diciembre 15, 2018

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ICONOCLASTA "LA PROVOCACIÓN EN ESTADO PURO. ENTREVISTA POR JUAN CARLOS VÁSQUEZ




-Ripoll, Barcelona...

«Un poco de hostilidad no puede hacer daño en un mundo melifluo e incruento hasta el hastío».

Pablo López, el Iconoclasta, devela una moralidad esclava que solo beneficia a sus valedores. La religión, la sexualidad, los nacionalismos exacerbados se ridiculizan. Al desestructurar sus mecanismos aboca a cuestionar la concepción de lo preestablecido desafiando las reglas. Ningún orgullo, ninguna soberbia. La posesión de conocimiento no exonera para estar a salvo de su voluntad por derrumbar pedazo a pedazo lo que el hombre construye.
Ya que se sabe parte vinculante de su propia crítica siente y padece la seducción del vicio que tanto señala. Su día a día representa una verdadera ruptura hasta el extremo de ironizar con acontecimientos personales sensibles a su vida privada.
El demérito, la declinación, la muerte del círculo predomina haciendo del sexo explícito un arma escandalosa que busca desnudar las miserias que todos sin excepción esconden.

<<Escribir y leer no es una terapia de grupo. Es un acto íntimo y absolutamente individual y no puedes pensar a quién le puede gustar, es más gratificante pensar en los que pueden sentirse ofendidos».

—Para muchos exhibirse cuando escriben resulta en cierto modo indecente, para el iconoclasta no. Oscilas entre el éxtasis y el horror sin el más mínimo decoro. Después de haber entrado en las fauces del hombre y sus bajezas. ¿Has encontrado algo medianamente rescatable?
—Sus bajezas, que son las únicas verdades y lo que explica la verdadera esencia del ser humano. De hecho es lo que caracteriza a la especie humana. A través de sus bajezas y las mías, podemos desentrañar motivos y causas con total fiabilidad y predecir los próximos cincuenta años sin ningún error por la previsibilidad de las reses. La estulticia es como un residuo nuclear, dura eras geológicas.

—¿De dónde surge el Iconoclasta? ¿Es una idea o una necesidad?
—Es una necesidad y un placer perverso. Una necesidad de decir lo que a nadie le gusta con las palabras adecuadas y desnudas como un filo metálico y cortante; me considero el traductor simultáneo de la hipocresía. Tengo un cerebro eficaz que funciona sin interferencias externas y culturales. Debía sacar provecho de él. Y el placer perverso de una venganza, aunque sea absolutamente intrascendente, es suficiente gozo en esta mediocre sociedad de la superficialidad justificada con sofismas fácilmente asimilables para las mentes de entre los cinco y seis años.



—Tractatus pettiness, Semen Cristus, Sexo en el sistema solar, El árbol humano, 666, El amor que todo lo confunde son algunos de tus textos. ¿Con cuál de éstas obras te identificas más, y porqué?
—Con Sexo en el Sistema Solar, porque es la caricatura del macho y la hembra humana, es un divertido aumento óptico y una exageración que a veces se queda corta. Me identifico con 666 porque es un personaje que me lleva a lo más malvado, a las ejecuciones más despiadadas, a los juicios más sarcásticos. Es la cara oculta que la religión quiere esconder, 666 son los designios inescrutables del señor. Los teólogos quieren a Dios y justifican el mal como una oscura maniobra divina; pero si el bien es un ente al que se puede orar, el mal también. Si al mal se le suma ambición desmedida se accede al mundo de la política; aunque ningún político podría tener el carisma de un personaje como 666.

—Fuiste partícipe de la evolución de los medios en Internet. En la actualidad, ¿qué destacarías?
—Es verdad… Recuerdo aquella cuasi prehistoria. La formación de grupos como los de MSN (censurando palabras malsonantes), que luego llevarían a la creación de las redes sociales. Te recuerdo a ti como uno de los primeros colegas con los que en serio pude intercambiar ideas y expresarme con comodidad dentro de la literatura, de una literatura trabajada y sin sensiblerías. Con todas las frustraciones que conlleva. En la actualidad destaca lo mucho que se ha denigrado el lenguaje escrito, que Internet ha servido para popularizar el analfabetismo, premiarlo y enaltecerlo hipócritamente a una especie de romántica anarquía. Es algo que me irrita el cerebro, como la cacareada autoayuda que cada cual publica en sus muros, como conjuros y amarres en las «tienditas» de los mercados mexicanos.
Supongo que para los depresivos es una delicia, independientemente de su grado de analfabetismo y carencia de inquietud intelectual alguna. Internet es el reflejo del adocenamiento de la vida cotidiana.

—No impones ningún límite a la expresión del sentimiento de la verdad. ¿Con tal concepción de las cosas no terminas agrediéndote involuntariamente?
—Por supuesto que sí. Me agredo continuamente y sufro en esta gigantesca cárcel donde la ética se ha confundido con la cambiante y arribista moralidad. Lo primero que has de hacer antes de escribir, es saber denigrarte tú mismo. Es necesario para después denigrar todo sin escrúpulos, aunque no sea necesario ni justo. Escribir y leer no es una terapia de grupo. Es un acto íntimo y absolutamente individual y no puedes pensar a quién le puede gustar, es más gratificante pensar en los que pueden sentirse ofendidos.

«La vida ya no es una lucha. La han convertido en un concurso hipócritamente aburrido de poses y mentiras».

—La naturaleza, los animales libres forman parte de una contemplación constante cuando te apartas de esa entrega desmesurada ante la bajeza humana y sus consecuencias. ¿Qué miras en ese mundo que no tiene necesidad de explicarse?
—Esa simpleza de vivir. Y desmitifico ese engaño facilón y empalagoso de que la naturaleza es sabia, una especie de ente perfecto. Los animales mueren por errores propios y azares. No hay perfección alguna en la naturaleza. Y ese «desamparo» los hace héroes sin que ejecuten ninguna gran acción más que vivir o morir. La naturaleza es la prueba misma de que el hombre es otro error, un fallo en el planeta. Es ahora cuando veo la grandeza de lo salvaje y de los pequeños seres. Requiere soledad, requiere silencio y escuchar y mirar durante horas sin que tengas sensación de perder el tiempo. Porque ves a los grandes herbívoros en los prados y no llevan relojes y acarician a sus hijos y se comunican y deciden pasear y atravesar un campo bajo un puente. No encuentro demasiadas diferencias con el comportamiento humano, salvo por el pellejo hipócrita que lucen mujeres y hombres junto con el móvil en el culo.



—Es intrínseco a la existencia esa capacidad de negarse. Esa constante carrera por distraerse y accionar comportamientos contrarios a la voluntad en la época de la modernidad y la tecnología. ¿Qué ascensos merecen la pena?
—Elevar la capacidad de entendimiento humano, y el humor. Elevar la ética y quemar moralidades. Subir a la Luna no tuvo al final, ninguna ventaja práctica o humanística.

—¿Catalunya?
—Nací en Catalunya, toda mi vida he sido esclavo en esa región del planeta, en Barcelona concretamente. La conozco tan bien que sé que al final no tiene nada especial. Los mismos tópicos se repiten en todas partes. Una clase social muy rica ha querido ser más rica y, sin ser necesario, los más humildes han sido sugestionados con una libertad en un lugar que es de los más represivos de Europa. Más controlador y supremacista, el que cobra más dinero al pobre por vivir… No es para tanto Catalunya.

—¿Cuánto ha cambiado tu punto de vista?
—Odio todo asomo de patriotismo, es la bajeza más grande del ser humano. Tú eres un gran viajero, lo sabes mejor que yo. Hubo un sueño que era un mundo libre, sin fronteras. Hasta los sueños saben hacer mierda. Mi punto de vista no ha cambiado, ojalá hubiera ocurrido semejante cosa.

—¿Tienes objetos de admiración, de amistad?
—Grandes humanos como tú y tres o cuatro más. Hay escritores que me han fascinado y gente del mundo del arte y la filosofía que me ha ayudado a definir y concretar mis emociones. Sí, doy gracias a unos pocos «anónimos» por haberme enseñado cosas verdaderamente fascinantes. Ser un poeta crítico e intensamente enojado con el mundo como tú, es una forma más difícil de escribir que la mía. Eso es admiración.

