"El Castigo": La cautivadora novela de Alfonso Vila Francés

'El castigo', novela de Alfonso Vila Francés
Salida exterior 6, imagen
por Alfonso Vila Francés

Tal vez lo mejor sea contar las cosas como me vienen a la mente, no censurar nada, no precipitar nada, que la historia se vaya deshilvanando ella sola, que la verdad busque sus propios caminos, avance rápido cuando haya que apresurarse y se recree en todos y cada uno de los detalles que considere importantes. En cuanto a mí... creo que debo tener un único propósito: ser todo lo objetivo que pueda, que mi mano no sea más que un instrumento insensible, el instrumento mediante el cual todo eso tan doloroso que corroe mis entrañas llegue por fin a ver la luz. Naturalmente no será fácil. 
El tiempo no pasa en vano, es cierto, pero mis heridas siguen abiertas. Contar lo que sucedió y tal cual sucedió, escupir, vomitar esa sustancia espesa y amarga que tapona mi garganta, convertir con la ayuda de un simple papel y un bolígrafo lo tóxico en inocuo, lo duro en dúctil, sin ni siquiera pararme a releer lo escrito (no sea que tenga tentación de borrar o cambiar algo) es, tal vez, mi última oportunidad de cerrarlas.

Si esto falla, toda mi vida –o, mejor dicho, lo que queda de ella– estará condenada para siempre. Pero esto no es lo peor, pues poco queda ya que merezca ser salvado en mí. Lo que realmente me preocupa es que pasará con Sofía, mi futura mujer. Ella no sabe casi nada de mi pasado. No imagina que nuestra relación crece sobre un montón de mentiras (mentiras piadosas, pero mentiras al fin y al cabo). Cuando estoy malhumorado, se esfuerza en complacerme pensando ingenuamente que así logrará conjurar cualquier mal. Su amor no merece los quebraderos de cabeza que le ocasiono. Y sólo por ella sé que no debo rendirme, pues podía arrastrarla injustamente en mi caída. Si voy a volver a descender a los infiernos, prefiero hacerlo solo... 

I

Empezaré hablando de sus padres. Hasta la tercera o cuarta cita no se refirió a ellos. Y cuando por fin se decidió a mencionarlos lo hizo de un modo tan somero que pensé que no debía tenerles demasiado aprecio. Luego, un buen día, se le ocurrió que sería buena idea ir a pasar el fin de semana a la vieja casona donde vivían. A mí me pareció un plan bastante descabellado, la verdad, pero fui incapaz de negarme. Acordamos visitarlos el próximo fin de semana (en realidad mi único trabajo fue asentir con la cabeza, todo lo demás fue cosa suya) y no volvió a pronunciar sus nombres hasta la misma noche de la partida. Entonces, mientras nos dirigíamos hacía su casa natal en coche, en parte para que el viaje no se hiciera aburrido, en parte porque la situación (una carretera oscura y solitaria y un par de horas por delante) nos predisponía a las confesiones, me relató con todo detalle la historia de su familia.

–Lo primero que tienes que saber –murmuró– es que la persona que vas a conocer no es mi padre. Mejor dicho... Sí lo es, pero en otro sentido...

Hizo una breve pausa, tal vez para ordenar las palabras que le venían atropelladamente a la cabeza, tal vez para tomar el impulso necesario para decir lo que tanto tiempo había callado, y farfulló:

–En realidad mi padre es otro.

Una nueva pausa sirvió para que nuestras miradas se cruzaran durante unas décimas de segundo. Comprendí que no deseaba extenderse más sobre el asunto. No sabía muy bien por qué me lo había contado (quizá tampoco lo supiera ella), pero era evidente que esperaba que me comportara como si no supiera nada. Podía y debía sentirme halagado por su sinceridad. También debía mostrarme digno de ella. ¿Cómo? Cumpliendo dos sencillos preceptos: no revelando jamás a nadie lo que sabía, y no molestándola con preguntas innecesarias.

Para hacerle ver que había captado el mensaje que sus ojos, con ese lenguaje suyo tan sutil y rico, me habían dictado velozmente, fijé la vista en la carretera y guardé silencio. Inesperadamente, cuando ya mi mente había empezado a buscar otro tema de conversación, cuanto más intrascendente mejor, ella decidió que todavía quedaba algo importante por decir... 

–Mi padre biológico es alguien a quien no conozco –exclamó de pronto. Ni tampoco tengo demasiado interés en conocerlo, la verdad – añadió en voz baja, como si temiera que, de algún modo misterioso, ese padre desconocido llegara a saber lo que ella pensaba de él, y fuera a enojarse por ello–. Sin embargo... –su voz había cambiado radicalmente, ahora era alegre y decidida– de mi padre adoptivo lo sé casi todo, por no decir todo. Él es para mí mi verdadero padre. Y quiero que para ti también lo sea. 

–Desde luego –respondí.

Entonces me contó que su padre, esto es: el señor Alonso Gómez Zarenhall, ciudadano español de ascendencia holandesa, era el médico del pequeño pueblo donde residía desde hacía siglos la familia de su madre. Una sofocante tarde de agosto, a esa hora en que la gente sensata hacía la siesta o oía la radio, la señorita Mercedes, una de las muchachas más envidiadas del pueblo, no sólo por su belleza sino también por su fortuna, se presentó repentinamente en su consulta. Tan pronto la vio entrar, el experimentado médico reconoció la causa de su angustia. Y cuando tras el inevitable reconocimiento, le comunicó que sus temores eran ciertos –había quedado en estado–, la encontró tan decidida a tener ese hijo a pesar de todo que sin pensárselo dos veces le lanzó la proposición más indecente que jamás hiciera a nadie...







Alfonso Vila Frances
Nacío en 1970 en Valencia, donde actualmente reside. Ha vivido en Orihuela, Madrid, Bruselas y Debrecen (Hungría). Ha trabajado como monitor de tiempo libre, bibliotecario, archivero y profesor de secundaria (Ciencias sociales). Ha escrito en muchas revistas, como por ejemplo: “Cuadernos del matemático”, “Hojas Iconoclastas”, “Calicanto”, “El vendedor de pararrayos”, “Cuadernos del lazarillo”, “Alhucema”, “Rio Agra”, “Factorum” “Groenlandia”, “Agora”, “Acantilados de papel”, “La bolsa de Pipas”, “Fábula”, “El coloquio de los perros”, “La ira de Mofeo”, y “Jot Down” . También gano algunos premios (entre ellos “Miguel de Cervantes”, “Jaume Roig”, “Vila de Canals”, “Diputación de Castellón”, Ciudad de Getafe”, “cortes Valencianas”, “Marco Fabio Quintiliano” y “Mariano Roldán”) . Entre sus publicaciones se incluyen libros de poesía y de relatos. También novelas y ensayo.



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