado corte. Al dar al Vístula una nueva desembocadura como tirada a cordel, se redujo el peligro de inundación. 

El que aquí lleva la pluma escribe las más de las veces Brauksel como Castrop-Rauxel y, en ocasiones, como Haksel. Cuando se le antoja, Brauxel escribe su nombre como Weichsel [Vístula]. Dictan el placer del juego y la meticulosidad, y no se contradicen. Corrían los diques del Vístula de horizonte a horizonte y, bajo la vigilancia del comisario para la regulación de los diques, gunter_grass.indd 13 18/10/13 14:30 14 en Marienwerder, habían de resistir a la crecida primaveral y a los aguaceros de Santo Domingo. ¡Y ay cuando había ratones en el dique! El que aquí lleva la pluma, dirige una mina y escribe su nombre diversamente, se ha dispuesto sobre el tablero despejado del pupitre, con setenta y tres colillas, producto del fumar de los dos últimos días, el curso del Vístula antes y después de su regulación: montoncitos de tabaco y ceniza harinosa representan el río y sus tres desembocaduras; las cerillas quemadas son los diques y lo contienen. 

Hace muchas muchas puestas de sol: he aquí que viene del Kulmisch, donde en cincuenta y cinco junto a Kokotzko el dique había cedido a la altura del cementerio de los menonitas —aún varias semanas después permanecían los ataúdes atrapados en los árboles—, el comisario para la regulación de los diques, aunque él a pie, a caballo o en barca, con su levita y nunca sin la botellita de aguardiente de arroz en espacioso bolsillo, él, Wilhelm Ehrenthal, quien en versos antiguos y sin embargo festivos había escrito aquella «Epístola contemplativa del Dique» que al poco tiempo de su aparición había sido remitida con amable dedicatoria a todos los condes del dique, a todos los alcaldes rurales y a todos los predicadores menonitas; él, aquí nombrado para no volver a nombrársele más, inspecciona río arriba y río abajo las obras de contención, las presas y las defensas, ahuyenta del dique a lechones, porque según ordenanza de la policía rural, párrafo octavo, de noviembre de mil ochocientos cuarenta y siete, le está prohibido a todo ganado, ya sea de pluma o de pezuña, pacer en el dique o hurgar en él. 

A mano izquierda se ponía el sol. Brauxel rompe una cerilla: la segunda desembocadura del Vístula se originó sin auxilio de los terraplenadores el dos de febrero de mil ochocientos cuarenta, cuando el río, por haberse acumulado el hielo, se abrió paso a través de la lengua de tierra abajo de Plehnendorf, se llevó dos aldeas, y permitió la fundación de dos nuevos lugares: las aldeas de pescadores de Neufähr-Este y Neufähr-Oeste. En cuanto a nosotros, sin embargo, por muy abundantes que las dos Neufähr fueran en cuentos, chismes locales y acontecimientos gunter_grass.indd 14 18/10/13 14:30 15 inauditos, nos ocupamos ante todo de las dos aldeas a este y oeste de la desembocadura primera, aunque más reciente: Schiewenhorst y Nickelswalde eran o son, a derecha e izquierda del corte del Vístula, las dos últimas aldeas con servicio de balsa, porque quinientos metros río abajo sigue el mar mezclando aún actualmente su agua de un cero coma ocho por ciento de sal con el desagüe gris-ceniza de la anchurosa República de Polonia. 

Palabras de conjuro: «El Vístula es un ancho río, que en el recuerdo se hace cada vez más ancho, navegable a pesar de sus numerosos bancos de arena...», murmura Brauchsel ante sí, deja que sobre el tablero de su pupitre convertido en delta plástico del Vístula un resto de goma de borrar circule como balsa entre diques de cerillas y pone, ahora que el turno de madrugada acaba de bajar y el día empieza sonoro de gorriones, a Walter Matern —acento sobre la última sílaba—, de nueve años de edad, sobre la corona del dique de Nickelswalde, de cara al sol que se está poniendo; rechina los dientes. ¿Qué ocurre cuando el hijo de un molinero, de nueve años de edad, está de pie sobre el dique, contempla el río, está expuesto al sol y rechina los dientes cara al viento? Esto le viene de su abuela, que por espacio de nueve años estuvo clavada a la silla y sólo podía mover los globos de los ojos. Pasan muchas cosas a la deriva, y Walter Matern las ve. De Montau hasta Käsemark , la crecida. 

Aquí, poco antes de la desembocadura, el mar ayuda. Se dice que había ratones en el dique. Siempre que se rompe un dique suelen decir que había ratones en él. Los menonitas dicen que los católicos del país polaco han puesto de noche ratones en el dique. Otros pretenden haber visto al conde del dique montado en su corcel blanco. Pero la compañía de seguros no cree ni en los ratones ni en los condes de Güttland. Al romperse el dique a causa de los ratones, el corcel blanco con el conde del dique saltó, tal como la leyenda lo prescribe, a la avenida del río, pero de poco sirvió, porque el Vístula se llevó río abajo a todos los jurados del dique. Y el Vístula se llevó río abajo los ratones católicos del país polaco. Y se llevó asimismo a los menonitas rudos, con ganchos y ojetes pero sin bolsas, y a los menonitas más finos, con botones, gunter_grass.indd 15 18/10/13 14:30 16 ojales y otras cosas diabólicas; se llevó a los tres evangélicos y al maestro de Güttland, el socialista. 

Se llevó al ganado mugiente y las cunas talladas de Güttland, y se llevó todo Güttland: las camas y los armarios de Güttland, los relojes y los canarios de Güttland; se llevó al predicador de Güttland —éste era rudo y tenía ganchos y ojetes— y se llevó también a la hija del predicador, y de ésta se dice que era bonita. Todo esto y otras cosas más iban pasando a la deriva. ¿Qué es lo que empuja ante sí un río como el Vístula? Todo lo que pasa por el puente: madera, vidrio, pactos entre Brauxel y Brauchsel, sillas, huesecillos y también puestas de sol. Lo que estaba olvidado desde hacía tiempo vuelve a hacerse presente, como el nadador de pecho o espalda: vino Adalberto. 