—¿México?
—Pinche México… Cuando llegué, tuve la impresión de regresar a mi infancia, en tiempos de Franco (hasta que cumplí los catorce años no murió el dictador). La escuela mexicana tiene el sabor rancio de un adoctrinamiento falangista. Tal vez por ello, el mexicano es de un desaforado patriotismo. Es la cualidad principal de las sociedades fascistas. Pero eso no es problema, en cuatro años hice allí más amigos que los casi cincuenta que he vivido en Barcelona. México me apasionó, por las emociones encontradas y porque, entre tanta sordidez, encuentras seres humanos para disecarlos y que se mantengan inmutables durante toda la eternidad, así de grandes y queridos. ¡Ja!
México, es una parte muy importante y bonita de mi vida.


—Religión y estado proponen un código de conducta entre los hombres que no cumplen. ¿Qué posición tomas en el debate sobre las guerras entre fundamentalismos ideólogo-religiosos?
—Hay religiones que denigran al ser humano, que usan la violencia y la humillación más allá de preceptos escritos. Esas religiones no deberían existir; y sin embargo representan a millones de humanos. Creo que ha de haber un acto cruento porque con palabras, con debates, ya es tarde para concertar pactos. Demasiada historia y pocos avances. Churchill dijo: «Tuvieron que elegir entre la guerra y el deshonor, eligieron el deshonor y por tanto la guerra». La religión, al menos las mayoritarias son violencia encapsulada en crucifijos y medias lunas. «Lo que puede romperse, debe romperse» (dice el vampiro jefe de la película Treinta días de oscuridad). Las religiones también avisan: Quien siembra vientos, cosecha tempestades. Han de ser consecuentes con lo que hacen y van a provocar. Mi posición es de desprecio hacia cualquier superstición que coarta mi libertad con un dios fabricado a la medida del poder.
«Es fácil y poco meritorio ser intelectual y transgresor cuando eres afortunado. Bohemios y sabios de club… No sabéis nada, ingenuos».



—¿Qué parte de la historia te aburre más?
—La que habla de la aristocracia, de reyes, condes, marqueses… La clásica que es una masa reseca de mitologías y medias verdades difíciles de desentrañar.

—La esvástica, la hoz y el martillo, la cruz latina, la cruz de ocho brazos. . . ¿Crees que Sapiens volverá a sorprendernos, está vez, con otra simbología que este alejada del óxido creciente e histórico de la sangre?
—No olvidemos el lóbrego himno catalán Els Segadors, que no está nada mal para una sociedad que dice ser pacifista hasta la diabetes. Lo que más temo es el pajarito de Twitter, el puño de Facebook, el ojo redondo y colorido de Google… Ya forman parte del fetichismo y sectarismo contemporáneo. En ellos hay una gran amenaza de eternizar la idiotez y llevarla a lugares del universo al que otras simbologías o sectas no consiguieron llegar.

—Cómo se te ocurren las historias que en la mayor parte describen terror, locura, pánico, odio. ¿Qué diagnóstico harías al comparar la realidad con la ficción?
—Imagino a personajes acabados, agotados, acorralados contra la vulgaridad y la falta de imaginación y humor (yo mismo).
Lo que escribimos en la ficción es algo absolutamente fascinante, porque damos razones éticas para las crueldades y elevamos a nivel intelectual los actos más abyectos. En la realidad, todas las muertes, torturas y abusos, son llevadas a cabo por grandes mediocres y de forma más mediocre aún. Es intensamente aburrida la realidad. Lo sorprendente es la cantidad de gente que ensalza a esos mediocres. Supongo que aquello de que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, es una constante universal, algo indiscutible.

—Tras tantas imposturas y tanto fraude en el poder. Tras tantos esfuerzos que se reducen a minar la sensibilidad la fábula del diablo y la ley de las rejas se erigen para amedrentar al rebelde. La fórmula del infierno persuade al ciudadano común a no actuar en consecuencia con sus arrebatos, validos éstos cuando el «edo» oprime. ¿Cómo romper con toda esta ilación de percances?
—Se podría romper con una buena educación desde la base, con valentía, sin miedo a pronunciar palabras. Haciendo de la muerte lo que es: un fin y no el inicio de otra vida; ya que es la excusa ésta, para perpetuar el castigo y la represión durante toda la vida del individuo. El sexo se ejecuta, se lleva a cabo diariamente a cada segundo. La gran falacia es que pronunciar el sexo es más delictivo que hacerlo. ¿Cómo luchar contra esto? No ocurrirá, por mucha imaginación que use, no puedo ver al humano libre de prejuicios y miedos. Estamos hablando de otra raza de seres de otro planeta cuando pretendemos romper semejante ilación.

—¿Qué tienes en mente para el futuro?
—Morir y, mientras tanto, seguir disfrutando de la soledad y la libertad de escribir para nadie, sin pretensiones de ser un gurú o un ilustre prócer. Sin ningún fin más que disfrutar y verme a mí mismo de tantas formas que la vida no me da tiempo para ser.

—¿Salirse de la tradición trae consecuencias?
—Sí. Te impide ascender laboral y socialmente. Hay que mantener en secreto tanto tiempo como se pueda, el odio y desprecio hacia las tradiciones culpables de que la hipocresía permanezca inalterable a lo largo de la historia. El engaño es una herramienta de supervivencia, de las más valiosas.



—¿Ante tanta repetitividad de la historia y aburrimiento, qué hacer?
—Escribir, soñar, inventar mundos interiores (mejores o peores aunque jodan; pero que sean intensos) donde poder moverse. La psicodelia llevada al extremo es la única forma de mantenerse vivo en los anales idénticos de la historia. Los hippies lo intentaron; pero la droga no dura siempre. Hay que tener cierta capacidad de autodestrucción natanata.


«Cuando los políticos con su gran y desmesurada incultura pronuncian una palabra, suelen ponerse de moda entre la chusma y se usa en todo momento sea cual sea su significado».


Pablo López "Iconoclasta"  http://ultrajant.com 
Escritor Catalán residenciado en Ripoll.

Juan Carlos Vásquez, autor de "Invulnerables"
actualmente reside en Barcelona.








enero 27, 2017

RAYMOND CARVER / EL ELEFANTE





Sabía que era un error dejarle aquel dinero a mi hermano. ¿Qué necesidad tenía yo de más deudores...? Pero me llamó y me dijo que no podía pagar el plazo de la casa. ¿Qué otra opción me quedaba? No había estado nunca en su casa (vivía en California, a mil quinientos kilómetros de distancia); ni siquiera la había visto, pero no quería que la perdiera. Lloraba en el teléfono, y decía que iba a perder lo que había conseguido en toda una vida de trabajo. Dijo que me devolvería el dinero. En febrero, dijo. Incluso antes. En marzo, a más tardar. Dijo que es-taban a punto de devolverle cierta suma que Hacienda le había cobrado de más. Además —dijo—, había hecho una pequeña inversión que daría sus frutos en febrero. Se mostró reservado al respecto, y no quise presionarlo para que fuera más explícito. 

—Confía en mí —dijo—. No te fallaré. 
Se había quedado sin trabajo en julio del año anterior, cuando la empresa donde trabajaba —una fábrica de aislamientos de fibra de vidrio— decidió despedir a doscientos empleados. Había cobrado el paro durante un tiempo, pero ahora hasta el subsidio se le había acabado, al igual que sus ahorros. Se había quedado incluso sin seguro médico. Al perder el trabajo, perdió el seguro. Su mujer, diez años mayor que él, era diabética y necesitaba tratamiento médico. Habían tenido que vender el segundo coche —una vieja ranchera—, y hacía una semana que habían empeñado el televisor. Me dijo que tenía la espalda hecha polvo de cargar con el televisor de puerta en puerta. Se había recorrido todas las casas de empeños —dijo—, en busca de la oferta más alta, hasta que alguien le dio cien dólares por su Sony de pantalla grande. Me habló del televisor y de lo mal que tenía la espalda, como si de ese modo se asegurara mi implicación en sus problemas (a menos que yo, su hermano, tuviera un corazón de piedra). 
—Estoy hasta el cuello —dijo—. Pero tú puedes ayudarme a salir de esto. 
—¿Cuánto? —dije. 
—Quinientos dólares. Me harían falta más, por supuesto, ¿a quién no? —dijo—. Pero quiero ser realista. Puedo devolver quinientos. Más, si quieres que sea sincero, no sé si podría. No sabes lo que odio tener que pedirte esto, hermanito. Pero eres mi último recurso. Irma Jean y yo nos quedaremos en la calle si nadie nos ayuda. No te fallaré. 