Adalberto viene a pie. En esto le alcanza el hacha. Pero Swantopolk se deja bautizar. ¿Qué será de las hijas de Mestwin? ¿Se escapa una, descalza? ¿Quién se la lleva consigo? ¿El gigante Miligedo con su maza de plomo? ¿Perkunos, rojo como el fuego? ¿El pá- lido Pikollos, que mira siempre de abajo para arriba? El muchacho Potrimpos ríe y mastica su espiga de trigo. Se talan árboles. Los dientes rechinantes, y la hija del Duque Kynstute, que se fue al convento: doce caballeros sin cabeza y doce monjas sin cabeza, helos aquí bailando en el molino: el molino va al paso, el molino va aprisa, con las almas piadosas hace muy buena harina: el molino va al paso, el molino va aprisa, se sirvió con los doce en la misma escudilla: el molino va al paso, el molino va aprisa: eran doce bailando con las doce monjitas: el molino va al paso, el molino va aprisa, para la Candelaria echan pedos y risas: el molino va al paso, el molino va aprisa... pero al arder el molino de dentro para afuera, al parar los carruajes para llevarse a los caballeros y a las monjas sin cabeza, cuando mucho más adelante —puestas de sol— San Bruno atravesó las llamas y el ladrón Bobrowski con su compinche Materna, del que todo proviene, prendió fuego a casas previamente marcadas —puestas de sol puestas de sol— Napoleón antes y después: he aquí que la ciudad fue sitiada conforme a arte, porque probaron repetidas veces y con éxito variable cohetes de Congreve; en tanto que en la ciudad y en los muros, en los bastiones del Lobo, gunter_grass.indd 16 18/10/13 14:30 17 del Oso y del Caballo bayo, en los bastiones del Renegado, del Agujero de la Virgen y de los Conejos, los franceses tosían bajo Rapp, escupían los polacos con su Príncipe Radzivil, y se enronquecía el cuerpo de ejército del manco Capitán de Chambure. 

Pero el cinco de agosto vino el aguacero de Santo Domingo, subió el agua sin escaleras a los bastiones del Caballo bayo, del Renegado y de los Conejos, mojó la pólvora, hizo que los cohetes de Congreve perecieran siseando, y llevó muchos peces, especialmente lucios, a las callejas y las cocinas: todo el mundo se hartó a maravilla, pese a que los almacenes de la Calle del Lú- pulo hubieran ardido —puestas de sol—. Todo lo que le va bien al Vístula, lo que da color a un río como el Vístula: puestas de sol, sangre, barro y ceniza. Y pensar que se lo había de llevar el viento. No todas las órdenes se cumplen: los ríos que quieren subir al cielo desembocan en el Vístula. x x Segundo turno de madrugada x Aquí, sobre el tablero del pupitre de Brauxel, así como sobre el dique de Schiewenhorst, corre día tras día. Y de pie sobre el dique de Nickelswalde está Walter Matern y rechina los dientes, porque se pone. Barridos, los diques se van estrechando. 

Únicamente están pegados al borde superior del dique las vergas de los molinos de viento, unos campanarios chatos y los álamos —éstos los hizo plantar Napoleón para su artillería—. Nada más él está sobre sus pies. O a lo sumo el perro. Pero éste se ha ido, y está ora aquí ora allí. Detrás de él, ya en la sombra y bajo el espejo del agua, está el Islote y huele a mantequilla, a cuajada y a queserías, huele, tonificante y hasta dar náuseas, a leche. Con sus nueve años, esparrancado y con las rodillas rojomoradas de marzo, Walter Matern está de pie, abre diez dedos, entorna los ojos, deja que se hinchen y ganen perfil todas las cicatrices de su cabeza rapada —cicatrices de caída, de riñas y de rasguños de alambradas de púas—, rechina con los dientes hacia la derecha y hacia la izquierda —esto le viene de su abuela— y busca con la mirada una piedra. gunter_grass.indd 17 18/10/13 14:30 18 Arriba en el dique no hay piedras. Pero él busca, con todo. Encuentra bastones secos. 

Pero un bastón seco no es posible contra el viento. Y él quiere necesita y quiere lanzar. Podría silbar a Senta, ora aquí ora allá, llamándola, pero no silba, no hace más que rechinar —esto embota el viento— y quiere lanzar. Podría atraer con un ¡eh! y ¡eh! la mirada de Amsel desde abajo del dique, pero tiene la boca llena de cerezas, y no de ¡ehs! y ¡ehs! —y quiere necesita quiere con todo, pero tampoco tiene piedra alguna en los bolsillos; por lo regular suele llevar siempre en uno u otro bolsillo una o dos. Las piedras se llaman aquí guijarros. 

Los evangélicos dicen guijarros; los contados católicos, guijarros. Los menonitas rudos, guijarros. Los finos, guijarros. También Amsel, pese a que le guste hacer excepciones, dice guijarro cuando quiere decir una piedra; y Senta, si se le dice: ¡trae un guijarro!, trae una piedra. Kriwe dice guijarro, Cornelio Kabrun, Beister, Folchert, Augusto Sponagel y la comandante Von Ankum, todos ellos lo dicen. Y el predicador Daniel Kliewe de Pasewark dice a sus feligreses, rudos y finos: «Y el pequeño David que coge un guijarro, y le dispara al gigantón, a Goliat...», porque un guijarro es una piedra manejable, del tamaño de un huevo de paloma. Pero Walter Matern no encuentra ni en un bolsillo ni en otro. A la derecha, sólo migajas y semillas de girasol, y en el de la izquierda, entre bramantes y restos de langosta —mientras arriba rechina, mientras el sol desaparece, mientras el Vístula corre y arrastra algo de Güttland y algo de Montau, Amsel encorvado y nubes sin cesar, mientras Senta contra el viento y las gaviotas con el viento, los diques recortados contra el horizonte, mientras se va —se va se va— encuentra su cortaplumas. Las puestas de sol duran más en las regiones del este que en las del oeste; eso lo sabe cualquier niño. 

El Vístula se extiende de un horizonte al de enfrente. He aquí que del desembarcadero de Schiewenhorst despega ya la balsa de vapor y, oblicua y encarnizadamente, quiere llevar contra el río dos vagones de mercancías del ferrocarril de vía estrecha a Nickelswalde y, sobre el riel, a Stutthof. En este momento, el pedazo de cuero gunter_grass.indd 18 18/10/13 14:30 19 llamado Kriwe vuelve su cara de vaqueta fuera del viento y, sin pestañas, anda buscando a lo largo del borde superior opuesto del dique. Tiene ahora algo fijo en el ojo, que no se baja, pero tiene la mano en el bolsillo. Y deja deslizarse su mirada del talud, y he aquí algo cómicamente redondo, que se agacha y trata probablemente de quitarle algo al Vístula. 


Se trata de Amsel, a la pesca de andrajos —¿qué clase de andrajos?—. Eso lo sabe cualquier niño. Pero el cuero de Kriwe no sabe lo que Walter Matern, buscando un guijarro, encontró en su bolsillo. Mientras Kriwe sustrae su cara al viento, el cortaplumas se va calentando en la mano de Walter Matern. Se lo ha regalado Amsel. Tiene tres hojas, un tirabuzón, una sierra y una lezna. Amsel, rojizo y regordete, y como para reventarse de risa cuando llora. Amsel pesca en el lodo, en el fondo del dique, porque, habiendo avenida desde Montau hasta Käsemark, el Vístula, pese a que vaya bajando por pulgadas, llega hasta el borde superior del dique y acarrea cosas que antes estaban en Palschau. Fuera. Se ha escondido del otro lado, detrás del dique, dejando tras sí un rojo que va subiendo. En esto Walter Matern —lo que solamente puede saber Brauxel— cierra el puño en su bolsillo alrededor del cortaplumas. 

Senta, lejos y a la caza de ratones, es aproximadamente tan negra como el cielo, de la cima del dique de Schiewenhorst para arriba, es rojo. He aquí que un gato a la deriva queda retenido en la madera arrojada a la orilla. Las gaviotas se multiplican en pleno vuelo: papel de seda roto de chafa, es alisado, se extiende; y los vítreos ojos de cabeza de alfiler ven todo lo que allí va a la deriva, se atasca, corre, está de pie o existe simplemente, como las dos mil pecas de Amsel; también que lleva un casco como los que se llevaron frente a Verdún. Y el casco resbala, ha de volver al cogote, vuelve a resbalar, mientras Amsel va pescando del lodo estacas, rodrigones y trapos pesados como el plomo; en esto el gato se desprende, da vueltas en el agua y es presa de las gaviotas. Los ratones vuelven a agitarse en el dique. Y la balsa se va acercando más y más. He aquí que pasa a la deriva un perro amarillo muerto y se vuelve. Senta está cara al viento. 

Oblicua y engunter_grass.indd 19 18/10/13 14:30 20 carnizadamente lleva la balsa dos vagones de mercancías. Pasa flotando un ternero ya sin vida. Ahora el viento tropieza, pero no cambia de dirección. Las gaviotas se detienen en el aire, vacilan. Ahora —mientras la balsa, el viento y el ternero y el sol detrás del dique y los ratones en el dique y las gaviotas sin moverse— Walter Matern ha sacado el puño con el cortaplumas del bolsillo, se lo ha llevado delante del jersey, y deja, frente al rojo creciente, que todos los nudillos se le pongan gredosos. x x Tercer turno de madrugada x Cualquier niño entre Hildesheim y Sarstedt sabe lo que se extrae en la mina de Brauksel, situada entre Hildesheim y Sarstedt. 

Cualquier niño sabe por qué el Regimiento de Infantería ciento veintiocho hubo de abandonar el año veinte en Bohnsack, al partir con el tren, juntamente con otros cascos de acero como el que lleva puesto Amsel, un montón de ropa de dril y algunas cocinas de campaña. Ahí vuelve a estar el gato. Todos los niños lo saben: no es el mismo gato: solamente los ratones no saben y las gaviotas no saben. El gato está mojado mojado mojado. He aquí que algo pasa a la deriva: no se trata ni de un perro ni de una oveja, se trata de un armario. 

El armario no tropieza con la balsa. Y al extraer Amsel del lodo un rodrigón y al empezar el puño de Walter Matern a temblar sobre el cortaplumas, el camino queda despejado para el gato: va avanzando hacia el alta mar, que llega al cielo. El número de gaviotas disminuye, los ratones se mueven en el dique, el Vístula fluye, el puño con el cortaplumas tiembla, el viento es noroeste, los diques se van estrechando, el alta mar opone al río todo lo que tiene, el sol sigue poniéndose sin cesar, y sin cesar sigue la balsa llevándose a sí misma y dos vagones de mercancías: la balsa no zozobra, los diques no ceden, los ratones no se amedrentan, el sol no quiere volver atrás, el Vístula no quiere volver atrás, la balsa no quiere volver atrás, no quiere el gato, no quieren las gaviotas ni quieren gunter_grass.indd 20 18/10/13 14:30 21 las nubes, no quiere el Regimiento de Infantería, Senta no quiere volver con los lobos, sino ser buenabuenabuena... Tampoco Walter Matern quiere dejar volver al bolsillo aquel cortaplumas que le regaló Amsel, gordo pequeño y graso; antes bien, el puño con el cortaplumas logra ponerse algo más cretáceo todavía. Y arriba rechinan los dientes de izquierda a derecha. 