Eso fue lo que dijo. Palabra por palabra. 
Seguimos hablando unos minutos más —sobre todo de nuestra madre y sus problemas—, pero no quiero extenderme. El caso es que le mandé el dinero. Tuve que hacerlo. Me pareció que debía hacerlo, más bien (lo cual viene a ser lo mismo). Cuando le envié el cheque le escribí diciéndole que el dinero se lo devolviera a nuestra madre, que vivía en la misma ciudad y siempre estaba ávida de dinero y sin blanca. Yo llevaba ya tres años mandándole una mensualidad, hiciera sol o tronara. Y pensé que si mi hermano le pagaba el dinero que me debía yo podría desentenderme un tiempo, darme un pequeño respiro. No tendría que preocuparme del asunto en un par de meses. Y, para ser franco, también pensé que quizá había más probabilidades de que le pagase a ella, ya que vivían en la misma ciudad y se veían de cuando en cuando. Lo que quería era cubrirme un poco las espaldas. Porque, por mucho que mi hermano tuviera las mejores intenciones del mundo, a veces suceden cosas. La realidad a veces sale al paso de las buenas intenciones. Ojos que no ven, corazón que no siente, como vulgarmente se dice. Pero no sería capaz de dejar en la estacada a su propia madre. Eso no lo haría nadie. 

Me pasé horas y horas escribiendo cartas para dejar bien claro el asunto. Lo que cada cual debía hacer. Telefoneé incluso varias veces a mi madre para explicárselo. Pero ella se mostró recelosa al respecto. Le expliqué que el dinero que tenía que enviarle a primeros de marzo y a primeros de abril se lo daría Billy, que me lo debía. Recibiría el dinero, no tenía que preocuparse. Esos dos meses recibiría el dinero de Billy y no de mí, eso era todo. Billy, en lugar de enviarme el dinero a mí para que yo se lo enviara a ella, le entregaría el dinero directamente. En cualquier caso, no debía preocuparse. Tendría su dinero, pero esos dos meses lo recibiría de él, porque me lo debía. Dios mío, no sé cuánto me gasté en conferencias. No sé las cartas que escribí (si me dieran medio dólar por cada una me haría rico), explicándole a él lo que le había dicho a ella y a ella lo que debía hacer él... 
Pero mi madre no se fiaba de Billy. 
—¿Y si no puede hacer frente a esos pagos? —me decía por teléfono—. ¿Entonces qué? Lo está pasando mal, y lo siento por él —decía—, pero, hijo mío, lo que yo quiero saber es qué va a pasar si no puede pagarme. ¿Eh? ¿Entonces qué? 
—Entonces te lo daré de mi bolsillo —dije—. Como siempre. Si él no te lo da, te lo daré yo. Pero te lo dará. No te preocupes. Dice que va a hacerlo, y lo hará. 
—No quiero preocuparme —dijo ella—. Pero me preocupo. Me preocupo por mis chicos, y luego por mí misma. Nunca imaginé que vería en tal situación a uno de mis hijos. Me alegro de que tu padre no viva para verlo. 

En tres meses mi hermano le dio a mi madre sólo una pequeña parte de lo que se había comprometido a darle. Cincuenta dólares. O setenta y cinco, porque hay diferentes versiones. Dos versiones contrapuestas: la de él y la de ella. Pero eso es todo lo que pagó de los quinientos dólares: cincuenta o setenta y cinco, según a cuál de los dos quiera creerse. Tuve que poner lo que faltaba. Tuve que seguir rascándome el bolsillo, como de costumbre. Mi hermano estaba acabado. Eso es lo que me dijo —que estaba acabado— cuando le llamé para preguntarle qué pasaba, porque mamá me había llamado para saber qué había sido de su dinero. 

Me había dicho: 
—Hice que el cartero volviera a la furgoneta y mirara bien, por si tu carta se había caído detrás del asiento. Luego fui preguntando a los vecinos si les habían dejado por error alguna carta mía. Me está volviendo loca este asunto, cariño. —Luego añadió—: ¿Qué quieres que piense una madre en mi situación? —Y siguió preguntándose quién cuidaba de sus intereses en todo aquel asunto. Eso es lo que quería ella saber. Eso y cuándo recibiría su dinero. 
Así que cogí el teléfono y llamé a mi hermano para saber si se trataba de una simple demora o una quiebra en toda regla. Billy, según él, estaba acabado. No tenía salvación. Iba a poner su casa en venta de inmediato. Y confiaba en no tener que precipitarse demasiado y acabar dándola a bajo precio. Ya no le quedaba en ella nada que vender. Lo había vendido todo menos la mesa y las sillas de la cocina. 

—Ojalá pudiera vender mi sangre —dijo—. Pero ¿quién iba a comprármela? Con la suerte que tengo, seguro que me descubren una enfermedad incurable. 
Naturalmente, su pequeña inversión no había dado ningún fruto. Cuando le pregunté por ella se limitó a responder que no se había materializado. Tampoco la devolución de Hacienda se había hecho realidad: la suma que debían devolverle había sido objeto de una especie de embargo. 
—Las desgracias nunca vienen solas —dijo—. Lo siento, hermanito. Nada de esto habría pasado si hubiera estado en mi mano. 
—Lo comprendo —dije yo. 
Y era cierto. Pero no hacía más fáciles las cosas. Bien, el caso es que no me pagó lo que me debía. Ni a mí ni a mi madre, a quien hube de seguir mandándole su cheque todos los meses.

Sí, me sentía dolido. ¿Y quién no? Lamentaba la situación de mi hermano de todo corazón. Ojalá la desgracia no hubiera llamado a su puerta. Pero ahora mi situación tampoco era muy halagüeña. En adelante, al menos, ya no volvería a acudir a mí sucediera lo que le sucediera. Nadie con esa deuda pendiente se atrevería a pedir más dinero. Eso es lo que me decía a mí mismo, pero cuán equivocado estaba. 
Me dediqué con ahínco a mis ocupaciones. Me levantaba muy temprano e iba al trabajo y no paraba en toda la jornada. Cuando volvía a casa me dejaba caer en el sillón y ya no me movía. Estaba tan cansado que tardaba un rato en empezar a soltarme los cordones de los zapatos. Y seguía allí, hundido en el sillón. Sin fuerzas siquiera para levantarme a encender el televisor. 

Lamentaba de veras los problemas de mi hermano. Pero yo también tenía problemas. Además de mi madre, tenía a otras personas en nómina. Mandaba dinero a mi ex mujer todos los meses. Tenía que hacerlo. Yo no quería, pero los jueces así lo dispusieron. Luego estaban mi hija y sus dos niños. Vivían en Bellingham, y todos los meses les mandaba algún dinero. Las criaturas tenían que comer, ¿no? Mi hija vivía con un indeseable que ni se molestaba en buscar trabajo, un tipo incapaz de conservar un empleo aunque se lo sirvieran en bandeja. Las escasas veces en que encontró algo (una o dos), se quedaba dormido por las mañanas, o se le averiaba el coche camino del trabajo, o le ponían de patitas en la calle, así, sin más explicaciones. 

Una vez, muchos años atrás, cuando yo aún me tomaba estas cosas en serio, amenacé de muerte a ese parásito. Pero no viene al caso. Además, yo entonces bebía. Bueno, la cuestión es que el muy hijoputa sigue con mi hija. 
Mi hija me escribía contándome que sólo se alimentaban de copos de avena. Ella y los niños. (Imagino que el tipo pasaba tanta hambre como ellos, pero ella se guardaba bien de mencionar su nombre en las cartas.) Me decía que, si podía ayudarla hasta el verano, las cosas acabarían arreglándosele. Su situación iba a cambiar —estaba segura— cuando llegara el verano. Aun en caso de que nada saliera como esperaba —y no iba a ser así, porque tenía varias cosas en mente—, siempre podía conseguir trabajo en la fábrica de conservas de pescado. No estaba lejos de casa, y tendría que enlatar salmón vestida con mono y guantes y botas de goma. O podía vender refrescos, en un puesto al lado de la carretera, a la gente que hacía cola en coche para entrar en Canadá. Allí, metida en el coche ante la frontera en pleno verano, la gente tiene que estar sedienta, ¿no? Le quitarían de las manos cualquier bebida fría. El caso es que, se decidiera por lo uno o lo otro, las cosas le irían bien cuando llegara el verano. Pero tendría que ir tirando hasta entonces, y ahí es donde entraba yo. 
Sabía —me decía— que tenía que cambiar de vida. Quería valerse por sí misma, como todo el mundo. Quería dejar de considerarse una víctima. «No soy una víctima —me dijo una noche por teléfono—. Soy una mujer joven con dos hijos y un vago, un hijo de perra que vive conmigo. Como infinidad de mujeres. No me asusta el trabajo duro. Sólo necesito una oportunidad. Es todo lo que le pido al mundo.» 

Ella podía soportar las privaciones. Pero hasta que la suerte cambiase, hasta que la oportunidad llamase a su puerta, eran los niños quienes le preocupaban. Los niños siempre estaban preguntando cuándo iría a visitarlos el abuelito. En ese mismo momento estaban dibujando los columpios y la piscina del motel donde me había alojado en mi visita del año anterior. Pero el verano —siguió—, el verano era la fecha del cambio. Si podía aguantar hasta el verano, se acabarían los problemas. Las cosas cambiarían, estaba segura. Con un poco de ayuda mía podía conseguirlo. 

«No sé qué haría sin ti, papá.» 
Esas eran sus palabras. Casi se me partió el corazón. Por supuesto que tenía que ayudarla. Era una suerte que mi situación, por precaria que fuera, me permitiera echarle una mano. ¿No tenía yo un trabajo? Comparado con ella, con el resto de mi familia, yo tenía la vida solucionada. Comparado con ellos, vivía en Jauja. 
Le mandé el dinero que me pedía. Le mandaba dinero siempre que me lo pedía. Y un día le dije que me sería más fácil mandarle un dinero, no mucho, pero dinero al fin y al cabo, a primeros de cada mes. 

Sería algo con lo que podría contar, y sería su dinero, de nadie más. Suyo y de los niños. Esperaba que así fuera, al menos. Ojalá hubiera existido un medio de asegurarme de que el hijoputa que vivía con ella no pusiera la mano en una sola naranja, en un trozo de pan comprado con mi dinero. No era posible, claro. Así que no tenía otra opción que mandar el dinero y no preocuparme por el hecho de que aquel tipo pudiera darse un atracón a mi costa. 

Mi madre y mi hija y mi ex mujer. He ahí las tres personas en nómina, sin contar a mi hermano. Pero mi hijo también necesitaba dinero. Cuando terminó la escuela secundaria hizo las maletas, dejó la casa de su madre y se fue a una universidad del Este. A un college de New Hampshire, nada menos. ¿Quién ha oído hablar de New Hampshire? Era el primero de la familia —de ambas ramas— al que se le ocurría ser universitario, así que todo el mundo pensó que era una excelente idea. Incluido yo, al principio. ¿Cómo iba a imaginar que acabaría costándome un ojo de la cara? Para sufragarse los estudios pidió créditos bancarios a diestro y siniestro. No quería trabajar y estudiar al mismo tiempo. Eso fue lo que dijo. Y, claro, lo entiendo. En parte hasta me parece bien. ¿A quién le gusta trabajar? A mí no. Así que luego, cuando agotó su crédito después de pedir en todas partes y de financiarse incluso un año de estudios en Alemania, tuve que empezar a mandarle dinero, y mucho. Al final, cuando le escribí que no podía seguir haciéndolo, me contestó que si tal era mi posición al respecto, lo que haría sería traficar con drogas o atracar un banco, o cualquier otra cosa con la que conseguir dinero para seguir viviendo. Y que me podría considerar afortunado si no le mataban a tiros o le metían en la cárcel.
Le escribí y le dije que había cambiado de opinión, que le mandaría algo más de dinero. ¿Qué otra cosa podía hacer? No quería que su sangre me salpicara las manos. No quería imaginar a mi hijo en un coche celular, o en algún trance aún peor. Bastantes cosas tenía sobre mi conciencia como para cargar con una más. 

Eso hacen cuatro personas. Sin contar a mi hermano, que aún no figuraba entre los fijos. Era para volverse loco. Le daba vueltas al asunto día y noche. No podía dormir. Estaba mandándoles todos los meses casi la totalidad de mi paga. No hace falta ser un genio o saber mucho de economía para comprender que aquello no podía continuar. Tuve que pedir un préstamo al banco para hacer que mis cuentas cuadraran. Ello supuso otro pago mensual. 
Así que empecé a reducir gastos. Dejé de comer fuera, por ejemplo. Como vivía solo me gustaba comer fuera, pero tuve que dejar de hacerlo. Me veía obligado a controlar mis salidas al cine. No podía comprarme ropa o arreglarme la dentadura. El coche se caía a pedazos. Necesitaba zapatos... 
A veces me sentía harto y les escribía a los cuatro amenazándoles con cambiarme de nombre y dejar mi trabajo. Les decía que estaba planeando marcharme a Australia. Y el caso es que hablaba en serio cuando decía lo de Australia, por mucho que fuera un país del que no supiera ni una palabra. Lo único que sabía de Australia era que estaba en la otra punta del mundo, y era precisamente allí donde yo quería estar. 

Pero en el fondo ninguno de ellos creía que me fuera a marchar a Australia. Me tenían, y lo sabían. Sabían que estaba al borde de la desesperación, y lo sentían y me lo hacían saber. Pero confiaban en que las aguas se calmaran antes de primeros de mes, cuando tuviera que sentarme a rellenar sus cheques.
En respuesta a una de mis cartas en la que hablaba de emigrar a Australia, mi madre me escribió diciendo que no quería seguir siendo una carga, y que tan pronto como se le pasara la hinchazón de las piernas iba a ponerse a buscar trabajo. Tenía setenta y cinco años, pero quizá podría volver a trabajar de camarera. Le escribí diciendo que no dijera bobadas. Que me alegraba poder ayudarla. Y era cierto. Me alegraba. Lo que necesitaba era que me tocara la lotería. 

Mi hija sabía que lo de Australia no era más que una forma de decir a todo el mundo que estaba harto. Sabía que lo que necesitaba era un respiro, y algo que me levantara el ánimo. Así que me escribió para decirme que iba a buscar a alguien que cuidara de los niños y que se pondría a trabajar en la fábrica de conservas en cuanto empezara la temporada. Era joven y fuerte, decía. Sería capaz de aguantar las jornadas de doce a catorce horas, siete días a la semana. No había problema. Bastaba con decirse a sí misma que podía hacerlo, mentalizarse, y su cuerpo respondería. Claro que tendría que encontrar una niñera adecuada. Y ahí iba a estar el problema. Tendría que ser una niñera muy especial, porque serían muchas horas y los niños estaban in-soportables, cosa nada extraña viendo la cantidad de golosinas que devoraban diariamente. Pero qué se iba a hacer, a los niños les encantaban esas porquerías. De todas formas, si seguía buscando acabaría encontrando a la persona adecuada. Pero tendría que comprarse botas y ropa para el trabajo, y en eso es en lo que podría ayudarla yo. 
Mi hijo me escribió diciendo que sentía mucho ser una de las causas de mi angustiosa situación económica, y que sería mejor para los dos si acababa con todo de una vez por todas. Por si fuera poco, había descubierto que era alérgico a la cocaína. Cuando la esnifaba le lloraban los ojos y no podía respirar. No podría, pues, probar la mercancía con la que pensaba traficar. Así, su carrera como traficante de drogas se había visto truncada antes de empezar. Un tiro en la sien, eso era lo mejor que podía hacer para acabar con todo de una vez. O quizá ahorcarse. Se ahorraría la molestia de tener que conseguir una pistola. Y nos ahorraría a todos el precio de las balas. Por increíble que parezca, eso me decía en su carta. Adjuntaba una fotografía suya del verano anterior, cuando estudiaba en Alemania. Se le veía de pie bajo un gran árbol con gruesas ramas a unos palmos de la cabeza. Y sonreía. 