Se afloja, mientras fluye, viene, se pone, da vueltas, crece y decrece, el puño que contiene el cortaplumas, de tal modo que toda la sangre retenida se precipita ahora en la mano que ya no aprieta; Walter Matern echa la mano con el objeto que se ha calentado hacia atrás, sólo se sostiene sobre una pierna, pie, punta, sobre los cinco dedos del pie en un zapato con cordones, alza, sin calcetín en el zapato, su peso, deja resbalar todo su peso hacia la mano tras sí, no apunta, apenas rechina, y en aquel momento de puesta fluyente, impelente, perdido —ya que ni siquiera Brauchsel puede salvarle, porque olvidó, se olvidó de algo—, ahora, pues, que Amsel levanta la vista del nicho del fondo del dique y con el dorso de la mano izquierda y una parte de sus dos mil pecas se empuja el casco sobre el cogote, sobre otra parte de sus dos mil pecas, la mano de Walter Matern está muy adelante, vacía, y sólo muestra todavía las impresiones de un cortaplumas que tenía tres hojas, un tirabuzón, una sierra y una lezna, en cuyas tapas se habían encostrado arena de playa, un resto de mermelada, pinochas, harina de corteza y una traza de sangre de topo; cuyo valor de trueque habría sido un nuevo timbre de bicicleta; que nadie había robado, sino que Amsel lo había comprado con dinero ganado por él mismo en la tienda de su madre, para regalárselo luego a su amigo Walter Matern; que el verano pasado había clavado una mariposa a la puerta del cobertizo de Folchert, y había alcanzado bajo el pontón del embarcadero de la balsa de Kriwe, en el transcurso de un solo día, cuatro ratas, en las dunas por poco un conejo, y hacía dos semanas y antes de que Senta pudiera atraparlo, un topo. Además, muestra la palma de la mano impresiones de aquel mismo cuchillo con el que Walter Matern y Eduardo Amsel, cuando tenían ocho años y les había dado por ligarse con hermandad de sangre, se habían rasguñado el brazo, porque así se lo había contado Cornelio Kagunter_grass.indd 21 18/10/13 14:30 22 brun, que había estado en el sudoeste alemán y estaba enterado de las costumbres de los hotentotes. x x Cuarto turno de madrugada x Mientras tanto —porque mientras Brauxel descubre el pasado de un cortaplumas, y el propio cortaplumas obedece, en cuanto objeto lanzado, a la fuerza del impulso, a la del viento contrario y a la de su propia gravedad, queda tiempo suficiente, entre turno y turno, para sentar en cuenta una jornada de trabajo y decir mientras tanto—, mientras tanto, pues, Amsel se había empujado con el dorso de la mano el casco de acero sobre el cogote. Salvó de una mirada el talud del dique, captó con la misma mirada al lanzador y siguió con ella el objeto lanzado; y mientras tanto, afirma Brauxel, el cortaplumas había alcanzado aquel punto finito que le está puesto a todo objeto que tiende hacia arriba; lo ha alcanzado mientras el Vístula fluye, el gato es arrastrado a la deriva, la gaviota grita, la balsa viene, mientras la perra Senta es negra y el sol no acaba de ponerse. 

Mientras tanto —porque es el caso que, cuando un objeto lanzado ha alcanzado aquel diminuto punto después del cual comienza el descenso, vacila un instante y da la impresión de estar parado—, mientras, pues, el cortaplumas está parado arriba, Amsel arranca su mirada del objeto-puntito —ya el cortaplumas cae rápidamente hacia atrás, hacia el río, porque está más expuesto al viento contrario— y vuelve a mirar a su amigo Walter Matern, quien, sin calcetín en el zapato con cordones, sigue balanceándose todavía sobre la punta del pie y de sus dedos, y tiene aún la mano derecha levantada y muy adelante de sí, en tanto que su brazo izquierdo rema y quiere mantenerle en equilibrio. 

Mientras tanto —porque mientras Walter Matern se balancea sobre una pierna tratando de mantener el equilibrio, mientras el cortaplumas va cayendo hacia el río—, en la mina de Brauchsel ha bajado el turno de madrugada y ha subido el de noche, que se aleja en bicicleta, el guardián del pozo ha cerrado la gunter_grass.indd 22 18/10/13 14:30 23 caseta, y los gorriones han empezado el día en todos los canalones... Logró Amsel, entonces, con breve mirada y llamada inmediatamente consecutiva, hacer perder a Walter Matern el equilibrio a duras penas mantenido. Cierto que el muchacho arriba del dique de Nickelswalde no llegó a caer, pero sí empezó a tambalearse y a dar traspiés tan precipitadamente, que perdió de vista el cortaplumas antes de que éste tocara el agua corriente y se hiciera invisible. —¡Oye, rechinador! —grita Amsel—. ¿Has vuelto a rechinar con los dientes y a lanzar como últimamente? Walter Matern, al que aquí se interpela como rechinador, vuelve a estar esparrancado, con las rodillas tendidas, y se frota la palma de la mano derecha que sigue mostrando perfiles todavía candentes, en negativa, de un cortaplumas. 

—Bien viste que tenía que tirar, ¿por qué me lo preguntas, pues? —Pero no tiraste con un guijarro. —Como que aquí no los hay. —¿Con qué tiras, pues, si no tienes guijarros? —Bueno, si hubiera tenido un guijarro, habría tirado con él. —¿Y por qué no mandaste a Senta? Ella te lo hubiera traído. —Sí, luego puede decir cualquiera «haber mandado a Senta». A ver, manda tú a un perro, cuando anda tras los ratones. —¿Con qué tiraste, pues, si no tenías guijarro? —¡Bah, déjate ya de preguntas! Con cualquier cosa. Ya lo viste. —Tiraste con mi cortaplumas. —¿Qué quiere decir cortaplumas? Lo regalado regalado está. Y si hubiera tenido un guijarro, pues no habría tirado con el cuchillo, sino con el guijarro. —Pero hubieras dicho algo, una sola palabra, que aquí no tienes guijarros, y yo te habría echado uno, como que aquí sobran. —¿Para qué hablar y parlotear, si ya se fue? —Tal vez consiga uno nuevo por la Ascensión. —Si tampoco lo quiero. gunter_grass.indd 23 18/10/13 14:30 24 —¡Qué va! Si te lo daba, bien lo tomabas. —¡A que no! —¡A que sí! —¿Va? —¡Va! Sellan luego la apuesta con un apretón de manos: húsares contra un lente. Amsel alarga su mano con las innúmeras pecas hacia lo alto del dique, Walter Matern la suya, con las marcas del cortaplumas, hacia abajo, y al encontrarse las manos Matern ayuda a Amsel a izarse hasta él, a lo alto del dique. Amsel sigue amable: —Eres exactamente lo mismo que tu abuela del molino. También ella rechina siempre con el par de dientes que le quedan. Lo único que no hace es tirar. Pero, en cambio, pega con la cuchara. Sobre el dique, Amsel es algo más pequeño que Walter Matern. 