Mi ex mujer no tenía nada que decir de mi hipotética emigración a Australia. ¿Para qué? Sabía que a primeros de mes recibiría su dinero, aunque tuviera que llegarle de Sydney. Si no le llegaba el cheque en la fecha estipulada, no tenía más que coger el teléfono y llamar a su abogado. 
Así estaban las cosas cuando un domingo por la tarde, a principios de mayo, llamó mi hermano. Había abierto las ventanas y una agradable brisa corría por la casa. Tenía puesta la radio. La ladera de la colina, detrás de la casa, ya había verdecido. Pero cuando oí su voz al otro lado de la línea empecé a sudar. No había vuelto a saber de él desde el penoso asunto de los quinientos dólares, y no podía creer que me llamara para intentar otro sablazo. Pero empecé a sudar de todas formas. Me preguntó cómo me iban las cosas, y le solté de inmediato el asunto de la «nómina» y demás.

 Le hablé de copos de avena, de cocaína, de fábricas de conservas, de suicidios, de atracos a bancos... y de cómo no podía ya ir al cine o comer fuera. Le dije que tenía un agujero en el zapato. Le hablé del dinero que mes tras mes tenía que mandarle a mi ex mujer. Nada era nuevo para él, por supuesto. Conocía perfectamente todo lo que le estaba contando. Me dijo que lo sentía en el alma. Seguí hablando. La conferencia la pagaba él. Pero, cuando le llegó el turno y me puse a escucharle, empecé a pensar: ¿Cómo te las vas a arreglar para pagar esta conferencia, Billy? Y de pronto caí en la cuenta de que era yo quien iba a pagarla. Unos minutos, unos segundos más, y todo se habría consumado. 

Miré por la ventana. El cielo estaba azul, salpicado por un puñado de nubes blancas. Sobre el cable del teléfono había unos cuantos pájaros. Me sequé la cara con la manga. No se me ocurría nada que añadir. Así que callé y me quedé mirando las montañas. Fue entonces cuando mi hermano dijo: 
—Detesto pedirte esto, pero... 
Al oírlo sentí que mi corazón caía en un abismo. Luego le oí formular su petición. Esta vez eran mil dólares. Me hizo saber ciertos detalles. Los acreedores se apiñaban a su puerta: ¡a su puerta! Las ventanas vibraban, la casa se estremecía bajo la violencia de sus puños: pam, pam, pam... No había escapatoria. Iban a tirarle la casa abajo. 
—Ayúdame, hermano. 
¿De dónde iba yo a sacar mil dólares? Agarré con fuerza el auricular, aparté la mirada de la ventana y dije: 
—Pero si ni siquiera me devolviste el dinero que te presté la última vez... ¿Qué me dices de eso? 
—¿No? —dijo él, como sorprendido—. Creía que sí. Quise hacerlo, al menos. Lo intenté, bien lo sabe Dios. 
—Quedaste en darle ese dinero a mamá —dije—. Pero no lo hiciste. Tuve que seguir mandándole su cheque todos los meses, como siempre. Es el cuento de nunca acabar, Billy. Doy un paso adelante y dos atrás. Me estoy yendo a pique. Os estáis yendo a pique y vais a hundirme con vosotros. 
—Le di algo —protestó él—. Le pagué una parte. Que conste. Le devolví parte de la deuda. 

—Dijo que le diste cincuenta dólares. Nada más. 
—No —dijo—. Le di setenta y cinco. Se ha olvidado de los otros veinticinco. Fui a verla una tarde y le di dos billetes de diez y uno de cinco. Se lo di así, en metálico, y se ha olvidado. Empieza a fallarle la memoria. Mira —dijo—, te prometo que esta vez no te fallaré. Te lo juro por Dios. Calcula lo que te debo y súmalo a lo que te estoy pidiendo, y te mandaré un cheque por el total. Nos cambiamos los cheques. Y tú no cobres el mío en un par de meses. Es todo lo que te pido. Dentro de dos meses habré salido del apuro. Y podrás cobrarlo. El día uno de julio. Te lo prometo. No más tarde. Y esta vez puedo jurártelo. Hemos puesto en venta ese pequeño terreno que Irma Jean heredó hace un tiempo de su tío. Está casi vendido. El trato está cerrado. Sólo es cuestión de resolver un par de detalles y de firmar los papeles. Además, tengo un trabajo apalabrado. Es seguro. Tendré que hacer cuarenta kilómetros de ida y otros cuarenta de vuelta todos los días, pero no hay problemas. Dios mío, claro que no. Haría el triple si fuera necesario, y con gusto. Te digo que en dos meses tendré dinero en mi cuenta. Podrás cobrar el uno de julio. Todo lo que te debo. Cuenta con ello. 

—Billy, te quiero —dije—. Pero tengo muchas cargas. Estoy ayudando a mucha gente últimamente, por si no lo sabes. 
—Por eso no voy a fallarte —dijo—. Tienes mi palabra de honor. Puedes tener absoluta confianza. Te prometo que podrás cobrar mi cheque dentro de dos meses. No más tarde. Es todo lo que te pido, dos meses. No sé a quién acudir, hermanito. Eres mi última esperanza. 
Hice lo que me pedía. Cómo no. Por increíble que parezca, aún tenía cierto crédito en el banco, así que pedí el dinero y se lo envié. Los cheques se cruzaron. Clavé el suyo con una chincheta en la pared de la cocina, junto al calendario y la foto de mi hijo bajo el árbol. Y me puse a esperar. 
Seguí esperando. Mi hermano me escribió pidiéndome que no cobrara el cheque en la fecha convenida. «Espera un poco», me dijo. Habían surgido ciertos contratiempos. El trabajo que le habían prometido se había ido al traste en el último minuto. Y eso no era todo. También la venta del pequeño terreno de su mujer se había malogrado. Su mujer, en el último momento, se había echado atrás. El terreno llevaba en manos de la familia varias generaciones, y no tenía corazón para venderlo. ¿Qué podía hacer él? Era propiedad de su mujer, y su mujer no quería entrar en razón. 
Hacia esas fechas telefoneó mi hija para decirme que les habían desvalijado la roulotte donde vivían. Se lo habían llevado absolutamente todo. Cuando volvió de su primera noche en la fábrica se encontró con la roulotte vacía. No habían dejado ni una mísera silla donde sentarse. También la cama se había esfumado. Iban a tener que dormir en el suelo, como gitanos. 
—¿Dónde estaba el... tipejo ese en el momento del robo? —dije. 
Había salido temprano a buscar trabajo, me explicó mi hija. Lo más seguro es que estuviera con los amigos. A ciencia cierta no lo sabía, como tampoco sabía dónde estaba en aquel momento. 

—Ojalá en el fondo del río —dijo. 
Los niños estaban con la niñera en el momento del robo. Bueno, el caso es que si pudiera prestarle algo de dinero para comprar algunos muebles de segunda mano... Me lo devolvería en seguida, en cuanto cobrara la primera paga. Lo ideal sería que pudiera recibirlo antes del fin de semana —¿un giro telegráfico, quizá?—, porque así podría comprar lo más imprescindible. 
—Han profanado mi rincón —dijo—. Me siento como si me hubieran violado. 
Mi hijo me escribió desde New Hampshire para decirme que era de vital importancia que volviera a Europa. Que su vida misma dependía de ello. Iba a terminar sus estudios a finales del verano, pero a partir de ese momento no soportaría vivir en los Estados Unidos ni un día más. La nuestra era una sociedad materialista, y estaba sencillamente harto. En nuestro país, decía, no se podía tener ninguna conversación en la que de un modo u otro no saliera a colación el dinero, y se sentía asqueado. Él no era un yuppie, y no quería llegar a serlo jamás. No era lo suyo. Y dejaría para siempre de importunarme si le prestaba el dinero suficiente para comprarse un billete para Alemania. 
De mi ex mujer no tuve noticias. No tenía por qué. Ambos sabíamos a qué atenernos. 

Mi madre me escribió contándome que hacía tiempo que tenía que prescindir de las medias de descanso que tanta falta le hacían, y que no podía ir a la peluquería a teñirse el pelo. Había pensado que ese año podría ahorrar algún dinero para los días difíciles por venir, pero las cosas no salían como esperaba. Veía claro que sus previsiones no iban a cumplirse. 
—¿Y tú cómo estás? —me preguntaba luego—. ¿Y los demás? Espero que estéis bien. 
Envié más cheques por correo. Luego crucé los dedos y esperé. 
Una noche, mientras esperaba, tuve un sueño. Dos sueños, más exactamente. En la misma noche. En el primero mi padre estaba vivo y me llevaba montado sobre los hombros. Yo era un niño muy pequeño, de unos cinco o seis años. Súbete aquí arriba, me dijo. Y, cogiéndome de las manos, me alzó en el aire y me montó sobre sus hombros. Estaba a mucha altura del suelo, pero no tenía miedo. Él me sujetaba con fuerza. Los dos nos aferrábamos el uno al otro. Luego echó a andar por la acera. Quité las manos de sus hombros y se las puse alrededor de la frente. No me despeines, dijo. Puedes soltarme. Te tengo bien sujeto. No vas a caerte. Al oírle decir esto, caí en la cuenta de la fuerza con que sus manos asían mis tobillos. Y entonces le solté la frente. Liberé las manos y extendí los brazos a ambos lados. Los mantuve así para mantener el equilibrio. Mi padre siguió andando conmigo sobre los hombros. Yo hacía como si fuera montado en un elefante. No sé adonde íbamos. Quizá a la tienda a comprar algo, o quizá al parque, donde me sentaría en un columpio y se pondría a columpiarme. 
Entonces me desperté, me levanté de la cama y fui al baño. Empezaba a amanecer; faltaba sólo una hora para que sonara el despertador. Pensé en hacer café y en vestirme. Pero decidí volver a la cama. No quería dormir. Pensaba quedarme echado un rato, con las manos bajo la nuca, mirando cómo llegaba el alba y quizá pensando un poco en mi padre, en quien no pensaba desde hacía muchos años. Mi padre no ocupaba ya ningún lugar en mi vida, ni en la vigilia ni en el sueño. Bien, el caso es que volví a acostarme. Pero no había pasado ni un minuto cuando volví a dormirme, y al hacerlo me sumergí en otro sueño. En él aparecía mi ex mujer, aunque en el sueño no era mi ex mujer. Seguíamos casados. 

También estaban mis hijos. Eran pequeños, y comían una bolsa de patatas fritas. En el sueño, creía oler las patatas fritas y oír el ruido que hacían al quebrarse entre los dientes. Estábamos sobre una manta, y muy cerca había agua. Yo experimentaba una sensación de honda satisfacción y bienestar. Luego, de pronto, me vi en compañía de otra gente —gente que no conocía—, y al instante siguiente lanzaba violentas patadas contra la ventanilla del coche de mi hijo mientras le amenazaba de muerte, como hice en una ocasión, muchos años atrás. Él estaba dentro del coche y mi pie destrozaba el cristal. Y entonces abrí los ojos y me desperté. Estaba sonando el despertador. Alargué la mano y paré la alarma y seguí acostado unos minutos más, con el corazón como un caballo desbocado. En el segundo sueño alguien me había ofrecido whisky, y yo lo había bebido. Y eso era lo que me había asustado. El beber aquel whisky era lo peor que podía haberme sucedido. Era tocar fondo. Comparado con ello, lo demás era un juego de niños. Seguí allí echado unos instantes más, tratando de calmarme. Luego me levanté. 
Hice café y me senté a la mesa de la cocina, frente a la ventana. Me puse a describir pequeños círculos sobre la mesa con la taza, y de nuevo pensé seriamente en Australia. Y entonces, repentinamente, imaginé lo que habría sentido mi familia cuando les amenacé con irme a vivir a Australia. Al principio debieron de quedarse mudos de asombro, y quizá un poco asustados. Pero luego —me conocían bien— probablemente se echaron a reír a carcajadas. Al pensar en ello, al imaginar su risa, no pude reprimir la mía. Ja, ja, ja. Tal era el sonido de mi risa allí en la mesa de la cocina: ja, ja, ja. Como si hubiera leído en alguna parte cómo reír. 

¿Qué diablos pensaba yo hacer en Australia? Tenía tantas ganas de ir a Australia como de ir a Tombuctú o a la Luna o al polo Norte. ¿Australia? No, santo cielo, no tenía el menor deseo de ir a Australia. Pero en cuanto lo comprendí, en cuanto comprendí que no iría a Australia —ni a ninguna otra parte—, empecé a sentirme mejor. Encendí otro cigarrillo y me serví más café. No había leche, pero me tenía sin cuidado. Podía pasar sin leche un día, no iba a morirme por eso. Al cabo de un rato metí en la fiambrera el almuerzo y el termo recién lleno. Y salí de casa. 

Era una mañana espléndida. El sol descansaba sobre las montañas, al otro lado de la ciudad, y una bandada de pájaros se desplazaba a través del valle. No me molesté en cerrar la puerta con llave. Recordaba lo que le había sucedido a mi hija, pero decidí que era igual, que de todas formas no tenía nada que mereciera la pena robarse. En casa no había nada de lo que no pudiera prescindir. Tenía un televisor, sí, pero estaba harto de ver la televisión y me harían un favor si entraban y se lo llevaban. 
Me sentía bien, después de todo, y decidí ir andando al trabajo. No estaba muy lejos, y había salido muy temprano. Ahorraría un poco de gasolina, claro, pero no era ésa la razón más importante. Era verano, una estación efímera que pasa en un abrir y cerrar de ojos. El verano —no pude evitar recordarlo— era la época en la que todos creían que iba a cambiar su suerte. 

Eché a andar por el borde de la carretera, y en un momento dado —no sabría decir por qué— empecé a pensar en mi hijo. Le deseé suerte, dondequiera que estuviese. Si había vuelto a Alemania para entonces —lo normal era que así fuera—, esperaba que se sintiera feliz. Aún no me había escrito para darme su dirección, pero no había duda de que tendría noticias suyas muy pronto. Y mi hija... Que Dios la bendijera y protegiera. Confiaba en que le fueran bien las cosas. Decidí escribirle aquella misma noche para hacerle llegar todo mi aliento. Mi madre, por su parte, seguía con vida y gozaba de una salud bastante buena. Me sentí afortunado también en esto: si no surgía ningún contratiempo, viviría aún unos cuantos años. 
Los pájaros cantaban; de cuando en cuando pasaban coches por la carretera. Buena suerte también a ti, hermano mío —pensé—. Espero que consigas esa seguridad económica que tanto ansias. Págame cuando la tengas. Y mi ex mujer, la mujer a quien en un tiempo amé tanto... Estaba viva, y estaba bien (que yo supiera, al menos). Le deseé felicidad. Pensé que, a fin de cuentas, todo podía ir mucho peor. En aquel momento, por supuesto, las cosas estaban mal para todos. La suerte nos había dado la espalda, eso era todo. Pero las cosas iban a cambiar pronto. Las cosas empezarían a arreglarse quizá en otoño. Había muchos motivos de esperanza. 

Seguí andando. Luego me puse a silbar. Me sentía con derecho a hacerlo si tenía ganas. Empecé a mover los brazos al andar, pero la fiambrera no me permitía marchar de forma equilibrada. Dentro llevaba bocadillos, una manzana y galletas. Además del termo, claro. Me detuve frente a Smitty's, un viejo café con grava en el aparcamiento y tablas sobre las ventanas. Un local clausurado desde que yo lo recordaba. Decidí dejar la fiambrera en el suelo unos instantes. Así lo hice, y luego levanté los brazos, levanté los brazos a ambos lados hasta la altura de los hombros. Seguía así, como un pobre chiflado, cuando alguien tocó el claxon y entró con el coche en el aparcamiento. Cogí la fiambrera del suelo y me acerqué al coche. Era George, un tipo al que conocía del trabajo. Se echó hacia un lado y me abrió la puerta del asiento delantero. 
—Venga, sube, muchacho —dijo. 
—Hola, George —saludé. 
Subí y cerré la puerta. El coche aceleró al instante, e hizo que la grava saltara bajo sus ruedas. 
—Te he visto —dijo George—. Sí, te he visto. Te estás entrenando para algo, no sé para qué. —Me miró y volvió a mirar la carretera. Conducía muy de prisa—. ¿Siempre vas con los brazos así por la carretera? —preguntó, y se echó a reír: ja, ja, ja. Luego pisó el acelerador. 
—A veces —dije—. Bueno, depende. En realidad estaba quieto. 
Encendí un cigarrillo. Me eché hacia atrás en el asiento. 
—¿Qué cuentas? —dijo George. 
Se puso un puro en la boca, pero no lo encendió. 
—Poca cosa —dije—. ¿Y tú qué cuentas? 
George se encogió de hombros. Luego sonrió. Ahora íbamos a gran velocidad. El viento azotaba el coche y silbaba en las ventanillas. George conducía como si fuera a llegar tarde al trabajo. Pero era temprano. Teníamos mucho tiempo, y se lo dije. 