Mientras habla, su pulgar señala por encima del hombro hacia donde, detrás del dique, quedan la aldea desgranada de Nickelswalde y el molino de viento de los Matern. Talud arriba, Amsel arrastra tras sí un voluminoso lío de estacas, rodrigones y andrajos retorcidos. Con el dorso de la mano ha de volver a levantarse constantemente el borde anterior del casco de acero. La balsa ha atracado en el pontón de Nickelswalde. Se oyen los dos vagones de mercancías. Senta se hace más grande, más pequeña, más grande y, negra, se va acercando. Pasa otra cabeza de ganado chico a la deriva. Fluye espaldudo el Vístula. Walter Matern se envuelve la mano derecha en el borde inferior deshilachado del jersey. Senta, sobre sus cuatro patas, está entre los dos. La lengua le pende palpitante a la izquierda. Tiene los ojos fijos en Walter Matern, por lo de los dientes. Esto le viene de su abuela, clavada nueve años en la silla y sólo los globos de los ojos. Ahora se van: diversamente grandes arriba del dique, contra el embarcadero de la balsa. Negra la perra. Medio paso adelante: Amsel. Detrás: Walter Matern. Arrastra los andrajos de Amsel. Atrás del lío, mientras los tres se van haciendo peque- ños sobre el dique, la hierba vuelve a enderezarse lentamente. x gunter_grass.indd 24 18/10/13 14:30 25 Quinto turno de madrugada x Así, pues, tal como estaba previsto, Brauksel se ha inclinado sobre el papel, en tanto que los demás cronistas se han inclinado asimismo, con apego a las fechas, sobre el pasado, empezando, con los documentos, a dejar fluir el Vístula. 

Le divierte todavía recordarlo exactamente: Hace muchos años, al venir el niño al mundo, aunque no podía rechinar todavía con los dientes, porque, al igual que todos los niños, vino al mundo sin ellos, la abuela Matern estaba sentada en el cuarto suspendido, clavada a la silla: hacía nueve años que no podía mover más que los globos de los ojos; sólo gimotear y babosear. El cuarto suspendido estaba suspendido arriba de la cocina, tenía una ventana que daba al vestíbulo, por la que se podía vigilar el trabajo de las criadas, y una ventana atrás por la que se veía el molino de viento de los Matern, asentado con la rabadilla sobre el caballete, de modo que era un molino de viento de caballete original; esto lo era hace ya cien años. 

Los Matern lo habían hecho construir en mil ochocientos quince, poco después de la conquista de la ciudad y la fortaleza de Danzig por las victoriosas armas rusas y prusianas; como que Augusto Matern, abuelo de la abuela clavada a la silla, se las había sabido arreglar para mantener durante el prolongado sitio, llevado con pocas ganas, un doble negocio: por un lado empezó a fabricar en la primavera, contra buenos táleros de la Convención, escaleras de asalto; por otra parte, contra táleros de Laub y mejor moneda todavía de Brabante, se ingenió para comunicar al General Conde d’Heudelet por medio de cartitas pasadas de contrabando, que era curioso que en la primavera, en la que no se podían todavía cosechar manzanas, los rusos hicieran fabricar escaleras en grandes cantidades. 

Cuando finalmente el Gobernador Conde Rapp hubo firmado la capitulación de la fortaleza, Augusto Matern contó en el apartado Nickelswalde el numerario y las piezas de dos tercios danesas, los rublos que subían rápidamente, los marcos hamburgueses, los táleros de Laub y de la Convención, el saquito de florines holandeses, así como los valores de Danzig recientegunter_grass.indd 25 18/10/13 14:30 26 mente adquiridos, se encontró bien provisto y se entregó al placer de la reconstrucción: el viejo molino, en el que se dice que después de la derrota de Prusia habría pernoctado la Reina Luisa en su huida, aquel histórico molino que había sufrido daños, primero en ocasión de un ataque danés desde el mar, y luego en un ataque nocturno de guerrillas del Cuerpo de Voluntarios del Capitán de Chambure, lo hizo derribar hasta el caballete, cuya madera era buena todavía, y construyó sobre el caballete antiguo el nuevo molino, que seguía asentado con la rabadilla sobre el caballete cuando la abuela Matern hubo de sentarse fijamente e inmóvil en la silla. Aquí quiere Brauxel conceder, antes de que sea demasiado tarde, que, con los medios adquiridos en parte penosa y en parte fácilmente, Augusto Matern no sólo construyó el nuevo molino de viento de caballete, sino que donó también a la capillita de Steegen, en donde había católicos, una Virgen a la que no le faltaba ciertamente el oro en hojuelas, pero que ni provocó peregrinaciones dignas de mención ni hizo milagros. 

El catolicismo de la familia Matern dependía, como corresponde a una familia de molineros, del viento, y toda vez que en el Islote soplaba siempre algún airecillo aprovechable, también el molino de los Matern giraba todo el año y protegía del excesivo ir a misa, que irritaba a los menonitas. Únicamente los bautizos de los niños y los entierros, los casamientos y las grandes festividades llevaban a parte de la familia a Steegen; además, una vez al año, en ocasión de la procesión rural de Steegen del día de Corpus, le eran impartidas al molino, al caballete con todas sus cuñas, a la viga harinera y a la caja de la harina, al gran árbol de la casa lo mismo que a la rabadilla, pero especialmente a las aspas, bendición y agua bendita, lujo que en las aldeas menonitas rudas, como Junkeracker y Pasewark, los Matern nunca hubieran podido permitirse. 