Pero él seguía pisando el acelerador. En lugar de tomar el desvío, seguimos carretera adelante en dirección a las montañas. George se quitó el puro de la boca y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. 
—He pedido un préstamo y he rectificado el motor de este cacharro —dijo. 
Luego dijo que quería que viera algo. Pisó a fondo el acelerador. Me até el cinturón de seguridad y apreté los dientes. 
—Písale fuerte —dije—. ¿A qué esperas, George? 
Y fue entonces cuando volamos de verdad. El viento aullaba en las ventanillas. George llevaba el pie metido hasta el piso, y avanzábamos a todo gas. A velocidad de vértigo por la carretera en aquel enorme coche de motor rectificado aún por pagar.



octubre 07, 2016

JAIME SAENZ, A 30 AÑOS DE SU PARTIDA. CONJUGANDO SU OBRA POÉTICA Y GRÁFICA


Jaime Saenz © Todos los derechos reservados


Jaime Saenz, a 30 años de su partida



Conjugando su obra poética y gráfica
El pasado agosto, recordando los treinta años de la partida de Jaime Saenz, poeta y escritor boliviano, se presentaron dos publicaciones, ambas reúnen sus expresiones fundamentales: poesía y dibujos.

La primera, Poesía Reunida, es el conjunto de poemarios publicados en vida por el autor y cuyo contenido incluye los siguientes títulos: El escalpelo [1955], Cuatro poemas para mi madre [1957], Muerte por el tacto [1957] Aniversario de una visión [1960], Visitante profundo [1964], El frío [1967], Al pasar un cometa [1970-1972], Recorrer esta distancia [1973, Bruckner [1978], Las tinieblas [1978], La noche [1984] y otros poemas publicados en revistas.

La segunda, Además de las Palabras, recopila más de cien dibujos del autor, en gran parte inéditos, incluyendo los existentes en su archivo literario y los que fueron parte de publicaciones en poemarios, revistas y otros. 

La expresión gráfica de Jaime Saenz contiene una muestra de autorretratos, calaveras, dibujos para sus poemas y libros de otros autores, retratos de mujeres y dibujos sobre varios temas, producidos entre 1940 y 1975 en diversas técnicas como lápiz, tinta y carbón.

Según Oscar Rivera Rodas, miembro de Academia Boliviana de la Lengua, escritor y crítico literario, “la poesía de Jaime Saenz es una de las experiencias más audaces de la lírica hispanoamericana actual; ha sido señalada como contribución notable «a la cultura continental en el último medio siglo» y definida como una «lucha por llegar a la identidad del yo consigo mismo, a la autenticidad», como esfuerzo metafísico que «quiere conocer el rumbo final de las cosas», es decir, «el Ser mismo». En efecto, para Saenz, el ente de las cosas - el ser esencial concebido por el pensamiento - es inmóvil y uno. Esta unidad abarca, obviamente, tanto al objeto contemplado como al sujeto contemplativo. En la revelación del ente se produce la fusión del sujeto pensante y las cosas pensadas. El poema II de MT (Muerte por el Tacto) refiere la experiencia de semejante revelación: «se sabrá que todo es lo mismo/y que es sin embargo distinto/las cosas serán inmóviles como nunca, las personas alcanzarán una dignidad jamás alcanzada/no habrá palabras y el silencioso mundo vivirá solamente para ser sentido - desaparecerá la maligna diversidad y todo será uno solo/para ser sentido/por uno solo/. . . /sí, todo será uno solo»".(La Poesía de Jaime Saenz de O.R.R)

Esas letras, conjugadas con sus trazos, a veces de línea continua, otras expresadas en diversidad de técnicas, han retratado su trascurrir entre el encuentro y búsqueda de sí mismo, entre la vida y la muerte, entre amor y el desamor, entre la noche y el alcohol a partir de múltiples presencias, que han trascendido en el tiempo.

Respecto a sus autorretratos, Leonardo García Pabón, literato boliviano y editor de varias de las obras de Saenz afirma que “este deseo ("manía") de autorrepresentarse tiende a la construcción de una imagen de sí y de su experiencia vital, a partir de "revelaciones y adivinaciones"; una imagen hecha de fragmentos de su vida, de sensaciones y sentires, de momentos trascendentes e intrascendentes, de recuerdos y también de lo olvidado. Esa imagen, además, debe ser construida en el espacio y en la muerte, en el cadáver, como la transfiguración del tiempo en instante y espacio atemporales. Ahora bien, esta imagen es, en última instancia, no la del escritor mismo, quien, de por sí ya constituye un autorretrato que "la vida misma se habrá encargado de escribir por él" (Vidas y muertes 192), es la imagen de un mundo, su mundo poético y su mundo boliviano.” 

En una lectura semiótica de su expresión poética, concebida como una construcción de estructuras profundas y desde la materialidad del sentido, Ausberto Aguilar, comunicador, recupera dos elementos semánticos: la angustia y el júbilo, concibiéndolos como los sentimientos que constituyen lo sublime de su búsqueda. 

Así, “la angustia se presenta a causa del renunciamiento a su individualidad, al yo constitutivo de cada sujeto como individuo. En Saenz, este renunciamiento se opera por un reconocimiento de su propia escisión como individuo. Sólo como sujeto individual es capaz de darse cuenta que tiene que renunciar a esa su individualidad aprisionante para acceder a la plenitud de la naturaleza”.


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Un Autorretrato - Vidas y Muertes 1986 (fragmento) 

“… En tiempos, cuando estaba del brazo del alcohol, y cuando me tambaleaba en calles y plazas, perdido peregrino en lóbregos tránsitos, vislumbrando quizá un aprendizaje que empero no conocería término, tenía la manía de dibujar autorretratos en las paredes, con tiza o con un pedazo de estuco, encaramado sobre las mesas de las chinganas. A decir verdad, hoy persiste la manía, sólo que los autorretratos en cuestión no se plasman ya en la amplitud de las paredes, sino más bien en la exigüidad de una hoja de papel. 

Sea de ello como se fuese, lo cierto es que con esto se plantea un problema harto enojoso para mí. 

Pues por una parte, no deja de asistirme la confianza de que la referida experiencia podría servirme de pauta para realizar un intento de escribir un autorretrato, mientras que por otra, dudo mucho de llevar a buen fin dicho intento”.


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Ven - Visitante Profundo 1963 


Ven; yo vivo de tu dibujo
y de tu perfumada melodía,
soñé en la estrella a que con un canto se podría llegar
-te vi aparecer y no pude asirte, a turbadora distancia
te llevaba el canto
y era mucha lejanía y poco tu aliento para alcanzar
a tiempo un fulgor de mi corazón
-el que ahora estalla ahogado por alguna lluvia compasiva.

Ven, sin embargo; deja que mi mano imprima
inolvidable fuerza a tu olvido,
acércate a mirar mi sombra en la pared,
ven una vez; quiero cumplir mis deseos de adiós.




Jaime Saenz © Todos los derechos reservados


Como una luz – Visitante Profundo 1963 

Llegada la hora en que el astro se apague
quedarán mis ojos en los aires que contigo fulguraban.

Silenciosamente y como una luz
reposa en mi camino
la transparencia del olvido.

Tu aliento me devuelve a la espera y a la tristeza de la tierra,
no te apartes del caer de la tarde
-no me dejes descubrir sino detrás de ti
lo que tengo todavía que morir.







Jaime Saenz © Todos los derechos reservadosJaime Saenz © Todos los derechos reservados


  Tu Calavera - Al pasar un Cometa 1982 



Estas lluvias,
yo no sé por qué me harán amar un sueño que
tuve, hace muchos años,
con un sueño que tuviste tú
-se me aparecía tu calavera. Y tenía un alto encanto;
no me miraba a mí -te miraba a ti.
Y se acercaba a mi calavera, y yo te miraba a ti.
Y cuando tú me mirabas a mí, se te aparecía mi calavera;
no te miraba a ti.
Me miraba a mí. 


En la alta noche, alguien miraba;
y yo soñaba tu sueño - bajo una lluvia silenciosa,
tú te ocultabas en tu calavera, y yo me ocultaba en ti-.



De Archivo Jaime Saenz para HD (kaos)
© Todos los derechos reservados. Octubre 2016.








junio 14, 2016

REPORTAJE A PATRICIA C. BELTRAN / EL FIEL REFLEJO DE LA NADA



EL FIEL REFLEJO DE LA NADA





Irse, rehacerse con la probabilidad de un sueño, con todas las disposiciones enfrentarse al cambio que surge como una necesidad imperiosa. 