En cambio, los menonitas de la aldea de Nickelswalde, que en el pingüe suelo del Islote cultivaban todos ellos trigo y dependían del molino cató- lico, solían mostrarse como menonitas de clase más fina, o sea que tenían botones, ojales y bolsillos verdaderos en los que podía meterse algo. Únicamente el pescador y pequeño campesigunter_grass.indd 26 18/10/13 14:30 27 no Simón Beister era un verdadero menonita de ganchos y ojetes, rudo y sin bolsillos; de ahí que colgara del cobertizo de su barca un escudo pintado de madera, en el que podía leerse, en letras adornadas: x Con ganchos y ojetes Alcanzarás el cielo eterno; Con bolsillos y botones Irás a dar en el infierno. x Y Simón Beister fue el único nickelswaldense que no llevaba su trigo al molino católico, sino que lo daba a moler al de Pasewark. 

No obstante, no fue necesariamente él quien el año trece, poco antes de estallar la gran guerra, instigó a un ordeñador depravado a que prendiera fuego al molino de caballete de los Matern. Crepitaba ya bajo el caballete y la rabadilla cuando Perkun, el joven perro pastor del mozo de molienda Pawel, pero al que todos llamaban Pablito, negro y con el rabo extendido, empezó a describir círculos cada vez más angostos alrededor del montículo, del caballete y del molino y, con secos ladridos entrecortados, hizo salir de la casa al mozo y al molinero. Pawel o Pablo había traído al animal consigo desde Lituania, y exhibía a quien se lo pidiera una especie de árbol genealógico del que resultaba que la abuela paterna de Perkun había sido una loba lituana, rusa o polaca. Y Perkun engendró a Senta; y Senta parió a Harras; y Harras engendró a Príncipe, y Príncipe tuvo historia... Pero, por el momento, la abuela Matern sigue sentada en su silla y no puede mover más que los globos de los ojos. Ha de contemplar inactiva cómo lleva la nuera las cosas de la casa, cómo las lleva el hijo en el molino, y cómo se lleva Laurita, la hija, con el mozo de molienda. Pero he aquí que al mozo se lo lleva la guerra, y a Laurita se le trastorna el espíritu: se la puede ver continuamente en la casa, en el huerto, en el molino, sobre los diques, en las ortigas detrás del cobertizo de Folchert, descalza en la playa y entre los arándanos del bosque costero, en busca de su Pablito, años_de_perros.indd 27 24/10/13 17:44 28 de quien nunca se sabrá si fueron los prusianos o los rusos los que lo mandaron bajo tierra. 

El perro Perkun es el único que acompaña a la doncella suavemente envejecida, con la que compartió el mismo amo. x x Sexto turno de madrugada x Hace muchos muchos años —cuenta Brauxel con sus dedos—, cuando el mundo se encontraba en el tercer año de la guerra y Pablito se había quedado en los lagos mazurianos; cuando Laurita vagaba con el perro y el molinero Matern podía seguir cargando sacos de harina, porque oía mal de ambos lados, la abuela Matern estaba sentada, un hermoso día de sol en el que debía celebrarse un bautizo —al mozalbete tirador del cortaplumas de los turnos anteriores se le antepuso el nombre de Walter—, fija en la silla, movía los globos de los ojos de un lado para otro, y balbuceaba y babeaba, pero sin lograr articular palabra. 

Estaba sentada en el cuarto suspendido, alcanzada por sombras vertiginosas. Brillaba y desaparecía en la penumbra, ora a plena luz, ora a oscuras. También pedazos de muebles, el remate del aparador, la tapa abollada del arca y el terciopelo rojo, no utilizado por nueve años, del reclinatorio tallado, se iluminaban, se desvanecían, mostraban perfiles o eran toscas masas oscuras: polvo brillante y crepúsculo sin polvo alrededor de la abuela y de sus muebles. Su pequeña cofia y la copa azul, de vidrio, sobre el aparador. Las mangas con flecos del salto de cama. El suelo de madera, recién fregado, en el que la móvil tortuga del tamaño más o menos de la mano, que en su día le había regalado el mozo de molienda Pablo, cambiaba de rincón, se iluminaba y sobrevivía al mozo de molienda, confiriendo a mordiscos un perfil semicircular a verdes hojas de lechuga. Y todas las hojas de lechuga esparcidas por el cuarto suspendido, con sus festones de mordiscos de tortuga, brillaban al vivo vivo vivo; porque afuera, detrás de la casa, el molino de viento de caballete de los Matern molía trigo convirtiéndolo en harigunter_grass.indd 28 18/10/13 14:30 29 na a una velocidad del viento de ocho metros por segundo, y con sus cuatro aspas tapaba el sol cuatro veces en tres segundos y medio. Al mismo tiempo que en el cuarto de la abuela se ponían las cosas endemoniadamente brillantes y oscuras, el recién nacido era llevado por la calzada, a través de Pasewark y Junkeracker, a Steegen, para recibir el bautismo, y los girasoles de la valla que cerraba el huerto de los Matern por el lado de la calzada se iban haciendo cada vez más grandes, se adoraban mutuamente y se veían glorificados sin interrupción por el mismo sol que las aspas del molino de viento apagaban cuatro veces en tres segundos y medio, porque es el caso que el molino de viento de caballete no se había introducido entre los girasoles y el sol, sino, y aun sólo en las mañanas, entre la abuela clavada a la silla y un sol que en el Islote no brillaba siempre, pero sí a menudo. ¿Cuántos años hacía que la abuela permanecía clavada a la silla? Nueve años de cuarto suspendido.