Basada en hecho reales, Patricia C. Beltrán nos narra la historia de Valentina. Nos introduce en su mundo exponiendo la fragilidad, los secretos, el transito como desgaste a través de muchas geografías donde el agitado juego de la vida abre el problema. Una premonición, ese sueño recurrente en que la protagonista enloquecía: Convertirse en Saturno, tragarse a sus hijos, le arrancaba las piernas y los brazos a mordiscos. Como en una de las pinturas negras de Goya. Un anuncio que definiría parte de su futuro.

El fiel reflejo de la nada: Una novela que transgrede la ilusión, que avanza con los sutiles deseos de una joven esperanzada que descubre una cruenta realidad de la manera mas violenta.

Partiendo de un entorno familiar sensato, apacible y solidario, de una vida divertida. Entre amistades y relaciones prueba los deseos y llega un mensaje, un consejo, cuanto mas sensible, cercano, y se abre el mundo como un abanico de posibilidades. Una idea que ejerce un poder absoluto, una entonación que desde el momento exacto dirigirá la búsqueda incansable.

Todas las distancias posibles con esas cargas añadidas de los recuerdos, de la familia. Una experimentación inevitable y laberíntica que la hace percibir sorprendiéndose "al viajar" las magnificencias de la historia que no conocía, con esa latente y visible vulnerabilidad de estar sola, desprotegida, en un tiempo diferente que concluyo y empezó con Sébastien, deteniéndose abruptamente después de un arduo recorrido.

"Me la jugué en un brutal empujón y noté cómo salían sus hombros y deslizaba después el resto del cuerpo. Ya estaba aquí.

Despertar feliz, entre dos realidades totalmente opuestas, finalmente y después de tanto coger un cuchillo, defenderse. Ver mas allá de la ventana y centrar una luz casi imperceptible, un flujo continuo que en su grandiosidad le muestra un nuevo mundo, el verdadero.

"Me desplomé en el suelo. Algo viscoso corrió hasta mi ojo derecho y probé el dulce y caliente sabor de la sangre. Con la valentía del cobarde, remató mi cuerpo inerte con su puño letal"

Entre el racismo y la intolerancia del establishment: una violencia física y psicológica que termina afincándose en la vida de Valentina, infringiéndole culpas que pertenecen a su agresor "Sebastien". Una actitud que progresa silente ante la indefensión creando un vinculo traumático del que ella lucha por desatarse una y otra vez.

Ya no siente necesidad de ver o vivir mas cosas de las ya vividas, Con Sébastien nace una contradicción reflejada en su hijo. Una historia donde intervienen personajes de todo tipo. Desde la candidez mas plena hasta los sucesos mas perturbadores. Situaciones que la narradora describe de una manera ágil, directa, por medio de una tensión gradual y sistemática que va en aumento. 



ENTREVISTA A PATRICIA C. BELTRÁN

- Tu novela "El fiel reflejo de la nada" nos adentra en la complejidad de las uniones afectivas. ¿Como se inicia tu relación con Valentina?

Mi relación con Valentina se inicia hace aproximadamente una década, cuando yo vivía en Madrid. Mi compañero de piso y yo buscábamos a alguien para que ocupase la habitación que nos quedaba libre y apareció ella. Conectamos enseguida y la relación entre nosotras se fue estrechando hasta convertirse en una buena amistad.

- ¿Cuando y porqué te decides a plasmar su historia?

Valentina solía contarme anécdotas sobre su vida que me hacían pensar en cómo era posible que en una única persona se condensaran tantas aventuras y batallas, la mayoría con carácter surrealista. Sin embargo, en aquella época Valentina no había comenzado aún su descenso a los infiernos. Fue años después de venirme a vivir a Galicia cuando ella me fue revelando pequeños episodios de su vida, pero no fui consciente del drama que había padecido hasta que le pedí que me contase su historia.

- ¿Cual parte del libro prefieres, ya sea por la conexión cíclica de la historia o por la construcción de una escena?

Hacia la mitad, el libro sufre un giro drástico tanto en forma como en fondo; creo que a partir de ese momento, el lector experimenta una necesidad de protección respecto a la protagonista, no puede separarse de ella, grita " NO!" sin cesar, pero Valentina hace caso omiso y se precipita hacia el vacío en caída libre. Lo que me trasmiten los lectores es que, llegados ese punto, no pueden parar de leer hasta conocer el desenlace final de la historia,

- Como escritora, ¿qué es lo que mas le intereso saber de Valentina?

Pienso que lo mismo que al resto de las personas que han leído el libro: saber el "porqué". Esa es la pregunta que todos tenemos en la cabeza y a la que puso voz Leonor, un personaje de inmenso valor en la novela. A día de hoy, no tengo la respuesta.

- Todos los escritores tienen un proceso. ¿Cual es el tuyo?

Necesito tener muy claro qué es lo que voy a contar. Realizo esquemas sobre la trama capitulo a capitulo, hago un análisis de los personajes, sitúo los lugares de la historia y elijo el punto de vista narrativo. Tiendo a escribir de un modo muy cinematográfico; es decir: creo las escenas como si fueran a ser plasmadas en una película. Además, dedico mucho tiempo a las revisiones del texto.

- Las secuelas psicológicas y los problemas de salud mental que ocasiona la violencia de genero en Valentina fueron irreparables, acepta reiteradamente volver con su agresor. 

Si. Creo que las heridas, sobre todo psicológicas, se traducen en una inseguridad que la lleva a regresar una y otra vez al punto de partida. Pero el papel de su hijo es crucial en la decisión de Valentina: no hará nada que pueda alejarlo de él.

- ¿Qué lo que más te conmovió de este caso?

Sin duda, el instinto maternal de Valentina, el amor por su hijo. Cuando Sébastien se lleva a Diego a París sin el consentimiento de su madre, la capacidad de reacción de ella es brutal. Valentina ha sido, es y será una gran madre.

- Es un caso real, pero tu mirada no es periodística, ¿dónde ubicas, la principal diferencia entre el tratamiento que hace un periodista y el que puede darle un escritor?

Supongo que la diferencia radica, principalmente, en la implicación emocional del autor. Aunque el germen de este libro se encuentra en un relato de unas diez páginas, siempre tuve claro que tarde o temprano de aquí saldría una novela; no me planteé la crónica periodística en ningún caso. Mi objetivo era emocionar con la historia de Valentina.

- Con esta temática, la novela dispara uno de los recursos más fuertes que es el interrogar al espectador, imbuirlo en una reflexión profunda.

Así es. Mis lectores me trasmiten que al final del libro les causa impacto, conmoción. En primer lugar, el desenlace es ese y no otro porque se corresponde estrictamente con la vida de la protagonista. Otro final no hubiera sido otra cosa que maquillar la realidad que nos azota día tras día. 

- A pesar de de las penurias a las que Valentica se ve expuesta, hay personajes como Axel, Leonor o los chicos que la rescatan de la calle. Estos invitan a esperanzarse a pesar de la intolerancia y violencia de Sébastien. 
¿Albergas optimismo, alguna posibilidad real de cambio dentro de la sociedad?

Desgraciadamente, creo que hay muchos más Sébastien en el mundo de los que a todos nos gustaría. Creo que la prevención a la hora de luchar contra la violencia de género pasa, en primer grado, por la educación. Por ejemplo, hay muchas chicas jóvenes que asumen el machismo como condición natural y esto es realmente dramático y triste. La problemática hay que atajarla desde abajo, desde los cimientos.

- ¿Tienes algún nuevo proyecto entre manos?

Acabo de terminar con la documentación de mi próxima novela. Se trata de una historia de amor ambientada entre Galicia y EE.UU.


Juan Carlos Vásquez






Patricia C. Beltrán nació en A Coruña en 1980. En 1998 se trasladó a Madrid para estudiar periodismo en la Universidad Complutense. Tras licenciarse, se instaló en Boston (EE.UU.) durante tres meses antes de incorporarse al mundo de la comunicación de vuelta en la capital. Trabajó, entre otros medios, para el diario El Progreso y fue directora de El periódico de A Mariña. En el terreno audiovisual, dirigió el cortometraje Lucía devorando a sus hijos, protagonizado por el actor Manuel Feijóo.