 ¿Cuánto tiempo hacía que permanecía detrás de asteres, flores de escarcha, arvejas y enredaderas? Nueve años, brillantes oscuros brillantes, a un lado del molino de viento de caballete. ¿Quién la había fijado tan firmemente a la silla? Eso se lo hizo la nuera, Ernestina, que antes de casarse se apellidaba Stange. ¿Cómo pudo suceder? La evangélica de Junkeracker había empezado por desalojar a Tilde Matern, que entonces no era todavía abuela sino más bien vigorosa y potente, de la cocina; se había instalado luego a sus anchas en la estancia y, en adelante, limpiaba los cristales de las ventanas el día de Corpus. Cuando Stina quiso expulsar a su suegra de los establos, la primera trifulca fue entre las gallinas, con la consiguiente pérdida de plumas: las dos mujeres se liaron a cubetazos. Eso hubo de tener lugar, calcula Brauxel, en mil novecientos cinco, porque cuando dos años después seguía sin darle a Stina Matern deseos de manzanas verdes y pepinos agrios y segunter_grass. indd 29 18/10/13 14:30 30 guía teniendo sus días imperturbablemente conforme al calendario, dijo Tilde Matern a su nuera, de pie ante ella con los brazos cruzados en el cuarto suspendido: siempre he pensado que las evangélicas tienen en el agujero el ratón del demonio. Y éste lo corroe todo; que ya nada puede salir, y no hace más que apestar. 

A continuación de estas palabras se llegó a una guerra de religión en la que se luchó con cucharones de madera y que terminó, para la católica, en la silla, porque es el caso que aquel sillón de roble colocado entre la chimenea de azulejos y el reclinatorio acogió a una Tilde Matern herida de un ataque de apoplejía. Hacía pues nueve años que permanecía sentada en dicho asiento, excepto en los momentos en que, por razones de limpieza, era levantada en vilo por Laurita y las criadas el tiempo preciso de satisfacer una necesidad. Cuando hubieron transcurrido los nueve años y quedó demostrado, pues, que las evangélicas no albergaban en su seno ratón diabólico alguno que todo se lo come y nada deja germinar, sino que, antes bien, algo había dado fruto, había venido al mundo como hijo y se le había cortado el cordón umbilical, la abuela, mientras en Steegen se bautizaba con tiempo favorable, seguía sentada inconmovible en el cuarto suspendido. 

Debajo del cuarto, en la cocina, había en el horno un ganso silbando en su propia grasa. Esto lo hacía el ganso en el tercer año de la gran guerra, en que los gansos se habían hecho tan raros que se contaba a la especie entre las especies en vías de extinción. Laurita Matern, la del lunar, el pecho aplanado y el pelo rizoso; Laurita, que no había conseguido marido —porque Pablito se había ido bajo tierra y sólo había dejado tras sí a su perro negro—; Laurita, que había de vigilar el ganso, no estaba en la cocina, ni rociaba el ganso, ni lo volvía, ni pronunciaba a su intención fórmula consagrada alguna, sino que estaba, antes bien, formando hilera con los girasoles detrás del vallado —éste había sido enjabelgado de nuevo en la primavera por el nuevo mozo de molienda— y hablaba, primero amable y luego preocupada, dos frases irritadas y acto seguido nuevamente con confianza, con alguien que no estaba del otro lado del vallado, que no pasaba con botas engrasadas y sin embargo crujientes, que no llevaba pantagunter_grass.indd 30 18/10/13 14:30 31 lones bombachos y que, con todo, se llamaba Pablo o Pablito y había de devolverle algo a la Laurita Matern de la mirada acuosa, algo que le había quitado. 

Pero Pablo no devolvía nada, pese a que la hora era propicia —mucha calma, a lo sumo un zumbido— y el viento, con una velocidad de ocho metros por segundo, calzaba el número preciso para pisar el molino arriba del caballete de tal modo que éste giraba una insignificancia más aprisa que el viento y, con una sola molienda, convertía el trigo de Miehlke —para él se estaba precisamente moliendo— en harina de Miehlke lista para ensacar. Porque, pese a que en la capillita de madera de Steegen se bautizara a un hijo del molinero, no por esto estaba el molino parado. Cuando el viento era propicio a la molienda, había que moler. El molino sólo distingue entre días con viento y días sin viento de molienda. 

Laurita Matern sólo sabía de días en que Pablito pasaba y se paraba junto al vallado, y días en que no pasaba nada ni nadie se paraba en el vallado. Y como aquel día el molino molía, Pablito pasó y se detuvo. Perkun daba ladridos entrecortados. A lo lejos, detrás de los álamos de Napoleón y de las granjas de Folchert, Miehlke, Kabrun, Beister, Mombert y Kriwe, detrás de la escuela plana y de la Central de Jarros y Leche de Lührmann, las voces de las vacas se iban relevando. En esto, Laurita decía, amable: —Pablito —varias veces—, Pablito —decía, mientras en el horno, sin rociar, sin fórmulas y sin ser vuelto, el ganso se iba poniendo más reseco y más dominical—: Tú, devuélveme eso. No seas malo, tú. No seas así, tú. Devuélvemelo, que lo necesito. Dámelo, y no me digas que no. Anda, devuélvemelo. Nadie devolvió nada. El perro Perkun volvió la cabeza sobre el cuello y siguió con la mirada, gimoteando bajito, al que se alejaba. Entre las vacas, la leche iba aumentando. El molino de viento estaba sentado con la rabadilla sobre el caballete y molía. Los girasoles se rezaban unos a otros plegarias de girasoles. 

El aire zumbaba. Y el ganso en el horno empezó a quemarse, primero poco a poco y luego tan rápidamente y con tanto olor a chamusquina que, en su cuarto suspendido sobre la cocina, la abuela Matern movía en círculo los globos de los ojos con magunter_grass.indd 31 18/10/13 14:30 32 yor rapidez que lo hacían las aspas del molino. Mientras en Steegen salían de la capillita bautismal, mientras en el cuarto suspendido la tortuga del tamaño de una mano pasaba de una tabla fregada a otra, aquella, deslumbrante oscura deslumbrante, empezó, a causa de la chamusquina de ganso que subía hasta el cuarto suspendido, a burbujear, babosear y resoplar. Primero le salieron por las ventanas de la nariz unos pelos como los que todas las abuelas suelen tener en ella; pero cuando el acre olor llenó el cuarto atravesado por ráfagas deslumbrantes e hizo vacilar a la tortuga y encogerse las hojas de lechuga, ya no le salieron pelos de las ventanas de la nariz, sino vapor. Un rencor de nueve años se descargó. 

La locomotora de la abuela se puso en marcha. Vesubio y Etna. La abuela desencadenada echó por las narices el elemento preferido del infierno: fuego; contribuyó, cual dragón, al juego de luz violenta y sombra oscura y, en medio de la iluminación alternante, volvió a probar, después de nueve años, el seco rechinar de dientes. Lo logró: de izquierda a derecha, embotados por la chamusquina, los últimos muñones que le quedaban se frotaron, y finalmente se mezcló al resoplo del dragón, al vaho, al aliento ígneo y al rechinar de dientes un crujir y un romperse: aquella silla de roble que habían ensamblado tiempos prenapoleónicos y había soportado a la abuela por espacio de nueve años seguidos, salvo en las breves pausas impuestas por razones de limpieza, cedió y cayó en pedazos en el preciso momento en que la tortuga se veía levantada de las tablas del suelo y lanzada sobre la espalda. Al mismo tiempo saltaron, a manera de red, varios azulejos del horno. Abajo reventó el ganso y dejó derramarse el relleno. El asiento se desintegró en polvo de madera, más fino de lo que hubiera podido molerlo el molino de viento de caballete de los Matern; el polvo se levantó en nubes, se multiplicó como monumento pomposamente iluminado del carácter efímero de las cosas y envolvió a la abuela Matern, quien por cierto no había seguido el ejemplo de la silla ni se había convertido en polvo ancestral. Lo que aquí se posaba sobre las hojas arrugadas de lechuga, sobre la tortuga de espaldas, sobre los muebles y las tablas del suelo, no era más que polvo de la madera de roble; en tanto que ella, la terrible, no gunter_grass.indd 32 18/10/13 14:30 33 se posaba, sino que, rechinante y electrizada, se mantenía de pie, alcanzada por el alterno juego candente oscuro de las aspas del molino, en medio del polvo y el moho, rechinaba de izquierda a derecha y, a partir del rechinar, dio el primer paso: pasó de candente a oscura, andaba candente andaba oscura, salvó a la tortuga que ya casi no podía con su alma y cuyo vientre era de un bello amarillo-azufre, dio, después de nueve años de asiento inmóvil, pasos seguros, no resbaló en las hojas de lechuga, abrió la puerta del cuarto suspendido, bajó, hecha un dechado de abuela en zapatillas de fieltro, por la escalera a la cocina; se encontraba ahora sobre baldosas y virutas, apoyada con las dos manos en un anaquel, y trataba de salvar, con ardides culinarios de abuela, el ganso bautismal que se estaba quemando lamentablemente. Y logró efectivamente salvarlo un poco, raspando y apagando lo chamuscado y cambiando al ganso de postura. Pero todo el mundo que en Nickelswalde tuviera oídos oyó a la abuela, mientras salvaba, gritar desaforadamente y con terrible claridad, con voz que le salía de una garganta sobradamente reposada: —¡Holgazana, tú, holgazana! ¿Dónde estás, tú, holgazana? ¡Laurita, holgazana! ¡Espera un poco, tú, holgazana! ¡Maldita holgazana! ¡Holgazana, tú, holgazana! Y hela ya aquí armada del cucharón de madera dura fuera de la cocina chamuscada, en medio del jardín zumbante, con el molino a la espalda. 

A la izquierda pisó las fresas, y a la derecha la coliflor; después de muchos años volvía a estar por vez primera entre las habas, pero luego, inmediatamente a continuación, detrás de los girasoles y entre ellos, y levantando cada vez el brazo derecho muy en alto y apoyada en todos sus movimientos por las aspas regulares del molino de viento de caballete, empezó a descargar sobre la pobre Laurita y también sobre los girasoles, pero no sobre Perkun, el cual, negro, desapareció corriendo entre las espalderas de las habas. A pesar de los golpes, y por más que no hubiese allí Pablito alguno, Laurita gimoteaba en su dirección: —¡Ay, Pablito, ayúdame, socórreme, Pablito...! —pero lo único que la alcanzaba eran los golpes lígneos y la canción de la abuela desencadenada: —¡Holgazana, más que holgazana! ¡Holgazana condenada, tú! 




Günter Grass (16 de octubre de 1927 -13 de abril de 2015 ) se hizo escritor después de haber recibido una sólida formación como escultor y dibujante. En 1999 recibió el Premio Nobel de Literatura y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Su obra comprende poemas, dramas y, sobre todo, novelas.

El tambor de hojalata (Alfaguara, 2009), una de las cumbres de la literatura europea contemporá- nea, compone junto con Años de perro y El gato y el ratón (Alfaguara, 1999) la famosa «Trilogía de Danzig». Su fama se ha cimentado sobre estas y otras obras maestras como El rodaballo (Alfaguara, 1999), Es cuento largo (Alfaguara, 1997) o A paso de cangrejo (Alfaguara, 2003). Testigo de su época en permanente lucha contra el silenciamiento del pasado, entre su producción de carácter ensayístico y autobiográfico destacan Mi siglo (Alfaguara, 1999), Del diario de un caracol (Alfaguara, 2001), Cinco decenios (Alfaguara, 2003), su controvertida Pelando la cebolla (Alfaguara, 2007), La caja de los deseos (Alfaguara, 2009) y De Alemania a Alemania. Diario, 1990 (Alfaguara, 2011).


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